Grosso Modo

Revista Grosso Modo

Instrucciones — April 6, 2017

Instrucciones

Creo que las cosas las recordamos en la medida en la que nos duelen. El Holocausto, por ejemplo, es algo que la humanidad nunca va a olvidar. Yo no recuerdo ni que desayuné esta mañana. Mi mamá a veces me reprocha las pendejadas que cometí hace diez años. Parece que así son las cosas, los viejos monstruos vuelven cuando menos los esperamos. Cada día me pongo más nostálgica, veo mis fotos viejas como si se tratara de la vida de otra persona, de los amigos de alguien más, de las experiencias de una chica que definitivamente no soy yo. No encuentro la relación entre esa persona y la persona que escribe estas palabras, un poco confundida y preocupada porque lleva tres días tomando un jarabe para la tos y hasta hoy se le ocurrió leer las contraindicaciones que en letras miniaturas dicen que no se combine con depresores del sistema nervioso central, léase antidepresivos, antipsicóticos y antinosequémás pero que son precisamente los que yo tomo, y bueno, no me ha pasado nada, pero ahora que lo leí me siento confundida, desorientada, mareada, etc, etc, etc. Mañana tengo cita con la psiquiatra, eso es lo que pasa, y lo que pasa es que no quiero decirle que durante este mes tuve tres ataques y que la tarea que me dejó me parece una tremenda estupidez, que si no quiere que tome café pues me quite la pastilla que me hace caer dormida a media mañana, cuando estoy trabajando y tengo enfrente a alguien que habla español mal y pausado, y necesito toda la concentración y la lucidez que pueda tener, no quiero decirle que estoy cambiando las palabras, porque pienso una y digo otra, y no quiero decirle que mi destreza para escribir en el teclado está sumamente afectada, que escribo algo y dos o tres palabras resultan no ser las que yo quería escribir, que a mediodía tiemblo demasiado y que quiero que me quite todo, que estoy harta, que mi cartera ya no lo soporta, que temo por mi hígado y mis riñones, porque les estoy haciendo procesar tanta medicina, que temo por mí misma, porque “tengo que estar feliz”.  Tengo que estar feliz, tengo que estar feliz, tengo que estar feliz. No pienses en lo que estás pensando. No tiembles, mejor duérmete un ratito. No duermas tanto, está mal tomar siestas largas porque luego en la noche no descansas, duermes mucho por las pastillas, pero no descansas. No tomes tanto café, trabaja pero no tanto, cuídate, dedícate a ti misma, haz ejercicio, haz ejercicio, haz ejercicio. Come sano. Tienes que estar feliz. Sé paciente, sé tolerante, sé tú misma. Ocúpate de ti misma, y de tus perras. Sé una buena mujer, una buena esposa, una buena dueña, una buena hija, una buena amiga, una buena hermana, sé una buena ciudadana del mundo, sé tú misma, no pienses lo  que estás pensando, tienes que estar feliz. Toma agua, mucha. Desconéctate de cualquier dispositivo electrónico al menos treinta minutos antes de dormir. Come fruta, no comas azúcar, toma agua, haz ejercicio, medita, respira, no te enojes, no te alteres, mantente tranquila. Levántate, tienes que trabajar, despierta, mantente consciente, habla con coherencia, no te alteres, no te enojes, no explotes. Finge que todo está bien. Todo está bien, todo está bien, todo está bien.

 

Frotamientos incidentales —

Frotamientos incidentales

Desde hace algunos días he estado meditando acerca de un tema que ha estado rondando en mi cabeza. Para ser sincero he tenido bastante dudas acerca de lo conveniente de abordarlo que  no pero, debido a sucesos que explicaré más adelante, he considerado lo más sensato y ético no seguir posponiéndolo y abrir un debate (al menos conmigo mismo) sobre el asunto.

La raíz del asunto se encuentra en un grupo de watts app al cual pertenezco desde hace ya algún tiempo. En este espacio, hace algunas semanas, comienzan a compartirse videos de contenido sexual de algunas personas (desconocidas para los integrantes), todas ella mujeres, incluyendo además, junto a los videos, en algunos casos, fotografías de sus perfiles de Facebook revelando nombres, fotografías y lugares de origen. En cada ocasión esto se hizo recurriendo a memes y a la manera de un simple “chiste”. No es momento para tomar una postura puritana así que reconozco que diré directamente que miré los videos y no dije una palabra por algunas semanas aún cuando, lejos de sentir una excitación sexual, no podía sacudirme la idea de que algo en todo esto estaba inherentemente mal. Sentía que me había puesto a mi mismo en una posición voyeurista que no había sido deseada y no podía evitar la sensación de estar invadiendo la privacidad de alguien sin siquiera habérmelo propuesto. No podía evitar percatarme de que ahora sabía el nombre y detalles de las vidas de personas que nunca había visto y que, además, tenía una mirada directa a la parte más intima de sus relaciones sociales. No podía dejar de percibir un tufo humillatorio algo velado en la forma en que se presentaban esos archivos. Cuando finalmente llegó el momento de reconocer estas sensaciones decidí abrirlo en dicho grupo y expresar el desacuerdo. La respuesta me sorprendió. Pasó de un simple “pues no los veas” a una burla por no “saber reconocer” que eran simples “videos pornográficos” (cuando era más que obvio por las características del material que no era así) a una nueva burla por la idea expresada y las palabras utilizadas, en cada caso sin lograr siquiera que se contemplara por un minuto la validez del argumento. Pareciera que no se pudo hacer porque no hablábamos de personas sino de objetos, de algo lejano, de algo intangible, de algo que está en el anonimato del internet y que, por ende, asumimos que es algo ficticio o atrapado en un limbo, pero definitivamente no personas. Sobra decir que nada ha cambiado.

Digo que la respuesta me sorprendió no porque no la hubiera presenciado antes (desafortunadamente) sino porque en este caso no era una nota periodística, un comentario en alguna red social o un acto de alguien que no tuviera nada que ver conmigo pero sí dichos y hechos de personas que me gusta pensar conozco bien, que considero amigos y tengo en un concepto diferente. No quiero hacer un ataque, sobrereaccionar o cubrirme de un manto de puritanismo que difícilmente me queda pero sí me veo obligado a contrastar lo que sucedió y las reacciones que observé con hechos que se presentaron después y que me llevaron a decantarme por escribir esto. ¿Por qué? porque lo considero un síntoma de una enfermedad que cada vez menos aparece en los otros y cada vez más se esparce entre los nosotros.

