Grosso Modo

Revista Grosso Modo

FELIZ CUMPLEAÑOS — September 14, 2017

FELIZ CUMPLEAÑOS

No recuerdo, en veintisiete años, un solo cinco de septiembre que no haya estado nublado, literal y figurativamente. Siempre me ha sorprendido la gente que hace cuentas regresivas para celebrar su onomástico, que se organiza fiestas millonarias, que se da regalos ostentosos. ¿Y luego qué? No encuentro ningún mérito en mantenerse vivo, además del de no suicidarse, que en mi caso sí debería contar, y ahora, mientras lo escribo, me doy cuenta de que este año sí merezco felicitaciones por ese simple y llano motivo. Pero bueno, volveré al punto original, según el cual, para el grueso de la población, sobrevivir no constituye ningún mérito y por lo tanto llegar a otro día que, según el calendario gregoriano, representa el día en que, por algún capricho del destino, un determinado individuo nació, me parece no sólo tonto sino superficial. Hace casi diez años me enteré, por error, que fui concebida, coincidentemente, por error. Siendo la segunda de una familia de tres, durante casi dieciocho años creí que mis padres habían planeado y programado mi existencia, que habían recibido la noticia con felicidad, pero sin asombro, que habían pensado en mí como el resultado de un esfuerzo, no de un accidente. Resulta que en tiempos de crisis económica y por lo tanto matrimonial, mi mamá tuvo a bien embarazarse “accidentalmente” producto de la imposibilidad de tomar anticonceptivos a consecuencia de una operación de la vesícula. Bullshit. Los bebés pueden cumplir diversas funciones dentro de una familia, una popular es la de mantenerla unida. Supongo que debería sentirme honrada al pensar que yo cumplí ese propósito siendo apenas un ser de un par de kilos y unos cuantos decímetros de estatura, sin la menor capacidad de sobrevivir sola y sin asomos de llegar a hacerlo en mucho tiempo. Pocas personas me felicitaron este año, sólo la familia y los amigos más cercanos, y alguno que otro despistado que no se ha dado cuenta de que yo no lo felicité en Facebook. Supongo que está bien, coseché lo que he sembrado. Ya no quiero hipocresías en mi vida, ya no necesito personas-paja que llenen mi existencia. Si mi existencia está condenada a ser solitaria, que así sea. Si nací y crecí siendo poco gregaria, por qué habría de cambiar ahora, un poquito más allá del cuarto de siglo, cuando me interesan menos que nunca las opiniones ajenas y no me importa ni siquiera estar sola. Cuando defiendo el silencio y me empeño en encontrar un motivo feliz en cada día, cuando como avena, y yogur, y cereal y fruta y aun así no bajo de peso, porque tomo tantas drogas que ya no sé si me hacen efecto o se contrarrestan unas con otras. Por qué habría de cambiar ahora que me corté el cabello como cadete para negociar con la vida que el cáncer no se lleve a mi tía, que estoy en medio de un duelo y sigo cayendo por la espiral interminable de la enfermedad mental. Cuando gasto en doctores y medicinas lo mismo que en todo lo demás. Por qué habría de cambiar ahora, que tengo la edad perfecta para morir joven y trágicamente, dejando detrás de mí una estela de desazón y desasosiego. Por qué habría de cambiar ahora, si no puedo.

Resultado de imagen para sombrerero loco no cumpleaños

Advertisements
El Pensador — September 7, 2017

El Pensador

Puedo afirmar, sin lugar a dudas, que El Pensador, escultura de la autoría de Auguste Rodin, es mi obra favorita dentro de este género. Es, para mí, una obra de arte completa, una obra de arte verdadera, con todo lo que ello implica. Trasciende las fronteras del bronce que le da forma, transmite pasión y vida a través de sus contornos, sintetiza la vida de su creador, proyecta todos los sentimientos e ideas que pudieron pasar por la mente del francés cuando se encontraba absorto en su realización, es el pináculo de una vida de genialidad, pero más importante todavía, es capaz de despertar ideas, sensaciones, sentimientos, pasiones y declaraciones en quienes tienen la oportunidad de admirarla, abandona lo estático de su condición y empuja a una revolución en la mente del espectador.

Ahí está, un hombre a las puertas del infierno de Dante, sentado en una roca, desnudo, dejando ver el estadio más cercano a la perfección que el cuerpo puede alcanzar al retar sus propios límites. Se lleva la mano derecha a la barbilla, con el puño cerrado, apoyándose sobre su rodilla, inclinando su cuerpo al frente, con la vista en el horizonte, abstraído en el cosmos que debe ser su cabeza, su mente, sus ideas, su humanidad.

Siempre que le miro me reencuentro con aquello que nos convierte en humanos, con aquello que no compartimos con ningún otro ser viviente en este mundo, con la misma esencia de la vida de los hombres, con el pensamiento y la razón. Su figura me recuerda la que, a mi parecer es la pregunta más importante de todas las que podríamos formularnos; ¿por qué?.

En contraposición a la sencillez de su composición, formular el cuestionamiento ¿por qué?, conforma para mí, no solo parte de la lingüística que da línea a nuestro pensamiento, sino la base de la abstracción que da luz a todo conocimiento, que da forma al hombre mismo. El animal humano se vuelve ser humano gracias a la palabra, y la palabra deja de describir y pasa a crear cuando la mente concibe la pregunta prohibida para muchos, la pregunta que permite imaginar, evolucionar, entender, descubrir, impulsar nuevas eras, vernos a nosotros mismos y a los demás, pareciera que podemos acercarnos a los titanes cuando nos cuestionamos esa complejidad, cuando preguntamos ¿por qué?.

