“Si me hubiera ido de monja este sería mi look desde hace diez años” fue lo primero que pensé apenas me miré con atención al espejo, me di cuenta de que el corte de cabello era irremediable y tuve tiempo de criticarme. Sí, quería irme de monja, tenía ocho años y mi referente profesional cotidiano era la adorable novicia que impartía segundo de primaria y a la que “los grandes” apodaban “la madre Sonric´s”, porque siempre estaba sonriendo. Yo pensaba que ella era feliz, y que era feliz porque era monja, y por lo tanto yo quería ser monja para ser feliz. ¿Cuál hubiera sido mi desdicha, si yéndome de monja se me desarrollaba de igual manera algún cuadro depresivo? ¿Jesús de marido, y no ser feliz? Híjole, pienso mientras me digo para tranquilizarme que no era mi vocación, y lo de la virginidad se me descompuso rápido en la vida y además en el colegio me inculcaron incisivamente las ideas de la culpa y el pecado, que con un superyó como el mío se convirtieron en una bomba autocrítica que pronto me hizo desistir de mis ideales de la infancia: nadie con un historial como el mío sería aceptada en un convento: yo estaba sucia, había pecado, era impura. ¡Vaya pensamientos para una niña de primaria! Total, que esa misma novicia volvió a mi vida como una monja hecha y derecha siete años después, cuando lo peor de la adolescencia se había quedado atrás –o eso queríamos creer- y yo comenzaba a convertirme en una persona de bien –o eso queríamos creer-. Volvió para enseñarme muchas cosas, casi ninguna relacionada con la felicidad: las lecciones de la preparatoria se trataron más bien de secretos y cómo guardarlos, de discreción, de buen y mal juicio, de permisividad a cambio de silencio, ella no estaba libre de pecado, así que nunca se decidió a tirar la primera piedra. Tal vez esa piedra fue la que me hizo falta: un buen descalabro de alguien a quien admiraba tanto probablemente me habría hecho entrar en razón, o probablemente no, no lo sabemos y nunca lo sabremos, son cosas que pasaron hace mucho tiempo, en otra vida, con otros miedos, con otros sueños, desear ahora que no hubieran pasado nunca, o que alguien las hubiera detenido, sería renegar de mi destino… ¿Destino? Vaya, ahora sí te estás poniendo interesante, pseudo-todo y cuasi-nada, me vuelvo a criticar. ¿Te atreves a creer en el destino? ¿Tan cobarde te has vuelto? Esta mañana leí que el equilibrio entre el destino y el libre albedrío constituye el arte de la vida, o alguna mamada por el estilo de alguien que lo dijo y que fue a parar al correo que recibo diario de Frases y Pensamientos. ¿Libre albedrío? O sea, hacer lo que te dé tu chingada gana, esa lección sí me sirvió y no la olvido. Pero ¿destino? No ha habido argumento más útil y certero en la historia de la humanidad para quitarle lo responsable al hombre, para hacerlo “víctima” de “lo que le pasa”. Tengamos huevos, queridos, no existe el destino. ¿No? ¿Quieres decir que pudiste haber hecho más para lograr lo que querías y ya no tuviste? Puta madre, si tan sólo no fuera tan autocrítica. No lo sé, ¿ya? No lo sé. No sé si creo o no en el destino ni en el libre albedrío ni en su chingada madre. No me fui de monja, fui una adolescente insoportable y ese episodio de mi vida del que no me gusta hablar de verdad existió, con la madre Sonric´s como mudo testigo y después traté de darle gusto a mi papá, castigándolo al mismo tiempo, y mientras tanto me di en la madre una y otra vez, me enamoré de un patán que me rompió el corazón, y una y otra vez me emborraché y una y otra vez sentí que perdía el tiempo hasta que un buen día todo lo que me habían dicho que debía hacer se terminó y me encontré con que tenía una vida y no sabía qué hacer con ella. Me deprimí, me fui, fracasé, triunfé, fracasé, me deprimí otra vez. En el inter hubo muchos besos y muchas cachetadas (simbólicas, pero no por eso menos dolorosas). Me deprimí más y más y más hasta que fui a dar al consultorio de una psiquiatra que me dijo que tenía que aprender a vivir con eso. De ahí para acá todo ha sido una puta montaña rusa, como ya saben los que han estado aquí desde el principio o el tiempo suficiente. El carrito en el que voy no parece detenerse. Dios, o la vida, o Alá, o el Universo, el creador, la primavera, en quien sea que crean, queridos lectores, o incluso si dicen decididamente que no creen en nada, ¿podrá ese ente ayudarles a parar su propio carro? ¿a controlarlo? ¿a ser felices?

 ¿Son felices, queridos lectores? Sean honestos, por lo menos. No respondan, si no quieren, pero por favor, encuentren algún momento dentro de sus ocupadas vidas para hacerse la pregunta e intentar una respuesta. Yo me lo preguntaba casi todos los días. Ya se imaginan la respuesta. Nunca era simple, pero casi siempre era concreta: no. Ya no me lo pregunto. Cuando me siento feliz, lo digo. Busco Resultado de imagen para mujer con cabello corto de espaldatodos los días un motivo positivo. Hago ejercicio, como lo mejor que puedo. Trabajo como la loca que soy para darme los gustos de la ambiciosa que llevo dentro. Amo todo lo que puedo. Duermo tanto como puedo. Visito más médicos de los que quiero, pero me siento mejor de lo que hace mucho no me sentía. No me fui de monja y no me casé con el amor de mi vida y he dejado de hacer muchas cosas de las que hace diez años hacía, afortunadamente (las tres). Quisiera decir que no tengo arrepentimientos, pero estaría mintiendo, y soy tan mala mentirosa que quedaría en ridículo de inmediato y por completo. Sigo escribiendo, no tanto como debería ni tan bien como quisiera, pero sigo escribiendo. Creo en Dios, como un ser supremo que es más fuerte que yo y que tiene más tiempo y más respuestas y que nos cuida desde lejos. Parece que mi vida no es tan radicalmente distinta de la que llevaría si fuera monja. Incluso me hice el corte de pelo.

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