El primer suceso fue leer la resolución de un juez en el caso de Daphne Fernández y los llamados “Porkys”. Diego Cruz, implicado en la violación a esta joven y que hace poco fue extraditado desde España obtuvo un amparo de mano del juez federal Anuar González Hemadi quien explica en su resolución que: “…si bien es cierto que Daphne Fernández, que tenía 17 años en ese momento, declaró que el imputado, junto a sus amigos, le “tocó los senos, le metían sus manos debajo de la falda y [Cruz] le introdujo sus dedos por debajo del calzón y se los introdujo en la vagina”, no observa una intención “lasciva” ni que Cruz tuviera la intención de “copular”. Por ello concluye que no considera lo sucedido como un acto sexual, sino un “roce o frotamiento incidental”. Puesto de otra manera; cualquier puede tocar a una menor de edad y salir impune si no se tiene la “intención de copular”, cualquiera puede introducir los dedos en la vagina de tu novia, hermana, tía, madre, hija, nieta, sobrina o amiga además de llevársela a la fuerza y caminar libre si no se observa una “intención lasciva” o no hay “placer” en la contraparte. Porque a eso se reduce el cuerpo de la mujer; a un instrumento de placer que, si no lo brinda, permanece en la categoría de decoración, no sujeto a derechos ni responsabilidades legales y humanas.

Casi al mismo tiempo, pero esta vez en Oaxaca, fallece Jennifer Antonio Carrillo de un infarto después de estar hospitalizada más de un mes por presentar quemaduras en más del 70% de su cuerpo luego de que su pareja le roció gasolina y la prendió en fuego. Dejó a un hijo de 3 años y su atacante sigue prófugo. También y apenas hace una semana, un BMW transita la avenida Reforma a casi 200 km/hr. y termina estrellándose contra un poste y partido en dos. Como resultado dos hombres y dos mujeres fallecieron de forma brutal mientras el conductor (en estado de ebriedad y bajo el influjo de drogas) sobrevivió y se encuentra en el reclusorio norte esperando audiencia frente a la acusación de homicidio imprudencial. En cualquiera de las diversas notas periodísticas que se difundieron al respecto se pueden leer comentarios acerca de como las dos mujeres que viajaban en al auto eran, seguramente, “mujerzuelas”, porque no podía ser que hubieran salido con hombres, de madrugada, bebiendo alcohol y viajando en el mismo auto estando casadas o viviendo en casa de sus padres, mejor dicho, sin ser putas.

Esa es la realidad de nuestro sociedad y el ideario que hemos ido construyendo. Uno en donde mis alumnas me piden consejos de pareja por novios que las han golpeado, que las obligan a “ganarse su confianza” haciendo que bloqueen contactos de redes sociales o dejen de hablar con otros amigos hombres mientras ellos realizan humillaciones públicas frecuentando a otras mujeres o, en el peor de los casos, divulgando material como el que relaté al principio de todo esto dejándolas en estados depresivos francamente graves que desembocan an autoagresiones y riesgos serios a su integridad. Esta es una realidad en la que he tenido la experiencia de tener dos ex parejas que sufrieron intentos de violación; una a manos de su jefe en ese momento y otra siendo drogada por sus propios amigos y compañeros de servicio social. ¿De verdad no nos damos cuenta de que toda conducta tiene una puerta de entrada?, ¿de verdad somos tan ciegos como para considerar que la vida virtual de una persona no deja registro, no afecta, que no representa a un humano de carne y hueso?, ¿de verdad creemos que podemos hacer esto y seguir siendo congruentes con las mujeres en nuestra vida?, ¿de verdad creemos que compartir esto es una simple broma en la que nadie sale herido?, ¿es acaso que todos somos parte de este problema que está dejando un mundo más inseguro, más inequitativo y más brutal para las mujeres sin darnos cuenta o, pero aún, conscientemente? No lo sé, pero lo que si tengo seguro es que no quiero ser parte de esto, no quiero perpetuar esto, no quiero ser participe de un mundo que no sólo rebaja, somete y humilla a una mujer sino que, francamente, la somete a una realidad brutal que mutila y asesina. No quiero tener manos manchadas de sangre porque una cultura que minimiza estas expresiones es una cultura que educa verdugos, no hombre, objetos, no mujeres. La próxima vez que tengan en sus manos este tipo de material les pido que reconsideren y se planteen no a una madre, hija, hermana o pareja, sino a un ser humano. Porque hay una parte en mi que sigue creyendo que deberíamos de comportarnos decentemente solamente por el hecho de ser seres humanos. Quizás se esté volviendo anticuado en esta época.

Mah Jong — March 24, 2017

Mah Jong

Muchos de los estudiantes de las clases de español como lengua extranjera que imparto son gente que tiene tiempo para tomarlas y dinero para pagarlas: jubilados. La gran mayoría gente amable y jovial que está cumpliendo alguna meta, se está preparando para viajar, está satisfaciendo algún capricho o simplemente tiene demasiado tiempo libre. Uno de estos simpáticos viejitos me pidió la semana pasada un ejemplo del pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo: “Mi padre hubiera querido que yo estudiara medicina”, respondí sin titubear, porque estábamos hablando del tema. Él río y me preguntó si era verdad, sí, sí era, y no tuve reparo en admitirlo, reímos juntos y la clase continuó sin mayor complicación. Esta semana el mismo hombre respondió la llamada desde su casa de veraneo en Florida y me mostró acto seguido el panorama que veía desde su ventana: un cielo claro, un mar azul y una playa de arena blanca y fina. Charlamos sobre las actividades que hace mientras está allí: las mismas que cuando está en Ohio. ¿El mar es frío? -pregunté curiosa. “No lo sé, la verdad es que nunca entro al mar”, ¿por qué?, no me gusta, realmente no me gustan las actividades relacionadas con la playa, y tampoco el sol. ¿De verdad? ¿Por qué tienes una casa en la playa entonces? “Para hacer feliz a mi esposa”. Reí sabiendo que hablaba en serio. “Es una estrategia –continuó- mi esposa tiene muchos amigos aquí y ella sale a jugar tenis, a correr, a jugar Mah Jong, a la playa, y yo tengo tiempo para hacer las cosas que a mí me gustan, como tocar la guitarra y aprender español, y así los dos somos felices”. “Es interesante cuántas cosas hacemos por hacer felices a otras personas, ¿verdad?” fue mi flamante respuesta, no sin un dejo de nostalgia en la voz, “sí” dijo él con un dejo de ironía en la suya. Los dos guardamos un momento de silencio que dio cabida a un suspiro de cada lado de la pantalla, y continué la clase. La conversación se me quedó grabada en la cabeza.

