Grosso Modo

Revista Grosso Modo

Del otro lado del diván — August 18, 2017

Del otro lado del diván

¿Cuánto café piensas tomar hoy? Es lo que me pregunté cuando decidí levantarme, quince minutos antes de las seis de la mañana, porque ya no quería seguir dando vueltas en la cama. “El que sea necesario”, me respondí. El diagnóstico de depresión fue duro, pero esperado. Lo que uno sabe a fuerza de machetearse el DSM no va a dejar de saberlo nunca. La ansiedad, esa sí fue una sorpresa. Las estadísticas reportan que alrededor del 60% de las personas que padecemos depresión también presentamos ansiedad. Es una mala pasada de la salud mental, déjenme decirles. Cuando se enlistan depresión, ansiedad, irritabilidad, sí, suena mal, pero permítanme compartirles cómo fue esta semana para mí, solo para desahogarme. El fin de semana pasado fue un continuo entre coser a máquina como si de eso dependiera mi vida, intentar tener un poquito de tiempo de esparcimiento y lamentarme por cuán rápido pasa el fin de semana. El domingo me armé de valor y le pedí a mi papá que me ayude a pagar las pastillas, yo simplemente ya no puedo más. Llegó el lunes y con él mi horario lleno, mi pasión por mi trabajo y mi angustia porque me estaba quedando sin medicinas. Esta vez un amigo hizo el favor de enviarlas desde la CDMX porque la dichosa farmacia on-line convino duplicarle el precio y, por supuesto, yo me quebré. En fin, le envié a mi amigo cinco mil pesos por un OXXO y recé para que todo saliera bien, pero el lunes se terminó lo que tenía y el cartero no llegaba con mi paquete. Pasé la mañana del lunes tomando café, por supuesto, preocupada por todo el trabajo que tengo acumulado, por la colcha, por las pastillas, porque no sabía que hacer con mi cuenta bancaria, porque el fin de semana había durado tan poquito. Por la tarde llegaron las pastillas, justo después de tomarme la última. Brinqué, grité y me emocioné, y acto seguido guardé silencio y una sombra entristeció mi mirada -¿qué te pasa? -me preguntó mi marido, el mártir de mi revolución, el que no quita el pie del cañón; -me pasa que estoy harta de trabajar para pagar esto, y que no quisiera emocionarme cuando llegan, y que quisiera no tener que tomarlas y no tener que hacerte pasar por todo eso; -lo importante es que estés bien, respondió. Lunes, martes y miércoles me levanté puntual a hacer treinta minutos de bicicleta casi dormida pero consciente de que esos doce kilos extra no se van a ir solos. Los tengo que correr a patadas. El miércoles fui al banco, me dijeron que no puedo abrir una cuenta con ellos porque ya tuve una anteriormente y la que quiero es sólo para clientes absolutamente nuevos. Le menté la madre a la ejecutiva. Salí enfurecida, eran las nueve de la mañana con siete minutos y yo ya había rabiado por eso y porque mi marido no me contestaba el teléfono ¿dónde carajos se había estacionado? Pasé la tarde entre llorando y durmiendo. Simplemente no tenía fuerzas para hacer nada más. El jueves fue simple: cuatro estudiantes seguidos, atendí a cada uno con menos paciencia, más hambre y más café que al anterior. Cuatro horas de pausa: las dormí sin más. Otras cuatro horas de clase. Por las noches cenamos, vemos una serie, jugamos con nuestras perras y dormimos, o eso intentamos. Era la una de la mañana y yo seguía con el ojo pelón, pensando en cómo la vida nos lanza una curva cuando menos la esperamos. O cómo simplemente no atrapamos la pelota aunque la veamos dirigirse rápidamente hacia nosotros. Estuve cavilando sobre el mal carácter que tuve durante toda la semana, sobre mi tono de voz con mi mamá, mi impaciencia con mi marido, mi poca tolerancia con mis estudiantes. No puse atención en cambio a cuánto cosí, a que fui a visitar a una amiga y regresé caminando a casa -algo impensable para mí-, a que soy capaz de desempeñar casi todas mis clases con un altísimo nivel de calidad y ya no me duermo en casi ninguna. No, yo me centré en lo negativo, en lo difícil, en las fallas, en las imperfecciones. Antes a eso lo llamaba ser malhumorada o perfeccionista, ahora hace falta llamarle irritabilidad y pensamiento negativo, porque son rasgos característicos de una enfermedad mental.

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Duro y a la cabeza: una enfermedad mental. Nunca me imaginé teniendo que depender de unas pastillas para funcionar medianamente bien, se supone que yo debía estar del otro lado del escritorio, del otro lado del consultorio, del otro lado del diván. Se supone que yo debía ser quien conservara la cordura en ese espacio seguro que es la consulta del psicólogo. Ayer le pregunté a mi mamá, presa de una curiosidad estúpida, quién elegía mi ropa cuando yo era niña. Me dijo que desde los tres años yo elegía que ponerme, que porqué preguntaba. Lo hacía porque esa pregunta forma parte de la clase que estaba impartiendo, un simple pretexto para practicar el pretérito imperfecto, pero yo no me acordaba. No me acuerdo de casi nada de mi niñez. La tengo bloqueada, reprimida, y estoy segura de que en algún recoveco de ese inconsciente está la raíz del problema. Mi madre me dijo asustada que pensó que algo había hecho mal. Sarcásticamente pensé: por supuesto, debiste ponerme una camisa de fuerza, pero no lo dije. Así me dieron la una y media de la mañana, con un dolor entre el estómago y el pecho en un gesto de empatía hacia una noticia que acababa de recibir. Es así: todos tenemos que despedirnos, de alguna forma u otra, en un momento u otro, de nuestras vidas pasadas. De nuestras vidas sin compromisos, de nuestras vidas pagadas, de nuestras vidas sin hijos, sin enfermedades mentales, sin duelos, sin habernos roto el corazón, sin esa borrachera de la que tanto nos arrepentimos, de nuestras vidas antes de esa decisión que lo cambió todo, de nuestras vidas antes de haber encontrado el amor, de nuestras vidas antes de ese trabajo que nos hace miserables. A veces es un placer despedir a una vida pasada. A veces es un dolor. ¿De cuántas vidas han tenido que despedirse, queridos lectores? ¿Cuántas veces la vida les ha jugado un revés que lo cambió todo? ¿Cómo batearon esa curva? Estoy melancólica, queridos lectores, disculpen la verborrea.