Las características definitorias del ser humano son la capacidad para amar y la razón, la capacidad para cuestionar, cuestionarse a sí mismo, cuestionar a los demás y cuestionar al medio. En cuanto a la última, hemos sido testigos del paulatino deterioro que ha tenido en nuestras sociedades y sistemas educativos actuales la habilidad para el pensamiento crítico, se ha encasillado a aquel que osa preguntar en el papel de un agitador, de un rebelde, de alguien que incita disturbio y desequilibrio, que amenaza el status quo, la moral y buenas costumbres, y quizás tengan razón, pero la genialidad de las mentes más brillantes y el legado que han dejado en este mundo nos enseña que el progreso, la evolución, el cambio, la revolución y, en general, la culminación de la maravilla que es la vida humana, tiende a ir de la mano de la inconformidad.

La cultura, la ciencia, la tecnología, la verdad, si es que es accesible a la conciencia humana, empiezan cuando el niño pequeño pregunta a su madre, a su padre a su hermano o hermana, a su abuelo, a su maestro, a su amigo, a la naturaleza, a Dios el ¿por qué? de las cosas que le rodean y que sus sentidos le capacitan para apreciar. Indaga en el origen de su vida misma y como ésta fue posible, indaga en el sol, la luna, las estrellas, la lluvia, los animales y plantas, el amor, el odio, la tristeza, la amistad, las leyes que rigen este juego llamado planeta tierra, las leyes físicas, las leyes de la existencia, las leyes de su cultura y nación, de su mundo y finalmente culmina en un sentido que justifique la vertiente de esa vida cuyo inicio algún día le intrigo. Así como nuestro hogar tiene puertas y ventanas, nuestra mente puede ser abierta de par en par hilando preguntas sin parar, parecidas al viento que vence la cerradura y el pestillo. Una vez que somos familiares con la sensación que implica el conocimiento, con el poder del saber, ya no hay vuelta atrás, se inicia el viaje y el refinamiento de este prodigio tan abstracto que es la mente, que no puede funcionar sin un laberinto de células y estructuras cerebrales, cada vez menos misteriosas a los ojos humanos y que sin embargo no pueden explicar por si mismas el fenómeno de la conciencia. El todo es más que la suma de las partes, pugnan algunas escuelas psicológicas, y en este caso es lo más cercanos que estamos de definir lo inaudito del pensamiento humano expresado a través de la palabra, de la pregunta, de la idea.

Es para mí síntoma de una sociedad disfuncional la censura del individuo, sea cual sea su edad y condición vital en toda gama de aspectos, y una muestra de sanidad y humanidad todo aquel que, sin importar el tramo de su vida en que se encuentre, pregunta ¿por qué? y despierta a la capacidad de convertir en posible lo imaginable. Es responsabilidad de nuestra sociedad, de nuestra familia, de nuestra escuelas, de nuestros gobernantes, pero sobre todo, de nosotros mismos, hacer espacio a la crítica y a la duda, al saber, a la aceptación y el ejercicio de nuestra condición de seres pensantes, a nuestra condición humana, que finita como es, puede perdurar como el bronce de ese Pensador.

P2q_900

El amor no nos salva de la muerte — September 1, 2017

El amor no nos salva de la muerte

La entrada anterior divagué un poco sobre despedir a las vidas pasadas, sobre convertirnos en alguien más, sobre la metamorfosis. Esta entrada, mucho me temo, lectores, tengo que hablar de la muerte. De despedir a la vida para siempre, total y absolutamente. De ese dolor excruciante que se esconde tras un “no soportó la operación”. Como Dios es un cabrón, les dio a los perros una esperanza de vida mucho menor que la de los humanos. Como quiere que las personas buenas sepamos que de nada nos sirve ser así, nos regala periodos de felicidad seguidos de momentos de miseria total. Se le ocurrió la manera más cruel de hacernos entender que el amor no nos salva de la muerte. Es un cabrón, y para demostrarlo nos hace sentir este dolor a quienes creemos que los perros tienen alma, y que en sus ojos se reflejan los más puros y hermosos sentimientos que los humanos sólo podemos fantasear con conocer.  La vida y la muerte, dos amantes traicioneras. La una, llegando sin pedir permiso, la otra, que se va sin otorgar prórroga alguna y se lleva consigo lo hermoso y lo divino. Irremediable. No hay nada que yo pueda hacer que me vaya a devolver a mi diablillo pelirrojo. Por mucho que llore, grite o patalee, por mucho que intente negociar con la huesuda, ofreciéndole a cambio mi vanidad, mis obsesiones, mi avaricia, mi paciencia, lo que sea. Ella no cede. Llevo una semana dándole vueltas a la tristeza en los ojos de mi papá cuando tuvo que decírmelo, intentando contener el llanto pero con la voz quebrada. Vuelvo a recordar ese momento y vuelvo a sentir cómo algo dentro de mí se rompió y un poco de mi vida se murió con ella. Pasé por las primeras etapas del duelo en breves minutos, la negación, la ira y la negociación se sucedieron antes de la medianoche. Yo no diría que una termina para que comience la otra, diría que van apareciendo y se mezclan para formar un monstruo que te carcome desde dentro y que le abre la puerta a la depresión: hija de puta. Como si no tuviera ya que vivir contigo ahora resulta que tengo que lidiar con un duelo inesperado e increíble. Ningún perro se muere en esa operación, ni a consecuencia de ella. Pero mi Pasita sí. Lo que alcanzó a balbucear la veterinaria fue que probablemente estaba enferma de los riñones, y no pudo procesar la anestesia, que no fue una sobredosis, porque hubiera muerto durante la operación, que no había signos de hemorragia, pero que si queríamos podía hacer una necropsia. ¿Y qué, mancillar el cuerpo de Pasita sólo para descubrir si la culpa fue de alguien? ¿Eso nos la traería de vuelta? No, nada nos la traerá de vuelta. Se fueron para siempre sus ojitos negros preciosos y brillantes, su carácter implacable, sus travesuras cotidianas. Destruyó todo lo que pudo: cuatro pares de audífonos, un cable de conexión, la tapa de una USB, masticó mis lentes, dejó inservibles mis protectores bucales. Dos camas, el zoclo de la duela, la puerta, el auto, su collar y su correa. Secuestradora asidua de los calcetines negros de mi marido y cómplice sin límites de Luma. Lumita, su hermana mayor, también la extraña. Esta última semana no ha habido nadie que se le acurruque entre las piernas, que le muerda las orejas o las rodillas, que le pase por encima mientras duerme. Pasita. Pasiflorina, en realidad. Pasa María, cuando me hacías enojar. Busco en algún sitio consuelo o resignación, y no los encuentro.

