Yo me voy a morir. Eso lo sé. Todos lo sabemos, pero es raro quien se atreve a abrirle la puerta de su mente a esa idea: el sentido de supervivencia nos lo impide. Yo me voy a morir, de un infarto, y va a ser joven. No creo llegar a los sesenta años, bien me iría si cumplo los 50. ¿Qué cómo lo sé? Bueno, hay cosas que se saben, y punto. Si doy por bueno lo anterior ya he vivido más de la mitad de mi vida y por lo tanto el camino que me queda por delante es más corto que el que puedo ver hacia atrás. Mucha gente me ha dicho muchas veces que vivo con prisa, que tiempo al tiempo, que las cosas tardan en madurar. Bueno, yo no tengo tiempo de esperar. Ya no tengo ni un año más para esperar a un hombre que ni siquiera sabía si quería llegar a mí. Ya no tengo ni un semestre más para estar en una escuela que me frustraba más de lo que me gustaba. Ya no tengo ni una hora más para quemar mi piel bajo el sol y  sobre arena blanca, temiéndole al cáncer pero arriesgándome en pos del bronceado. Ya no tengo ni un minuto más para seguir teniendo miedo. Me voy a morir y el sólo imaginar ese momento en el que sepa que no hay marcha atrás, que todo se acabó, el pensar en el posible dolor, en el calor, en el frío, en la falta de aire, el rezar para que sea dormida, esos simples pensamientos me producen un vacío en el estómago y un dolor en el pecho. Siempre que puedo digo que yo no quiero ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, e irme quedando sola en un mundo que ya no conozco y que los jóvenes me miren como a un mueble viejo, estorboso y obsoleto, y que a mi funeral no asista nadie, porque ya todos se fueron, yo no quiero eso. Nunca he entendido el deseo de vivir 100 años, la inmortalidad, la eterna juventud. ¿Para qué  querría alguien ser joven eternamente? ¿Vivir para siempre en la crisis del cuarto de siglo y no saber si lo que está haciendo es lo que le va a llevar a donde quiere ir? ¿Para qué querría alguien permanecer joven viendo a los suyos envejecer sin remedio? El tiempo pasa, y no hay nada que podamos hacer contra ello. No lo tenemos, no nos pertenece: se nos escapa de las manos cual agua limpia y fresca en un oasis en el desierto de nuestra vida, sí, la misma que vivimos esperando el fin de semana, la quincena, que el próximo mes nos sorprenda, deseando cumplir nuestro propósitos de año nuevo pero sin hacer nada al respecto, graduándonos, teniendo noviecillos que son compases de un rato y teniendo relaciones que no esperábamos pero que se quedan. La vida se nos pasa sin saberlo y de pronto los bebés que nunca iban a crecer se están yendo a la universidad y yo me pregunto en qué momento y cuando volteo a verme me doy cuenta de lo señora que soy y me resigno a mi suerte, qué va, me aplaudo mis decisiones: tengo la vida que quiero, y quiero la vida que tengo y  no tengo tiempo para perderla.

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