Grosso Modo

Revista Grosso Modo

— June 2, 2016

Una vez escuché decir de una mujer sin autoridad alguna en el tema que los hombres como los mameyes, raro el que sale bueno. Me hizo gracia y me aprendí el chistecito, en un tiempo en el que el único hombre que yo quería en mi vida se estaba haciendo el difícil. Hoy compré un mamey, derramándoseme la hiel por algún fruto delicioso siendo que estoy a régimen riguroso de frutas y  vegetales, un mamey era el placer que necesitaba para sentirme menos un conejo y más una persona con dignidad. Le pedí al frutero que escogiera él la pieza perfecta: mi experiencia muestra que mi capacidad de seleccionar mameyes no es destacada, imagínense la de los hombres. Confié en su buen juicio. Llegué a casa, sola, porque me he convertido en la mujer independiente que tanto anhelaba, no sin sus costos, de los cuales hablaré más adelante, y noté que el mamey estaba no sólo listo sino pasándose un poco, así que me dispuse a comerlo inmediatamente. Los mameyes los como sólo con una cuchara, pero por alguna razón aún desconocida para mí éste me dispuse a sacarlo de la cáscara y ponerlo en un plato, el color era perfecto, entre rojo y naranja brillante: primera mitad, bien, un poco floja pero nada de qué preocuparse, seguro la siguiente saldría mejor; segunda mitad: tenía gusanos. Unos seres pequeños y blancos que de inmediato me produjeron escalofríos y una tristeza profunda. Por un momento pensé en quitar el trozo invadido y comer el resto, pero la lógica que aún conservo me hizo cortar grandes trozos y darme cuenta de que no había salvación: estaba infestado. Me vuelven a dar escalofríos sólo de recordarlo. Resignada, recogí todo rápido y lo eché a la basura, casi al punto del llanto producido por el asco y con el firme impulso de llamar a mi mamá para contarle mi tragedia. Mi mamey perfecto tenía gusanos. Me contuve: soy un adulto y llamar a mi mamá sólo me daría un consuelo momentáneo, después sería objeto de bromas familiares y el incidente de los gusanos tal vez me haría aborrecer los mameyes “de aquí pa´l real”, como dirían en mi pueblo. Actué como un adulto y pelé un mango.

Pobre mamey, no tenía la culpa, quiero pensar, llegó a mi vida simplemente demasiado tarde, me repito por excusarlo, debí escogerlo yo misma y así al menos no me sentiría timada, me digo victimizándome, debí supervisarlo, no confiar tan rápido, no pagar por algo podrido, cómo iba a saber que estaba podrido, parecía tan bueno, tan colorido, tan perfecto. Al tacto me di cuenta de que algo andaba mal pero no quise creerlo, quise creer que sería bueno. Al menos agradezco haber decidido sacarlo de la cáscara y darme cuenta de todo antes de que fuera demasiado tarde.

Me salió un mamey podrido y por lo tanto pelé un mango: sí, un mango, que siempre ha sido mi fruta favorita, desde niña, cuando mis mejillas se llenaban de su dulce jugo amarillo y todo parecía ternura y serenidad, pelé un mango que me da seguridad y no me avergüenza, es verdad que no es el lujo y la lotería que es un mamey, no es la intensidad ni la dificultad de conseguirlo, es un simple mango de manila, dulce, suave, complaciente, seguro, sin gusanos.

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La negociación — May 19, 2016