Ayer leí de

Slide1algún poeta que cada perro que se muere se lleva una parte de nuestro corazón con él, pero que cada perro que llega nos regala una parte del suyo, así que si somos lo suficientemente afortunados, podremos vivir tanto y tener tantos perros como para que nuestro corazó

 

n se complete de partes de corazones de perro y podamos ser tan buenos como son ellos. A eso aspiro. A desarrollar la bondad y la pureza de estos animalitos peludos que me miran a través de unos ojos sinceros y que me han sanado el alma de una manera en la que ningún otro ser, cosa o ente había podido. Perdón, Pasita, por todas las veces que perdí la paciencia contigo. Necesito pensar que mi diablillo pelirrojo se ha convertido en un angelito pelirrojo que nos cuida desde el cielo de los perros y corre por verdes praderas y duerme en una cama hecha de calcetines negros. Que come

sobre cuando le place y que tiene juguetes de a montón. Necesito pensar que las cenizas que atesoramos en una urna rodeada de flores en la entrada de la casa no son sólo cenizas, sino un símbolo de que Pasita sigue estando en nuestra manada. Necesito pensar que no fue culpa de nadie, porque no puedo soportar lo opuesto. Necesito fuerza, y no encuentro de donde sacarla. Mi cuerpo ya no puede más, mi mente no soporta la presión, mi psique no tolera otra mala noticia, mi corazón está roto.

Del otro lado del diván — August 18, 2017

Del otro lado del diván

¿Cuánto café piensas tomar hoy? Es lo que me pregunté cuando decidí levantarme, quince minutos antes de las seis de la mañana, porque ya no quería seguir dando vueltas en la cama. “El que sea necesario”, me respondí. El diagnóstico de depresión fue duro, pero esperado. Lo que uno sabe a fuerza de machetearse el DSM no va a dejar de saberlo nunca. La ansiedad, esa sí fue una sorpresa. Las estadísticas reportan que alrededor del 60% de las personas que padecemos depresión también presentamos ansiedad. Es una mala pasada de la salud mental, déjenme decirles. Cuando se enlistan depresión, ansiedad, irritabilidad, sí, suena mal, pero permítanme compartirles cómo fue esta semana para mí, solo para desahogarme. El fin de semana pasado fue un continuo entre coser a máquina como si de eso dependiera mi vida, intentar tener un poquito de tiempo de esparcimiento y lamentarme por cuán rápido pasa el fin de semana. El domingo me armé de valor y le pedí a mi papá que me ayude a pagar las pastillas, yo simplemente ya no puedo más. Llegó el lunes y con él mi horario lleno, mi pasión por mi trabajo y mi angustia porque me estaba quedando sin medicinas. Esta vez un amigo hizo el favor de enviarlas desde la CDMX porque la dichosa farmacia on-line convino duplicarle el precio y, por supuesto, yo me quebré. En fin, le envié a mi amigo cinco mil pesos por un OXXO y recé para que todo saliera bien, pero el lunes se terminó lo que tenía y el cartero no llegaba con mi paquete. Pasé la mañana del lunes tomando café, por supuesto, preocupada por todo el trabajo que tengo acumulado, por la colcha, por las pastillas, porque no sabía que hacer con mi cuenta bancaria, porque el fin de semana había durado tan poquito. Por la tarde llegaron las pastillas, justo después de tomarme la última. Brinqué, grité y me emocioné, y acto seguido guardé silencio y una sombra entristeció mi mirada -¿qué te pasa? -me preguntó mi marido, el mártir de mi revolución, el que no quita el pie del cañón; -me pasa que estoy harta de trabajar para pagar esto, y que no quisiera emocionarme cuando llegan, y que quisiera no tener que tomarlas y no tener que hacerte pasar por todo eso; -lo importante es que estés bien, respondió. Lunes, martes y miércoles me levanté puntual a hacer treinta minutos de bicicleta casi dormida pero consciente de que esos doce kilos extra no se van a ir solos. Los tengo que correr a patadas. El miércoles fui al banco, me dijeron que no puedo abrir una cuenta con ellos porque ya tuve una anteriormente y la que quiero es sólo para clientes absolutamente nuevos. Le menté la madre a la ejecutiva. Salí enfurecida, eran las nueve de la mañana con siete minutos y yo ya había rabiado por eso y porque mi marido no me contestaba el teléfono ¿dónde carajos se había estacionado? Pasé la tarde entre llorando y durmiendo. Simplemente no tenía fuerzas para hacer nada más. El jueves fue simple: cuatro estudiantes seguidos, atendí a cada uno con menos paciencia, más hambre y más café que al anterior. Cuatro horas de pausa: las dormí sin más. Otras cuatro horas de clase. Por las noches cenamos, vemos una serie, jugamos con nuestras perras y dormimos, o eso intentamos. Era la una de la mañana y yo seguía con el ojo pelón, pensando en cómo la vida nos lanza una curva cuando menos la esperamos. O cómo simplemente no atrapamos la pelota aunque la veamos dirigirse rápidamente hacia nosotros. Estuve cavilando sobre el mal carácter que tuve durante toda la semana, sobre mi tono de voz con mi mamá, mi impaciencia con mi marido, mi poca tolerancia con mis estudiantes. No puse atención en cambio a cuánto cosí, a que fui a visitar a una amiga y regresé caminando a casa -algo impensable para mí-, a que soy capaz de desempeñar casi todas mis clases con un altísimo nivel de calidad y ya no me duermo en casi ninguna. No, yo me centré en lo negativo, en lo difícil, en las fallas, en las imperfecciones. Antes a eso lo llamaba ser malhumorada o perfeccionista, ahora hace falta llamarle irritabilidad y pensamiento negativo, porque son rasgos característicos de una enfermedad mental.