Es interesante cuántas cosas hacemos por hacer felices a otras personas. En la crisis que tuvo lugar esta semana me vi acompañada de mi hermano, el pobre sin deberla ni temerla tuvo que acercarme servilletas para enjugar mis lágrimas y abrazarme tímido: me confesé, toda la historia completa con sus sucios y tristes detalles. Me dijo más de lo que podría esperarse, me dijo que yo sólo tenía que ocuparme de mí misma (y de mis perros), y tiene razón. No es que no lo supiera desde antes, es sólo que hay cosas que se tienen que escuchar de muchas formas distintas y de muchas personas distintas para que tengan sentido. Los que quieran comprar casas en la playa para mantener entretenidas a sus esposas y qResultado de imagen para mah jongue así no los molesten, que lo hagan. Yo sólo tengo que ocuparme de mí, y de mis perros.

Nota: no sé qué es el Mah Jong, mi estudiante no supo explicarlo y las imágenes presentan un montón de signos orientales que no tengo el menor interés en comprender. Las reglas parecen imposibles: más o menos como la vida misma.

La Sirena — March 23, 2017

La Sirena

Cuando reparé me di cuenta que no sabía cómo había llegado a este desierto. A este lugar surrealista y olvidado de Dios en donde nada obedeces leyes de la física o cualquier tipo de ley para estos efectos. Sólo sabía que todo este tiempo habían sido días pero parecían años al mismo tiempo y esos mismos días habían transcurrido con relativa tranquilidad en el camino. El sol estaba alto y pegaba directamente en el techo e mi auto haciendo que todo pareciera un gigante horno de aluminio, montañas, arena y desasosiego. Nunca reparé en la ausencia de agua y comida cuando empecé este viaje y ahora moriría por un poco de agua descendiendo por mi garganta de la misma forma que el sudor corría por mi frente y caía en mis ojos. Por un breve momento en mi mente quise derrapar y estrellarme contra alguna roca pero al pestañear me di cuenta que fue sólo soñar despierto. Manejando en línea recta y a toda velocidad con las mismas dunas y montañas en el horizonte de pronto me pareció ver algo que nunca antes había visto en este lugar y que no estaba del todo seguro que fuera real considerando las circunstancias; a la distancia en el hemisferio izquierdo de esta gran nada se erigía lo que parecía ser un oasis. Mis ojos no daban crédito a lo que veían y tras apartarse del camino regresaron a enfocarse al frente sólo para alcanzar, por milímetros, a esquivar a una vaca negra parada junto en el medio de la enorme línea de asfalto. Mi corazón se estremeció y mis manos se aferraron al volante con todas sus fuerzas mientras lo giraban a toda velocidad para evitar una muerte absurda. No vi toda mi vida pasar frente a mis ojos, sólo quedaron dibujadas dos líneas paralelas de neumáticos tras de mi y toneladas de arena flotando en el aire al descarrilar. Cuando recobré la lucidez y voltee para ver al animal que casi causa mi muerte no pude encontrar nada pero al otro lado el presunto oasis seguía resplandeciendo con el reflejo de los rayos del sol en un espejo de agua que parecía cristalino y refrescante. Medité por medio segundo y decidí ponerme en marcha hacia el lugar, aceleré mientras una parte de mi se sentía temerosa de no saber qué es lo que podría encontrar. Como precaución inconsciente apagué la radio y entré en estado de alerta mientras mantenía los ojos bien abiertos en caso de que cualquier signo de peligro se asomara y amenazara. Al irme acercando cada vez más comencé a percibir en el ambiente una voz que cantaba desde la distancia. Era una voz femenina de notas peculiares que podría pertenecer a cualquier, se sentía como si pudiera conocerla y al mismo tiempo me daba cuenta que nunca antes la había escuchado. Algo en mi sentía que debía girar en 180º y regresar por donde había venido pero de alguna manera esa voz me hacía querer averiguar desde donde emanaba y qué era lo que decía. Era como si pudiera escuchar las palabras, saber que las conocía pero no entenderlas al completo. Era un enigma sonoro de frecuencia y tono distintivo. Una melodía dulce y un puzzle lingüístico. Decidí seguir y de repente el suelo cambio de arena dorada a un verde esmeralda representado en plantas que cubrían todo el lugar. Aparqué el auto y descendí. Un pequeño mundo de palmeras, enredaderas, flores y lavanda se atendía frente a mi mientras se escuchaba el sonido del agua caer en algún lugar cercano. Me descalcé y pude sentir el tacto de la naturaleza con mis pies, el ambiente era fresco y húmedo, me refrescaba y sentía