Dice Sabina que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, y aun así, aquí me tienen, a escasos días de regresar cuando menos al mismo país donde fui tan feliz, en búsqueda, tal vez, de alguna felicidad diferente o parecida, de una luz que me devuelva las ganas de vivir la vida, de un logro que me quite esta sensación de fracaso, de un frío que me caliente, de alguna soledad que me haga sentir acompañada. Llevo varias noches seguidas soñando con extraños instrumentos musicales, sostenidos por fantasmas viejos pero conocidos, despertando con ese dolorcillo de panza que puede ser tan familiar y tan molesto al mismo tiempo. Otras tantas noches tengo sueños violentos, donde grito, insulto o golpeo casi siempre a la misma persona, cada vez con un poco más de odio, la psicóloga dice que esa persona soy yo. Así somos los psicólogos, sabemos la verdad oculta detrás de las cosas, las verdaderas intenciones, los colores reales de las cosas. Resulta que todo temor es cumplimiento de deseo, que existen la negación y la proyección y que mucho de lo que hacemos está impulsado por un fuerte complejo de Edipo o por la subestimada envidia del pene. Así somos, creemos que sabemos la verdad, y la estudiamos, escudriñamos esa verdad hasta que sale como carne deshebrada en el salpicón, poca y un poco embarrada de todo lo demás. Ya no sé si fui feliz en aquél lugar. Tiendo a pensar que sí, porque si no fui feliz ahí entonces no he sido feliz nunca en ninguna parte, y eso me dejaría en la incapacidad total de ser feliz y por lo tanto en la miseria ¿para qué vivir así? Tuve que haber sido feliz en algún sitio, de algún modo, y tal vez incluso sin darme cuenta.

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