Resultado de imagen para enfermedad mental

Duro y a la cabeza: una enfermedad mental. Nunca me imaginé teniendo que depender de unas pastillas para funcionar medianamente bien, se supone que yo debía estar del otro lado del escritorio, del otro lado del consultorio, del otro lado del diván. Se supone que yo debía ser quien conservara la cordura en ese espacio seguro que es la consulta del psicólogo. Ayer le pregunté a mi mamá, presa de una curiosidad estúpida, quién elegía mi ropa cuando yo era niña. Me dijo que desde los tres años yo elegía que ponerme, que porqué preguntaba. Lo hacía porque esa pregunta forma parte de la clase que estaba impartiendo, un simple pretexto para practicar el pretérito imperfecto, pero yo no me acordaba. No me acuerdo de casi nada de mi niñez. La tengo bloqueada, reprimida, y estoy segura de que en algún recoveco de ese inconsciente está la raíz del problema. Mi madre me dijo asustada que pensó que algo había hecho mal. Sarcásticamente pensé: por supuesto, debiste ponerme una camisa de fuerza, pero no lo dije. Así me dieron la una y media de la mañana, con un dolor entre el estómago y el pecho en un gesto de empatía hacia una noticia que acababa de recibir. Es así: todos tenemos que despedirnos, de alguna forma u otra, en un momento u otro, de nuestras vidas pasadas. De nuestras vidas sin compromisos, de nuestras vidas pagadas, de nuestras vidas sin hijos, sin enfermedades mentales, sin duelos, sin habernos roto el corazón, sin esa borrachera de la que tanto nos arrepentimos, de nuestras vidas antes de esa decisión que lo cambió todo, de nuestras vidas antes de haber encontrado el amor, de nuestras vidas antes de ese trabajo que nos hace miserables. A veces es un placer despedir a una vida pasada. A veces es un dolor. ¿De cuántas vidas han tenido que despedirse, queridos lectores? ¿Cuántas veces la vida les ha jugado un revés que lo cambió todo? ¿Cómo batearon esa curva? Estoy melancólica, queridos lectores, disculpen la verborrea.

No tengo tiempo — August 5, 2017

No tengo tiempo

Yo me voy a morir. Eso lo sé. Todos lo sabemos, pero es raro quien se atreve a abrirle la puerta de su mente a esa idea: el sentido de supervivencia nos lo impide. Yo me voy a morir, de un infarto, y va a ser joven. No creo llegar a los sesenta años, bien me iría si cumplo los 50. ¿Qué cómo lo sé? Bueno, hay cosas que se saben, y punto. Si doy por bueno lo anterior ya he vivido más de la mitad de mi vida y por lo tanto el camino que me queda por delante es más corto que el que puedo ver hacia atrás. Mucha gente me ha dicho muchas veces que vivo con prisa, que tiempo al tiempo, que las cosas tardan en madurar. Bueno, yo no tengo tiempo de esperar. Ya no tengo ni un año más para esperar a un hombre que ni siquiera sabía si quería llegar a mí. Ya no tengo ni un semestre más para estar en una escuela que me frustraba más de lo que me gustaba. Ya no tengo ni una hora más para quemar mi piel bajo el sol y  sobre arena blanca, temiéndole al cáncer pero arriesgándome en pos del bronceado. Ya no tengo ni un minuto más para seguir teniendo miedo. Me voy a morir y el sólo imaginar ese momento en el que sepa que no hay marcha atrás, que todo se acabó, el pensar en el posible dolor, en el calor, en el frío, en la falta de aire, el rezar para que sea dormida, esos simples pensamientos me producen un vacío en el estómago y un dolor en el pecho. Siempre que puedo digo que yo no quiero ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, e irme quedando sola en un mundo que ya no conozco y que los jóvenes me miren como a un mueble viejo, estorboso y obsoleto, y que a mi funeral no asista nadie, porque ya todos se fueron, yo no quiero eso. Nunca he entendido el deseo de vivir 100 años, la inmortalidad, la eterna juventud. ¿Para qué  querría alguien ser joven eternamente? ¿Vivir para siempre en la crisis del cuarto de siglo y no saber si lo que está haciendo es lo que le va a llevar a donde quiere ir? ¿Para qué querría alguien permanecer joven viendo a los suyos envejecer sin remedio? El tiempo pasa, y no hay nada que podamos hacer contra ello. No lo tenemos, no nos pertenece: se nos escapa de las manos cual agua limpia y fresca en un oasis en el desierto de nuestra vida, sí, la misma que vivimos esperando el fin de semana, la quincena, que el próximo mes nos sorprenda, deseando cumplir nuestro propósitos de año nuevo pero sin hacer nada al respecto, graduándonos, teniendo noviecillos que son compases de un rato y teniendo relaciones que no esperábamos pero que se quedan. La vida se nos pasa sin saberlo y de pronto los bebés que nunca iban a crecer se están yendo a la universidad y yo me pregunto en qué momento y cuando volteo a verme me doy cuenta de lo señora que soy y me resigno a mi suerte, qué va, me aplaudo mis decisiones: tengo la vida que quiero, y quiero la vida que tengo y  no tengo tiempo para perderla.

A mi amigo le gusta hablar de futbol — August 3, 2017

A mi amigo le gusta hablar de futbol

Libraries gave us power,

then work came and made us free,

what price now for a shallow piece of dignity?