No tengo tiempo — August 5, 2017

No tengo tiempo

Yo me voy a morir. Eso lo sé. Todos lo sabemos, pero es raro quien se atreve a abrirle la puerta de su mente a esa idea: el sentido de supervivencia nos lo impide. Yo me voy a morir, de un infarto, y va a ser joven. No creo llegar a los sesenta años, bien me iría si cumplo los 50. ¿Qué cómo lo sé? Bueno, hay cosas que se saben, y punto. Si doy por bueno lo anterior ya he vivido más de la mitad de mi vida y por lo tanto el camino que me queda por delante es más corto que el que puedo ver hacia atrás. Mucha gente me ha dicho muchas veces que vivo con prisa, que tiempo al tiempo, que las cosas tardan en madurar. Bueno, yo no tengo tiempo de esperar. Ya no tengo ni un año más para esperar a un hombre que ni siquiera sabía si quería llegar a mí. Ya no tengo ni un semestre más para estar en una escuela que me frustraba más de lo que me gustaba. Ya no tengo ni una hora más para quemar mi piel bajo el sol y  sobre arena blanca, temiéndole al cáncer pero arriesgándome en pos del bronceado. Ya no tengo ni un minuto más para seguir teniendo miedo. Me voy a morir y el sólo imaginar ese momento en el que sepa que no hay marcha atrás, que todo se acabó, el pensar en el posible dolor, en el calor, en el frío, en la falta de aire, el rezar para que sea dormida, esos simples pensamientos me producen un vacío en el estómago y un dolor en el pecho. Siempre que puedo digo que yo no quiero ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, e irme quedando sola en un mundo que ya no conozco y que los jóvenes me miren como a un mueble viejo, estorboso y obsoleto, y que a mi funeral no asista nadie, porque ya todos se fueron, yo no quiero eso. Nunca he entendido el deseo de vivir 100 años, la inmortalidad, la eterna juventud. ¿Para qué  querría alguien ser joven eternamente? ¿Vivir para siempre en la crisis del cuarto de siglo y no saber si lo que está haciendo es lo que le va a llevar a donde quiere ir? ¿Para qué querría alguien permanecer joven viendo a los suyos envejecer sin remedio? El tiempo pasa, y no hay nada que podamos hacer contra ello. No lo tenemos, no nos pertenece: se nos escapa de las manos cual agua limpia y fresca en un oasis en el desierto de nuestra vida, sí, la misma que vivimos esperando el fin de semana, la quincena, que el próximo mes nos sorprenda, deseando cumplir nuestro propósitos de año nuevo pero sin hacer nada al respecto, graduándonos, teniendo noviecillos que son compases de un rato y teniendo relaciones que no esperábamos pero que se quedan. La vida se nos pasa sin saberlo y de pronto los bebés que nunca iban a crecer se están yendo a la universidad y yo me pregunto en qué momento y cuando volteo a verme me doy cuenta de lo señora que soy y me resigno a mi suerte, qué va, me aplaudo mis decisiones: tengo la vida que quiero, y quiero la vida que tengo y  no tengo tiempo para perderla.

A mi amigo le gusta hablar de futbol — August 3, 2017

A mi amigo le gusta hablar de futbol

Libraries gave us power,

then work came and made us free,

what price now for a shallow piece of dignity?

