La entrada anterior divagué un poco sobre despedir a las vidas pasadas, sobre convertirnos en alguien más, sobre la metamorfosis. Esta entrada, mucho me temo, lectores, tengo que hablar de la muerte. De despedir a la vida para siempre, total y absolutamente. De ese dolor excruciante que se esconde tras un “no soportó la operación”. Como Dios es un cabrón, les dio a los perros una esperanza de vida mucho menor que la de los humanos. Como quiere que las personas buenas sepamos que de nada nos sirve ser así, nos regala periodos de felicidad seguidos de momentos de miseria total. Se le ocurrió la manera más cruel de hacernos entender que el amor no nos salva de la muerte. Es un cabrón, y para demostrarlo nos hace sentir este dolor a quienes creemos que los perros tienen alma, y que en sus ojos se reflejan los más puros y hermosos sentimientos que los humanos sólo podemos fantasear con conocer.  La vida y la muerte, dos amantes traicioneras. La una, llegando sin pedir permiso, la otra, que se va sin otorgar prórroga alguna y se lleva consigo lo hermoso y lo divino. Irremediable. No hay nada que yo pueda hacer que me vaya a devolver a mi diablillo pelirrojo. Por mucho que llore, grite o patalee, por mucho que intente negociar con la huesuda, ofreciéndole a cambio mi vanidad, mis obsesiones, mi avaricia, mi paciencia, lo que sea. Ella no cede. Llevo una semana dándole vueltas a la tristeza en los ojos de mi papá cuando tuvo que decírmelo, intentando contener el llanto pero con la voz quebrada. Vuelvo a recordar ese momento y vuelvo a sentir cómo algo dentro de mí se rompió y un poco de mi vida se murió con ella. Pasé por las primeras etapas del duelo en breves minutos, la negación, la ira y la negociación se sucedieron antes de la medianoche. Yo no diría que una termina para que comience la otra, diría que van apareciendo y se mezclan para formar un monstruo que te carcome desde dentro y que le abre la puerta a la depresión: hija de puta. Como si no tuviera ya que vivir contigo ahora resulta que tengo que lidiar con un duelo inesperado e increíble. Ningún perro se muere en esa operación, ni a consecuencia de ella. Pero mi Pasita sí. Lo que alcanzó a balbucear la veterinaria fue que probablemente estaba enferma de los riñones, y no pudo procesar la anestesia, que no fue una sobredosis, porque hubiera muerto durante la operación, que no había signos de hemorragia, pero que si queríamos podía hacer una necropsia. ¿Y qué, mancillar el cuerpo de Pasita sólo para descubrir si la culpa fue de alguien? ¿Eso nos la traería de vuelta? No, nada nos la traerá de vuelta. Se fueron para siempre sus ojitos negros preciosos y brillantes, su carácter implacable, sus travesuras cotidianas. Destruyó todo lo que pudo: cuatro pares de audífonos, un cable de conexión, la tapa de una USB, masticó mis lentes, dejó inservibles mis protectores bucales. Dos camas, el zoclo de la duela, la puerta, el auto, su collar y su correa. Secuestradora asidua de los calcetines negros de mi marido y cómplice sin límites de Luma. Lumita, su hermana mayor, también la extraña. Esta última semana no ha habido nadie que se le acurruque entre las piernas, que le muerda las orejas o las rodillas, que le pase por encima mientras duerme. Pasita. Pasiflorina, en realidad. Pasa María, cuando me hacías enojar. Busco en algún sitio consuelo o resignación, y no los encuentro.

Ayer leí de

Slide1algún poeta que cada perro que se muere se lleva una parte de nuestro corazón con él, pero que cada perro que llega nos regala una parte del suyo, así que si somos lo suficientemente afortunados, podremos vivir tanto y tener tantos perros como para que nuestro corazó

 

n se complete de partes de corazones de perro y podamos ser tan buenos como son ellos. A eso aspiro. A desarrollar la bondad y la pureza de estos animalitos peludos que me miran a través de unos ojos sinceros y que me han sanado el alma de una manera en la que ningún otro ser, cosa o ente había podido. Perdón, Pasita, por todas las veces que perdí la paciencia contigo. Necesito pensar que mi diablillo pelirrojo se ha convertido en un angelito pelirrojo que nos cuida desde el cielo de los perros y corre por verdes praderas y duerme en una cama hecha de calcetines negros. Que come

sobre cuando le place y que tiene juguetes de a montón. Necesito pensar que las cenizas que atesoramos en una urna rodeada de flores en la entrada de la casa no son sólo cenizas, sino un símbolo de que Pasita sigue estando en nuestra manada. Necesito pensar que no fue culpa de nadie, porque no puedo soportar lo opuesto. Necesito fuerza, y no encuentro de donde sacarla. Mi cuerpo ya no puede más, mi mente no soporta la presión, mi psique no tolera otra mala noticia, mi corazón está roto.

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