Grosso Modo

Revista Grosso Modo

¡Felicidades! — June 16, 2017

¡Felicidades!

Sin prisa y sin pausa, vomité en el consultorio de la psicóloga (la que sí me cae bien) la historia de mi vida durante las últimas tres semanas, lo de las medicinas, los últimos dos pleitos domésticos, las nuevas determinaciones, uno que otro dato de menor importancia y el hartazgo que siento frente a tanto drama. Hablé sin parar unos veinte minutos. No se me salió ninguna lágrima. Cuando acabé, me respondió: Dani, a todo lo anterior, felicidades. Se me quedaron los ojos como platos. ¿Me estaba felicitando por pedirle amablemente que ya no me cancele las consultas, por haberme agarrado a gritos con mi marido, por mentársela a las de las farmacias, por pensar que el psiquiatra me abandonó o por poner a mi hermano a buscar por cielo, mar y tierra los antidepresivos que nadie me quiere vender? -Te felicito por estar enojada, porque eso está generando movimientos y porque estás enfrentando tu vida de manera diferente. Tuve que concederle esa, enojada sí estoy. Es increíble la capacidad de esa mujer para encontrarle un lado positivo a cualquier drama que yo le presente, para voltear la tortilla, pues. Lo que no le dije fue que mi retorcida y descompuesta cabeza ideó en un momento de desesperación al menos tres maneras distintas de morir joven y hacer que pareciera un accidente.

Esa misma mente retorcida y descompuesta me pregunta: ¿le estás mintiendo a la psicóloga? No, no le estoy mintiendo, le estoy mostrando mi lado más sano, nada más. Uno no va al  psicólogo porque se siente bien. -Estoy demasiado feliz, doctor, creo que no es normal. Uno asiste porque hay problemas, en el menor de los casos; porque está loco, en el otro extremo del continuo. “La salud mental es un continuo…” recuerdos vagos de la facultad. De esa facultad de la que tanto renegué y de la que ahora conservo sólo los buenos amigos. Mentira -me grita la desquiciada. También conservas la habilidad de categorizar a la gente, cual si fueran campos semánticos, y de experimentar con ellos, cual si fueran ratas blancas, de esas gordas como las que entrenaste para comerse un fruti lupi. Con la gente deberías hacer igual, me dice el instinto conductista que se nos graba a los que “tenemos madera…”. Pero no hago. Antes bien, me he avocado a la tarea de sanarme, de intentar lidiar conmigo.

“Yo tengo que vivir conmigo, tú estás aquí porque quieres. La puerta está abierta, puedes irte cuando lo desees, no tienes que ser un mártir de mi revolución”. Esas cosas estúpidas que uno dice cuando está enojado. No es completamente verdad que tengo que vivir conmigo. Podría abandonarme, si estuviera tan sólo un poco más sola o más enferma, o menos medicada o menos supervisada. La idea se me sigue apareciendo, me sigue seduciendo, la sigo controlando. “Nunca lo haría (es lo que acostumbro responderles a los psiquiatras), no podría causarle ese dolor a mi familia”. Y es verdad, pero en ese momento de desesperación en el que planeé los accidentes, también reflexioné sobre la compasión que le tuvimos al perro que, moribundo y dolorido, inyectamos con un líquido blanquecino que le dejó dormirse tranquilo y para siempre. Lo hicimos con todo el dolor de nuestro corazón, con lágrimas en los ojos y suplicándole perdón, pero lo hicimos. Es un lujo del cual yo nunca gozaré. No importa cuánto sufra, cuánto me duela, cuánto me atormente la vida, cuánto me cuesten las medicinas, cuántos doctores tenga que conocer, cuántos me desahucien, a cuántos tolere, cuántos me mientan, a cuántos no soporte, no importa nada, yo tengo que vivir con esto. Tengo que vivir escuchando la fantasía de que puedo controlarlo, de que voy a estabilizarme, dándome atole con el dedo y poniendo en práctica cuanta técnica psicológica recuerde con tal de “relajarme”.

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Hacer (o padecer) la historia — June 15, 2017

Hacer (o padecer) la historia

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Una pareja guatemalteca huye de su país tratando de salvar el pellejo. No puede permanecer en su hogar porque sobre él pesan amenazas de muerte al haber desertado del crimen organizado que le había forzado a trabajar para ellos como matón. Ella lleva a su pequeña hija que apenas y ha aprendido a sostenerse en pie. Al llegar a Tabasco están ya en condiciones físicas, y sobre todo mentales, terribles. Ella ha sido violada en múltiples ocasiones y producto de dichos sucesos cuenta ahora con otra hija más pequeñas que aún no llega al año de edad. Los grupos delictivos que les habían obligado a “trabajar para ellos tienen un brazo suficientemente largo como para llegar a México y les siguen la pista hasta el albergue en el que se encuentran. Llegado el momento tienen que huir nuevamente y dejar incompleto el trámite ante migración que les permitiría buscar protección en México. En el camino deben ver, una vez más, incontables atrocidades que nadie tendría que presenciar en toda una vida. Finalmente llegan al centro del país en dónde, aterrados, buscan la forma de establecerse porque no hay forma de regresar lo andado hacia aquellos que buscan terminar con su vida y tampoco hay poder humano que les haga continuar el camino a los Estados Unidos traumatizados ante la violencia dantesca y sin sentido que han vivido en los últimos años. ¿Qué debemos hacer?

Es momento de hablar sobre el tema. No después, no en un foro, no en una conferencia, no es las escuelas, no en los congresos. Es momento de hablar sobre el tema ahora mismo y aquí mismo, en nuestras familias, con nuestros amigos, en el trabajo, en las calles, en donde nos encontremos. No podemos seguir postergándolo. Hay una realidad; mientras se siguen suscitando discursos de odio en la Europa primer mundista y en los Estados Unidos que solían ser una potencia ay ahora sólo son una desgracia postmoderna en México tenemos apenas pequeños exabruptos en este sentido pero ya un historial de años completos masacrando vidas humanas que se cuentan por ls decenas o centenas de miles. Pocos hacen algo, nadie dice nada. ¿Cómo llegamos a esto?, ¿en qué momento nos consumió la apatía, la incongruencia y las mismas muestras xenófobas de las que tanto nos hemos quejado y de las cuales padecemos los prejuicios generados? Si callamos ante el holocausto del siglo XXI seremos igual de cómplices y condenados por la historia como aquellos que atestiguaron el del siglo XX.