La negociación

Como la tercera de las cinco fases del duelo, es precedida por la ira y seguida por la depresión; se trata de intercambiar unas cosas por otras, de tratar de razonar con esa fuerza todopoderosa que algunos llaman dios y otros simplemente vida para que nos conceda un poco más de tiempo para hacer lo que hemos postergado o lo que nos gustaría hacer. Negociar significa aceptar que vamos a perder algo, pero seguir exigiendo algo a cambio. Por supuesto, dios no negocia. Él, como yo lo entiendo, dirige en blanco y negro: o te manda milagros o no, punto. La fragilidad del ser humano es tan simple, tan llana, tan brutal, un día estamos aquí y al siguiente no. Un accidente de auto, un infarto, un brote psicótico de algún ser querido, un diagnóstico de cáncer. ¿Un diagnóstico de cáncer? Sí, y sin embargo ver a otros perder la vida sólo me hace cuestionarme más sobre la mía: ¿cuánto tiempo me queda? ¿cómo será mi muerte? Siempre le he temido a esas respuestas, en especial la última. Me angustia sobremanera pensar en llegar a vieja, en ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, en quedarme sola poco a poco entre arrugas y recuerdos de tiempos mejores, cuando era autosuficiente y no tenía que usar pañal. Me angustia quedar atrapada en mi propia mente, lúcida pero con un cuerpo que no responde, o en mi  propio cuerpo, loca de atar. Quiero morir joven. Quiero morir joven y evitarme el trámite de ver a nuevas generaciones con ojos de juicio decidir sobre mí. No quiero sufrir la angustia de no recordar cómo me llamo, que comí ayer, en quienes puedo confiar. Por supuesto, nadie quiere. Por eso me encuentro aquí, negociando con una deidad que quiero pensar que es amable, para morir dormida, mientras nadie me ve y sin darme cuenta, antes de que todas estas cosas pasen… Pero dios no cumple antojos…

Autobiografía — May 5, 2016

Autobiografía

Crecí en un pueblo pequeño, en una escuela católica, por dieciocho años mi mundo se compuso sólo de uniformes grises y color vino, boletas perfectas y padres orgullosos, bueno, eso me gustaba imaginar, porque nunca lo dijeron. Cuando esta burbuja se quebró me encontré con la penosa realidad de que “haber sido perfecta” no me servía de nada, de que las boletas intachables y los uniformes planchados no tenían ninguna validez en el mundo real y de que mis habilidades sociales eran menos que aceptables. Ni modo, así me lancé al mundo, simplemente soportando un día a la vez, una semana a la vez, un mes a la vez, un semestre a la vez y tomando una cerveza cada que quería olvidarme de todo. No es que cayera en el alcoholismo, pero debo admitir que tengo el tipo de personalidad susceptible de reemplazar unas adicciones con otras. La actual es mi trabajo. Después de este breviario de mi infancia y adolescencia y los penosos inicios de mi vida adulta, y si han prestado la mínima atención a esta revista, sabrán, queridos lectores, que los últimos cinco años de mi vida han sido, digamos, una montañita rusa. Cinco años completitos escribiendo ya sea por placer o por despecho, pero escribiendo al fin lo que se me pega mi gana, como siempre he querido. ¿Ya les mencioné que mi papá opinó que la literatura no era carrera? Y de tajo cortó toda intención que aquella niña de 17 años pudiera haber tenido de quemar las naves y ponerse a escribir de lleno. Aquella niña de 17 años… como me gustaría tenerla enfrente y soltarle una cachetada a la muy pendeja, decirle que reaccionara, que no le creyera a ese hombre abusivo, que se fuera de una buena vez y que la literatura no era carrera, pero ella no tenía porque llegar antes a ningún lado. Pero no puedo. Soy lo que soy ahora porque así tuvo que ser y así es. Y me encuentro pagándole a un psiquiatra, una psicóloga y un veterinario para que me ayuden a sanar las heridas de mi infancia, las disfunciones de mi cerebro y a mantener saludable a la perrita que adopté para ver si así me empezaba a hacer cargo de mi misma y de alguien más. No sé si funcione. Llevo meses medicada y cada recaída es peor que la anterior. Hoy tengo mi segunda sesión de psicoterapia y no tengo ganas de ir. La perra no es tan obediente como dijeron: hacerse cargo de alguien más significa trapear orina y recoger popó de perro todas las mañanas: alegre manera de empezar el día. Me veo al espejo y no me reconozco. Veo mis fotos y no me reconozco. Esa sonrisa no es mía, siempre es falsa. Cuando estoy en compañía de seres humanos que yo considero “normales” porque se les ve “felices” me engento tan rápida y tan intensamente que me es imposible seguir conviviendo, invento cualquier pretexto para huir. La psicóloga me dijo que su enfoque es sobre explotar el mejor potencial de cada persona: yo simplemente creo que voy a explotar sin más. Me dejó tarea, así que voy a hacerla, y a prepararme para el abrazo de esta tarde,  si logro llegar.

