Trespass your torments if you are what you wanna be…

En la biblia Jonás es un profeta que vivió unos 800 años antes de la aparición de Jesús. Se le recuerda por un pasaje bastante conocido entre los feligreses. En aquellos tiempos Jehova hizo un encargo particular a Jonás; debía viajar a Nínive (a unos 800 kilómetros de su pueblo) y advertir a los asirios que sus actos malvados serían castigados si no cesaban. El profeta emprendió el camino para cumplir su misión pero tenía dudas debido a la famosa violencia y crueldad de los asirios. Una vez estando ahí se acobardó y decidió huir lo más lejos posible montándose en un barco de carga. Una vez a bordo y en medio del mar se desató una enorme tormenta que provocó que todos coincidieran en el origen sobrenatural del fenómeno por lo cuál los marineros comenzaron a echar suertes para averiguar quién había hecho enfadar a cuál Dios y así provocado la tormenta. Inevitablemente Jonás admitió que era él el causante por desobedecer a Jehova ante lo cual pidió al resto de la tripulación que le arrojaran por la borda para calmar su furia y así pudieran salvarse. Ante la reticencia inicial de los marineros finalmente Jonás fue arrojado por la borda en dónde pensó encontraría la muerte. Cuando sentía desfallecer percibió una gran sombra que resultó ser una ballena la cual lo engulló y le salvo la vida al permanecer a salvo en su estómago. Después de tres días para meditar lo que había sucedido Jonás fue “vomitado” por la ballena y regreso de inmediato a Nínive para predicar con los asirios sin mostrar nuca más asomo de cobardía.

Desde hace ya algunos años cuando conocí este pasaje llamó poderosamente mi atención, no necesariamente por el contenido bíblico, sino por la moraleja que se deja intuir en el y que le habla a las personas que atraviesan diversos períodos de duda y dificultad. Incluso en la logoterapia hay quien llega a mencionar un “Síndrome de Jonás”, esto es, el miedo no a nuestra parte oscura sino a nuestro total y pleno potencial

Que todos tenemos más o menos atisbos de cobardía, apatía, dudas, incertidumbre y falta de decisión es innegable, pero, eventualmente, podemos darnos cuenta que aquello a lo que más le tememos no son a nuestros propios demonios sino a nuestra parte sana, luminosa, a nuestra mejor versión, a la posibilidad de conquistar esos mismos temores.

Me explico; sabemos que la duda, el temor, la desconfianza y la posible incapacidad que llegamos a sentir hacia nuestra persona es algo que se revela como natural en todos los humanos. Incluso podría decir, desde mi perspectiva, que vivimos en una sociedad que, o se encarga de resaltar esos defectos de carácter para acabar de forjarlos y volverlos definitorios, o nos vende una idea de optimismo, positividad y “desarrollo humano” que depende de una visión idealizada e ingenua de las cosas y que niega, igualmente, los condicionantes y limitantes humanos. Y es entonces que vemos que no sólo no tememos a nuestras propias debilidades, sino que, se han vuelto nuestra zona de confort, porque se han vuelto la normalidad. Y vemos también que estos nuevos sistemas que dicen “empoderar” a las personas no son más que perpetuadores de esta misma zona de confort que hacen creer a los ingenuos que ese pequeño nicho conformado por su grupo son los poseedores de alguna clase de verdad absoluta y, por lo tanto, no es necesario de compartir y, peor aún, trabajar en su refinación.

Hacer lo que estamos llamados a hacer es lo que podemos llamar nuestra misión o propósito más profundo. aquello que le da sentido a nuestra existencia y nos proporciona un lugar en el universo. Convertirnos en lo que queremos y en lo que podemos llegar a ser, desplegar nuestro total potencial es, entonces, nuestro mayor temor. ¿Por qué? porque tiene como requisito inexcusable trabajar arduamente, retar nuestras propias concepciones, cuestionar, desafiar nuestros paradigmas y los de los demás, redefinir lo que somos y quiénes somos, crecer, desarrollar, dejar de asumir que no podemos y empezar a cambiar lo que nos detiene a través de procesos lentos y difíciles, dejamos de preguntarnos por qué y empezamos a preguntarnos para qué. Esto llega a ser nuestra mayor amenaza porque eso implica que ese trabajo que no nos llena pero es estable quizás tiene que irse, o que quizás es momento de tener que tolerar el mal menor en pos del bien mayor, significa que nuestra adicción a un ingreso fijo, a ciertos objetos o a un “estilo de vida” pasa a ser obsoleta y debe rehabilitarse, es la llamada a revisión de nuestras ideas preconcebidas sobre el mundo, es lo imperioso de ser congruente con aquello que predicamos. Es aquel momento en que nuestras excusas y temores en forma de incapacidad física, mental, intelectual o emocional se tienen que ir para dar paso a la idea de que nuestro cuerpo, mente y espíritu llegue a su límite y demuestre que las reglas y normas son meras sugerencias. Mis comodidades y privilegios, mis prejuicios y todas aquellas cosas y personas que me hacen sentir cómodo y confortable tiene que hacerse a un lado y dar paso a quienes aportan pero cuestionan, critican y también apoyan sin consentir la autocomplacencia. Incluso mis enfermedades, falta de energía y esa depresión que me persigue, las sombras de mis demonios personales y todo lo doloroso que no me enseña nada se tiene que largar para no volver. Mi entendimiento y adopción de lo establecido y la aceptación de los demás se tienen que soltar para desafiar, redefinir, reacomodar y reescribir mi visión del mundo y tendré que cambiar mi aceptación social por un encuentro de ideales, valores y propósitos. Todo lo cual se dice fácil pero nos genera pavor a muchos. Por eso, simplemente, es que nuestro mayor miedo en la vida siempre será justo la mejor versión de mi mismo, la idea y la posibilidad de desbloquear mi potencial y llegar a ser todo lo que puedo llegar a ser. ¿por qué? por que ser promedio es jodidamente cómodo.

Pero, ¿no es también la mejor versión posible de toda persona, aquella que no es perfecta pero es perfectible? Me gusta pensarlo así y me gusta creer que me encuentro justo en ese camino. Es por esto que considero este como el momento de llamar a todas las persona que me rodean, conocidos y desconocidos, a romper las cadenas de sus miedos y convertirse en lo que pueden llegar a ser y no en lo que ya son. Tú, tú y tú también, que me conoces o estás leyendo esto, no pienses y no me digas lo que eres, dime lo que puedes llegar a ser. En las visiones de posibilidad radica la esperanza del cambio porque hablar de lo que ya es, es hablar de lo que no puede transformase. A ti te digo; arrojate al mar, déjate engullir por la ballena, pasa el camino que tengas que pasar pero cumple tu misión, imperfecto pero con gran coraje. Si tu propósito es el desarrollo social, la tecnología, la creación de nuevas organizaciones y la generación de riqueza o conocimientos, la salud de las personas, el acompañamiento y empoderamiento de los demás, tender la mano al marginado, alimentar al hambriento, darle voz al que se le ha acallado o simplemente contactar la esencia humana en tu tiempo aquí; yo quiero que lo hagas. Y sólo lo haremos si perdemos el miedo no a fracasar, sino el miedo a triunfar. Conviértete en lo que puedes llegar a ser porque sólo en ese breve instante somos verdaderamente humanos e inmortales a la vez.

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