¿Han sentido alguna vez, queridos lectores, que todo les sale bien? Que la vida es buena, que el sol brilla, que pueden lograr lo que se propongan. Pero no sólo eso, también que son exitosos, que son inteligentes, que incluso son atractivos.  ¿Lo han sentido? Esa llamarada en el pecho y ese latir de su corazón fuerte y decidido a conquistar hasta las más altas montañas. Yo lo siento. Para mí, es el sentimiento más extraño y desconocido del mundo, y por supuesto, esa vocecilla que se ha callado, pero no se ha muerto está aprovechando la ocasión para susurrar desde mis entrañas que en cualquier momento me voy a dar en la madre, que esto se va a acabar. La muy oportunista me dice que ni me emocione, que pronto todo se va a ir al carajo, que nada más la pruebe, que así se siente: la felicidad. Esa felicidad que nunca podré sentir como mía propia, según ella. Esta última semana he vivido un maratón que ha ido desde el ataque de pánico más fuerte del… bueno, no hay mucho récord que romper, que ha ido desde un ataque de pánico hasta haberle hecho una invitación a una casi completa desconocida para irle a mostrar mi trabajo. Siento que voy en una carrera de velocidad y que se me puede atravesar una piedrita en cualquier momento, una piedrita que me haga tropezar, caer estrepitosamente y seguramente romperme las piernas, y no volver a correr jamás en mi vida, eso me dice la vocecilla. Yo no he respondido nada, estoy demasiado ocupada con mi vida real como para hacer caso de las voces en mi cabeza, pero muy en el fondo tengo miedo, y mucho. A cada paso que doy hago como que tengo todo bajo control con la esperanza de que así sea.

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