-Design for life, Manic Street Preachers

Francisco tiene 45 años. Dejó a un hijo y su hogar en su natal El Salvador cuando se fue en busca de una mejor vida. Partió con la esperanza de tener un futuro más esperanzador, es decir, casi cualquier escenario que no fuera el de su país. Llegó a México después de haber viajado cientos de kilómetros y atravesó nuestro país con gran penar pero con la esperanza poblándole la mirada. A medio camino por nuestro territorio llegó a Querétaro preguntándose cuándo terminaría su travesía, cuánto más camino habría que recorrer para poder encontrar un lugar que, con un poco de suerte, pudiera llamar hogar. Dividendo sus esfuerzos entre la infame Bestia y las caminatas diurnas llegó al punto que cambiaría su suerte. Mientras caminaba siguiendo la vía para no perderse llegó a una bifurcación con un mecanismo encargado de desviar el tren a izquierda o derecha con tal suerte que a su paso se activó dejando pie quedó atrapado. Tratando de no quedar inconsciente logró liberarse aunque quedo maltrecho en el lugar hasta que acudieron a él los auxilios médicos. Francisco ingresó al hospital en donde tuvo que enfrentar tres cirugías que terminarían por amputar cuatro dedos de su pie derecho y dejarlo veintiún días en cama. Su ropa vieja, sucia y maltrecha fue tirada a la basura junto a sus zapatos, no tenía un centavo, todo lo que le pertenecía era el cuerpo cicatrizado y testigo de incontables escenas que alojaba la bata del hospital. Fue ahí en donde la psicóloga a cargo de su caso consiguió ponerlo en contacto con las personas que terminaron auxiliando y dándole refugio tras ser dado de alta y no contar con absolutamente nadie en México. Francisco tuvo otra oportunidad; después de ver a la muerte de frente y a la cara, hoy está recuperándose en México, piensa en cómo estará su hijo y si seguirá en su empleo, si tendrá ya una mujer con quien forma una familia, si pensaran en el. Platica con sus nuevos anfitriones y amigos sobre futbol, conoce a los Gallos de Querétaro y a la selección mexicana, le gusta el fútbol español y se emociona cuando habla sobre la doceava Champions del Real Madrid o el Barcelona de Pep Guardiola. Hoy Francisco recuerda su paso por México y su meta original; llegar a los Estados Unidos y trabajar su camino hacia una vida digna, como un anhelo de una vida pasada. El periplo que tuvo que atravesar en nuestro país y la situación actual del vecino del norte le han hecho reconsiderar. Para él, así como otros tantos miles que llegan cada día y que no quieren seguir las penurias pero tampoco quieren regresar a la espiral de violencia de la cual huyeron en un principio, México se ha vuelto cada vez más un destino de llegada y no un punto de paso, cada vez se arraiga más el sueño mexicano de trabajo, vida y dignidad en un país de su mismo idioma y con costumbres similares a las suyas, en donde puedan tener acceso a cosas que jamás hubieran podido en Centroamérica. Hoy Francisco sueña un futuro que inminentemente se convertirá en realidad; un país en donde nuestro vecino, compañero de trabajo, de escuela, esposo, esposa, hijo o amigos pueda ser guatemalteco, salvadoreño, hondureño, cubano o haitiano. Por mi parte, yo no puedo pedir que esa realidad se cristalice o no, porque es un hecho que así sucederá y lo que yo diga no es relevante. Lo que sí puedo aspirar, soñar y trabajar por conseguir es, quizás no un mundo, pero sí una sociedad o una comunidad que logre ver en la migración y en el migrante a un trabajador internacional y no un delincuente, que logre ver riqueza cultural e histórica y no parasitismo, que logre ver esperanza, fuerza, consistencia y dignidad y no una mercancía susceptible de ser comercializada y desechada. En una era donde el odio, la intolerancia, la ignorancia y la xenofobia han comenzado a ganar votos y traer a la superficie pensamientos que creíamos largamente superados es indispensable hacer un ejercicio de introspección y reconocer que, como pocas veces en la historia, tenemos la oportunidad de demostrar que lo contrario, que el amor, la compasión, la dignidad y el humanismo pueden cambiar a un país y pueden vencer a la demagogia y aquellos ciegos de poder. Estamos a tiempo de identificar en nosotros mismos las conductas que tanto reprochamos al extranjero y desterrarlas, demostrar que, por esta ocasión, sí existen diferentes categorías de personas y nosotros podemos ser mejores. Pero sobre todo; podemos reconocer, aprender y amar la sonrisa, la mirada,las manos cansadas, los pies atormentados, los corazones desbordados, la fe ciega, la esperanza reconfortante y la confianza implacable de aquellos que, como ramas a través del concreto, reclaman su derecho a la dignidad, a la justicia, a la humanidad y lo dejan todo en este valle de sufrimiento para poder dar una pizca de la vida que merecen a sus familias. Como país y como ciudadanos cargamos, por cada amputación física y espiritual, una amputación moral en nuestra conciencia. Recordemos que, como dice la canción, “somos idénticos al que llego sin avisar.

Nunca le importó la veracidad de lo que leía, no creerás lo que sucedió después… — July 20, 2017

Nunca le importó la veracidad de lo que leía, no creerás lo que sucedió después…

“Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”

Estos son los lemas del partido del todopoderoso y omnipotente Gran Hermano que describe George Orwell en su distópica novela 1984. Cuando por vez primera leí esta novela despertó en mi una fascinación ante el futuro que pintaba. Sabía que era un libro relativamente viejo en comparación con la época que me tocó vivir y, sin embargo, me fascinaba y aterraba en proporciones iguales leer algo que pareciera pudiera materializarse el día de mañana o en un futuro dentro de cien años. Hoy, unos años después, me doy cuenta que ese futuro finalmente ha llegado a concretarse y que ocurrió mucho antes de lo que pensé y de lo que debía (o sea, nunca).