-Design for life, Manic Street Preachers

Francisco tiene 45 años. Dejó a un hijo y su hogar en su natal El Salvador cuando se fue en busca de una mejor vida. Partió con la esperanza de tener un futuro más esperanzador, es decir, casi cualquier escenario que no fuera el de su país. Llegó a México después de haber viajado cientos de kilómetros y atravesó nuestro país con gran penar pero con la esperanza poblándole la mirada. A medio camino por nuestro territorio llegó a Querétaro preguntándose cuándo terminaría su travesía, cuánto más camino habría que recorrer para poder encontrar un lugar que, con un poco de suerte, pudiera llamar hogar. Dividendo sus esfuerzos entre la infame Bestia y las caminatas diurnas llegó al punto que cambiaría su suerte. Mientras caminaba siguiendo la vía para no perderse llegó a una bifurcación con un mecanismo encargado de desviar el tren a izquierda o derecha con tal suerte que a su paso se activó dejando pie quedó atrapado. Tratando de no quedar inconsciente logró liberarse aunque quedo maltrecho en el lugar hasta que acudieron a él los auxilios médicos. Francisco ingresó al hospital en donde tuvo que enfrentar tres cirugías que terminarían por amputar cuatro dedos de su pie derecho y dejarlo veintiún días en cama. Su ropa vieja, sucia y maltrecha fue tirada a la basura junto a sus zapatos, no tenía un centavo, todo lo que le pertenecía era el cuerpo cicatrizado y testigo de incontables escenas que alojaba la bata del hospital. Fue ahí en donde la psicóloga a cargo de su caso consiguió ponerlo en contacto con las personas que terminaron auxiliando y dándole refugio tras ser dado de alta y no contar con absolutamente nadie en México. Francisco tuvo otra oportunidad; después de ver a la muerte de frente y a la cara, hoy está recuperándose en México, piensa en cómo estará su hijo y si seguirá en su empleo, si tendrá ya una mujer con quien forma una familia, si pensaran en el. Platica con sus nuevos anfitriones y amigos sobre futbol, conoce a los Gallos de Querétaro y a la selección mexicana, le gusta el fútbol español y se emociona cuando habla sobre la doceava Champions del Real Madrid o el Barcelona de Pep Guardiola. Hoy Francisco recuerda su paso por México y su meta original; llegar a los Estados Unidos y trabajar su camino hacia una vida digna, como un anhelo de una vida pasada. El periplo que tuvo que atravesar en nuestro país y la situación actual del vecino del norte le han hecho reconsiderar. Para él, así como otros tantos miles que llegan cada día y que no quieren seguir las penurias pero tampoco quieren regresar a la espiral de violencia de la cual huyeron en un principio, México se ha vuelto cada vez más un destino de llegada y no un punto de paso, cada vez se arraiga más el sueño mexicano de trabajo, vida y dignidad en un país de su mismo idioma y con costumbres similares a las suyas, en donde puedan tener acceso a cosas que jamás hubieran podido en Centroamérica. Hoy Francisco sueña un futuro que inminentemente se convertirá en realidad; un país en donde nuestro vecino, compañero de trabajo, de escuela, esposo, esposa, hijo o amigos pueda ser guatemalteco, salvadoreño, hondureño, cubano o haitiano. Por mi parte, yo no puedo pedir que esa realidad se cristalice o no, porque es un hecho que así sucederá y lo que yo diga no es relevante. Lo que sí puedo aspirar, soñar y trabajar por conseguir es, quizás no un mundo, pero sí una sociedad o una comunidad que logre ver en la migración y en el migrante a un trabajador internacional y no un delincuente, que logre ver riqueza cultural e histórica y no parasitismo, que logre ver esperanza, fuerza, consistencia y dignidad y no una mercancía susceptible de ser comercializada y desechada. En una era donde el odio, la intolerancia, la ignorancia y la xenofobia han comenzado a ganar votos y traer a la superficie pensamientos que creíamos largamente superados es indispensable hacer un ejercicio de introspección y reconocer que, como pocas veces en la historia, tenemos la oportunidad de demostrar que lo contrario, que el amor, la compasión, la dignidad y el humanismo pueden cambiar a un país y pueden vencer a la demagogia y aquellos ciegos de poder. Estamos a tiempo de identificar en nosotros mismos las conductas que tanto reprochamos al extranjero y desterrarlas, demostrar que, por esta ocasión, sí existen diferentes categorías de personas y nosotros podemos ser mejores. Pero sobre todo; podemos reconocer, aprender y amar la sonrisa, la mirada,las manos cansadas, los pies atormentados, los corazones desbordados, la fe ciega, la esperanza reconfortante y la confianza implacable de aquellos que, como ramas a través del concreto, reclaman su derecho a la dignidad, a la justicia, a la humanidad y lo dejan todo en este valle de sufrimiento para poder dar una pizca de la vida que merecen a sus familias. Como país y como ciudadanos cargamos, por cada amputación física y espiritual, una amputación moral en nuestra conciencia. Recordemos que, como dice la canción, “somos idénticos al que llego sin avisar.

Nunca le importó la veracidad de lo que leía, no creerás lo que sucedió después… — July 20, 2017

Nunca le importó la veracidad de lo que leía, no creerás lo que sucedió después…

“Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”

Estos son los lemas del partido del todopoderoso y omnipotente Gran Hermano que describe George Orwell en su distópica novela 1984. Cuando por vez primera leí esta novela despertó en mi una fascinación ante el futuro que pintaba. Sabía que era un libro relativamente viejo en comparación con la época que me tocó vivir y, sin embargo, me fascinaba y aterraba en proporciones iguales leer algo que pareciera pudiera materializarse el día de mañana o en un futuro dentro de cien años. Hoy, unos años después, me doy cuenta que ese futuro finalmente ha llegado a concretarse y que ocurrió mucho antes de lo que pensé y de lo que debía (o sea, nunca).

La descripción de Orwell abarcaba a una sociedad que era perpetuamente vigilada y por un líder que era juez y parte, dios pagano, ideólogo, todopoderoso y casi omnipresente y omnipotente. Esta cabeza del único y supremo partido movilizaba todo un aparato estatal encargado de suprimir toda capacidad de pensamiento crítico y racional manipulando la información e, incluso, el lenguaje. Los ciudadanos se enteraban solamente de lo que el estado quería que se enteraran y, por más contradictorias o incoherentes que fueran las noticias, eran tomadas como verdades inalterables porque no existía ya la capacidad de cuestionar y transgredir.

En esta férrea vigilancia y nulificación del yo, la individualidad y la razón las fuentes se alteran para coincidir con la historia oficial que sostiene el estado, el hambre se utiliza para mantener a raya a las personas bajo la falsa ilusión de abundancia o mayor posesión que los otros, la guerra enfoca a los ciudadanos a un enemigo común haciendo que olviden los problemas internos y la experiencia y voluntad humana se someten a un falso y patológico “bien común” que sólo beneficia al partido y su afán de mantener un poder eterno. Dicho aparato tiene tal capacidad de asfixiar la capacidad de discernimiento que el autor lo ejemplifica con el famoso “2+2=5”, es decir, la capacidad de un ente de hacer pasar una falacia total como una verdad obvia.

Hablo de esto porque, como mencionaba en un principio, pareciera ser que esa es la sociedad que vivimos hoy en día. Vivimos en la época de las fake news; un hombre puede llegar a ser presidente de una de las naciones más poderosas del mundo en base a rumores, inexactitudes, divagaciones y generalizaciones sin rendir cuentas por falsedades y hechos comprobables. Hoy en día ya no existen las mentiras y notas falsas, existen los alternate facts; retomo lo que me beneficia e ignoro voluntariamente lo que no. Y no es solamente un hecho del vecino del norte; a lo largo de todo el globo, incluido México, podemos observar políticos que hacen un uso indiscriminado de datos inexactos en el mejor de los casos o falsos/inexistentes en el peor, que refieren mentiras como verdades, que llevan opiniones personales como datos científicos y que manipulan la mentira como una verdad manejando rebaños de personas demasiado apáticas para pensar.

