“Aparte de sufrir, ¿qué más sabes hacer?”

La primera vez que la psicóloga me preguntó esto creo que ni la escuché, estaba demasiado concentrada sufriendo. En la sesión más reciente me lo repitió, orgullosa de mi porque estoy respondiendo a su pregunta de forma exitosa, qué digo, exitosísima. El “éxito”, sin embargo, no es algo que desconozca: la semana pasada saqué del cajón una medalla de plata que acredita que me quemé las pestañas en la universidad, misma que ni siquiera me digné a ir a recoger. Mi mamá tiene pilas y pilas de documentos llenos de dieces redonditos y diplomas y reconocimientos varios, además de un mueblecito tapizado de vidrios cortados en formas geométricas irregulares con mi reluciente nombre grabado de la forma más elegante posible. Todo podría irse ahorita mismo a la basura y yo seguiría siendo la misma persona que soy. Mi “éxito” fue siempre académico. Cuando se me acabó la academia se me acabó el éxito y me topé con que a la vida le vale madres cuántos dieces me sacaba, a la vida no le importa que pueda recitar de memoria las preposiciones, que pueda hacer una ecuación de tercer grado, que me sepa todas las capitales del mundo, que me haya memorizado el DSM o ninguna de las tantas estupideces que alguien te dice que debes hacer para “ser alguien”. Mi camino desde que se me acabó la academia ha sido tortuoso, empedrado, empinado, hostil, confuso. Cinco años han pasado y cinco píldoras son las que hoy tomo diariamente para intentar funcionar como una persona “normal”. Aun así, presento ataques de ansiedad con suficiente frecuencia como para que sean un problema y la ideación suicida persiste en mi cabeza pese a todos mis esfuerzos, y pese a que ya no me siento miserable –al menos no tanto ni la mayor parte del tiempo-. Aparte de sufrir, sé hacer muchas cosas, muchísimas, y las hago todos los días con la esperanza de que se me vuelvan un hábito y me hagan olvidarme de los síntomas. Pero los síntomas no son un mal recuerdo, ni son de gripa. Estoy en un lugar muy raro entre la resignación y el ímpetu por ganarle la batalla al monstruo que me atormenta. Cuando pienso en el futuro casi siempre me pregunto ¿estaré aquí para verlo? Aparte de sufrir, sé pensar, y eso me está matando.

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