una ligera brisa en la cara. Conforme avancé pude eventualmente llegar al espejo de agua que había a visto anteriormente. El reflejo del sol en el líquido me cegó momentáneamente, aparté la vista y cubrí mis ojos sólo para encontrar un hermoso oasis de color turquesa, era diferente a todo lo que hubiera visto antes y al mismo tiempo exactamente igual a todo lo que pudiera esperar de semejante lugar. Me arrodillé dichoso de encontrar finalmente un poco de agua y gatee hasta llegar a la orilla en donde junte mis manos para beber un sorbo de aquello y sentí la gloria del cielo en la garganta. Me sentí experimentar cada gota y cada pequeño sabor en mi paladar pero enseguida no pude evitar ceder a la tentación y a mi naturaleza y quise acaparar toda esa agua y bebérmela en un trago. En medio de éxtasis apenas pude percatarme de que el sonido que en un principio había escuchado había desaparecido hacia minutos y justo ahora reaparecía; dulce y melodioso. Me sentí Ulises y me levanté para encontrar la fuente de los cantos. Después de rodear la capa de líquido que me había salvado encontré una pequeña y pacífica cascada y debajo de su velo una gran roca en la cual yacía algo o alguien a quien mis ojos no daban crédito. Me froté los globos oculares pero la imagen persistía; se trataba de una sirena como aquella de todos los mitos, descansando plácidamente en la roca mientras mojaba su cabello con el agua de la caída. Su torso era humano pero debajo de la cintura era una criatura marina. Mientras pasaba sus dedos entre su cabello cantaba una canción que no lograba entender del todo pero que era igualmente hermosa. La tensión en mis puños se desvaneció y me quedé petrificado escuchando, era como si me hubiera hechizado y no pudiera resistir el magnetismo que me hacía parecer un satélite en su órbita. Algo en mi sentía temor sólo para ser casi instantáneamente tranquilizado por la voz y el reflejo del sol en su piel y sus ojos. Entré en el cuerpo de agua y mojé mis pies, aunque quise no pude acercarme más, parecía estar paralizado. La sirena se percató de mi presencia y nadó hasta mi, se perdió de mi vista por unos segundo y su cuerpo apareció nuevamente frente a mi saliendo del agua. Me miró fijamente y pasó su mano por mi rostro. Yo caí de rodillas. Ella no habló simplemente siguió musitando su ininteligible canción que mostraba un tesitura de voz que jamás había escuchado en ningún otro lado. Antes de percatarme de que la tenía entre sus manos ella tomó una jarra tallada en bronce y decorada con la historia de mi vida y la llenó del agua cristalina de ese manantial venido a oasis al tiempo que la vertió en mi boca. Acepté gustoso los tragos y sacié mi sed. Cada trago de agua se sentía como un pedazo de vida que mi garganta y mi cuerpo absorbían con deseos de ser inmortal y de no terminar ese momento nunca. Cuando sacié mi sed levanté la mirada y quise mirar el bello rostro de la sirena, contemplando cada línea en su piel y la forma en que su cabello se volvía tornasol. Obedeciendo a mis instintos bajé la mirada y pude ver su pecho, no había nada cubriéndolo más que su cabello posado sobre sus pechos. Entre ellos una gran cicatriz que podría jurar atestiguaba un transplante de corazón. Cuando pude incorporarme de dicha imagen intenté tocar los contornos de su rostro pero al primer tacto de mis dedos ella apartó mi mano y sólo me permitió continuar admirándola. Al segundo intento de querer tocar su mejilla ella apartó mi mano por segunda vez y sólo hizo un ademan con su dedo para indicarme que guardara silencio. Tomó de nuevo su jarra y me dio de beber pero algo cambió; esta ocasión ya no era agua refrescante y pura lo que descendía por mi garganta sino un amargo licor que quemaba mi esófago. Intenté apartarme pero me sujetó con su mano por el cuello y me obligó a finalizar el contenido. Ebrio y desorientado tuve arcadas y cuando por fin pude reincorporarme mi vista se levantó y la sirena se había ido junto con la totalidad del oasis. Todo era arena, rocas y naturaleza muerta nuevamente. Mi garganta aún quemaba por el elixir que me vi obligado a beber y mi cabeza se sentía como si hubiera sido golpeada por un mazo hasta que el brazo que lo balanceaba se cansó de hacerlo. Mi auto estaba a unos metros de mi y parecía haber estado abandonado durante años. Me sentía desfallecer y, tirado en la arena, por un momento me pareció ver buitres sobrehilando lo que pronto podría ser mi cadaver…todo había sido un espejismo salvo la sensación de desolación y desasosiego con la que inicié.