¿En dónde acabamos nosotros en esto? exactamente en el mismo lugar. Nosotros progresivamente estamos contribuyendo a esta epidemia nos demos o no cuenta. Rechazamos y minimizamos la capacidad de pensamiento crítico, en parte por omisión y en parte conscientemente. O, ¿no es equivalente la avalancha de información que consumimos indiscriminadamente a la maquila de noticias de los políticos? Como ávidos consumidores de Buzzfeed, Playground, Cultura Colectiva y demás escaparates de información decidimos deliberadamente ignorar la fidelidad o ausencia de esta en las noticias que consumimos. Nos dejamos llevar por titulares y redacciones del tipo “Nunca le importóla veracidad de lo que leía, no creerás lo que sucedió después…”. Si le da una palmada a nuestra actual cultura de positivismo sin fundamento es válido, si al título le precede estudio científico revela que lo creemos como un dogma de fe incuestionable. Hoy más que nunca tenemos acceso a una cantidad de información nunca antes vista por la humanidad y es perfectamente entendible que no podamos filtrarla toda sin errores, sin embargo, el filtro que usamos es aquel en el que escogemos las posturas o la información que refuerce nuestros constructos y posturas. No buscamos informarnos para conocer, buscamos informarnos para reforzar y pertenecer.

Nuestra tribalidad nos hace afiliarnos con los que son iguales a nosotros y reforzar nuestro sistema de creencias con los datos que le desmienten en lugar de cuestionarlo. Decidimos deliberadamente creer en cosas que sabemos falsas porque nos refuerzan a pesar de ir en contra de la lógica y el sentido común. Renegamos y tememos (como advertía Fromm) de nuestra libertad y nos socorremos en las falsas certezas. Y ahí tenemos a los horóscopos, la medicina alternativa, la homeopatía, las terapia energéticas, los juegos de azar y adivinación, y en general todas las “artes ocultas “, profecías y predicciones que se vengan a la mente. Si bien existen aquellos que se afirman creyentes por ignorancia están también aquellos que se afilian por convicción aún cuando, y a sabiendas, se conoce que, irremediablemente, lo que se sostiene es una mentira. Preferimos negar nuestro conflicto de cosmovisiones que sentir que no pertenecemos a la tribu. ¿Podemos quejarnos por vivir en al era en que los tabloides tienen mayor credibilidad y después refugiarnos en nuestra creencia falsa pero reconfortante?

En mi opinión no podemos volver a la mentira y la falsedad ni capital político o social y mucho menos la alternativa políticamente correcta. La verdad no puede ser ofensiva o la ignorancia se vuelve fuerza.

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Quiero salvarla —

Quiero salvarla

Descubrí en mi vida, pronto y a la mala, lo que eran las pastillas anticonceptivas, de emergencia. Desperté un domingo, después de una noche de mal sueño y mucho pensarlo, me puse una sudadera vieja y fui a la farmacia. Pedí con la voz temblando y lágrimas en los ojos “una pastilla del día siguiente”. La de la farmacia, como si lo supiera todo, lo repitió lo más alto que pudo, se lo gritó a su compañero y me dio mi compra con una risita burlona. Yo sentía que tenía un letrero luminoso en la frente, anunciándole a todos que estaba sucia, que lo había hecho todo mal.

Él se ofendió, me dijo que tenía tantas ilusiones de ser papá y yo tomándome esas porquerías. Yo tenía 17 años cumplidos, él me llevaba más de diez, o un poco menos, nunca lo supe bien. Esa noche me llevó a su casa con cualquier pretexto, no teníamos ni tres meses de conocernos. Hacía frío, me fue quitando la ropa mal y de a poco, sólo lo estrictamente necesario para lo que iba a pasar, me metió en su cama, se me acercó lentamente y en un punto crítico me dijo “si te mueves va a entrar”. No me moví, me moría de miedo, seguía con los tenis puestos y la cabeza en otro sitio, uno más feliz. Entró. Yo no sentí nada, más que miedo, no sentí placer, no sentí dolor, no sentí nada, tampoco me gustó. No recuerdo mucho más que eso. No sé cuantos minutos después él vio su reloj y se apresuró a levantarse “ya se me hizo tarde, apúrate”. Yo seguía mareada e insegura sobre lo que había pasado: no me obligó, pero tampoco fue consensuado. No lo sabía entonces: yo no debía estar ahí, a esas horas, con ese hombre. Yo tenía la culpa, según él, porque me había movido, según él. Yo era menor de edad, él ocupaba una posición de autoridad –en teoría-, me enredó más rápido de lo que pude darme cuenta y quisiera de verdad decir que acabé en su cama y después me dejó, como un juguete nuevo pero usado, en el cual ya no tenía más interés. No fue así. No me dejó. Es una historia que he intentado borrar de mil maneras, pero que me sigue persiguiendo.

Durante mucho tiempo me culpé, yo había tomado malas decisiones, yo se lo había permitido, yo lo había secundado. Hoy estoy segura de que fui una víctima, no sé si la primera, de quien sin duda sigue haciendo de las suyas impunemente, un lobo con un viejo y malhecho disfraz de corderito. El otro día soñé que lo mataba. O al menos planeaba hacerlo. Muchas veces he estudiado ¿qué me diría si me pudiera decir algo hace diez años? No puedo. Simplemente no puedo regresar el tiempo, pero sí se lo puedo decir a la niña que hoy está entre sus garras y que seguramente también tiene miedo. La veo y me veo, y quiero salvarla. Quiero salvarla porque no pude salvarme a mí, porque a mí nadie me pudo salvar. Quiero que me vea y se vea, y que sus padres la manden muy lejos, a donde a mí no me mandaron los míos, tan lejos que no pueda alcanzarla la manipulación y el engaño de ese hombre que le endulza el oído con palabras de amor y la tiene atontada con su música y su exuberante verbo infalible, igual que como me tuvo a mí. Quiero que conserve su inocencia, lo que le quede de ella, porque a mí no me quedó nada; quiero que sonría, todo lo que yo dejé de sonreír;