Somos vecinos de un país que no reconoce su papel en la desestabilización de la zona de Centroamérica a lo largo de los 70’s y 80’s, que invierte cientos de millones de dólares para convertir a México en un patio trasero que hace todo el trabajo sucio, que arma gente para compartir a los carteles de la droga pero no hace nada para remediar el hecho de que son el primer consumidor mundial de su producto. Vecinos de un país que ha jugado un gran papel en el éxodo de cientos de miles de almas pero que no concibe extender ningún tipo de tregua o ayuda a aquellos que, es un hecho, ya no buscan trabajo sino que huyen de la violencia desbordada y el caos que impera en sus países con una corrupción endémica, falta de infraestructura, carencia de oportunidades de trabajo, secuestro, extorsión y hostigamiento por parte de las Maras.

Nos quejamos hasta el hastío de las injusticias que sufren nuestros connacionales ante el racismo, la xenofobia y la arbitrariedad. Defendemos a capa y espada su derecho a buscar oportunidades en otra tierra porque en la propia se les ha vedado la oportunidad de desarrollar su potencial humano. Asimilamos la idea de que son, en la mayoría de los casos, personas decentes que exportan las mejores manos y mentes que México tiene para ofrecer y que enorgullecen al país por sus aportes y ética de trabajo. Pero, al mismo tiempo, parecemos incapaces de procesar la posibilidad de que nuestros hermanos centroamericanos vivan esta misma realidad. Aplaudimos el aporte mexicano a la cultura americana y a aquellos lugares a donde van a trabajar y nos enorgullecemos de su contribución a la multiculturalidad que hace grande a la humanidad pero nos comportamos peor que los grupos abiertamente racistas de Estados Unidos y Europa, nos brincamos los discursos abiertamente demagógicos y neofascistas que atraen votantes pero saltamos directamente a los crímenes más brutales, a la indignidad más fétida y al silencio más lascerante, cínico y vergonzoso posible. La humanidad atraviesa su peor crisis moral en décadas y nos estamos limitando  ser espectadores pasivos y cómplices por omisión. Alguna vez lo dije; estamos ante el suicidio moral de la humanidad y estamos a punto de apretar el gatillo por nosotros mismos. ¿Es en verdad esto lo que queremos?, ¿es este el mundo y la sociedad que queremos dejarle a nuestros hijos y a todos aquellos que no son el futuro sino el mismo presente de nuestra especie? Debemos asumir la realidad, que ya va mucho más allá de si nos gusta o no, es un hecho establecido. Vivimos una época al estilo Black Mirror en donde estamos presenciando el principio de una nueva era de nacionalismo absurdo, proteccionismo y cierre de fronteras que ya ha comenzado por deportar a los primeros y que terminará por cerrar la entrada a todos los venideros. Las personas que deben atravesar una realidad como la experimentada por esta familia no se van a quedar en sus lugares de origen, es inviable, es absurdo, tampoco podrán , eventualmente, ingresar al vecino del norte. La pregunta que verdaderamente deberíamos estarnos haciendo es ¿en dónde se establecerán?, la respuesta e obvia; México. os guste o no debemos aceptar que en cualquier momento en los próximos 10 años nuestro vecino, amigo, esposo o compañero de trabajo bien podría ser hondureño, guatemalteco, haitiano o cubano.

Este trabajo me ha tenido con los nervios crispados en los últimos días. A veces siento que no puedo más y que quiero renunciar, sé que parece frívolo y sin sentido pero el sólo hecho de pensar en las atrocidades que no yo, sino otros viven, a veces me oprime el pecho, me hace derramar lágrimas y se siente claustrofóbico en mi mente. Me doy cuenta del mundo de diferencia entre saber algo y experimentarlo en carne propia pero no puedo evitar sentir un nudo en la garganta y una piedra de desesperación en mi espalda. pero ¿cuál es la opción?, ¿ignorarlo, pretender que no sucede nada e irme a dormir cómodamente?, no lo creo. Lo único peor que irse a la cama y tener estas cosas en mente es irse a la cama y no poder dormir al saber que estoy rehusando mi responsabilidad. Yo no puedo cambiar la situación a nivel macro que nos ha llevado a estar en esta postura pero si creo, hoy en día, que mi vocación es inspirar, acompañar y transmitir mi experiencia a aquellos que buscan un cambio, a aquellos que, como yo, están sedientos de justicia, de igualdad, de equidad, de humanidad, de paz y de dignidad para todos aquellos a los que les ha sido negado. Y es así que hoy les digo que esto debe hablarse aquí y ahora. Quiero que estas palabras sean un grito de demanda por la dignidad de todos esos olvidados que se han quedado relegados a la consideración de vidas de segunda categoría o prescindibles por los que decidieron vivir en una burbuja confortante. No hay cansancio, temor o amenaza que pueda detener esta sed. Y si estas palabras sirven de algo me gustaría que sirvieran como una invitación a unirse a esta justa indignación por todos aquellos que aún ven en nosotros una opción para formar una familia, una comunidad, un pequeño espacio de seguridad y amor en donde puedan reconstruir sus vidas y enriquecer a la tierra adoptiva. A todos los que buscan unirse; no demoren, porque tenemos trabajo que hacer, esto es una invitación. A todos los que vienen en camino en este tortuoso viaje; son bienvenidos, son queridos, son hermanos. Como alguien mucho más sabio que yo me dijo alguna vez; “si todos somos hijos de Dios, los otros son mis hermanos y son responsabilidad mía”. Si alguien lee estas palabras y más que miedo siente indignación, mi trabajo esta hecho, te invito a unirte y gritar juntos, inspirar juntos.

