No recuerdo, en veintisiete años, un solo cinco de septiembre que no haya estado nublado, literal y figurativamente. Siempre me ha sorprendido la gente que hace cuentas regresivas para celebrar su onomástico, que se organiza fiestas millonarias, que se da regalos ostentosos. ¿Y luego qué? No encuentro ningún mérito en mantenerse vivo, además del de no suicidarse, que en mi caso sí debería contar, y ahora, mientras lo escribo, me doy cuenta de que este año sí merezco felicitaciones por ese simple y llano motivo. Pero bueno, volveré al punto original, según el cual, para el grueso de la población, sobrevivir no constituye ningún mérito y por lo tanto llegar a otro día que, según el calendario gregoriano, representa el día en que, por algún capricho del destino, un determinado individuo nació, me parece no sólo tonto sino superficial. Hace casi diez años me enteré, por error, que fui concebida, coincidentemente, por error. Siendo la segunda de una familia de tres, durante casi dieciocho años creí que mis padres habían planeado y programado mi existencia, que habían recibido la noticia con felicidad, pero sin asombro, que habían pensado en mí como el resultado de un esfuerzo, no de un accidente. Resulta que en tiempos de crisis económica y por lo tanto matrimonial, mi mamá tuvo a bien embarazarse “accidentalmente” producto de la imposibilidad de tomar anticonceptivos a consecuencia de una operación de la vesícula. Bullshit. Los bebés pueden cumplir diversas funciones dentro de una familia, una popular es la de mantenerla unida. Supongo que debería sentirme honrada al pensar que yo cumplí ese propósito siendo apenas un ser de un par de kilos y unos cuantos decímetros de estatura, sin la menor capacidad de sobrevivir sola y sin asomos de llegar a hacerlo en mucho tiempo. Pocas personas me felicitaron este año, sólo la familia y los amigos más cercanos, y alguno que otro despistado que no se ha dado cuenta de que yo no lo felicité en Facebook. Supongo que está bien, coseché lo que he sembrado. Ya no quiero hipocresías en mi vida, ya no necesito personas-paja que llenen mi existencia. Si mi existencia está condenada a ser solitaria, que así sea. Si nací y crecí siendo poco gregaria, por qué habría de cambiar ahora, un poquito más allá del cuarto de siglo, cuando me interesan menos que nunca las opiniones ajenas y no me importa ni siquiera estar sola. Cuando defiendo el silencio y me empeño en encontrar un motivo feliz en cada día, cuando como avena, y yogur, y cereal y fruta y aun así no bajo de peso, porque tomo tantas drogas que ya no sé si me hacen efecto o se contrarrestan unas con otras. Por qué habría de cambiar ahora que me corté el cabello como cadete para negociar con la vida que el cáncer no se lleve a mi tía, que estoy en medio de un duelo y sigo cayendo por la espiral interminable de la enfermedad mental. Cuando gasto en doctores y medicinas lo mismo que en todo lo demás. Por qué habría de cambiar ahora, que tengo la edad perfecta para morir joven y trágicamente, dejando detrás de mí una estela de desazón y desasosiego. Por qué habría de cambiar ahora, si no puedo.

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