El chamán — March 9, 2017

El chamán

He estado en el camino por varias semanas. Miro el tablero y la señal de la reserva de combustible está encendida. Mi auto no va a resistir por muchos kilómetros más. Decido orillarme y bajar. Me recargo en el techo y enciendo un cigarrillo, después de un par de caladas comienzo a caminar buscando algún sendero que quizás haya sido recorrido anteriormente por alguien más. A cada paso que doy mis zapatos levantan arena como si fueran olas microscópicas que viajan en este océano de nada que se encuentra frente a mi. Tomo mi billetera del bolsillo trasero derecho donde siempre está y la abro frente a mi..nada, ni un sólo billete o moneda. Los últimos días mi dinero se ha ido como agua por el grifo. No queda otra opción, deberé seguir caminando al menos por un rato más. Es curioso, el atardecer está frente a mi pero se superpone con la noche de forma intermitente como si en cuestión de minutos los días se alternaran de forma caprichosa y con un sentido del tiempo surreal. El calor y el frío hacen lo propio y diferir el lugar en donde estoy se vuelve más complicado. Después de recorrer algo que no sé si fueron algunos metros o algunos kilómetros mis ojos logran enfocar una misteriosa luz a lo lejos, como dibujando un sólo naciente en el horizonte. No tengo idea de que se trata así que decido dirigirme hacia ello. A cada paso que doy pareciera que la distancia se agranda más, la luz pareciera permanecer estática a pesar de que el dolor de mis pies me dice que todo lo que he recorrido ha sido real y no sólo un producto de mi imaginación o una alucinación que indique algo peor. He andado por horas y me siento desfallecer, no soporto mis pies y la respiración me falta, el pecho me oprime y siento que no puedo respirar. Me desvanezco y caigo en la arena como quien es ejecutado por un francotirador escondido en las sombras. Mis labios están resecos y me encuentro sediento. Con las pocas fuerzas que me quedan enderezo mi eje y me siento poniendo mi cabeza entre las rodillas. Trato de respirar profundo y limpio el sudor que escurre entre mis pestañas y sobre mis ojos. Desamarro las agujetas de mis zapatos y los retiro de mis pies. Mis calcetines están llenos de agujeros y húmedos en parte por el sudor y en parte por la sangre. Los retiro poco a poco de mis pies tratando de minimizar el dolor por la piel que se ha quedado adhería a ellos en medio del encierro, la humedad y las llagas. Una vez que mis pies están descubiertos veo dos miembros moreteados, llenos de sangre y ampollas, con un dolor imposible de ignorar y temblando ante la idea de dar siquiera un paso más. Los veo y pareciera que estigmas surgen de entre ellos. Cierro los ojos y trato de evadir la idea del dolor pero a través de mis párpados una luz dorada resplandece como oro frente a mi. Uso mi mano para hacer sombra y trato de abrir mis ojos. No sé explicar muy bien lo que vi delante de mi. En medio de lo que parece ser un sol a escala con un brillo equiparable al astro rey está un ser indescriptible. Sentado en posición de loto y flotando a un metro sobre el suelo posee cuerpo de humano en una túnica de monje y cabeza de lobo con una aura dorada y púrpura que le rodea. Sus ojos esteparios están clavados en los míos y no pronuncia ni una sola palabra. Solamente veo su hombro descubierto y su mano derecha levantada. No comprendo que está pasando pero de inmediato me doy cuenta que aquella luz que divisaba en el horizonte era su aura. Sin saber muy bien cómo me incorporo y le pregunto su nombre; no me responde, pregunto qué es y me responde -soy un chamán-, pregunto qué quiere y dirigiéndose a mi dice -que tú tengas las respuestas a las siguientes preguntas-. Él nota la confusión en mi mirada y sin perder su postura levitante me dice que he querido leer la Carta de Esculapio sin haber siquiera aprendido a cicatrizar una herida en mi mismo. En su mano derecha aparece una daga y sin mediar palabra realiza un corte rápido y certero en su palma izquierda del cual de inmediato brota una cascada de sangre. Él no se inmuta. Me muestra su palma lacerada y con un dedo que tiene garra por uña señala el corte al tiempo que me dice; “el dolor de las heridas es inevitable, es sano, es terapéutico y útil, nos dice que algo está mal y llama nuestra atención era remediarlo y ponerle un vendaje. No temas nunca experimentar dolor porque es tan natural como la vida misma, es inherente a esta. Eventualmente toda herida cicatriza si se le deja respirar y se le limpia adecuadamente. No luches por arrancar tus costras, no quites el vendaje antes de tiempo, no temas desinfectar y cauterizar, no temas gritar al hacerlo. Y sobre todos las cosas no caigas en la vanidad de pensar que una cicatriz (que definitivamente quedará) es un símbolo de fealdad o una marca indeseable porque es bien sabido que las cicatrices deforman el tejido sobre el cual se formaron pero también marcan una lucha más ganada, una guerra pasada y un soldado que sobrevivió al combate y aún se mantiene en pie. No dudes que una cicatriz cambiará tu aspecto y tu mente, no dudes que dolerá y que sanará, no dudes que será un símbolo de tu lucha en la vida y te hará digno de respeto y crecimiento, será tu trofeo. Es sabido”. No supe como pero, de un momento a otro, yo también me encontraba flotando en el aire. El chamán movió su mano en el aire como dibujando un cuadricula y de inmediato mi cuerpo comenzó a desintegrarse en varias partes como si se tratara de un rompecabezas aunque no experimenté ningún dolor y mi consciencia seguía plena, como si de alguna manera me viera a mi mismo pasando por ese proceso desde afuero de mi corporalidad. Ese hombre con cabeza de lobo y túnica de monje observó cada una de las piezas que integraban mi “yo” detenidamente sin emitir ninguna palabra, como si estuviera meditando en el rincón más profundo de su alma la esencia y la forma de cada parte. Pasado un tiempo que no estoy seguro si fueron cinco minutos o diez años, asintió como si hubiera encontrado las palabras que buscaba y de pronto todo mi cuerpo se volvía a integrar en un todo. Abrí los ojos y el chamán había desaparecido. Yo continuaba en el desierto pero me encontraba en medio de la noche más estrellada que hubiera visto jamás. Me recargué en el techo de mi auto y tomé aire de la misma forma en que un buzo se va elevando para no despresurizarce. Subí y giré la llave, el depósito de combustible estaba lleno. Yo estaba ligero pero no vacío. Bajé el cristal del conductor y me puse en marcha de nuevo a lo largo el camino. Tengo mucho que recorrer.