La descripción de Orwell abarcaba a una sociedad que era perpetuamente vigilada y por un líder que era juez y parte, dios pagano, ideólogo, todopoderoso y casi omnipresente y omnipotente. Esta cabeza del único y supremo partido movilizaba todo un aparato estatal encargado de suprimir toda capacidad de pensamiento crítico y racional manipulando la información e, incluso, el lenguaje. Los ciudadanos se enteraban solamente de lo que el estado quería que se enteraran y, por más contradictorias o incoherentes que fueran las noticias, eran tomadas como verdades inalterables porque no existía ya la capacidad de cuestionar y transgredir.

En esta férrea vigilancia y nulificación del yo, la individualidad y la razón las fuentes se alteran para coincidir con la historia oficial que sostiene el estado, el hambre se utiliza para mantener a raya a las personas bajo la falsa ilusión de abundancia o mayor posesión que los otros, la guerra enfoca a los ciudadanos a un enemigo común haciendo que olviden los problemas internos y la experiencia y voluntad humana se someten a un falso y patológico “bien común” que sólo beneficia al partido y su afán de mantener un poder eterno. Dicho aparato tiene tal capacidad de asfixiar la capacidad de discernimiento que el autor lo ejemplifica con el famoso “2+2=5”, es decir, la capacidad de un ente de hacer pasar una falacia total como una verdad obvia.

Hablo de esto porque, como mencionaba en un principio, pareciera ser que esa es la sociedad que vivimos hoy en día. Vivimos en la época de las fake news; un hombre puede llegar a ser presidente de una de las naciones más poderosas del mundo en base a rumores, inexactitudes, divagaciones y generalizaciones sin rendir cuentas por falsedades y hechos comprobables. Hoy en día ya no existen las mentiras y notas falsas, existen los alternate facts; retomo lo que me beneficia e ignoro voluntariamente lo que no. Y no es solamente un hecho del vecino del norte; a lo largo de todo el globo, incluido México, podemos observar políticos que hacen un uso indiscriminado de datos inexactos en el mejor de los casos o falsos/inexistentes en el peor, que refieren mentiras como verdades, que llevan opiniones personales como datos científicos y que manipulan la mentira como una verdad manejando rebaños de personas demasiado apáticas para pensar.

¿En dónde acabamos nosotros en esto? exactamente en el mismo lugar. Nosotros progresivamente estamos contribuyendo a esta epidemia nos demos o no cuenta. Rechazamos y minimizamos la capacidad de pensamiento crítico, en parte por omisión y en parte conscientemente. O, ¿no es equivalente la avalancha de información que consumimos indiscriminadamente a la maquila de noticias de los políticos? Como ávidos consumidores de Buzzfeed, Playground, Cultura Colectiva y demás escaparates de información decidimos deliberadamente ignorar la fidelidad o ausencia de esta en las noticias que consumimos. Nos dejamos llevar por titulares y redacciones del tipo “Nunca le importóla veracidad de lo que leía, no creerás lo que sucedió después…”. Si le da una palmada a nuestra actual cultura de positivismo sin fundamento es válido, si al título le precede estudio científico revela que lo creemos como un dogma de fe incuestionable. Hoy más que nunca tenemos acceso a una cantidad de información nunca antes vista por la humanidad y es perfectamente entendible que no podamos filtrarla toda sin errores, sin embargo, el filtro que usamos es aquel en el que escogemos las posturas o la información que refuerce nuestros constructos y posturas. No buscamos informarnos para conocer, buscamos informarnos para reforzar y pertenecer.

Nuestra tribalidad nos hace afiliarnos con los que son iguales a nosotros y reforzar nuestro sistema de creencias con los datos que le desmienten en lugar de cuestionarlo. Decidimos deliberadamente creer en cosas que sabemos falsas porque nos refuerzan a pesar de ir en contra de la lógica y el sentido común. Renegamos y tememos (como advertía Fromm) de nuestra libertad y nos socorremos en las falsas certezas. Y ahí tenemos a los horóscopos, la medicina alternativa, la homeopatía, las terapia energéticas, los juegos de azar y adivinación, y en general todas las “artes ocultas “, profecías y predicciones que se vengan a la mente. Si bien existen aquellos que se afirman creyentes por ignorancia están también aquellos que se afilian por convicción aún cuando, y a sabiendas, se conoce que, irremediablemente, lo que se sostiene es una mentira. Preferimos negar nuestro conflicto de cosmovisiones que sentir que no pertenecemos a la tribu. ¿Podemos quejarnos por vivir en al era en que los tabloides tienen mayor credibilidad y después refugiarnos en nuestra creencia falsa pero reconfortante?

En mi opinión no podemos volver a la mentira y la falsedad ni capital político o social y mucho menos la alternativa políticamente correcta. La verdad no puede ser ofensiva o la ignorancia se vuelve fuerza.

cnn fake news_3

Quiero salvarla —

Quiero salvarla

Descubrí en mi vida, pronto y a la mala, lo que eran las pastillas anticonceptivas, de emergencia. Desperté un domingo, después de una noche de mal sueño y mucho pensarlo, me puse una sudadera vieja y fui a la farmacia. Pedí con la voz temblando y lágrimas en los ojos “una pastilla del día siguiente”. La de la farmacia, como si lo supiera todo, lo repitió lo más alto que pudo, se lo gritó a su compañero y me dio mi compra con una risita burlona. Yo sentía que tenía un letrero luminoso en la frente, anunciándole a todos que estaba sucia, que lo había hecho todo mal.

