Libraries gave us power,

then work came and made us free,

what price now for a shallow piece of dignity?

-Design for life, Manic Street Preachers

Francisco tiene 45 años. Dejó a un hijo y su hogar en su natal El Salvador cuando se fue en busca de una mejor vida. Partió con la esperanza de tener un futuro más esperanzador, es decir, casi cualquier escenario que no fuera el de su país. Llegó a México después de haber viajado cientos de kilómetros y atravesó nuestro país con gran penar pero con la esperanza poblándole la mirada. A medio camino por nuestro territorio llegó a Querétaro preguntándose cuándo terminaría su travesía, cuánto más camino habría que recorrer para poder encontrar un lugar que, con un poco de suerte, pudiera llamar hogar. Dividendo sus esfuerzos entre la infame Bestia y las caminatas diurnas llegó al punto que cambiaría su suerte. Mientras caminaba siguiendo la vía para no perderse llegó a una bifurcación con un mecanismo encargado de desviar el tren a izquierda o derecha con tal suerte que a su paso se activó dejando pie quedó atrapado. Tratando de no quedar inconsciente logró liberarse aunque quedo maltrecho en el lugar hasta que acudieron a él los auxilios médicos. Francisco ingresó al hospital en donde tuvo que enfrentar tres cirugías que terminarían por amputar cuatro dedos de su pie derecho y dejarlo veintiún días en cama. Su ropa vieja, sucia y maltrecha fue tirada a la basura junto a sus zapatos, no tenía un centavo, todo lo que le pertenecía era el cuerpo cicatrizado y testigo de incontables escenas que alojaba la bata del hospital. Fue ahí en donde la psicóloga a cargo de su caso consiguió ponerlo en contacto con las personas que terminaron auxiliando y dándole refugio tras ser dado de alta y no contar con absolutamente nadie en México. Francisco tuvo otra oportunidad; después de ver a la muerte de frente y a la cara, hoy está recuperándose en México, piensa en cómo estará su hijo y si seguirá en su empleo, si tendrá ya una mujer con quien forma una familia, si pensaran en el. Platica con sus nuevos anfitriones y amigos sobre futbol, conoce a los Gallos de Querétaro y a la selección mexicana, le gusta el fútbol español y se emociona cuando habla sobre la doceava Champions del Real Madrid o el Barcelona de Pep Guardiola. Hoy Francisco recuerda su paso por México y su meta original; llegar a los Estados Unidos y trabajar su camino hacia una vida digna, como un anhelo de una vida pasada. El periplo que tuvo que atravesar en nuestro país y la situación actual del vecino del norte le han hecho reconsiderar. Para él, así como otros tantos miles que llegan cada día y que no quieren seguir las penurias pero tampoco quieren regresar a la espiral de violencia de la cual huyeron en un principio, México se ha vuelto cada vez más un destino de llegada y no un punto de paso, cada vez se arraiga más el sueño mexicano de trabajo, vida y dignidad en un país de su mismo idioma y con costumbres similares a las suyas, en donde puedan tener acceso a cosas que jamás hubieran podido en Centroamérica. Hoy Francisco sueña un futuro que inminentemente se convertirá en realidad; un país en donde nuestro vecino, compañero de trabajo, de escuela, esposo, esposa, hijo o amigos pueda ser guatemalteco, salvadoreño, hondureño, cubano o haitiano. Por mi parte, yo no puedo pedir que esa realidad se cristalice o no, porque es un hecho que así sucederá y lo que yo diga no es relevante. Lo que sí puedo aspirar, soñar y trabajar por conseguir es, quizás no un mundo, pero sí una sociedad o una comunidad que logre ver en la migración y en el migrante a un trabajador internacional y no un delincuente, que logre ver riqueza cultural e histórica y no parasitismo, que logre ver esperanza, fuerza, consistencia y dignidad y no una mercancía susceptible de ser comercializada y desechada. En una era donde el odio, la intolerancia, la ignorancia y la xenofobia han comenzado a ganar votos y traer a la superficie pensamientos que creíamos largamente superados es indispensable hacer un ejercicio de introspección y reconocer que, como pocas veces en la historia, tenemos la oportunidad de demostrar que lo contrario, que el amor, la compasión, la dignidad y el humanismo pueden cambiar a un país y pueden vencer a la demagogia y aquellos ciegos de poder. Estamos a tiempo de identificar en nosotros mismos las conductas que tanto reprochamos al extranjero y desterrarlas, demostrar que, por esta ocasión, sí existen diferentes categorías de personas y nosotros podemos ser mejores. Pero sobre todo; podemos reconocer, aprender y amar la sonrisa, la mirada,las manos cansadas, los pies atormentados, los corazones desbordados, la fe ciega, la esperanza reconfortante y la confianza implacable de aquellos que, como ramas a través del concreto, reclaman su derecho a la dignidad, a la justicia, a la humanidad y lo dejan todo en este valle de sufrimiento para poder dar una pizca de la vida que merecen a sus familias. Como país y como ciudadanos cargamos, por cada amputación física y espiritual, una amputación moral en nuestra conciencia. Recordemos que, como dice la canción, “somos idénticos al que llego sin avisar.

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