Dedicado a Mario y su familia.

“Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen.” -Albert Camus

*Todos los nombres y lugares han sido cambiados por seguridad.

Sín título — June 6, 2017

Sín título

Después de todo, uno nunca está tan roto. Sólo un poco lloroso y escandaloso en el corazón. Un mucho roto en las agallas, indomables egos y las cosas mundanas: los fracasos, las ausencias, las expectativas resquebrajadas. Pero uno nunca está tan roto ahí adentro, al centro, donde están las cosas del alma.

Esperanza y juego, y viento y alas. Y nubes y retratos que no hemos visto y flores hermosas que van a nacer aquí, donde hoy no Podemos ver nada.

Razones y ruidos, recuerdo y rabia. Y llagas y todo lo que duele y rompe. Y todo lo que sella y sangra.

Estamos como estamos, peor que si estuviéramos bien, mejor que si no estuviéramos más. Y en peligro. Peligro de que nos Secuestre la magia y nos haga pedazos las conjeturas  y a chorros de sabiduría nos recomponga las ganas, y los deseos, y las luces que ya hace tiempo no brillan…

Y en peligro Irreconocible de que lo desconocido y lo incierto nos dibujen nuevos caminos en la cara: el camino a nuevas letras, a nuevas condensaciones de palabras, camino a besos de salvia que no duelen o conversaciones que tocan campañas; campanas que hacen nuevas melodías en nosotros.

O corremos el riesgo de caer en nuevos vértices de la tierra!  En las faldas del mundo, los huesos de viejas eras… en sendas nuevas, necias, Necesarias, que seguras de su lugar en el mundo nos llaman…. Allá donde somos distintos, donde no hay vergüenza, no har rareza: un sitio de transparencia.

No estamos tan rotos porque destruirse todo el tiempo es construirse a la vez…como toda curiosa paradoja.

Seguimos cursos de los que no somos conscientes y estamos en caminos sin nombres… rotos, borrados, sacudidos, cansados… pero aun existiendo mientras nos pensamos y nos conversamos; y nos seducimos con las explicaciones que nos damos. Emigramos de nuevo Indignados, invencibles, derrotados o heridos, pero nos vamos siempre a otro lado.

Mudamos, mutamos, aún siendo los mismos nos transformamos. ..

Ya rotos no nos repetimos ni nos reconstruimos. Rotos y vivos nos inventamos.

Olvidamos que era lo justo y que era lo bello, y lo adecuado y lo sano. Y lavamos la ropa de nuestros significados. Soltamos lo que queremos, porque es también lo que nos hace daño; y las ideas se hacen calambre y los sentimientos espasmo… Y el cuerpo no se soporta a sí mismo aunque esté intacto.

Arrastramos nociones, intuiciones, recato. Guardamos a lo privado las piezas que nos quedan. Ya no las repartimos ni las regalamos; estamos ocupados en esculpir una pieza. Y así vamos serenando, tallando, coloreando materia, entrando en nosotros mismos y abandonando la tierra, y su error y su sordera, y su miseria. Y la sabemos tierra sólo. Y nosotros nos reconocemos arena.

Jonás y la ballena — June 1, 2017

Jonás y la ballena

Trespass your torments if you are what you wanna be…

En la biblia Jonás es un profeta que vivió unos 800 años antes de la aparición de Jesús. Se le recuerda por un pasaje bastante conocido entre los feligreses. En aquellos tiempos Jehova hizo un encargo particular a Jonás; debía viajar a Nínive (a unos 800 kilómetros de su pueblo) y advertir a los asirios que sus actos malvados serían castigados si no cesaban. El profeta emprendió el camino para cumplir su misión pero tenía dudas debido a la famosa violencia y crueldad de los asirios. Una vez estando ahí se acobardó y decidió huir lo más lejos posible montándose en un barco de carga. Una vez a bordo y en medio del mar se desató una enorme tormenta que provocó que todos coincidieran en el origen sobrenatural del fenómeno por lo cuál los marineros comenzaron a echar suertes para averiguar quién había hecho enfadar a cuál Dios y así provocado la tormenta. Inevitablemente Jonás admitió que era él el causante por desobedecer a Jehova ante lo cual pidió al resto de la tripulación que le arrojaran por la borda para calmar su furia y así pudieran salvarse. Ante la reticencia inicial de los marineros finalmente Jonás fue arrojado por la borda en dónde pensó encontraría la muerte. Cuando sentía desfallecer percibió una gran sombra que resultó ser una ballena la cual lo engulló y le salvo la vida al permanecer a salvo en su estómago. Después de tres días para meditar lo que había sucedido Jonás fue “vomitado” por la ballena y regreso de inmediato a Nínive para predicar con los asirios sin mostrar nuca más asomo de cobardía.

Desde hace ya algunos años cuando conocí este pasaje llamó poderosamente mi atención, no necesariamente por el contenido bíblico, sino por la moraleja que se deja intuir en el y que le habla a las personas que atraviesan diversos períodos de duda y dificultad. Incluso en la logoterapia hay quien llega a mencionar un “Síndrome de Jonás”, esto es, el miedo no a nuestra parte oscura sino a nuestro total y pleno potencial

Que todos tenemos más o menos atisbos de cobardía, apatía, dudas, incertidumbre y falta de decisión es innegable, pero, eventualmente, podemos darnos cuenta que aquello a lo que más le tememos no son a nuestros propios demonios sino a nuestra parte sana, luminosa, a nuestra mejor versión, a la posibilidad de conquistar esos mismos temores.

Me explico; sabemos que la duda, el temor, la desconfianza y la posible incapacidad que llegamos a sentir hacia nuestra persona es algo que se revela como natural en todos los humanos. Incluso podría decir, desde mi perspectiva, que vivimos en una sociedad que, o se encarga de resaltar esos defectos de carácter para acabar de forjarlos y volverlos definitorios, o nos vende una idea de optimismo, positividad y “desarrollo humano” que depende de una visión idealizada e ingenua de las cosas y que niega, igualmente, los condicionantes y limitantes humanos. Y es entonces que vemos que no sólo no tememos a nuestras propias debilidades, sino que, se han vuelto nuestra zona de confort, porque se han vuelto la normalidad. Y vemos también que estos nuevos sistemas que dicen “empoderar” a las personas no son más que perpetuadores de esta misma zona de confort que hacen creer a los ingenuos que ese pequeño nicho conformado por su grupo son los poseedores de alguna clase de verdad absoluta y, por lo tanto, no es necesario de compartir y, peor aún, trabajar en su refinación.