México Papers — April 7, 2016

México Papers

Si ustedes, queridos lectores, tienen el mínimo contacto con el mundo, no como yo, habrán por lo menos leído el encabezado de esta semana en cuanto medio de comunicación exista: “Panamá Papers”. Un breve vistazo me bastó para saber que se trataba de algo que en México es viejo y conocido, incluso monótono: lavado de dinero. Recuerdo la primera vez que escuché el término e imaginé un montón de dólares adentro de una lavadora. Mi mamá me explicó que el dinero ilícito no puede declararse ante las autoridades y que hay formas de hacer que parezca legal, como una empresa falsa. Esa explicación fue suficiente para una curiosa pre adolescente, pero no para la hoy preocupada y ansiosa mujer que escribe este artículo.

No sé bien por dónde empezar. Creo que por la magnitud de los más de dos teras de información que unos valientes periodistas de casi un ciento de países juntaron discreta y silenciosamente para denunciar actos de corrupción, el pan nuestro de cada día en México, y eso me lleva a otro punto: los islandeses cortaron la cabeza de su primer ministro a los dos días de la publicación: ¿cuántas cabezas tendíamos que cortar nosotros? ¿por qué no lo hacemos? Tal vez porque cada quien tendría que cortar la propia…

Yo soy una simple ciudadana en los inicios de su adultez buscándose  una vida y tratando de hacerlo sin volverse loca. Me considero incapaz de generar cualquier tipo de cambio que influya en lo más mínimo en los Panamá Papers o en cualquier problema nacional, estatal y hasta local: me veo a mí misma como una simple mortal, ya no quiero cambiar al mundo, ya entendí que no puedo, que me tengo a mí, y a lo que soy, a mis problemas y a mis sinsabores y que no todo está en mis manos. Ya entendí que lo más sensato es tratar de librar cada día con la mejor cara posible y sentirme afortunada cuando lo que hago tiene un impacto positivo en la vida de alguien más. De alguien, no de todos. Seguro que los islandeses no piensan así. Seguro que cuando escribían en sus cartulinas “vete, pinche corrupto” -no sé una palabra de islandés, pero eso diría yo en su lugar-, en fin, cuando escribían sus cartulinas estaban completamente convencidos de lo que iban a hacer, y lo hicieron.

Quisiera tener la mitad de seguridad que cualquiera de los islandeses, y hasta la décima parte de las agallas de Carmen Aristegui, cuya voz escucho y me enchina la piel pensar que en cualquier momento Loret de Mola dé la breve noticia de que la periodista murió accidentalmente en un avionazo. Y todos los mexicanos lo miremos mudos e impávidos y sigamos como las ranas, hirviendo en nuestro propio caldo.

Más vale tarde… — March 25, 2016

Más vale tarde…

De pequeña nunca estuve bien segura de cómo sería mi vida, pero creo que podría decir que esperaba encontrar al amor de mi vida, aunque dijera que nunca me casaría, que esperaba que mi timidez y mi ansiedad social desaparecieran con la edad y que esperaba que mi único talento, la escuela, fuera suficiente para ser alguien en la vida. Resulta que no. Resulta que encontrar al amor de mi vida fue una empresa accidentada y dolorosa, no siempre que uno encuentra algo este algo se queda, tal vez para mejor. Resulta que mi timidez y mi ansiedad social se convirtieron en un F.32 en una receta de un señor que me dice que “me ve mejor” y yo le respondo que yo también me siento mejor, aunque dos días después tenga otro ataque y otro arranque y sepa que ya no hay vuelta atrás, ahora lo sé, y tengo que vivir con eso y con las cinco pastillas que me tomo en la noche y las tres en la mañana para ser medianamente funcional. Tengo que vivir con la ansiedad y los temblores y con la permanente sensación de que soy una bomba a punto de explotar, pero poniendo una cara bonita siempre, porque cómo es posible que yo esté deprimida, si lo tengo todo. Resulta que ser “perfecta” en la escuela no sirve de nada, oh sorpresa, porque los papeles están guardados en el cajón de mi madre que los atesora y los vidrios están limpios en la repisa de mi madre que se preocupa y los conocimientos están en mi cerebro, sepultados por ideas obsesivas y la certeza de que uno no puede dejar de saber algo de lo que ya se enteró. Como quisiera que mi memoria fuera tan mala como finjo que es. En estas tribulaciones me encuentro trabajando más de lo que puedo, porque es lo único que me absorbe y porque las drogas no se pagan solas, y  porque quiero tener dinero para, el día que me arme de valor, tomar un avión y  largarme a cualquier parte, como siempre, tratando de huir de mi misma sin lograrlo y caer en otro episodio tan pronto como me de cuenta -otra vez-, de que no importa a donde vaya, ella va conmigo, no por nada es femenino el sustantivo, la hija de la chingada hace de mí lo que se le da su puta gana. Daría la mitad de mi reino porque lo que siento fuera medible, observable, curable, o el reino completo por no tenerlo. Pero no tengo reino, y aunque lo tuviera, no hay quien me haga el cambalache. Sólo tengo mis palabras, es lo único que me queda, y las atesoro igual que mi madre los papeles que dicen que sé mucho y que no sirven de nada. Y las dejo salir cada quince días en este espacio que me acoge y  me consuela, esta quincena un poco tarde, pero más vale tarde…