Un unicornio —

Un unicornio

La terapia psicológica no es para mí. Una vez dicho lo anterior procedo a mi disertación quincenal de preferencia, la de cómo y porqué la vida me ha puesto en este lugar y qué hago yo al respecto. Resulta que mi bolsillo y mi psique ya se cansaron de las pastillas. Un mes sí y al otro también la del mechón azul decide subirle una pastillita por aquí, una pildorita por allá; un mes si y al otro también la de la farmacia me la hace de emoción con la droga controlada, ahora resulta que ya no la van a vender; un mes sí y al otro también el precio fluctúa, casi siempre a la alza; ya no puedo. Ya no puedo con las dosis, las combinaciones, el coctel, los precios, el dependiente de la farmacia, la farmacia uno, la farmacia dos, la farmacia tres, los horarios de las farmacias, los teléfonos de las farmacias, las ineptitudes del que atiende, las buenas intenciones de mi marido, los prejuicios de mi mamá, la presión de la psiquiatra, que no voy a ir a terapia y punto. Han pasado por mi cabeza todo tipo de soluciones fantasiosas desde dejarlo todo por la paz y tirar las pastillas al excusado, pero me enfrento con el problema de la abstinencia y la recaída, y nadie quiere eso queridos lectores, menos ustedes que, aunque contados o probablemente imaginarios, leen esta retahíla de quejas con compasión, con diversión o incluso hasta con cariño, y les digo que no quieren eso porque simplemente dejarían de leerme. Yo dejaría de escribir, dejaría de tener ganas de hacerlo, dejaría de tener ganas de vivir, dejaría de vivir. Una vez dicho lo anterior descartamos esa opción. También he imaginado que llega a mí alguna cura milagrosa, algún té, alguna hierba, algún algo que me permita dejar el montón de pastillas, que me quite la ansiedad, que desaparezca las preocupaciones obsesivas, que elimine la irritabilidad, que se lleve los temblores, que me deje las ganas de vivir y de hacer cosas, que me permita experimentar felicidad o al menos sentir la posibilidad de experimentarla. Pero ese algo no existe. Fin de esa posibilidad. Hacerme hippie: vestir con tejidos naturales, comer nada más verduras, no generar basura, coexistir con el mundo en santa paz, abandonar la tecnología –lo que implicaría dejar de trabajar, pero déjenme seguir con mi sueño, que nada cuesta-, ponerme flores en la cabeza, ir por el mundo en una combi esparciendo el mensaje del amor, ¿por qué no viví los sesentas? Bueno, ya, eso tampoco se puede y tan tan. Seguir como estoy: asistir con la psiquiatra y confiar en que algún día me bajará las pastillas: no hasta quitármelas, porque no me las va a quitar si no voy a terapia, y no voy a ir a terapia. Confiar en que no voy a recaer, en que yo puedo enfrentar la vida y en que la vida no es un oponente imposible. Confiar. Es casi como tener fe, y yo por algo no soy una ferviente religiosa: me cuesta tener fe. Me cuesta creer que algo que no veo, ni siento, ni puedo escuchar o tocar, va a solucionar mis problemas. De ser así, regreso a la opción de dejar las pastillas y empiezo a frecuentar la iglesia: seguro será más entretenido y más barato. Siento que estoy metida en un problema irresoluble. Como casi todos mis problemas, probablemente en la realidad sea un problema pequeño y yo me las he arreglado para convertirlo en un monstruo al que no puedo enfrentar, y qué les digo, tengo una enfermedad mental, y ella se encarga de ese y muchos otros trucos que han formado, o deformado casi todo lo que va de mi vida adulta, al principio sin darme cuenta, muchas veces torturándome, otras pocas consintiéndolos. No sé qué hacer. Lo digo con la desesperación propia del que se ahoga, con el dolor de quien se quema, con la tristeza de quien se marcha. No sé qué hacer. Como tantas otras veces, quisiera caer dormida y despertar dentro de tres meses y que todo haya cambiado. Pero no puedo. Y ya pasaron los tres mesResultado de imagen para unicornioes, y seis, y un año, y año y medio y yo sigo aquí, siguiendo todas las instrucciones –o casi todas, repito, no regreso a terapia-, tomándome las pastillas, haciendo ejercicio, respiración, terapia de arte, ocupacional, casi cualquier cosa que me recomiendan o que se me ocurre para salir del hoyo, y aun así excavando ocasionalmente con la lámpara descompuesta y las manos llenas de barro, esperando que un unicornio aparezca y me lleve volando sobre un arcoíris brillante hasta un paraje mágico y maravilloso donde todo huela a rosas y sea pura diversión. Que tremenda estupidez.

Recursos — February 23, 2017

Recursos

Si fumara ya me habría acabado la cajetilla. No es ni el mediodía y llevo ya cuatro tazas de café. Sí, ya me dijo la psiquiatra que le baje a mi dosis de cafeína, que tome canela, que corra, eso sí me hizo reír, que corra, si cómo no, ahorita mismo me pongo los tenis y voy a exhibir mi falta de coordinación por todo el pueblo. ¿Se acuerdan de la del mechón azul, lectores? Pues ella es la que tiene tan geniales ideas. También me pidió llevar impresa no sé qué madre de una teoría de sueño saludable. Volteo a mi izquierda: Luma está dormida plácidamente en mi lugar, eso sí que es sueño saludable. Sí, ya la dejamos subir a la cama. Se lo ha ganado. Y yo la necesito. No me gusta aceptar lo dependiente que soy, de ella, de mi marido, de mis padres, de mi depresión…

Claro, ¿qué creen que no lo sé? Lo sé bien, queridos lectores, que estoy echa de lo que estas y otras figuras han querido que yo sea: la humana amorosa y responsable con quien salgo a pasear regularmente y que me alimenta, me mima y me baña; la mujer buena aunque difícil, con quien como y duermo, con quien vivo y sueño; la hija perfecta que en realidad no lo es, pero qué le vamos a hacer, salió rarita y así tenemos que quererla; la pobre alma en desgracia que tiene que vivir conmigo, su cruz, su personalidad, su enfermedad mental, sí, es feo decirlo pero eso es lo que soy, ella tiene que aprender a quererme o por lo menos a tolerarme porque no me voy a ir, no puedo, vivo en su cerebro, puede tomar pastillas o ir a terapia o las dos, puede hacer yoga y tomar mucha agua y viajar por el mundo y pretender que todo está bien, pero sabe que existo, y que me puedo presentar en cualquier momento y joderle la vida, no me culpen, yo soy así, sigilosa, oscura, escurridiza, llego y me instalo sin invitación y sin remedio, la perra ayuda, es verdad, y ayudan también el amor incondicional y la aceptación, pero no me voy a ir.

¿Por qué nunca le habré agarrado el gusto al cigarro? Por una parte me da gusto, la parte en la que mi boca no apesta a cenicero y mis pulmones no parecen chimenea de leña; por otra parte me digo que tal vez eso me hubiera ahorrado otros vicios… Nah, a quién quiero engañar, los vicios que tengo los tendría aunque fumara, así que al menos me libré de uno. Otra taza de café, me empiezan a temblar las manos, esa es la señal de que debo detenerme. Tengo la fantasía de que mi taza se rellene automáticamente de café caliente y endulzado a mi gusto. Ya sé que no se puede, ni los aparatitos gringos que “calientan” la taza me servirían: sólo la dejan medio tibia, ya investigué. Pensándolo un poco no parece que lo que quiero sea calmar mi ansiedad sino más  bien disfrazarla, ignorarla con cualquier cosa que me sepa mejor que las chingadas pastillas que siguen aumentando y me están minando el bolsillo. La comida la tachamos de inmediato porque, vanidosa como soy, me estoy matando de hambre para bajar los diez kilos que, no están ustedes para saberlo, subí desde septiembre. No parecían diez, pero lo son los muy malditos y estoy determinada a acabar con todos y cada uno de ellos. Así que no me queda más: beberé café que se enfría y temblaré sin remedio mientras no encuentre mejores alternativas.

Soy el café amargo y poco que dejaste enfriarse abandonado dentro de la taza.

Un viaje a través del desierto —

Un viaje a través del desierto

…Pero me temo que he estado haciendo todo por evadirlo y el filo está cortando mi cuerda.