Hacer lo que estamos llamados a hacer es lo que podemos llamar nuestra misión o propósito más profundo. aquello que le da sentido a nuestra existencia y nos proporciona un lugar en el universo. Convertirnos en lo que queremos y en lo que podemos llegar a ser, desplegar nuestro total potencial es, entonces, nuestro mayor temor. ¿Por qué? porque tiene como requisito inexcusable trabajar arduamente, retar nuestras propias concepciones, cuestionar, desafiar nuestros paradigmas y los de los demás, redefinir lo que somos y quiénes somos, crecer, desarrollar, dejar de asumir que no podemos y empezar a cambiar lo que nos detiene a través de procesos lentos y difíciles, dejamos de preguntarnos por qué y empezamos a preguntarnos para qué. Esto llega a ser nuestra mayor amenaza porque eso implica que ese trabajo que no nos llena pero es estable quizás tiene que irse, o que quizás es momento de tener que tolerar el mal menor en pos del bien mayor, significa que nuestra adicción a un ingreso fijo, a ciertos objetos o a un “estilo de vida” pasa a ser obsoleta y debe rehabilitarse, es la llamada a revisión de nuestras ideas preconcebidas sobre el mundo, es lo imperioso de ser congruente con aquello que predicamos. Es aquel momento en que nuestras excusas y temores en forma de incapacidad física, mental, intelectual o emocional se tienen que ir para dar paso a la idea de que nuestro cuerpo, mente y espíritu llegue a su límite y demuestre que las reglas y normas son meras sugerencias. Mis comodidades y privilegios, mis prejuicios y todas aquellas cosas y personas que me hacen sentir cómodo y confortable tiene que hacerse a un lado y dar paso a quienes aportan pero cuestionan, critican y también apoyan sin consentir la autocomplacencia. Incluso mis enfermedades, falta de energía y esa depresión que me persigue, las sombras de mis demonios personales y todo lo doloroso que no me enseña nada se tiene que largar para no volver. Mi entendimiento y adopción de lo establecido y la aceptación de los demás se tienen que soltar para desafiar, redefinir, reacomodar y reescribir mi visión del mundo y tendré que cambiar mi aceptación social por un encuentro de ideales, valores y propósitos. Todo lo cual se dice fácil pero nos genera pavor a muchos. Por eso, simplemente, es que nuestro mayor miedo en la vida siempre será justo la mejor versión de mi mismo, la idea y la posibilidad de desbloquear mi potencial y llegar a ser todo lo que puedo llegar a ser. ¿por qué? por que ser promedio es jodidamente cómodo.

Pero, ¿no es también la mejor versión posible de toda persona, aquella que no es perfecta pero es perfectible? Me gusta pensarlo así y me gusta creer que me encuentro justo en ese camino. Es por esto que considero este como el momento de llamar a todas las persona que me rodean, conocidos y desconocidos, a romper las cadenas de sus miedos y convertirse en lo que pueden llegar a ser y no en lo que ya son. Tú, tú y tú también, que me conoces o estás leyendo esto, no pienses y no me digas lo que eres, dime lo que puedes llegar a ser. En las visiones de posibilidad radica la esperanza del cambio porque hablar de lo que ya es, es hablar de lo que no puede transformase. A ti te digo; arrojate al mar, déjate engullir por la ballena, pasa el camino que tengas que pasar pero cumple tu misión, imperfecto pero con gran coraje. Si tu propósito es el desarrollo social, la tecnología, la creación de nuevas organizaciones y la generación de riqueza o conocimientos, la salud de las personas, el acompañamiento y empoderamiento de los demás, tender la mano al marginado, alimentar al hambriento, darle voz al que se le ha acallado o simplemente contactar la esencia humana en tu tiempo aquí; yo quiero que lo hagas. Y sólo lo haremos si perdemos el miedo no a fracasar, sino el miedo a triunfar. Conviértete en lo que puedes llegar a ser porque sólo en ese breve instante somos verdaderamente humanos e inmortales a la vez.