Elvis — October 8, 2015

Elvis

Cuando los niños piden un perrito lo más común es que su mamá o papá les haga rogar un par de semanas, o meses; prometer que lo van a cuidar, que se van a hacer cargo de él, que lo van a sacar a pasear, que le van a dar de comer, que van a jugar con él… Tal vez los hagan esperar hasta el día de su cumpleaños, o Navidad, o la festividad más cercana o más lejana según su propia intención. Nunca les dicen que el perrito va a morir. Nunca les dicen que probablemente tengan que matarlo ellos mismos: nunca les dicen que los perros viven menos que los humanos, y que tendrán que enfrentarse a la dura realidad en uno, cinco o diez años, veinte, los más afortunados. Yo había escuchado que los perros cuando sienten que se van a morir, se alejan, es decir, físicamente: un día el perro se escapa y ya no regresa, y todos en casa se quedan con la esperanza de que alguna otra familia lo haya adoptado. Elvis no tuvo esa oportunidad: a pesar de haber tenido una vida de libertad y privilegios, murió triste y enfermo. Hicimos todo lo que pudimos, una operación, limarle las uñas para que no se rascara, una transfusión, dos, un caldito, dos, una camiseta, dos. Murió pidiéndonos perdón con la mirada, con cansancio en el alma y dolor en el estómago. Se resistía a irse porque estábamos todos con él, y con la esperanza de que al día siguiente amaneciera feliz y ladrando, brincándonos encima, atrapando ardillas, comiendo tortas… pero no fue así. Al día siguiente amaneció peor e hicimos lo que ninguna familia que tenga un perrito quiere hacer: llamar al veterinario para decirle que hay que dormirlo. Yo soy un adulto, me he enfrendado a la muerte y la he llorado, y me está costando un trabajo inmenso hacer lo mismo con quien fue mi rescatista y mi mejor amigo: no entiendo como los niños pueden hacer eso. No sé si esa misma adultez me da más conciencia de la salud y la enfermedad, de la vida y la muerte, de todo el significado de la llegada y la permanencia de Elvis en mi vida, de su partida. Hay cosas contra las que no podemos hacer nada, cosas que no están en nuestro control, cosas que simplemente hay que aceptar. Que yo me haya ido lejos y eso me haya costado a mi perro y a mi mejor amigo las he situado entre esas cosas que ya no puedo cambiar, sólo para quitarme culpa. No se si haberme quedado habría cambiado algo. No sé si pude haber hecho algo más. La muerte es así, uno tiene que aceptar que el otro se va. Uno tiene que aceptar quedarse sólo con sus recuerdos, con sus temores, con sus culpas. Uno tiene que aceptar que no hay remedio. Gracias Elvis, por haber llegado cuando tanto te necesitaba, y por haberte quedado el tiempo que te quedaste. Gracias por tantos momentos de felicidad y gracias por haber luchado hasta el final. Gracias por darme la certeza de que alguien me espera del otro lado. Gracias.

