Resultado de imagen para niños fingiendo ser adultosOtra vez tarde, otra vez con sueño. La vida de adulto que llevo mal y a tropezones demanda de mí mucho más de lo que soy capaz de darle. La psicóloga me sigue aplaudiendo: “eso no lo hace una persona con depresión”, repite. Si la dulce mujer supiera… Si supiera que su paciente estrella cada vez tolera menos pero miente mejor, que idea igual aunque cuente poco, que se siente triste menos veces pero peor. “Me da gusto, Dani, que respondas diferente, ¿ya ves que sí puedes?, con esta terapia sí vas a poder” -y aprovechó para hacer el comercial-. Me tranquiliza verla orgullosa de mí, aún cuando yo no lo estoy tanto, porque sigo teniendo el cajón lleno de drogas de prescripción, porque otra vez me agarré a gritos con quien pude a la menor provocación, porque veo en sueños caras viejas y conocidas, porque tengo memoria, y consciencia, y ganas de no tenerlas. Me pone melancólica la lluvia, es verdad. Me siento agotada, pero no puedo detenerme. Trabajo diez horas y duermo ocho, las seis restantes se dividen proporcionalmente entre abrazar a mis perras, preparar café, ir al baño y comer cualquier cosa, en ese orden de importancia. Nada está  tan evidentemente mal como para quejarse, la calma, frágil y aparente parece solamente un augurio de la próxima tormenta. No puedo evitarlo, aunque tenga una caja llena de pensamientos positivos, uno diario por los últimos seis meses, sigo siendo una fatalista. Recuerdo el debate irresoluble de la posibilidad de cambio. ¿Puede uno cambiar? ¿Puede cambiar en lo esencial, en lo importante? ¿Puede uno dejar de ser quien fue y convertirse en alguien más? ¿O sólo podemos aspirar a hacer cosas diferentes? ¿A cometer estupideces distintas? ¿A postular pensamientos divergentes? Aunque en el fondo se siga siendo el mismo individuo que se fue hace cinco, diez, veinte años, desde que en la adolescencia se forjó el carácter y un poco después la personalidad, sin posibilidad de modificación. ¿Quiénes somos? ¿De qué somos capaces? ¿Cuántas oportunidades tenemos de ser diferentes? ¿Puede uno, en verdad, cambiar? Los dejo con estas preguntas, queridos lectores, para que mediten un poco sobre su existencia, y se cuestionen si son quienes pretenden ser, o sólo aprendieron a serlo; para que se detengan un momento y piensen en todo lo que es igual y todo lo que es diferente a lo que era hace diez años, por decir algo. ¿Son ustedes los mismos adolescentes? ¿Se comportan igual? ¿Tienen los mismos miedos, las mismas preocupaciones, los mismos deseos? ¿Son esos mismos yendo a una oficina todos los días, a reclutar candidatos cuando hace cinco años creyeron todos que serían clínicos? ¿Qué son? ¿Qué pensaron que serían? ¿Qué quieren ser?

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