Sin prisa y sin pausa, vomité en el consultorio de la psicóloga (la que sí me cae bien) la historia de mi vida durante las últimas tres semanas, lo de las medicinas, los últimos dos pleitos domésticos, las nuevas determinaciones, uno que otro dato de menor importancia y el hartazgo que siento frente a tanto drama. Hablé sin parar unos veinte minutos. No se me salió ninguna lágrima. Cuando acabé, me respondió: Dani, a todo lo anterior, felicidades. Se me quedaron los ojos como platos. ¿Me estaba felicitando por pedirle amablemente que ya no me cancele las consultas, por haberme agarrado a gritos con mi marido, por mentársela a las de las farmacias, por pensar que el psiquiatra me abandonó o por poner a mi hermano a buscar por cielo, mar y tierra los antidepresivos que nadie me quiere vender? -Te felicito por estar enojada, porque eso está generando movimientos y porque estás enfrentando tu vida de manera diferente. Tuve que concederle esa, enojada sí estoy. Es increíble la capacidad de esa mujer para encontrarle un lado positivo a cualquier drama que yo le presente, para voltear la tortilla, pues. Lo que no le dije fue que mi retorcida y descompuesta cabeza ideó en un momento de desesperación al menos tres maneras distintas de morir joven y hacer que pareciera un accidente.

Esa misma mente retorcida y descompuesta me pregunta: ¿le estás mintiendo a la psicóloga? No, no le estoy mintiendo, le estoy mostrando mi lado más sano, nada más. Uno no va al  psicólogo porque se siente bien. -Estoy demasiado feliz, doctor, creo que no es normal. Uno asiste porque hay problemas, en el menor de los casos; porque está loco, en el otro extremo del continuo. “La salud mental es un continuo…” recuerdos vagos de la facultad. De esa facultad de la que tanto renegué y de la que ahora conservo sólo los buenos amigos. Mentira -me grita la desquiciada. También conservas la habilidad de categorizar a la gente, cual si fueran campos semánticos, y de experimentar con ellos, cual si fueran ratas blancas, de esas gordas como las que entrenaste para comerse un fruti lupi. Con la gente deberías hacer igual, me dice el instinto conductista que se nos graba a los que “tenemos madera…”. Pero no hago. Antes bien, me he avocado a la tarea de sanarme, de intentar lidiar conmigo.

“Yo tengo que vivir conmigo, tú estás aquí porque quieres. La puerta está abierta, puedes irte cuando lo desees, no tienes que ser un mártir de mi revolución”. Esas cosas estúpidas que uno dice cuando está enojado. No es completamente verdad que tengo que vivir conmigo. Podría abandonarme, si estuviera tan sólo un poco más sola o más enferma, o menos medicada o menos supervisada. La idea se me sigue apareciendo, me sigue seduciendo, la sigo controlando. “Nunca lo haría (es lo que acostumbro responderles a los psiquiatras), no podría causarle ese dolor a mi familia”. Y es verdad, pero en ese momento de desesperación en el que planeé los accidentes, también reflexioné sobre la compasión que le tuvimos al perro que, moribundo y dolorido, inyectamos con un líquido blanquecino que le dejó dormirse tranquilo y para siempre. Lo hicimos con todo el dolor de nuestro corazón, con lágrimas en los ojos y suplicándole perdón, pero lo hicimos. Es un lujo del cual yo nunca gozaré. No importa cuánto sufra, cuánto me duela, cuánto me atormente la vida, cuánto me cuesten las medicinas, cuántos doctores tenga que conocer, cuántos me desahucien, a cuántos tolere, cuántos me mientan, a cuántos no soporte, no importa nada, yo tengo que vivir con esto. Tengo que vivir escuchando la fantasía de que puedo controlarlo, de que voy a estabilizarme, dándome atole con el dedo y poniendo en práctica cuanta técnica psicológica recuerde con tal de “relajarme”.

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