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quiero que conserve a sus amigas, porque yo las perdí casi a todas; quiero que tome decisiones libres, no como las mías, nubladas por mi mal juicio; quiero que disfrute su primera vez, si es que aún está a tiempo; quiero que su mamá siga confiando en ella, porque la mía dejó de hacerlo; quiero que viva sin miedo, todo el miedo que yo digo que ya no tengo. Quiero salvarla, como no pude salvarme a mí. “No es tu lugar, no te corresponde hacer nada, no tienes pruebas, no conoces a la chica, no sabes si es verdad”. No me importa. No me importa que nadie me crea, no me importa que nadie me apoye, no me interesa. Si tan sólo logro sembrar en sus padres la duda, la mínima duda y con eso la encierran a piedra y lodo, si la mandan lejos, si lo enfrentan, si logro la más mínima reacción y eso de alguna manera le evita vivir todo lo que viví yo, con eso me basta. Quiero salvarla. Sé que es porque no tuve la fuerza, las agallas, la capacidad de salvarme a mí. Sé que puede parecer que estoy siendo egoísta, metiche, estúpida, lo que sea. No me interesa. Yo hubiera querido verme en algún espejo, pero en el único lugar en que me vi fueron sus ojos, y sus ojos me sembraron miedo. Sus ojos me enredaron, me mintieron, me violaron, me pegaron, me insultaron, me dolieron, me animaron y luego me sepultaron viva. No quiero que nadie más tenga que verse en sus ojos y que ellos la convenzan de que puede confiar en él, no quiero que nadie más tenga que vivir eso.

 

 

 

 

 

Resistencia no velocidad — July 4, 2017

Resistencia no velocidad

Desde que comencé a correr, hace ya más de diez años, me di cuenta casi de inmediato que nunca sería el más rápido. Soy demasiado alto y pesado como para poder tener un paso que me permita volar. Honestamente; nunca me interesó ser el primero el cruzar la meta. ¿Por qué? porque nunca he competido contra otro en una carrera o un entrenamiento, la persona a la que persigo siempre he sido yo mismo el día anterior y eso me ha enseñado un par de cosas que me han servido en el resto de mi vida. Mientras salgo de la línea de meta, activo mi cronómetro y comienzo a moverme veo a muchas personas pasarme por los costados. Hombres, mujeres, mayores y menores que yo que dan grandes zancadas y corren pisando el acelerador a fondo mientras yo corro aún más lento de lo usual durante el primer par de kilómetros. Muchos que, como yo, optan por un paso más pausado, se sienten presionados por la cantidad de corredores que les sobrepasan y deciden unirse por inercia. Los miran alejarse frente a ellos, respiran profundo, ponen sus manos en una posición que corte el viento y pisan el acelerador a fondo tratando de alcanzarlos y tener un lugar en la meta junto con los rompedores de récords. Conforme avanzo y llego más allá de la mitad del recorrido suelo ver personas que poco a poco se detienen en las banquetas rodillas flexionadas y manos en los muslos tratando de tomar algo de aire o aquellos que continúan según lo estipulado pero ahora sólo pueden hacerlo caminando porque han acabado con toda su energía, han corrido como caballos desbocados y ahora no les queda aire ni fuerza para poder llegar a la meta aunque sea trotando. Es en ese momento cuando me doy cuenta que en mi aún queda combustible y motivación suficiente para poder alcanzar el objetivo en mente cuando salí de la meta en un principio. ¿A qué voy con todo esto?, es algo muy sencillo pero que no se toma con suficiente importancia en la carrera y en cualquier otra parte de la vida; no se trata de la velocidad, se trata de la resistencia. Algo es cierto, nunca he cruzado primero en ninguna de las carreras en las que he participado pero sí que he podido alcanzar los objetivos que me he propuesto; comenzar en un 5k hasta alcanzar el medio maratón, simple, cierto, pero lo suficientemente importante para mi como para hacerme levantar temprano en las mañanas. A lo largo de mi vida y habiendo conocido las experiencias de éxito y fracaso de muchos otros y las mías propias puedo ver la importancia de aprender una lección tan sencilla. Pasamos, básicamente, por dos etapas; primero, pensar que no podemos cumplir nuestras metas y, segundo, una vez que nos decidimos hacer las cosas lo más rápido y precipitadamente posible para después renunciar a la primera dificultad porque hemos perdido la facultad de resistir los embates, las críticas, los fracasos, de dar una vuelta de tuerca a los problemas porque no es fácil, porque no es rápido, porque vivimos en la era de lo instantáneo y lo automático. Correr me ha enseñado que el primer enemigo al que cualquier persona se enfrenta cuando persigue un objetivo no es la crítica de los demás, las dificultades del medio o los recursos económicos sino su propia voz interna que le dice que no es lo suficientemente bueno, listo, paciente, perseverante o capaz para empezar ese proyecto que le quita el sueño, esa voz que le frena antes siquiera de comenzar y lo aparta no de ganar, sino ya de intentar cualquier cosa remotamente diferente a lo que acostumbra. A la vuelta del esquina, nuestro deseo por conseguir resultados rápidos y fáciles ofuscar la poca o mucha capacidad que podamos tener para establecer objetivos tan pequeños tan grandes como nuestra visión. Cualquier persona en cualquier ámbito que tenga una meta, un anhelo, una visión, un objetivo, una misión debe saber que en el camino habrá cansancio obstáculos dificultades imprevistos fracasos caídas estrepitosas contratiempos inexactitudes y, a pesar de todo esto debe aprender a perseverar, debe aprender a mantener un paso medio pero firme, deberá aprender que los grandes éxitos no resultan de esfuerzos promedios o de fórmulas instantáneas. Los grandes éxitos provienen de grandes secciones de perseverancia y tenacidad, descoger cada día hacer lo correcto y no lo fácil, de batirnos en una pelea sin tregua con nosotros mismos y nuestros miedos, de mantener un paso quizás lento pero siempre constante y firme, de seguir avanzando con determinación, obligar si adversidad, y de saber que los obstáculos pueden romper nuestros planes pero no pueden rompernos a nosotros mismos. Los pies se pueden ampollar y el cansancio puede aparecer pero la persistencia conquista todo. En una época demasiado acostumbrada a lo fácil y rápido pero hambrienta de liderazgos comunitarios, sociales, emprendedores, éticos, humanos es indispensable que aprendamos es para poder crear riqueza, para poder dar voz a quienes no la tienen, para generar igualdad, equidad, justicia, para poder retribuirle nuestra sociedad y nuestra comunidad eso que tanto anhela.470x282_Trail-Running-Team-Vibram_Nicola-Bassi_44181_jpg_banner_1