Look de monja —

Look de monja

“Si me hubiera ido de monja este sería mi look desde hace diez años” fue lo primero que pensé apenas me miré con atención al espejo, me di cuenta de que el corte de cabello era irremediable y tuve tiempo de criticarme. Sí, quería irme de monja, tenía ocho años y mi referente profesional cotidiano era la adorable novicia que impartía segundo de primaria y a la que “los grandes” apodaban “la madre Sonric´s”, porque siempre estaba sonriendo. Yo pensaba que ella era feliz, y que era feliz porque era monja, y por lo tanto yo quería ser monja para ser feliz. ¿Cuál hubiera sido mi desdicha, si yéndome de monja se me desarrollaba de igual manera algún cuadro depresivo? ¿Jesús de marido, y no ser feliz? Híjole, pienso mientras me digo para tranquilizarme que no era mi vocación, y lo de la virginidad se me descompuso rápido en la vida y además en el colegio me inculcaron incisivamente las ideas de la culpa y el pecado, que con un superyó como el mío se convirtieron en una bomba autocrítica que pronto me hizo desistir de mis ideales de la infancia: nadie con un historial como el mío sería aceptada en un convento: yo estaba sucia, había pecado, era impura. ¡Vaya pensamientos para una niña de primaria! Total, que esa misma novicia volvió a mi vida como una monja hecha y derecha siete años después, cuando lo peor de la adolescencia se había quedado atrás –o eso queríamos creer- y yo comenzaba a convertirme en una persona de bien –o eso queríamos creer-. Volvió para enseñarme muchas cosas, casi ninguna relacionada con la felicidad: las lecciones de la preparatoria se trataron más bien de secretos y cómo guardarlos, de discreción, de buen y mal juicio, de permisividad a cambio de silencio, ella no estaba libre de pecado, así que nunca se decidió a tirar la primera piedra. Tal vez esa piedra fue la que me hizo falta: un buen descalabro de alguien a quien admiraba tanto probablemente me habría hecho entrar en razón, o probablemente no, no lo sabemos y nunca lo sabremos, son cosas que pasaron hace mucho tiempo, en otra vida, con otros miedos, con otros sueños, desear ahora que no hubieran pasado nunca, o que alguien las hubiera detenido, sería renegar de mi destino… ¿Destino? Vaya, ahora sí te estás poniendo interesante, pseudo-todo y cuasi-nada, me vuelvo a criticar. ¿Te atreves a creer en el destino? ¿Tan cobarde te has vuelto? Esta mañana leí que el equilibrio entre el destino y el libre albedrío constituye el arte de la vida, o alguna mamada por el estilo de alguien que lo dijo y que fue a parar al correo que recibo diario de Frases y Pensamientos. ¿Libre albedrío? O sea, hacer lo que te dé tu chingada gana, esa lección sí me sirvió y no la olvido. Pero ¿destino? No ha habido argumento más útil y certero en la historia de la humanidad para quitarle lo responsable al hombre, para hacerlo “víctima” de “lo que le pasa”. Tengamos huevos, queridos, no existe el destino. ¿No? ¿Quieres decir que pudiste haber hecho más para lograr lo que querías y ya no tuviste? Puta madre, si tan sólo no fuera tan autocrítica. No lo sé, ¿ya? No lo sé. No sé si creo o no en el destino ni en el libre albedrío ni en su chingada madre. No me fui de monja, fui una adolescente insoportable y ese episodio de mi vida del que no me gusta hablar de verdad existió, con la madre Sonric´s como mudo testigo y después traté de darle gusto a mi papá, castigándolo al mismo tiempo, y mientras tanto me di en la madre una y otra vez, me enamoré de un patán que me rompió el corazón, y una y otra vez me emborraché y una y otra vez sentí que perdía el tiempo hasta que un buen día todo lo que me habían dicho que debía hacer se terminó y me encontré con que tenía una vida y no sabía qué hacer con ella. Me deprimí, me fui, fracasé, triunfé, fracasé, me deprimí otra vez. En el inter hubo muchos besos y muchas cachetadas (simbólicas, pero no por eso menos dolorosas). Me deprimí más y más y más hasta que fui a dar al consultorio de una psiquiatra que me dijo que tenía que aprender a vivir con eso. De ahí para acá todo ha sido una puta montaña rusa, como ya saben los que han estado aquí desde el principio o el tiempo suficiente. El carrito en el que voy no parece detenerse. Dios, o la vida, o Alá, o el Universo, el creador, la primavera, en quien sea que crean, queridos lectores, o incluso si dicen decididamente que no creen en nada, ¿podrá ese ente ayudarles a parar su propio carro? ¿a controlarlo? ¿a ser felices?

 ¿Son felices, queridos lectores? Sean honestos, por lo menos. No respondan, si no quieren, pero por favor, encuentren algún momento dentro de sus ocupadas vidas para hacerse la pregunta e intentar una respuesta. Yo me lo preguntaba casi todos los días. Ya se imaginan la respuesta. Nunca era simple, pero casi siempre era concreta: no. Ya no me lo pregunto. Cuando me siento feliz, lo digo. Busco Resultado de imagen para mujer con cabello corto de espaldatodos los días un motivo positivo. Hago ejercicio, como lo mejor que puedo. Trabajo como la loca que soy para darme los gustos de la ambiciosa que llevo dentro. Amo todo lo que puedo. Duermo tanto como puedo. Visito más médicos de los que quiero, pero me siento mejor de lo que hace mucho no me sentía. No me fui de monja y no me casé con el amor de mi vida y he dejado de hacer muchas cosas de las que hace diez años hacía, afortunadamente (las tres). Quisiera decir que no tengo arrepentimientos, pero estaría mintiendo, y soy tan mala mentirosa que quedaría en ridículo de inmediato y por completo. Sigo escribiendo, no tanto como debería ni tan bien como quisiera, pero sigo escribiendo. Creo en Dios, como un ser supremo que es más fuerte que yo y que tiene más tiempo y más respuestas y que nos cuida desde lejos. Parece que mi vida no es tan radicalmente distinta de la que llevaría si fuera monja. Incluso me hice el corte de pelo.

El rompecabezas — May 19, 2017

El rompecabezas

MONÓLOGO EN CURSO / (PENSAMIENTO IRRACIONAL Y NO RELACIONADO)