Él se ofendió, me dijo que tenía tantas ilusiones de ser papá y yo tomándome esas porquerías. Yo tenía 17 años cumplidos, él me llevaba más de diez, o un poco menos, nunca lo supe bien. Esa noche me llevó a su casa con cualquier pretexto, no teníamos ni tres meses de conocernos. Hacía frío, me fue quitando la ropa mal y de a poco, sólo lo estrictamente necesario para lo que iba a pasar, me metió en su cama, se me acercó lentamente y en un punto crítico me dijo “si te mueves va a entrar”. No me moví, me moría de miedo, seguía con los tenis puestos y la cabeza en otro sitio, uno más feliz. Entró. Yo no sentí nada, más que miedo, no sentí placer, no sentí dolor, no sentí nada, tampoco me gustó. No recuerdo mucho más que eso. No sé cuantos minutos después él vio su reloj y se apresuró a levantarse “ya se me hizo tarde, apúrate”. Yo seguía mareada e insegura sobre lo que había pasado: no me obligó, pero tampoco fue consensuado. No lo sabía entonces: yo no debía estar ahí, a esas horas, con ese hombre. Yo tenía la culpa, según él, porque me había movido, según él. Yo era menor de edad, él ocupaba una posición de autoridad –en teoría-, me enredó más rápido de lo que pude darme cuenta y quisiera de verdad decir que acabé en su cama y después me dejó, como un juguete nuevo pero usado, en el cual ya no tenía más interés. No fue así. No me dejó. Es una historia que he intentado borrar de mil maneras, pero que me sigue persiguiendo.

Durante mucho tiempo me culpé, yo había tomado malas decisiones, yo se lo había permitido, yo lo había secundado. Hoy estoy segura de que fui una víctima, no sé si la primera, de quien sin duda sigue haciendo de las suyas impunemente, un lobo con un viejo y malhecho disfraz de corderito. El otro día soñé que lo mataba. O al menos planeaba hacerlo. Muchas veces he estudiado ¿qué me diría si me pudiera decir algo hace diez años? No puedo. Simplemente no puedo regresar el tiempo, pero sí se lo puedo decir a la niña que hoy está entre sus garras y que seguramente también tiene miedo. La veo y me veo, y quiero salvarla. Quiero salvarla porque no pude salvarme a mí, porque a mí nadie me pudo salvar. Quiero que me vea y se vea, y que sus padres la manden muy lejos, a donde a mí no me mandaron los míos, tan lejos que no pueda alcanzarla la manipulación y el engaño de ese hombre que le endulza el oído con palabras de amor y la tiene atontada con su música y su exuberante verbo infalible, igual que como me tuvo a mí. Quiero que conserve su inocencia, lo que le quede de ella, porque a mí no me quedó nada; quiero que sonría, todo lo que yo dejé de sonreír;

Resultado de imagen para mujer que ayuda a otra

quiero que conserve a sus amigas, porque yo las perdí casi a todas; quiero que tome decisiones libres, no como las mías, nubladas por mi mal juicio; quiero que disfrute su primera vez, si es que aún está a tiempo; quiero que su mamá siga confiando en ella, porque la mía dejó de hacerlo; quiero que viva sin miedo, todo el miedo que yo digo que ya no tengo. Quiero salvarla, como no pude salvarme a mí. “No es tu lugar, no te corresponde hacer nada, no tienes pruebas, no conoces a la chica, no sabes si es verdad”. No me importa. No me importa que nadie me crea, no me importa que nadie me apoye, no me interesa. Si tan sólo logro sembrar en sus padres la duda, la mínima duda y con eso la encierran a piedra y lodo, si la mandan lejos, si lo enfrentan, si logro la más mínima reacción y eso de alguna manera le evita vivir todo lo que viví yo, con eso me basta. Quiero salvarla. Sé que es porque no tuve la fuerza, las agallas, la capacidad de salvarme a mí. Sé que puede parecer que estoy siendo egoísta, metiche, estúpida, lo que sea. No me interesa. Yo hubiera querido verme en algún espejo, pero en el único lugar en que me vi fueron sus ojos, y sus ojos me sembraron miedo. Sus ojos me enredaron, me mintieron, me violaron, me pegaron, me insultaron, me dolieron, me animaron y luego me sepultaron viva. No quiero que nadie más tenga que verse en sus ojos y que ellos la convenzan de que puede confiar en él, no quiero que nadie más tenga que vivir eso.

 

 

 

 

 