El cambio — July 1, 2017

El cambio

Resultado de imagen para niños fingiendo ser adultosOtra vez tarde, otra vez con sueño. La vida de adulto que llevo mal y a tropezones demanda de mí mucho más de lo que soy capaz de darle. La psicóloga me sigue aplaudiendo: “eso no lo hace una persona con depresión”, repite. Si la dulce mujer supiera… Si supiera que su paciente estrella cada vez tolera menos pero miente mejor, que idea igual aunque cuente poco, que se siente triste menos veces pero peor. “Me da gusto, Dani, que respondas diferente, ¿ya ves que sí puedes?, con esta terapia sí vas a poder” -y aprovechó para hacer el comercial-. Me tranquiliza verla orgullosa de mí, aún cuando yo no lo estoy tanto, porque sigo teniendo el cajón lleno de drogas de prescripción, porque otra vez me agarré a gritos con quien pude a la menor provocación, porque veo en sueños caras viejas y conocidas, porque tengo memoria, y consciencia, y ganas de no tenerlas. Me pone melancólica la lluvia, es verdad. Me siento agotada, pero no puedo detenerme. Trabajo diez horas y duermo ocho, las seis restantes se dividen proporcionalmente entre abrazar a mis perras, preparar café, ir al baño y comer cualquier cosa, en ese orden de importancia. Nada está  tan evidentemente mal como para quejarse, la calma, frágil y aparente parece solamente un augurio de la próxima tormenta. No puedo evitarlo, aunque tenga una caja llena de pensamientos positivos, uno diario por los últimos seis meses, sigo siendo una fatalista. Recuerdo el debate irresoluble de la posibilidad de cambio. ¿Puede uno cambiar? ¿Puede cambiar en lo esencial, en lo importante? ¿Puede uno dejar de ser quien fue y convertirse en alguien más? ¿O sólo podemos aspirar a hacer cosas diferentes? ¿A cometer estupideces distintas? ¿A postular pensamientos divergentes? Aunque en el fondo se siga siendo el mismo individuo que se fue hace cinco, diez, veinte años, desde que en la adolescencia se forjó el carácter y un poco después la personalidad, sin posibilidad de modificación. ¿Quiénes somos? ¿De qué somos capaces? ¿Cuántas oportunidades tenemos de ser diferentes? ¿Puede uno, en verdad, cambiar? Los dejo con estas preguntas, queridos lectores, para que mediten un poco sobre su existencia, y se cuestionen si son quienes pretenden ser, o sólo aprendieron a serlo; para que se detengan un momento y piensen en todo lo que es igual y todo lo que es diferente a lo que era hace diez años, por decir algo. ¿Son ustedes los mismos adolescentes? ¿Se comportan igual? ¿Tienen los mismos miedos, las mismas preocupaciones, los mismos deseos? ¿Son esos mismos yendo a una oficina todos los días, a reclutar candidatos cuando hace cinco años creyeron todos que serían clínicos? ¿Qué son? ¿Qué pensaron que serían? ¿Qué quieren ser?

¡Felicidades! — June 16, 2017

¡Felicidades!

Sin prisa y sin pausa, vomité en el consultorio de la psicóloga (la que sí me cae bien) la historia de mi vida durante las últimas tres semanas, lo de las medicinas, los últimos dos pleitos domésticos, las nuevas determinaciones, uno que otro dato de menor importancia y el hartazgo que siento frente a tanto drama. Hablé sin parar unos veinte minutos. No se me salió ninguna lágrima. Cuando acabé, me respondió: Dani, a todo lo anterior, felicidades. Se me quedaron los ojos como platos. ¿Me estaba felicitando por pedirle amablemente que ya no me cancele las consultas, por haberme agarrado a gritos con mi marido, por mentársela a las de las farmacias, por pensar que el psiquiatra me abandonó o por poner a mi hermano a buscar por cielo, mar y tierra los antidepresivos que nadie me quiere vender? -Te felicito por estar enojada, porque eso está generando movimientos y porque estás enfrentando tu vida de manera diferente. Tuve que concederle esa, enojada sí estoy. Es increíble la capacidad de esa mujer para encontrarle un lado positivo a cualquier drama que yo le presente, para voltear la tortilla, pues. Lo que no le dije fue que mi retorcida y descompuesta cabeza ideó en un momento de desesperación al menos tres maneras distintas de morir joven y hacer que pareciera un accidente.

Esa misma mente retorcida y descompuesta me pregunta: ¿le estás mintiendo a la psicóloga? No, no le estoy mintiendo, le estoy mostrando mi lado más sano, nada más. Uno no va al  psicólogo porque se siente bien. -Estoy demasiado feliz, doctor, creo que no es normal. Uno asiste porque hay problemas, en el menor de los casos; porque está loco, en el otro extremo del continuo. “La salud mental es un continuo…” recuerdos vagos de la facultad. De esa facultad de la que tanto renegué y de la que ahora conservo sólo los buenos amigos. Mentira -me grita la desquiciada. También conservas la habilidad de categorizar a la gente, cual si fueran campos semánticos, y de experimentar con ellos, cual si fueran ratas blancas, de esas gordas como las que entrenaste para comerse un fruti lupi. Con la gente deberías hacer igual, me dice el instinto conductista que se nos graba a los que “tenemos madera…”. Pero no hago. Antes bien, me he avocado a la tarea de sanarme, de intentar lidiar conmigo.

