Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, pero miente. Miente yo creo que a propósito, porque al final ha de negarlo todo. Una vez habiendo hecho el viaje que me llevó al lugar donde creí haber sido feliz, puedo decir sin miedo a equivocarme que al lugar donde has sido feliz deberías siempre volver. Que te dejes la vida en intentarlo, en intentar ser feliz. Me lo digo a mí misma todos los días, si te has de morir muérete tratando de ser feliz. No te des por vencida, no la dejes ganar, la muy hija de puta te quiere ver vencida, derrotada. Ella se alimenta de tus inseguridades y de tus miedos, no la dejes ganar. No voy a venir ahora a hacerme la valiente: hay rounds que he perdido sin siquiera meter las manos, pero hoy le voy ganando la batalla. Me ataca de muchas maneras, la tramposa. Y siempre rompe las reglas, la mañosa. Pero esas luces en el cielo y ese aire gélido me recordaron que estoy viva, y que si pude llegar al polo norte también puedo llegar al fin del mundo, y lo voy a hacer por muchas razones, entre ellas la de demostrarle a esa que me ve despeinada desde el espejo, que aunque a veces no tenga fuerzas ni para levantarse, es capaz de vencerse a ella misma, su más fuerte rival. Me lo digo, se los digo a ustedes, y se lo diría a Sabina si me oyera: vuelve a ese lugar donde fuiste feliz, a ese lugar mental, a ese lugar en tu corazón, en tu estómago, en tus venas, a ese momento donde sentiste latirte el pecho tan fuerte y la sangre correr tan rápido y la respiración acelerarse y todo girar y al mismo tiempo detenerse: vuelve, siempre siempre vuelve porque las luces no son verde neón, ni rojas ni rosas ni moradas, había nubes y treinta y siete grados centígrados bajo cero, tenía los dedos de los pies congelados y cinco capas de ropa, podía sentir mis dientes congelados y mi cuello dolorido por buscar eso en el cielo que tantas noches había soñado, pero las luces no son verde neón, son más bien blancuzcas y encontrarlas es igual de difícil que encontrar una aguja en un pajar, pero las encontré, y esas luces blancuzcas me demostraron que nuestros sueños las más de las veces pueden no ser como los soñamos, pero eso no tiene porqué decepcionarnos. El sueño lo cumplí, las luces las vi, fueron espectaculares y yo fui feliz. Volví al lugar donde alguna vez fui feliz y otra vez fui feliz. Puedo ser feliz.

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