(Te hice una canción güera, a ver si te gusta) Me toma veinticinco minutos quemar doscientas calorías en la bici estática, lo hago más a huevo que de ganas y sin la regularidad requerida para que se me haga hábito, el asiento lastima mis partes íntimas y siempre me representa un problema elegir la música que voy a escuchar, porque, claro, no se puede “hacer ejercicio” sin escuchar música. (Puta madre, ayer había Grosso Modo y no escribí nada) Me toma veinticinco minutos quemar doscientas calorías y aproximadamente treinta segundos tragármelas en forma de una dona, un par de galletas, un chocolate o lo que sea que se me atraviese y tenga suficiente azúcar. Yo no era esta persona. Nunca me había fijado en lo que comía, cuánta azúcar tenía o cuánto me iba a tomar quemarlo. Nunca hasta que subí diez kilos prácticamente de la noche a la mañana y me dejaron de quedar mis pantalones. (El cabello crece, ya lo decidiste, es por una buena causa, tienes que hacer algo) De hecho, me cae muy mal esta persona que se fija en las calorías, escuchando de su madre que el peso no importa, que lo importante es que te sientas bien, bueno, es que no me siento bien con este peso, y a mí si me importa. (Que se case, me vale madres, esa guerra estuvo perdida desde siempre) Además de que bajita la mano, no te preocupes mi amor, los vas a bajar rápido, era culpa de las pastillas, con este doctor vamos a estar mucho mejor. Sí, nuevo doctor, este por lo menos se ganó mi respeto. Una psicóloga que me cae bien y un psiquiatra que se ganó mi respeto. Parece que después de todo sí hay  luz  al final del túnel. (Te tengo que decir algo que está pasando) La vida cambia en un momento, muchas veces dentro del consultorio de un médico. Para bien o para actuar. A final de cuentas mi madre tiene razón, el peso no importa, el cabello crece, mi tía puede usar una peluca si la necesita a razón del cáncer que padece. (¿En qué momento llegó junio?) Cáncer. Otro cáncer, otra vez, otra guerra. Algo me hace pensar que las pastillas que tomo me tienen más o menos permanentemente sedada y no he sido capaz de asimilar la información en la proporción adecuada. Me duele algo entre el estómago y la garganta y estoy segura de que es miedo. Ese maldito bastardo que aparece cuando nos enfrentamos a lo desconocido. ¿Desconocido, el cáncer, estás segura? (Todos los días escribo algo bueno que pasó, es un ejercicio que me ayuda a ser consciente de lo que pasa en mi vida y a ver las cosas de manera positiva) Lamentablemente no. El cáncer llega cuando menos te lo esperas, lo sé. El cáncer es un contrincante misterioso, lo sé. El cáncer mata, lo sé. (¿A qué  vinimos al mundo, si no a ser felices?) Rebotan palabras vacías en mi cabeza. Nada tiene sentido, todo es confuso. Es como las películas cuando aparecen muchas imágenes consecutivas rápidamente, aparentemente no relacionadas pero evidentemente piezas todas de un mismo rompecabezas irresoluble: la vida.

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En otros 7 años — May 4, 2017

En otros 7 años

El tiempo siempre ha sido uno de mis grandes demonios. Y últimamente el tiempo parece presentarse a si mismo en formas cada vez más grandes. Recién caigo en cuenta de que este año se cumplirán diez años de conocer a mis mejores amigos, a aquellos con los que comencé la universidad y la que, hasta ahora, expandiéndose al día de hoy,  sigo considerando la mejor etapa de mi vida. Diez años de haber llegado a esta ciudad que a veces odié pero otras tantas he amado, inclinándose más por lo último, después de todo hoy en día es mi hogar y me siento a salvo justo cuando entro a ella. Son también, ni más ni menos, siete años desde que este proyecto comenzó. Sí, siete años de escribir para un par de personas en un principio y para, probablemente, ninguna al final. Pero aquí estamos, dos de los tres miembros originales diciendo cosas que quizás caigan en el vacío del mundo pero que, estoy seguro, siempre han sido honestas y con buena parte del corazón en ellas. No puedo decir que el tiempo no siga siendo una de mis mayores obsesiones ni que no me lleve a rozar el absurdo en ocasiones pero, si una cosa he de reconocerle, es que sabe enseñar lecciones como pocos y en esta ocasión no quiero tomar muchos rodeos y simplemente compartir algunas de las cosas que he descubierto en estos años. Muchas veces en base a prueba y error y con más de un descalabro. Pero, eso sí, bien aprendidas.

¿Qué me ha enseñado el tiempo?

  • Que el tiempo no cura absolutamente nada, sólo uno puede curarse a uno mismo.
  • No existe la felicidad sino los momentos felices. Asegúrate de que nunca los pierdas de vista a causa de una que otra situación desafortunada.
  • Nunca seas tú mismo. Si la pregunta es ¿quién soy? jamás podrás cambiar, pregúntate ¿en qué me estoy/en qué me quiero convertir?. Abre la posibilidad de cambiar y evolucionar.
  • Quien no ha experimentado miedo JAMÁS podrá liderear a otros.
  • La certeza es la droga más adictiva que existe.
  • La persona verdaderamente inteligente trabaja por el bienestar de quienes le rodean porque sabe que esto le traerá, eventualmente, su propio bienestar.
  • Familia y amigos son la misma entidad. No están dados por sangre sino por elección. Asegúrate de escoger sabiamente. Ellos serán tu puente al éxito.
  • Puedes fijarte en los gustos o en los valores de las personas. Puedes ver sus defectos o sacar a relucir sus mejores fortalezas. Tú decides qué enriquece más.
  • Nadie con tres dedos de frente sigue a un título académico, una posición en un organigrama, una cartera o un número de followers, sólo a una visión y un corazón suficientemente apasionado.
  • Vivimos en una época que no ha visto una brújula ética, un líder moral en mucho tiempo. Y estamos hambrientos de ello. Debemos ser nosotros quienes nos revelemos de esta manera y asumamos el compromiso y la solidaridad como valores centrales, debemos asumir el compromiso de defender la dignidad y la igualdad humana. Sólo dándonos cuenta de nuestra interconexión podremos avanzar.
  • En la vida como en el running; no se trata de velocidad sino de resistencia.
  • Tú principal enemigo no son los otros; es esa voz dentro tuyo que dice “no puedo, es demasiado, no estoy listo, no soy suficientemente bueno”, es decir, el sentido común.
  • Si tú no crees en ti mismo nadie más lo va a hacer por ti.
  • Nunca veas para arriba ni para abajo, siempre de frente.
  • Hasta el día en que dejemos este mundo hay que reír, especialmente de nosotros mismos.
  • Abrirte a una persona te vuelve susceptible a ser lastimado. Cerrarte a las personas te vuelve miserable.
  • A veces todo lo que necesita el conocimiento es un poco de fe.
  • La única forma de vivir una vida plena es encontrar un propósito que vaya más allá de nosotros mismos y dejar que nos consuma hasta sus últimas consecuencias.

Quizás en otros siete años o quizás la próxima quincena haya descubierto un poco más sobre la vida.

Hasta entonces.

