Los escritores nos alimentamos de la desgracia, hay que aceptarlo. De la propia, de la ajena, qué más da, con que sea desgracia es suficiente. Si tiene una historia, mejor. Si no, se la inventamos. Si tiene consecuencias, tenemos un guion. Si no, se lo inventamos. Los escritores somos inventores de la desgracia, pues. Yo, por ejemplo, llevo años rumiando la desgracia de padecer una enfermedad que a veces me molesta y otras me tortura, y que ahora sé que no se irá a ninguna parte, y a donde yo vaya me va a seguir. (¿Pero sólo es depresión?) Ya estoy cansada de recitarles los síntomas a los doctores que visito, de convencer a los que tienen la paciencia de escucharme de que lo que vivo es real y genuino, de decirme a mí misma que tengo que poder contra ella. Tiene nombre de mujer, además (la muy hija de puta). Tienes que aprender a vivir con esto. Bueno, cómo se los explico, ya es suficientemente difícil aprender a vivir, como para que encima yo tenga que hacerlo “con esto”. “Esto” que no se nombra, que no se mira, que no se escucha, que es mejor evadir o llanamente ignorar. Es molesto, la verdad, es incómodo para todos tener que hacerle un lugarcito en el sillón a ese pinche monstruo que me acompaña, es increíble para muchos porque yo siempre anduve sola, o bueno, eso parecía. (¿Siempre has pensado así?) Sí, bueno, yo creía que así pensaban todos. Uno no va por la vida preguntándole a los otros cómo piensan, porque además es una pregunta estúpida y no tiene respuesta. Sí, siempre he pensado así, y siempre he tenido miedos injustificables y siempre he sentido la exclusión y la incomodidad en situaciones sociales. Siempre he sentido que todos son más felices que yo, o peor aún, que todos pueden ser felices, y yo no. (No es tu culpa) ¿No? ¿Estamos completamente seguros? Porque yo podría afirmar sin temor a equivocarme que casi todo lo que ha pasado en mi vida es culpa mía, y culpa mía también son los contratiempos de la gente a la que quiero, y en consecuencia mejor sería que yo no estuviera aquí. (Mátala) La de la farmacia me la volvió a hacer de pedo por la pinche receta del alprazolam, la pastillita que sirve para quedarse plácidamente dormido rápido y sin sufrir, pero cuya sobredosis no ha de causar la muerte, a menos que se le mezcle con… Bueno, qué importa, si la de la farmacia me pone peros para todo sabrá Dios con qué pinche autoridad. Tengo la nariz destrozada porque he encontrado nuevas y curiosas formas de canalizar mi ansiedad, nunca me he comido las uñas porque me dan asco, pero sus bordes, los cueritos, se han de convertir en una herida mayor si los descubro, y bueno, de la comida ni hablemos. Llevo diez –o doce- kilos extra de puritita ansiedad. (Uno deja de disfrutar las cosas que antes le producían placer). Cancelé los boletos que tenía para un concierto de Sabina, “ya lo verás cuando venga otra vez”, quiso consolarme mi mamá, “ya se va a morir má”, “¿de verdad?”, lo dije con la seguridad de quien tiene los pelos en la mano, pero sólo porque yo supongo que ya no aguanta otra gira, y yo no lo voy a ir a ver en esta porque estoy demasiado ocupada estando deprimida y ansiosa y atormentada por todo y por cualquier cosa. (Tienes que hablar de esto) He hablado de esto hasta el puto cansancio, he escrito de esto hasta el hartazgo y he llorado de esto hasta la sequía emocional, y no se gasta, no se agota, no muestra siquiera signos de debilidad. ¿Quién ganará? ¿Ganará ella, con su genética, y sus factores biopsicosociales, y sus reincidencias, con sus altas y sus bajas, con sus pocas esperanzas, su falta de energía, su pérdida de la concentración y de las ganas de vivir, con sus ideas suicidas? ¿O ganaré yo, con mi novio y mi familia, con mis cuatro psiquiatras e igual número de psicólogos –hasta la fecha-, con mi ejercicio, mi nutricionista, mis perras, mi trabajo y mis deseos de conocer el mundo? ¿Habrá necesidad de esconderme los cuchillos y darme las drogas a cuentagotas? ¿Podré, sin temor a recaídas, dejar las pastillas algún día? ¿Logrará alejarme de todo y de todos? ¿Lograré recuperar a mis amigos, mis metas, mi vida? Preguntas sin respuesta, queridos lectores, entérense de la desgracia ajena.

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P.D.- Esta entrega no estaría completa sin la orgullosa mención de un aniversario más para Grosso Modo y los grosomoderos, a ustedes es que nos debemos, a sus ojos silenciosos y sus labios discretos, que nos permiten seguir transgrediendo la mortal censura y violentando los preceptos de la moral y el decoro.

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