Lloré por mi perro… — September 10, 2015

Lloré por mi perro…

Lloré por mi perro, y por la soledad de la cual me salvó. Lloré por su enfermedad, y por la de mis abuelos. Lloré por su mirada molesta, agradecida, expresiva, y por tantas miradas y tantos silencios que me han calado igual que esa. Lloré porque no quiero que se muera, ni que se mueran con él sus miradas, sus juegos y sus tonterías. Recordé el día en que lo adopté, la primera vez que se enfermó, cuando tuve que irme, cuando tuvo que irse. Lloré por cada vez que pude haber hecho más y no lo hice. Por las veces que lo sacaba a pasear como pretexto, por los golpes que me dio al no saber medir su fuerza ni limitar su amor. Lloré porque él nunca limitó su amor, a pesar de ser macho. Lloré por el amor limitado que me dejó en un limbo emocional que me llevó a querer tener un perrito, por ese amor que nunca tuve, y que nunca tendré. Yo lo adopté, pero él me salvó. El me salvó del precipicio con una lealtad incomparable, sin importar cuánto tiempo pasara, el podía sentirme a distancia, y nunca me desconoció. Lloré porque perderlo significa alejarme de ese amor que no fue, de aquél hombre invasivo, del que insistió, del que regresó, del que volvió a irse, del que lo logró, del que llega. Es despedir a esa mujer herida que adoptó un perrito por sentirse menos sola, por depositar sus afectos en algún ser vivo, por encontrarse en alguna mirada, y aceptar que ya no existe. Ni la mujer, ni la soledad, ni el ser, ni la mirada. Lloré por mi perro, y voy a llorar más cuando se vaya.

Lo normal es que si un ser humano y un perro son jóvenes juntos, el perro muera primero. La lógica lo indica, los perros viven menos. Pero dan más. Me cuesta mucho aceptar que se tiene que ir, que se va a ir en algún momento. Definitivamente no quiero ser yo quien le compre el boleto. Pero no puedo ser tan egoísta. Después de tantas horas felices, de tantas risas, de tanta protección, de tanta fidelidad, lo menos que puedo hacer es dejarlo ir con el menor dolor posible. Yo me aferro a la idea de que va a estar bien, de que se le va a quitar la anemia, de que no tiene nada atorado en la panza, de que la operación salió bien, de que se le van a curar las heridas, de que va a volver a comer. Me aferro a la idea de volver a verlo correr y treparse donde no debe y a ganarle las tortas a los trabajadores y a ladrarle a los extraños. Me aferro a la idea de que se va a poner bien y va a vivir diez años más y se va a morir de viejo, quedándose dormido, tranquilo. Dudo que dentro de diez años esté mejor preparada para dejarlo ir, al contrario, cada día que pasa me siento menos lista, menos apta, menos fuerte.  Yo me aferro a la idea de que se va a poner bien, y él también.

Maleta vs. Cuartilla — August 13, 2015

Maleta vs. Cuartilla

Con el paso del tiempo uno se va deshaciendo de las cosas que no son imprescindibles, de las personas que no son imprescindibles, de los recuerdos que prefirieron ser olvidados. Con las mudanzas uno va dejando atrás lo viejo, lo sucio, lo roto. Uno intenta seguir sólo con lo que es absolutamente necesario para vivir, ese es mi caso, al menos. Fracaso. Siempre. Invariablemente se cuelan en mis maletas cosas que no necesito, estorbitos, recuerdos inútiles, sentimentalismos. Fracaso así también con la música. No recuerdo un momento en mi vida en el que me sintiera satisfecha con mi selección musical, y llega entonces un punto de quiebre en el que lo borro todo, sin marcha atrás. Hoy llegué a ese punto: desinstalé iTunes. A ese grado llegó mi desesperación por no poder ordenar lo que, naturalmente, no tiene orden, pero yo quiero dárselo. Sin embargo hay siempre canciones que regresan, voces que no olvido, canciones que me llegan a los huesos a pesar de los pesares. También hay canciones nuevas, ahora mismo, por ejemplo, escucho un tango. Nunca me había dado por escuchar tango hasta hace un par de días que descubrí que no son todas canciones aburridas, en algunas las mujeres sufren muchísimo por hombres que desaparecieron, y por lo tanto, me sentí inmediatamente atraída al tango. También hay cositas nuevas en mi equipaje, nunca creí, por ejemplo, darle un lugar entre mis prioridades a una bocina o a una lamparita de noche o a un paquete de pastillas de cloro para el baño. Las prioridades cambian. Las personas cambian. Los códigos postales cambian. Los amores cambian. Todo cambia, lo único permanente es el cambio. Sólo los verdaderos amigos sobreviven a estos cambios. Sólo después de muchas maletas me doy cuenta de que no necesito tantas cosas, todas son meras comodidades. Me doy cuenta también de que siempre que tengo que empacar, me pongo a escribir. Siempre que tengo que declarar mi amor, me pongo a escribir. Cuando intento buscar trabajo, me pongo a escribir. Cuando estoy triste, feliz, enojada, me pongo a escribir. Es lo que soy y lo que me hace ser. Es lo que permanece. Es a lo que acudo cuando creo que todo lo demás se acabo, y cuando veo que algo está a punto de empezar.