La desgracia —

La desgracia

Los escritores nos alimentamos de la desgracia, hay que aceptarlo. De la propia, de la ajena, qué más da, con que sea desgracia es suficiente. Si tiene una historia, mejor. Si no, se la inventamos. Si tiene consecuencias, tenemos un guion. Si no, se lo inventamos. Los escritores somos inventores de la desgracia, pues. Yo, por ejemplo, llevo años rumiando la desgracia de padecer una enfermedad que a veces me molesta y otras me tortura, y que ahora sé que no se irá a ninguna parte, y a donde yo vaya me va a seguir. (¿Pero sólo es depresión?) Ya estoy cansada de recitarles los síntomas a los doctores que visito, de convencer a los que tienen la paciencia de escucharme de que lo que vivo es real y genuino, de decirme a mí misma que tengo que poder contra ella. Tiene nombre de mujer, además (la muy hija de puta). Tienes que aprender a vivir con esto. Bueno, cómo se los explico, ya es suficientemente difícil aprender a vivir, como para que encima yo tenga que hacerlo “con esto”. “Esto” que no se nombra, que no se mira, que no se escucha, que es mejor evadir o llanamente ignorar. Es molesto, la verdad, es incómodo para todos tener que hacerle un lugarcito en el sillón a ese pinche monstruo que me acompaña, es increíble para muchos porque yo siempre anduve sola, o bueno, eso parecía. (¿Siempre has pensado así?) Sí, bueno, yo creía que así pensaban todos. Uno no va por la vida preguntándole a los otros cómo piensan, porque además es una pregunta estúpida y no tiene respuesta. Sí, siempre he pensado así, y siempre he tenido miedos injustificables y siempre he sentido la exclusión y la incomodidad en situaciones sociales. Siempre he sentido que todos son más felices que yo, o peor aún, que todos pueden ser felices, y yo no. (No es tu culpa) ¿No? ¿Estamos completamente seguros? Porque yo podría afirmar sin temor a equivocarme que casi todo lo que ha pasado en mi vida es culpa mía, y culpa mía también son los contratiempos de la gente a la que quiero, y en consecuencia mejor sería que yo no estuviera aquí. (Mátala) La de la farmacia me la volvió a hacer de pedo por la pinche receta del alprazolam, la pastillita que sirve para quedarse plácidamente dormido rápido y sin sufrir, pero cuya sobredosis no ha de causar la muerte, a menos que se le mezcle con… Bueno, qué importa, si la de la farmacia me pone peros para todo sabrá Dios con qué pinche autoridad. Tengo la nariz destrozada porque he encontrado nuevas y curiosas formas de canalizar mi ansiedad, nunca me he comido las uñas porque me dan asco, pero sus bordes, los cueritos, se han de convertir en una herida mayor si los descubro, y bueno, de la comida ni hablemos. Llevo diez –o doce- kilos extra de puritita ansiedad. (Uno deja de disfrutar las cosas que antes le producían placer). Cancelé los boletos que tenía para un concierto de Sabina, “ya lo verás cuando venga otra vez”, quiso consolarme mi mamá, “ya se va a morir má”, “¿de verdad?”, lo dije con la seguridad de quien tiene los pelos en la mano, pero sólo porque yo supongo que ya no aguanta otra gira, y yo no lo voy a ir a ver en esta porque estoy demasiado ocupada estando deprimida y ansiosa y atormentada por todo y por cualquier cosa. (Tienes que hablar de esto) He hablado de esto hasta el puto cansancio, he escrito de esto hasta el hartazgo y he llorado de esto hasta la sequía emocional, y no se gasta, no se agota, no muestra siquiera signos de debilidad. ¿Quién ganará? ¿Ganará ella, con su genética, y sus factores biopsicosociales, y sus reincidencias, con sus altas y sus bajas, con sus pocas esperanzas, su falta de energía, su pérdida de la concentración y de las ganas de vivir, con sus ideas suicidas? ¿O ganaré yo, con mi novio y mi familia, con mis cuatro psiquiatras e igual número de psicólogos –hasta la fecha-, con mi ejercicio, mi nutricionista, mis perras, mi trabajo y mis deseos de conocer el mundo? ¿Habrá necesidad de esconderme los cuchillos y darme las drogas a cuentagotas? ¿Podré, sin temor a recaídas, dejar las pastillas algún día? ¿Logrará alejarme de todo y de todos? ¿Lograré recuperar a mis amigos, mis metas, mi vida? Preguntas sin respuesta, queridos lectores, entérense de la desgracia ajena.

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P.D.- Esta entrega no estaría completa sin la orgullosa mención de un aniversario más para Grosso Modo y los grosomoderos, a ustedes es que nos debemos, a sus ojos silenciosos y sus labios discretos, que nos permiten seguir transgrediendo la mortal censura y violentando los preceptos de la moral y el decoro.

El funeral de La Esperanza — April 20, 2017

El funeral de La Esperanza

Un minuto de silencio por la esperanza, lectores, que como bien dicen, murió al último. Murió dolorida y llagada, agonizó durante tanto tiempo que dejó de ser ella misma y se convirtió en desazón, en indiferencia, casi en olvido. La esperanza muere al último, dice la sabiduría popular, pero no nos advierte quiénes mueren antes, ni cuánto duele. Les voy a contar: antes mueren la fantasía, los ídolos, los héroes, los esfuerzos, los ideales. Antes de la esperanza mueren las ganas, los celos, los días soleados y los días nublados. Antes de la esperanza muere la dignidad, el orgullo, la soberbia. Antes de la esperanza se muere todo, y uno tiene que asistir al funeral de cada uno de sus sentimientos y pensar en que no todo está perdido, en que la esperanza muere al último. Hoy me toca asistir al funeral de la esperanza, de ese último resquicio de ilusión que siempre queda, sin importar que tan mal se ponga el clima. No puedo decir que su muerte fue inesperada del todo, yo sabía que esto podía pasar y que sería cuestión de tiempo para que así sucediera, pero ya saben, hay cosas que preferimos ignorar. Resulta, pues, que no hay quién me acompañe al funeral de la esperanza, voy sola. Y tengo que ir sola porque ya todo se murió antes. Pinche esperanza, ¿por qué tardaste tanto en morirte? Te hubieras muerto al principio, y no estarías doliendo tanto. Ni siquiera puedo llorarte, maldita, se me acabaron las lágrimas en tus otros funerales, en los falsos, en los que te levantabas de la caja, malherida pero viva. Hoy nResultado de imagen para funeralo, ya no hay quién te reviva. No sé cómo voy a hacer para seguir sin ti, esperanza, pero tengo que lograrlo, supongo. Tengo que despertar todos los días y darme cuenta de que ya no existes, de que viste morir a todos y al final de nada sirvió tu longevidad, te hubieras muerto al principio, repito. Todos hemos de morir, pues, hasta tú, aunque sea al último. Y si todos hemos de morir yo quiero morir primero, para que todos asistan a mi funeral y lloren y se retuerzan, para que todos se
desvelen rezando rosarios por mi alma pecadora e incrédula, para que vaya yo al paraíso prometido, ese que nadie sabemos si existe, pero al que todos anhelamos ingresar. Pero eso es tema de otro día. Hoy asisto yo a tu funeral, esperanza, triste pero resignada, lo único que le pido a la vida es que me quite también los “hubieras”.