Me desperté con la sensación de haber estado caminando sobre una navaja y haber rebanado mi mente. Miré el retrovisor y vi mis ojos hundidos enmarcados en las ojeras cada vez más notorias. Las llaves del coche aún estaban pegadas y seguía teniendo las mismas pertenencias con las que comencé este viaje; las ropas que llevo puestas y una maleta repleta de recuerdos. Últimamente he estado durmiendo la mitad de los acostumbrado y sonado el doble de lo usual. Eventualmente descubrí que no sirve de nada ponerse una máscara si uno tiene ojos en la nuca y oídos en las manos. Fue en ese momento que comencé este viaje a través del desierto y he estado vagando desde entonces. Subí a este pedazo de chatarra esperando que resistiera el camino y tomé algunas canciones viejas que puedan arrojar algo de sabiduría popular. Arranqué esperando poder llegar a mi destino aunque no estaba seguro de que cuál era exactamente. Ahora estoy aquí y enciendo un cigarrillo esperando poder recordar, al menos parcialmente, cómo fue que llegué a este banco de arena al borde al carretera. Lo intento pero no lo logro, no estoy seguro si los recuerdos nunca se fijaron en mi mente o sí la cabeza me está jugando un truco para protegerse a si misma. Mi corazón palpita rápido, las manos me sudan y mi somos desenfocan. La ansiedad está llegando de nuevo. Abro la puerta del auto y reclino un poco mi cabeza entre las rodillas esperando capturar un poco de aire. Enciendo otro cigarrillo y exhalo de forma ruidosa mientras mis manos recorrer mi cabello, más largo de lo normal, como testigo mudo que ha estado observando por mucho tiempo antes de que te percates de que está ahí, sigiloso y atento. Los sonidos están sobrecargados y llevados al extremo…No one knows. Miro mi reloj que avanza hacia la derecha pero tiene números en posición opuesta, pareciera que quieren caminar hacia la izquierda. Cierro la puerta, arrojo la colilla por la ventana y enciendo el motor. Primera velocidad, el pie en el acelerador. Genero olas de arena que quedan suspendida en el aire mientras me alejo. Definitivamente este lugar no es normal, aquí las cosas suceden y se sienten diferentes, espero poder salir de esta madriguera, eventualmente. El camino es recto y de dos carriles, acelero a fondo y frente a mi se extiende una gran línea que llega a colisionar con el horizonte en el cual hay grandes montañas, arena y un poco de vegetación. A mi izquierda la ventana me muestra una postal diurna, el sol brilla y el ambiente es tranquilo y calmado, un paisaje hermoso pero clamado y cálido. Cada vez que mis ojos apuntan hacia allá puede aparecer un espejismo y pareciera que los oasis se suceden delante de mi. Lo más peligroso es cuando la sed es real pero el agua es imaginaria. A mi derecha la ventana enmarca una noche estrellada pero sin luna. Igualmente hermoso pero frío y potencialmente desorientador. Es el lugar perfecto para detenerse a descansar y recordar. Sin embargo, a veces las estrellas más hermosas son aquellas que dejan una estela; marcan el cielo en su viaje pero después desaparecen al ojo. Algunas atraviesan la atmósfera, otras se desintegran. Uno no puede sino extender la mano tratando de acariciar el cielo y derramar una lágrima por perder esa luz. Al parecer mi camino será así hasta nuevo aviso. Un cielo dividido adelante. Hay varias escalas y puntos de referencia pero se debe ser cuidadoso a quien se le plantea una pregunta. Heaven smiles above me. Piso el acelerador a fondo y sigo avanzando. Sujeto el volante con toda la fuerza que tienen mis manos. La saliva desciende por mi garganta. No me queda nada más que volver a encontrarlos en la siguiente parada de este viaje a través del desierto de la mente y el corazón. A veces el surrealismo es la única respuesta a la realidad de lo doloroso y confuso.

Los relojes que giren a la izquierda — February 10, 2017

Los relojes que giren a la izquierda

Claro que si ustedes leyeron el artículo de mi querido colega, Omar Ojeda, ya saben que le robé al menos el título de mi tardía entrada, y ya de paso la inspiración. No voy a omitir decir que comparto su dolor y y con tristeza admito que también he experimentado ese sentimiento. Una cosa puedo decirte con seguridad amigo: un corazón no se rompe dos veces. Ese dolor excruciante que se asoma infinito entre cada poro de la piel no se repite. No pretendo que sea eso un consuelo, porque sé de sobra que en momentos de zozobra no hay consuelo que valga, y por lo tanto me ahorro el comentario incómodo y la sonrisa compasiva. Si en algo te conozco sólo me queda decir que después de haberte hundido en el barro inmundo de la desgracia, te has de levantar victorioso y limpio, yo no sé cómo, pero hasta perfumado. Disculpa o permíteme el atrevimiento de inspirarme en tus palabras, porque mi vida ha estado un poco aburrida últimamente y ya quemé la carta del bloqueo de escritor, por lo que, habiendo encontrado entre tus letras, como siempre, una joya de sabiduría, me permitiré expandirla hasta los límites más impensados e imposibles, no con el afán de hacerla mía, aunque sí deseando yo ser suya.

“Los relojes que giren a la izquierda”, leí con asombro. Bueno, sí que los hubo. Cuando el reloj fue inventado giraba indistintamente hacia la derecha o izquierda. Cabe mencionar que el Big Ben fue originalmente diseñado para girar a la izquierda. Con el paso del tiempo el sentido que conocemos hoy se popularizó por alguna o muchas razones que desconozco y el gran marcatiempo londinense tuvo que ser modificado. El diseño moderno también se ha atrevido a crearlos, a la izquierda, con los números caídos, como sea. Pero eso no importa, desear que existan relojes que giren a la izquierda se trata de regresar en el tiempo y no cometer las estupideces que uno cometió. En una época de mi vida que hoy parece muy lejana pero que en realidad no lo es, yo deseaba con ahínco y devoción poseer uno de esos. Una frase que me dijo mi confidente, harta de escuchar mis lamentos, me marcó: “deja de intentar cambiar el pasado”. Me retumba aún en los oídos, en las entrañas, en el alma. Tenía razón: es algo que yo no puedo hacer. Y digo “yo” por guardar la esperanza de que en algún universo paralelo Dios o la vida o el creador o en quien ustedes crean, sea tan misericordioso de permitirme tomar mejor decisiones en el momento oportuno y, por decirlo de la mejor manera, no cagarla tanto. Me repito esa frase cada vez que la culpa y el arrepentimiento me carcomen: lo que fue ya fue, lo que no quiso ser ya no será. Las oportunidades no regresan.