“Yo tengo que vivir conmigo, tú estás aquí porque quieres. La puerta está abierta, puedes irte cuando lo desees, no tienes que ser un mártir de mi revolución”. Esas cosas estúpidas que uno dice cuando está enojado. No es completamente verdad que tengo que vivir conmigo. Podría abandonarme, si estuviera tan sólo un poco más sola o más enferma, o menos medicada o menos supervisada. La idea se me sigue apareciendo, me sigue seduciendo, la sigo controlando. “Nunca lo haría (es lo que acostumbro responderles a los psiquiatras), no podría causarle ese dolor a mi familia”. Y es verdad, pero en ese momento de desesperación en el que planeé los accidentes, también reflexioné sobre la compasión que le tuvimos al perro que, moribundo y dolorido, inyectamos con un líquido blanquecino que le dejó dormirse tranquilo y para siempre. Lo hicimos con todo el dolor de nuestro corazón, con lágrimas en los ojos y suplicándole perdón, pero lo hicimos. Es un lujo del cual yo nunca gozaré. No importa cuánto sufra, cuánto me duela, cuánto me atormente la vida, cuánto me cuesten las medicinas, cuántos doctores tenga que conocer, cuántos me desahucien, a cuántos tolere, cuántos me mientan, a cuántos no soporte, no importa nada, yo tengo que vivir con esto. Tengo que vivir escuchando la fantasía de que puedo controlarlo, de que voy a estabilizarme, dándome atole con el dedo y poniendo en práctica cuanta técnica psicológica recuerde con tal de “relajarme”.

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Hacer (o padecer) la historia — June 15, 2017

Hacer (o padecer) la historia

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Una pareja guatemalteca huye de su país tratando de salvar el pellejo. No puede permanecer en su hogar porque sobre él pesan amenazas de muerte al haber desertado del crimen organizado que le había forzado a trabajar para ellos como matón. Ella lleva a su pequeña hija que apenas y ha aprendido a sostenerse en pie. Al llegar a Tabasco están ya en condiciones físicas, y sobre todo mentales, terribles. Ella ha sido violada en múltiples ocasiones y producto de dichos sucesos cuenta ahora con otra hija más pequeñas que aún no llega al año de edad. Los grupos delictivos que les habían obligado a “trabajar para ellos tienen un brazo suficientemente largo como para llegar a México y les siguen la pista hasta el albergue en el que se encuentran. Llegado el momento tienen que huir nuevamente y dejar incompleto el trámite ante migración que les permitiría buscar protección en México. En el camino deben ver, una vez más, incontables atrocidades que nadie tendría que presenciar en toda una vida. Finalmente llegan al centro del país en dónde, aterrados, buscan la forma de establecerse porque no hay forma de regresar lo andado hacia aquellos que buscan terminar con su vida y tampoco hay poder humano que les haga continuar el camino a los Estados Unidos traumatizados ante la violencia dantesca y sin sentido que han vivido en los últimos años. ¿Qué debemos hacer?

Es momento de hablar sobre el tema. No después, no en un foro, no en una conferencia, no es las escuelas, no en los congresos. Es momento de hablar sobre el tema ahora mismo y aquí mismo, en nuestras familias, con nuestros amigos, en el trabajo, en las calles, en donde nos encontremos. No podemos seguir postergándolo. Hay una realidad; mientras se siguen suscitando discursos de odio en la Europa primer mundista y en los Estados Unidos que solían ser una potencia ay ahora sólo son una desgracia postmoderna en México tenemos apenas pequeños exabruptos en este sentido pero ya un historial de años completos masacrando vidas humanas que se cuentan por ls decenas o centenas de miles. Pocos hacen algo, nadie dice nada. ¿Cómo llegamos a esto?, ¿en qué momento nos consumió la apatía, la incongruencia y las mismas muestras xenófobas de las que tanto nos hemos quejado y de las cuales padecemos los prejuicios generados? Si callamos ante el holocausto del siglo XXI seremos igual de cómplices y condenados por la historia como aquellos que atestiguaron el del siglo XX.

Somos vecinos de un país que no reconoce su papel en la desestabilización de la zona de Centroamérica a lo largo de los 70’s y 80’s, que invierte cientos de millones de dólares para convertir a México en un patio trasero que hace todo el trabajo sucio, que arma gente para compartir a los carteles de la droga pero no hace nada para remediar el hecho de que son el primer consumidor mundial de su producto. Vecinos de un país que ha jugado un gran papel en el éxodo de cientos de miles de almas pero que no concibe extender ningún tipo de tregua o ayuda a aquellos que, es un hecho, ya no buscan trabajo sino que huyen de la violencia desbordada y el caos que impera en sus países con una corrupción endémica, falta de infraestructura, carencia de oportunidades de trabajo, secuestro, extorsión y hostigamiento por parte de las Maras.

Nos quejamos hasta el hastío de las injusticias que sufren nuestros connacionales ante el racismo, la xenofobia y la arbitrariedad. Defendemos a capa y espada su derecho a buscar oportunidades en otra tierra porque en la propia se les ha vedado la oportunidad de desarrollar su potencial humano. Asimilamos la idea de que son, en la mayoría de los casos, personas decentes que exportan las mejores manos y mentes que México tiene para ofrecer y que enorgullecen al país por sus aportes y ética de trabajo. Pero, al mismo tiempo, parecemos incapaces de procesar la posibilidad de que nuestros hermanos centroamericanos vivan esta misma realidad. Aplaudimos el aporte mexicano a la cultura americana y a aquellos lugares a donde van a trabajar y nos enorgullecemos de su contribución a la multiculturalidad que hace grande a la humanidad pero nos comportamos peor que los grupos abiertamente racistas de Estados Unidos y Europa, nos brincamos los discursos abiertamente demagógicos y neofascistas que atraen votantes pero saltamos directamente a los crímenes más brutales, a la indignidad más fétida y al silencio más lascerante, cínico y vergonzoso posible. La humanidad atraviesa su peor crisis moral en décadas y nos estamos limitando  ser espectadores pasivos y cómplices por omisión. Alguna vez lo dije; estamos ante el suicidio moral de la humanidad y estamos a punto de apretar el gatillo por nosotros mismos. ¿Es en verdad esto lo que queremos?, ¿es este el mundo y la sociedad que queremos dejarle a nuestros hijos y a todos aquellos que no son el futuro sino el mismo presente de nuestra especie? Debemos asumir la realidad, que ya va mucho más allá de si nos gusta o no, es un hecho establecido. Vivimos una época al estilo Black Mirror en donde estamos presenciando el principio de una nueva era de nacionalismo absurdo, proteccionismo y cierre de fronteras que ya ha comenzado por deportar a los primeros y que terminará por cerrar la entrada a todos los venideros. Las personas que deben atravesar una realidad como la experimentada por esta familia no se van a quedar en sus lugares de origen, es inviable, es absurdo, tampoco podrán , eventualmente, ingresar al vecino del norte. La pregunta que verdaderamente deberíamos estarnos haciendo es ¿en dónde se establecerán?, la respuesta e obvia; México. os guste o no debemos aceptar que en cualquier momento en los próximos 10 años nuestro vecino, amigo, esposo o compañero de trabajo bien podría ser hondureño, guatemalteco, haitiano o cubano.