Sí, esos malditos bastardos que nos hacen idealizar vidas que no existieron y que nunca podrán existir, nos hacen imaginar mundos alternativos que pudieron ser mejores, universos paralelos donde la vida duele menos. ¿A ustedes les duele la vida, queridos lectores? ¿Se dan cuenta de cuando se les muere algún sentimiento, y se recuerdan que la esperanza muere al último? ¿Son conscientes de los hubieras que los aquejan? ¿O viven su vida en automático, sin detenerse a pensar? Si es así, hacen bien. Pensar duele. Duele ser consciente de los hubieras. Sentir duele. Despertar duele. La vida duele.

La Araña —

La Araña

…todo había sido un espejismo salvo la sensación de desolación y desasosiego con la que inicié. Traté de reincorporarme lentamente en mis pies mientras trataba de procesar que era lo que había pasado. En mi mano izquierda portaba un reloj de pulsera que en realidad era uno de arena a escala. Cuando lo acerqué y enfoqué mis ojos vi que a pesar de la pe quedísima cantidad de arena que había en su interior esta iba de un lado a otro de su cuerpo en forma de ocho de forma extremadamente lenta. No puedo imaginar lo que tomaría que el reloj reincide su ciclo una vez más. Sin embargo; lucía viejo y destartalado y como si miles de ciclos hubieran nacido y perecido en sus entrañas. En ese momento recapitulaba y me daba cuenta que la sensación que había en mis entrañas era como si hubieran pasado eras completas aún cuando estaba seguro que mi espejismo se había manifestado apenas hacia unos segundos. Las plantas que en algún momento parecieron verdes y rebosantes y todos esos cuerpos de agua que seducían mi necesidad de beber con tanta facilidad eran ahora solamente vegetación muerta, hojas en el piso y una sequía que mataría al cactus más tenaz. De entre tal desolación surgió una enorme araña. A pesar de mis aversión a dichos seres hubo algo en mi que me llevo a quedarme inmóvil. No tenía miedo, no percibía una intención en dicha criatura de dañarme, yo era solamente un espectador embelesado por un espectáculo que apenas comenzaba. La araña se quedo quieta por un segundo como admirando el espacio que tenía frente a ella, como Miguel Angel observando un lienzo en blanco o un nuevo bloque de mármol, listo para crear. De pronto la araña solamente asumió una posición extraña y lanzo un primer disparo de seda que surcó el cielo como un cometa y se fijó a una roca alta. Volvió  a hacer lo propio y lanzó otro proyectil suave hacia una de las pocas palmeras que habían sobrevivido. Ante mi mudo espectar la araña continuo haciendo su trabajo y disparo contra todo lo solido que había ahí mismo tejiendo, poco a poco, una red de tremendas dimensiones que se levantaba majestuosa, simétrica y elegante ante mi al tiempo que su creadora se posaba justo en el centro. La red le servía de hogar, de soporte, de impulso, de fuente de provisiones y le daba sentido a su mera existencia ya que le permitía realizar su propósito y usar sus potencialidades. Pero como casi todo en la vida esto no permaneció así mucho tiempo. En menos de lo que puedo narrar este relato el viento vino y las ráfagas soplaron con la intensidad del corazón de un huracán arrasando con todo lo que osaba interponerse en su camino. La telaraña no fue la excepción. Ante el embate del viento y las tormentas de arenas que asimilaban sunámis gigantes de granos cafés la telaraña comenzaba a desistir. Algunos de los enclaves comenzaban a perder adherencia y algunos de sus hilos comenzaban a adelgazar a romperse a pesar de la elasticidad y la fuerza que poseían. En ese momento pensé que la araña comenzaría a disparar hilos de seda nuevamente a toda prisa tratando de compensar las pérdidas que el viento le provocaba pero cuando recuperé el sentido y giré mis ojos hacia ella la araña permanecía inmutable, tranquila en el centro de la hexagonal telaraña, tan tranquila como puede estar uno cuando enfrenta un embate que bien podría matarlo. Me percaté de que en lugar de tratar de salvar las estructuras que, poco a poco, volaban despedazadas por los aires solamente lanzaba mirada a los puntos que había usado como pilares; la palmera, la roca en lo alto, una colina, el mismo sol que había recibido un hilo de seda, una estrella y una estatua de Sísifo. Cuando los vientos se calmaron y yo me di cuenta de que aún estaba avivo y completo aquí de inmediato a la araña para tratar de comprender que era lo que había pasado. No podía comprender su pasividad ante la pérdida de su majestuoso trabajo. Le inquirí enérgicamente -¡¿por qué no protegiste tu red, tu trabajo, tu hogar, tu sentido?!, ella se limitó a responder; -porque la estructura nunca es lo importante, eso se puede reconstruir, lo verdaderamente esencial es aquello en lo que te apoyas, aprende mi lección y se fuerte como una roca, así nunca te quedarás sin hogar.