¿Cuánto café piensas tomar hoy? Es lo que me pregunté cuando decidí levantarme, quince minutos antes de las seis de la mañana, porque ya no quería seguir dando vueltas en la cama. “El que sea necesario”, me respondí. El diagnóstico de depresión fue duro, pero esperado. Lo que uno sabe a fuerza de machetearse el DSM no va a dejar de saberlo nunca. La ansiedad, esa sí fue una sorpresa. Las estadísticas reportan que alrededor del 60% de las personas que padecemos depresión también presentamos ansiedad. Es una mala pasada de la salud mental, déjenme decirles. Cuando se enlistan depresión, ansiedad, irritabilidad, sí, suena mal, pero permítanme compartirles cómo fue esta semana para mí, solo para desahogarme. El fin de semana pasado fue un continuo entre coser a máquina como si de eso dependiera mi vida, intentar tener un poquito de tiempo de esparcimiento y lamentarme por cuán rápido pasa el fin de semana. El domingo me armé de valor y le pedí a mi papá que me ayude a pagar las pastillas, yo simplemente ya no puedo más. Llegó el lunes y con él mi horario lleno, mi pasión por mi trabajo y mi angustia porque me estaba quedando sin medicinas. Esta vez un amigo hizo el favor de enviarlas desde la CDMX porque la dichosa farmacia on-line convino duplicarle el precio y, por supuesto, yo me quebré. En fin, le envié a mi amigo cinco mil pesos por un OXXO y recé para que todo saliera bien, pero el lunes se terminó lo que tenía y el cartero no llegaba con mi paquete. Pasé la mañana del lunes tomando café, por supuesto, preocupada por todo el trabajo que tengo acumulado, por la colcha, por las pastillas, porque no sabía que hacer con mi cuenta bancaria, porque el fin de semana había durado tan poquito. Por la tarde llegaron las pastillas, justo después de tomarme la última. Brinqué, grité y me emocioné, y acto seguido guardé silencio y una sombra entristeció mi mirada -¿qué te pasa? -me preguntó mi marido, el mártir de mi revolución, el que no quita el pie del cañón; -me pasa que estoy harta de trabajar para pagar esto, y que no quisiera emocionarme cuando llegan, y que quisiera no tener que tomarlas y no tener que hacerte pasar por todo eso; -lo importante es que estés bien, respondió. Lunes, martes y miércoles me levanté puntual a hacer treinta minutos de bicicleta casi dormida pero consciente de que esos doce kilos extra no se van a ir solos. Los tengo que correr a patadas. El miércoles fui al banco, me dijeron que no puedo abrir una cuenta con ellos porque ya tuve una anteriormente y la que quiero es sólo para clientes absolutamente nuevos. Le menté la madre a la ejecutiva. Salí enfurecida, eran las nueve de la mañana con siete minutos y yo ya había rabiado por eso y porque mi marido no me contestaba el teléfono ¿dónde carajos se había estacionado? Pasé la tarde entre llorando y durmiendo. Simplemente no tenía fuerzas para hacer nada más. El jueves fue simple: cuatro estudiantes seguidos, atendí a cada uno con menos paciencia, más hambre y más café que al anterior. Cuatro horas de pausa: las dormí sin más. Otras cuatro horas de clase. Por las noches cenamos, vemos una serie, jugamos con nuestras perras y dormimos, o eso intentamos. Era la una de la mañana y yo seguía con el ojo pelón, pensando en cómo la vida nos lanza una curva cuando menos la esperamos. O cómo simplemente no atrapamos la pelota aunque la veamos dirigirse rápidamente hacia nosotros. Estuve cavilando sobre el mal carácter que tuve durante toda la semana, sobre mi tono de voz con mi mamá, mi impaciencia con mi marido, mi poca tolerancia con mis estudiantes. No puse atención en cambio a cuánto cosí, a que fui a visitar a una amiga y regresé caminando a casa -algo impensable para mí-, a que soy capaz de desempeñar casi todas mis clases con un altísimo nivel de calidad y ya no me duermo en casi ninguna. No, yo me centré en lo negativo, en lo difícil, en las fallas, en las imperfecciones. Antes a eso lo llamaba ser malhumorada o perfeccionista, ahora hace falta llamarle irritabilidad y pensamiento negativo, porque son rasgos característicos de una enfermedad mental.

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Duro y a la cabeza: una enfermedad mental. Nunca me imaginé teniendo que depender de unas pastillas para funcionar medianamente bien, se supone que yo debía estar del otro lado del escritorio, del otro lado del consultorio, del otro lado del diván. Se supone que yo debía ser quien conservara la cordura en ese espacio seguro que es la consulta del psicólogo. Ayer le pregunté a mi mamá, presa de una curiosidad estúpida, quién elegía mi ropa cuando yo era niña. Me dijo que desde los tres años yo elegía que ponerme, que porqué preguntaba. Lo hacía porque esa pregunta forma parte de la clase que estaba impartiendo, un simple pretexto para practicar el pretérito imperfecto, pero yo no me acordaba. No me acuerdo de casi nada de mi niñez. La tengo bloqueada, reprimida, y estoy segura de que en algún recoveco de ese inconsciente está la raíz del problema. Mi madre me dijo asustada que pensó que algo había hecho mal. Sarcásticamente pensé: por supuesto, debiste ponerme una camisa de fuerza, pero no lo dije. Así me dieron la una y media de la mañana, con un dolor entre el estómago y el pecho en un gesto de empatía hacia una noticia que acababa de recibir. Es así: todos tenemos que despedirnos, de alguna forma u otra, en un momento u otro, de nuestras vidas pasadas. De nuestras vidas sin compromisos, de nuestras vidas pagadas, de nuestras vidas sin hijos, sin enfermedades mentales, sin duelos, sin habernos roto el corazón, sin esa borrachera de la que tanto nos arrepentimos, de nuestras vidas antes de esa decisión que lo cambió todo, de nuestras vidas antes de haber encontrado el amor, de nuestras vidas antes de ese trabajo que nos hace miserables. A veces es un placer despedir a una vida pasada. A veces es un dolor. ¿De cuántas vidas han tenido que despedirse, queridos lectores? ¿Cuántas veces la vida les ha jugado un revés que lo cambió todo? ¿Cómo batearon esa curva? Estoy melancólica, queridos lectores, disculpen la verborrea.

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