Resistencia no velocidad — July 4, 2017

Resistencia no velocidad

Desde que comencé a correr, hace ya más de diez años, me di cuenta casi de inmediato que nunca sería el más rápido. Soy demasiado alto y pesado como para poder tener un paso que me permita volar. Honestamente; nunca me interesó ser el primero el cruzar la meta. ¿Por qué? porque nunca he competido contra otro en una carrera o un entrenamiento, la persona a la que persigo siempre he sido yo mismo el día anterior y eso me ha enseñado un par de cosas que me han servido en el resto de mi vida. Mientras salgo de la línea de meta, activo mi cronómetro y comienzo a moverme veo a muchas personas pasarme por los costados. Hombres, mujeres, mayores y menores que yo que dan grandes zancadas y corren pisando el acelerador a fondo mientras yo corro aún más lento de lo usual durante el primer par de kilómetros. Muchos que, como yo, optan por un paso más pausado, se sienten presionados por la cantidad de corredores que les sobrepasan y deciden unirse por inercia. Los miran alejarse frente a ellos, respiran profundo, ponen sus manos en una posición que corte el viento y pisan el acelerador a fondo tratando de alcanzarlos y tener un lugar en la meta junto con los rompedores de récords. Conforme avanzo y llego más allá de la mitad del recorrido suelo ver personas que poco a poco se detienen en las banquetas rodillas flexionadas y manos en los muslos tratando de tomar algo de aire o aquellos que continúan según lo estipulado pero ahora sólo pueden hacerlo caminando porque han acabado con toda su energía, han corrido como caballos desbocados y ahora no les queda aire ni fuerza para poder llegar a la meta aunque sea trotando. Es en ese momento cuando me doy cuenta que en mi aún queda combustible y motivación suficiente para poder alcanzar el objetivo en mente cuando salí de la meta en un principio. ¿A qué voy con todo esto?, es algo muy sencillo pero que no se toma con suficiente importancia en la carrera y en cualquier otra parte de la vida; no se trata de la velocidad, se trata de la resistencia. Algo es cierto, nunca he cruzado primero en ninguna de las carreras en las que he participado pero sí que he podido alcanzar los objetivos que me he propuesto; comenzar en un 5k hasta alcanzar el medio maratón, simple, cierto, pero lo suficientemente importante para mi como para hacerme levantar temprano en las mañanas. A lo largo de mi vida y habiendo conocido las experiencias de éxito y fracaso de muchos otros y las mías propias puedo ver la importancia de aprender una lección tan sencilla. Pasamos, básicamente, por dos etapas; primero, pensar que no podemos cumplir nuestras metas y, segundo, una vez que nos decidimos hacer las cosas lo más rápido y precipitadamente posible para después renunciar a la primera dificultad porque hemos perdido la facultad de resistir los embates, las críticas, los fracasos, de dar una vuelta de tuerca a los problemas porque no es fácil, porque no es rápido, porque vivimos en la era de lo instantáneo y lo automático. Correr me ha enseñado que el primer enemigo al que cualquier persona se enfrenta cuando persigue un objetivo no es la crítica de los demás, las dificultades del medio o los recursos económicos sino su propia voz interna que le dice que no es lo suficientemente bueno, listo, paciente, perseverante o capaz para empezar ese proyecto que le quita el sueño, esa voz que le frena antes siquiera de comenzar y lo aparta no de ganar, sino ya de intentar cualquier cosa remotamente diferente a lo que acostumbra. A la vuelta del esquina, nuestro deseo por conseguir resultados rápidos y fáciles ofuscar la poca o mucha capacidad que podamos tener para establecer objetivos tan pequeños tan grandes como nuestra visión. Cualquier persona en cualquier ámbito que tenga una meta, un anhelo, una visión, un objetivo, una misión debe saber que en el camino habrá cansancio obstáculos dificultades imprevistos fracasos caídas estrepitosas contratiempos inexactitudes y, a pesar de todo esto debe aprender a perseverar, debe aprender a mantener un paso medio pero firme, deberá aprender que los grandes éxitos no resultan de esfuerzos promedios o de fórmulas instantáneas. Los grandes éxitos provienen de grandes secciones de perseverancia y tenacidad, descoger cada día hacer lo correcto y no lo fácil, de batirnos en una pelea sin tregua con nosotros mismos y nuestros miedos, de mantener un paso quizás lento pero siempre constante y firme, de seguir avanzando con determinación, obligar si adversidad, y de saber que los obstáculos pueden romper nuestros planes pero no pueden rompernos a nosotros mismos. Los pies se pueden ampollar y el cansancio puede aparecer pero la persistencia conquista todo. En una época demasiado acostumbrada a lo fácil y rápido pero hambrienta de liderazgos comunitarios, sociales, emprendedores, éticos, humanos es indispensable que aprendamos es para poder crear riqueza, para poder dar voz a quienes no la tienen, para generar igualdad, equidad, justicia, para poder retribuirle nuestra sociedad y nuestra comunidad eso que tanto anhela.470x282_Trail-Running-Team-Vibram_Nicola-Bassi_44181_jpg_banner_1

El cambio — July 1, 2017

El cambio

Resultado de imagen para niños fingiendo ser adultosOtra vez tarde, otra vez con sueño. La vida de adulto que llevo mal y a tropezones demanda de mí mucho más de lo que soy capaz de darle. La psicóloga me sigue aplaudiendo: “eso no lo hace una persona con depresión”, repite. Si la dulce mujer supiera… Si supiera que su paciente estrella cada vez tolera menos pero miente mejor, que idea igual aunque cuente poco, que se siente triste menos veces pero peor. “Me da gusto, Dani, que respondas diferente, ¿ya ves que sí puedes?, con esta terapia sí vas a poder” -y aprovechó para hacer el comercial-. Me tranquiliza verla orgullosa de mí, aún cuando yo no lo estoy tanto, porque sigo teniendo el cajón lleno de drogas de prescripción, porque otra vez me agarré a gritos con quien pude a la menor provocación, porque veo en sueños caras viejas y conocidas, porque tengo memoria, y consciencia, y ganas de no tenerlas. Me pone melancólica la lluvia, es verdad. Me siento agotada, pero no puedo detenerme. Trabajo diez horas y duermo ocho, las seis restantes se dividen proporcionalmente entre abrazar a mis perras, preparar café, ir al baño y comer cualquier cosa, en ese orden de importancia. Nada está  tan evidentemente mal como para quejarse, la calma, frágil y aparente parece solamente un augurio de la próxima tormenta. No puedo evitarlo, aunque tenga una caja llena de pensamientos positivos, uno diario por los últimos seis meses, sigo siendo una fatalista. Recuerdo el debate irresoluble de la posibilidad de cambio. ¿Puede uno cambiar? ¿Puede cambiar en lo esencial, en lo importante? ¿Puede uno dejar de ser quien fue y convertirse en alguien más? ¿O sólo podemos aspirar a hacer cosas diferentes? ¿A cometer estupideces distintas? ¿A postular pensamientos divergentes? Aunque en el fondo se siga siendo el mismo individuo que se fue hace cinco, diez, veinte años, desde que en la adolescencia se forjó el carácter y un poco después la personalidad, sin posibilidad de modificación. ¿Quiénes somos? ¿De qué somos capaces? ¿Cuántas oportunidades tenemos de ser diferentes? ¿Puede uno, en verdad, cambiar? Los dejo con estas preguntas, queridos lectores, para que mediten un poco sobre su existencia, y se cuestionen si son quienes pretenden ser, o sólo aprendieron a serlo; para que se detengan un momento y piensen en todo lo que es igual y todo lo que es diferente a lo que era hace diez años, por decir algo. ¿Son ustedes los mismos adolescentes? ¿Se comportan igual? ¿Tienen los mismos miedos, las mismas preocupaciones, los mismos deseos? ¿Son esos mismos yendo a una oficina todos los días, a reclutar candidatos cuando hace cinco años creyeron todos que serían clínicos? ¿Qué son? ¿Qué pensaron que serían? ¿Qué quieren ser?