Todos excavamos — July 30, 2015

Todos excavamos

“El Gobierno de la República ofrece sesenta millones de pesos por cualquier información que lleve a la captura del delincuente Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”; su denuncia será anónima”. Y los ciento veinte millones de mexicanos que sabemos donde está El Chapo nos quedamos callados. Imposible creer que no haya dinero que alcance para sobornarnos, a nosotros, los mexicanos… Nadie con dos dedos de frente se traga el cuento de que un túnel fue excavado a diez metros de profundidad de un penal de máxima seguridad sin ser detectado, así que obviamente hay “políticos y funcionarios corruptos involucrados en el caso” además, un sólo hombre, aunque sea El Chapo, no puede hacer ese trabajo solo y sin herramienta, así que “hay cómplices”. ¿Quién fue sobornado? ¿Quién soborno? ¿Quién excavo? ¿Quién se hizo el sordo? Dejemos de fingir. Todos excavamos el túnel. Yo, al pedirle a mi novio que falsificara mi firma y el al hacerlo. Cualquiera que le haya pedido a un tránsito que “se arreglaran” o a un profe que “le diera chance”: todos sobornamos, todos aceptamos el soborno, todos lo hacemos, y el que diga que mo, miente. Y entonces El Chapo anda por ahí y le empiezan a colgar el milagrito del petróleo, del dólar, del avión, de los deportistas, del presidente pendejo, del gabinete corrupto, del país harto, del país inseguro, del presidente muerto. Pobre Chapo, el que sólo quiere trabajar. No lo estoy defendiendo lectores, pero síganme un poco la corriente, llegaremos a un punto: pongamos que Joaquín Guzmán Loera nació en una familia humilde en Durango y después de muchos años de trabajo y de empezar desde abajo pudo fundar su propia empresa, pongamos que pese a toda la burocracia pudo exportar y que pese a los malos manejos de las instituciones ha podido generar miles de empleos y pongamos que a este distinguido empresario, uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, un día lo secuestran. Pongamos que lo privan de su libertad y que toda la gente que depende de su astucia y sus decisiones queda a la deriva. Pongamos que logra pagar el rescate y sale libre, y después de más de diez años de seguir trabajando duro por su familia y su gente lo vuelven a secuestrar. Una vez más, logra pagar su rescate, porque años y años de trabajo le han permitido amasar una fortuna, pero no sólo eso: sus empleados lo quieren. La gente lo quiere, se ha convertido en un ídolo del pueblo y su paradero es un secreto a voces: todos sabemos donde está El Chapo. Está tan cerca que no alcanzamos a verlo, lo podemos sentir en cada semáforo rojo, en cada oficina de gobierno, en cada trámite, en cada peatón cruzando a media calle, en cada niño copiando en la escuela, en cada puesto de trabajo que se le da a la hija de la amiga, y no a la profesionista. El Chapo vive en la casa de todos, su túnel lo excavamos todos, el ruido lo silenciamos con cualquier novela pendeja del trece o del once y cuando el decidió largarse todos volteamos hacia otro lado, porque nos da lo mismo que esté afuera que adentro. El Chapo no es el problema, ni la solución. A mí me da más miedo un presidente pendejo que un narcotraficante suelto. Sesenta millones ya no nos alcanzan, ni aunque los repartieran entre ciento veinte millones de mexicanos, ni aunque los duplicarán, porque nos tocaría un peso por cabeza y nuestra cabeza vale más que eso. A nadie le importa que El Chapo esté afuera, ni vamos a hacer nada porque se regrese, y muy en el fondo a algunos nos da hasta placer que se burle de un sistema podrido y de una sociedad estúpida que le cree a la televisión, al menos un hombre inteligente que lucha por sus ideales y tira muros y construye túneles por su libertad, al menos uno no se deja.

