Descubrí en mi vida, pronto y a la mala, lo que eran las pastillas anticonceptivas, de emergencia. Desperté un domingo, después de una noche de mal sueño y mucho pensarlo, me puse una sudadera vieja y fui a la farmacia. Pedí con la voz temblando y lágrimas en los ojos “una pastilla del día siguiente”. La de la farmacia, como si lo supiera todo, lo repitió lo más alto que pudo, se lo gritó a su compañero y me dio mi compra con una risita burlona. Yo sentía que tenía un letrero luminoso en la frente, anunciándole a todos que estaba sucia, que lo había hecho todo mal.

Él se ofendió, me dijo que tenía tantas ilusiones de ser papá y yo tomándome esas porquerías. Yo tenía 17 años cumplidos, él me llevaba más de diez, o un poco menos, nunca lo supe bien. Esa noche me llevó a su casa con cualquier pretexto, no teníamos ni tres meses de conocernos. Hacía frío, me fue quitando la ropa mal y de a poco, sólo lo estrictamente necesario para lo que iba a pasar, me metió en su cama, se me acercó lentamente y en un punto crítico me dijo “si te mueves va a entrar”. No me moví, me moría de miedo, seguía con los tenis puestos y la cabeza en otro sitio, uno más feliz. Entró. Yo no sentí nada, más que miedo, no sentí placer, no sentí dolor, no sentí nada, tampoco me gustó. No recuerdo mucho más que eso. No sé cuantos minutos después él vio su reloj y se apresuró a levantarse “ya se me hizo tarde, apúrate”. Yo seguía mareada e insegura sobre lo que había pasado: no me obligó, pero tampoco fue consensuado. No lo sabía entonces: yo no debía estar ahí, a esas horas, con ese hombre. Yo tenía la culpa, según él, porque me había movido, según él. Yo era menor de edad, él ocupaba una posición de autoridad –en teoría-, me enredó más rápido de lo que pude darme cuenta y quisiera de verdad decir que acabé en su cama y después me dejó, como un juguete nuevo pero usado, en el cual ya no tenía más interés. No fue así. No me dejó. Es una historia que he intentado borrar de mil maneras, pero que me sigue persiguiendo.

Durante mucho tiempo me culpé, yo había tomado malas decisiones, yo se lo había permitido, yo lo había secundado. Hoy estoy segura de que fui una víctima, no sé si la primera, de quien sin duda sigue haciendo de las suyas impunemente, un lobo con un viejo y malhecho disfraz de corderito. El otro día soñé que lo mataba. O al menos planeaba hacerlo. Muchas veces he estudiado ¿qué me diría si me pudiera decir algo hace diez años? No puedo. Simplemente no puedo regresar el tiempo, pero sí se lo puedo decir a la niña que hoy está entre sus garras y que seguramente también tiene miedo. La veo y me veo, y quiero salvarla. Quiero salvarla porque no pude salvarme a mí, porque a mí nadie me pudo salvar. Quiero que me vea y se vea, y que sus padres la manden muy lejos, a donde a mí no me mandaron los míos, tan lejos que no pueda alcanzarla la manipulación y el engaño de ese hombre que le endulza el oído con palabras de amor y la tiene atontada con su música y su exuberante verbo infalible, igual que como me tuvo a mí. Quiero que conserve su inocencia, lo que le quede de ella, porque a mí no me quedó nada; quiero que sonría, todo lo que yo dejé de sonreír;

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quiero que conserve a sus amigas, porque yo las perdí casi a todas; quiero que tome decisiones libres, no como las mías, nubladas por mi mal juicio; quiero que disfrute su primera vez, si es que aún está a tiempo; quiero que su mamá siga confiando en ella, porque la mía dejó de hacerlo; quiero que viva sin miedo, todo el miedo que yo digo que ya no tengo. Quiero salvarla, como no pude salvarme a mí. “No es tu lugar, no te corresponde hacer nada, no tienes pruebas, no conoces a la chica, no sabes si es verdad”. No me importa. No me importa que nadie me crea, no me importa que nadie me apoye, no me interesa. Si tan sólo logro sembrar en sus padres la duda, la mínima duda y con eso la encierran a piedra y lodo, si la mandan lejos, si lo enfrentan, si logro la más mínima reacción y eso de alguna manera le evita vivir todo lo que viví yo, con eso me basta. Quiero salvarla. Sé que es porque no tuve la fuerza, las agallas, la capacidad de salvarme a mí. Sé que puede parecer que estoy siendo egoísta, metiche, estúpida, lo que sea. No me interesa. Yo hubiera querido verme en algún espejo, pero en el único lugar en que me vi fueron sus ojos, y sus ojos me sembraron miedo. Sus ojos me enredaron, me mintieron, me violaron, me pegaron, me insultaron, me dolieron, me animaron y luego me sepultaron viva. No quiero que nadie más tenga que verse en sus ojos y que ellos la convenzan de que puede confiar en él, no quiero que nadie más tenga que vivir eso.

 

 

 

 

 

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