Al escribir esta última frase me doy cuenta de que no me arrepiento de no haber tomado ninguna oportunidad, muy por el contrario, me encuentro arrepintiéndome de haber dado de más. De haberme esforzado demasiado. De haberlo querido todo. Esa niña ambiciosa, siempre queriendo ser perfecta, tener objetivos perfectos, rodearse de gente perfecta, tomar decisiones perfectas, tener una vida perfecta. Esa niña frustrada, por supuesto, por no decir pendeja. A mí nadie me enseñó a aspirar a la felicidad. Me enseñaron a aspirar a la perfección, y llegué, hace suficiente como para ya haberlo asimilado, al punto en el que me dí cuenta de que todo eso era imposible. De que había vivido toda mi vida persiguiendo cosas que no existen. ¿Qué se hace con eso? Se compra un reloj que gire hacia la izquierda. ¿A qué punto regresarías? Me está preguntando la vocecita jodona que vive en mi cabeza, la que ya bien conocen ustedes, queridos lectores, y que seguramente todos tienen, aunque probablemente muchos ignoran. ¿A qué punto regresarías? -insiste. Bueno, no regresaría al vientre materno, eso seguro. Regresaría sin dudarlo al punto en el que comencé a tomar decisiones conscientes (y malas). Al punto en el que dejé la inocencia y me sumergí enterita en el mundo de las responsabilidades y las consecuencias.

Resultado de imagen para reloj con numeros caidosPero que bueno que no hay relojes que giren a la izquierda. Que bueno que no puedo regresar en el tiempo y deshacer las pendejadas que hice. Que bueno que tengo que vivir con las consecuencias de mis actos, que bueno que no hay vuelta atrás. Así no me tienen que doler otros dolores, ni me tienen que decepcionar otros amores ni tengo que tomar otras decisiones. Que bueno que la vida me trajo a donde estoy y que bueno que me lleve a donde estaré. Que bueno que abro los ojos todos los días a una vida que yo elegí. Sí, ha dolido. Sí, es verdad, me he equivocado. Sí, lo seguiré haciendo. Pero también es verdad que me ha gustado, que la he gozado y que me he reído. Es verdad que he bailado y cantado y bebido. Que he disfrutado con amigos y con amores, que he sentido que estoy en la cima y que todo es felicidad y que puede seguir así. Pase lo que pase, la vida sigue y el show debe continuar. Yo ya no quiero un reloj que gire a la izquierda.

A ambos lados de la navaja — February 9, 2017

A ambos lados de la navaja

Uno no sabe lo que es vivir totalmente hasta que no ha estado a ambos lados de la navaja. Ahora lo sé. Pero me temo que he estado haciendo todo por evadirlo. Sí, ahora lo sé. Pero me temo que he hecho lo que tenía que hacer para anestesiarlo, al menos a momentos. Uno no sabe lo que es vivir de forma completa hasta que no se ha parado del lado inofensivo y del lado afilado de la hoja haciendo malabares de cuerda floja para no salir amputado. Uno no puede decir que ha terminado de nacer como ser humano hasta que el amor y la desgracia nos han hecho ver a los ojos y bailar con nuestras partes más vulnerables, frágiles, luminosas y escondidas. Uno no puede decir que ha andado estos caminos en su totalidad hasta que no ha sentido en los huesos la alegría y la dicha pero también el dolor y la desesperanza. Y es que ahora lo veo. Uno no sabe lo que es vivir hasta que ha experimentado la risa hasta el llanto y el llanto hasta la sequía. No hasta que se ha sido objeto de devoción y adoración incondicional y también ha sentido el calor del cuchillo a traición en la espalda. No, no lo podemos decir. No hasta que se ha entregado el total y más del corazón de uno mismo y también, después, se ha terminado por no saber amar como se merecían a aquellos que más nos amaron sin saber explicar exactamente cómo. No hasta que uno ha desbordado palabras por los dedos y las ha dejado en versos y coros para después quedarse mudo en los peores momentos posibles, cuando una respuesta era demandada, necesaria, exigida, merecida. No hasta que uno se ha enseñado a ver los más mínimos detalles y también se ha quedado ciego a la incertidumbre del otro. No hasta que uno ha escuchado voces en todos los rincones de la cabeza y ha sido sordo al dolor de quien nos ama. No hasta que hemos jurado jamás infringir las heridas que nos fueron dadas y terminamos lastimando a quien menos se lo merecía. Uno no lo sabe hasta que mendiga migajas y después lo tiene todo sólo para dilapidarlo en incontables errores y silencios. Uno no sabe lo que es vivir hasta que no ha golpeado las paredes y después ha tomado una mano gentil y cariñosa que termina soltando por pura lentitud y cobardía. Uno no sabe lo que es vivir hasta que tiene la cabeza llena de pensamientos pero falla en decir sus sentimientos, hasta que se auto complica lo sencillo que era honesto. Uno no sabe lo que es vivir hasta que no se finge que todo está bien cuando todo está mal. Y es que uno no sabe lo que es estar vivo hasta que se siente el haber perdido un pedazo de uno mismo, hasta que se ha cerrado una habitación en el corazón que está llena de recuerdos de momentos mejores, de momentos felices, que sabes que siempre vas a extrañar pero no puedes recuperar por tu propia culpa. Y es que la culpa es algo que no se irá con una simple disculpa o una sesión de psicoterapia porque ahora yo sé lo que se siente haber perdido a quien te amaba y tu fallaste en amar y proteger. Yo no sabía lo que era estar vivo hasta que me resultó imposible borrar la imagen de tu llanto en el último giro que dio mi cabeza antes de salir por la puerta. Ahora sé lo que es estar de los dos lados de la navaja y desearía no sentirme tan vivo porque después de conocer la forma en que me amabas lo único que me hacía falta era conocer el dolor de perderlo todo por mi absurdo y para mi desgracia aún no existen los relojes que giren a la izquierda ni la forma de arreglar mis destrozos. Pero me temo que he estado haciendo todo por evadirlo y el filo está cortando mi cuerda.