Cronica de una despedida — July 16, 2015

Cronica de una despedida

Comenzó a llover torrencialmente en cuanto entré a la central de autobuses. Había ido a esa central una y otra vez, de escapada, de paseo, a despedir, a hacer caridad, y esta vez era para irme. Sí, irse, del verbo que significa abandonar un lugar para no volver. No sabía sí el clima y la ciudad se estaban burlando de mí o anunciándome prosperidad.

El mensaje que entendí fue “soy como soy, voluntariosa como tú, y si no te gusta, vete”. Y me fui.

Una vez escuché que “Playa o te adopta, o te aborta”, pero a mí ni una ni otra. Tuvimos una relación inesperada, plana y tediosa, pero irreversible. A veces pienso en los hubieras y se me agota la imaginación. Las cosas son como son, y son así por una razón. Después de muchos altibajos puedo resumir que lo que yo aprendí de ella no lo hubiera aprendido en ningún otro sitio, y lo que ella me quitó no me lo había podido quitar nadie antes.

Gracias Playa, y adiós. Gracias por haberme enseñado humildad y resistencia, y adiós porque quiero algo mejor. Gracias por el agua azul y los cenotes, y adiós porque no aguanto el calor. Gracias por los momentos de soledad y por hacerme entender, y adiós, porque aún necesito aprender más. Gracias por los días soleados y por los días nublados, por las hormigas y por la humedad, gracias por hacerme darme cuenta de que yo tengo un lugar, y no es este. Gracias porque me pusiste donde debía estar, con quien sabe amar y con quien voy a seguir una vida en otro lugar. Gracias Playa por todas las lágrimas que te dejé en el mar, por haberme quitado todo lo que no necesitaba y por haberme dado significado. Gracias por enseñarme que había otros caminos, tal vez en medio de la selva y entre mosquitos, pero otros caminos al fin.

No te voy a decir que te amo, Playa, porque sería mentir, las dos lo sabemos, y tu tampoco tienes que fingir nada, nada nos debemos. Está claro que nunca fuimos la una para la otra y que tu para mí fuiste un escape, y yo para ti sólo una más de los que vienen para no quedarse, porque les das un respiro sofocado del resto de sus vidas, porque los consuelas con alcohol y con sitios paradisiacos que no pueden disfrutar porque están demasiado ocupados tratando de ganarse la vida, yo sólo fui una más que pasó horas frente a un computador tratando de comunicarse con los suyos, que hizo amigos porque los necesitaba, que los va a extrañar, porque fueron bueno y que se va, porque su vida real está en otra parte. Yo para ti sólo fui una más viviendo una aventura.

El aire húmedo y salado y el calor sofocante me despiden. Ni siquiera fui a ver el mar por última vez ni compré una postal ni hice muchas otras cosas que pude hacer y que dejé para después, o para nunca. No sé si nos volvamos a encontrar, eso implicaría que yo fuera hacia ti, porque tú no te vas a mover. En estos momentos tengo mi vista puesta en otros horizontes, no sé si nos volvamos a encontrar porque esta despedida sabe diferente, sabe a pasar la página, sabe a “para siempre”, sabe a que ya no me voy a quejar de ti, porque a pesar de todo te tengo un profundo agradecimiento por lo que me hiciste ser, por lo que me hiciste hacer, y por dejarme ir. Gracias Playa por no adoptarme y no abortarme, porque yo fui libre de venir y de volver una y otra vez y de irme las que fueron necesarias. Gracias Playa, y adiós.