Este trabajo me ha tenido con los nervios crispados en los últimos días. A veces siento que no puedo más y que quiero renunciar, sé que parece frívolo y sin sentido pero el sólo hecho de pensar en las atrocidades que no yo, sino otros viven, a veces me oprime el pecho, me hace derramar lágrimas y se siente claustrofóbico en mi mente. Me doy cuenta del mundo de diferencia entre saber algo y experimentarlo en carne propia pero no puedo evitar sentir un nudo en la garganta y una piedra de desesperación en mi espalda. pero ¿cuál es la opción?, ¿ignorarlo, pretender que no sucede nada e irme a dormir cómodamente?, no lo creo. Lo único peor que irse a la cama y tener estas cosas en mente es irse a la cama y no poder dormir al saber que estoy rehusando mi responsabilidad. Yo no puedo cambiar la situación a nivel macro que nos ha llevado a estar en esta postura pero si creo, hoy en día, que mi vocación es inspirar, acompañar y transmitir mi experiencia a aquellos que buscan un cambio, a aquellos que, como yo, están sedientos de justicia, de igualdad, de equidad, de humanidad, de paz y de dignidad para todos aquellos a los que les ha sido negado. Y es así que hoy les digo que esto debe hablarse aquí y ahora. Quiero que estas palabras sean un grito de demanda por la dignidad de todos esos olvidados que se han quedado relegados a la consideración de vidas de segunda categoría o prescindibles por los que decidieron vivir en una burbuja confortante. No hay cansancio, temor o amenaza que pueda detener esta sed. Y si estas palabras sirven de algo me gustaría que sirvieran como una invitación a unirse a esta justa indignación por todos aquellos que aún ven en nosotros una opción para formar una familia, una comunidad, un pequeño espacio de seguridad y amor en donde puedan reconstruir sus vidas y enriquecer a la tierra adoptiva. A todos los que buscan unirse; no demoren, porque tenemos trabajo que hacer, esto es una invitación. A todos los que vienen en camino en este tortuoso viaje; son bienvenidos, son queridos, son hermanos. Como alguien mucho más sabio que yo me dijo alguna vez; “si todos somos hijos de Dios, los otros son mis hermanos y son responsabilidad mía”. Si alguien lee estas palabras y más que miedo siente indignación, mi trabajo esta hecho, te invito a unirte y gritar juntos, inspirar juntos.

Dedicado a Mario y su familia.

“Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen.” -Albert Camus

*Todos los nombres y lugares han sido cambiados por seguridad.

Sín título — June 6, 2017

Sín título

Después de todo, uno nunca está tan roto. Sólo un poco lloroso y escandaloso en el corazón. Un mucho roto en las agallas, indomables egos y las cosas mundanas: los fracasos, las ausencias, las expectativas resquebrajadas. Pero uno nunca está tan roto ahí adentro, al centro, donde están las cosas del alma.

Esperanza y juego, y viento y alas. Y nubes y retratos que no hemos visto y flores hermosas que van a nacer aquí, donde hoy no Podemos ver nada.

Razones y ruidos, recuerdo y rabia. Y llagas y todo lo que duele y rompe. Y todo lo que sella y sangra.

Estamos como estamos, peor que si estuviéramos bien, mejor que si no estuviéramos más. Y en peligro. Peligro de que nos Secuestre la magia y nos haga pedazos las conjeturas  y a chorros de sabiduría nos recomponga las ganas, y los deseos, y las luces que ya hace tiempo no brillan…

Y en peligro Irreconocible de que lo desconocido y lo incierto nos dibujen nuevos caminos en la cara: el camino a nuevas letras, a nuevas condensaciones de palabras, camino a besos de salvia que no duelen o conversaciones que tocan campañas; campanas que hacen nuevas melodías en nosotros.

O corremos el riesgo de caer en nuevos vértices de la tierra!  En las faldas del mundo, los huesos de viejas eras… en sendas nuevas, necias, Necesarias, que seguras de su lugar en el mundo nos llaman…. Allá donde somos distintos, donde no hay vergüenza, no har rareza: un sitio de transparencia.

No estamos tan rotos porque destruirse todo el tiempo es construirse a la vez…como toda curiosa paradoja.

Seguimos cursos de los que no somos conscientes y estamos en caminos sin nombres… rotos, borrados, sacudidos, cansados… pero aun existiendo mientras nos pensamos y nos conversamos; y nos seducimos con las explicaciones que nos damos. Emigramos de nuevo Indignados, invencibles, derrotados o heridos, pero nos vamos siempre a otro lado.

Mudamos, mutamos, aún siendo los mismos nos transformamos. ..

Ya rotos no nos repetimos ni nos reconstruimos. Rotos y vivos nos inventamos.

Olvidamos que era lo justo y que era lo bello, y lo adecuado y lo sano. Y lavamos la ropa de nuestros significados. Soltamos lo que queremos, porque es también lo que nos hace daño; y las ideas se hacen calambre y los sentimientos espasmo… Y el cuerpo no se soporta a sí mismo aunque esté intacto.

Arrastramos nociones, intuiciones, recato. Guardamos a lo privado las piezas que nos quedan. Ya no las repartimos ni las regalamos; estamos ocupados en esculpir una pieza. Y así vamos serenando, tallando, coloreando materia, entrando en nosotros mismos y abandonando la tierra, y su error y su sordera, y su miseria. Y la sabemos tierra sólo. Y nosotros nos reconocemos arena.