Un minuto de silencio por la esperanza, lectores, que como bien dicen, murió al último. Murió dolorida y llagada, agonizó durante tanto tiempo que dejó de ser ella misma y se convirtió en desazón, en indiferencia, casi en olvido. La esperanza muere al último, dice la sabiduría popular, pero no nos advierte quiénes mueren antes, ni cuánto duele. Les voy a contar: antes mueren la fantasía, los ídolos, los héroes, los esfuerzos, los ideales. Antes de la esperanza mueren las ganas, los celos, los días soleados y los días nublados. Antes de la esperanza muere la dignidad, el orgullo, la soberbia. Antes de la esperanza se muere todo, y uno tiene que asistir al funeral de cada uno de sus sentimientos y pensar en que no todo está perdido, en que la esperanza muere al último. Hoy me toca asistir al funeral de la esperanza, de ese último resquicio de ilusión que siempre queda, sin importar que tan mal se ponga el clima. No puedo decir que su muerte fue inesperada del todo, yo sabía que esto podía pasar y que sería cuestión de tiempo para que así sucediera, pero ya saben, hay cosas que preferimos ignorar. Resulta, pues, que no hay quién me acompañe al funeral de la esperanza, voy sola. Y tengo que ir sola porque ya todo se murió antes. Pinche esperanza, ¿por qué tardaste tanto en morirte? Te hubieras muerto al principio, y no estarías doliendo tanto. Ni siquiera puedo llorarte, maldita, se me acabaron las lágrimas en tus otros funerales, en los falsos, en los que te levantabas de la caja, malherida pero viva. Hoy nResultado de imagen para funeralo, ya no hay quién te reviva. No sé cómo voy a hacer para seguir sin ti, esperanza, pero tengo que lograrlo, supongo. Tengo que despertar todos los días y darme cuenta de que ya no existes, de que viste morir a todos y al final de nada sirvió tu longevidad, te hubieras muerto al principio, repito. Todos hemos de morir, pues, hasta tú, aunque sea al último. Y si todos hemos de morir yo quiero morir primero, para que todos asistan a mi funeral y lloren y se retuerzan, para que todos se
desvelen rezando rosarios por mi alma pecadora e incrédula, para que vaya yo al paraíso prometido, ese que nadie sabemos si existe, pero al que todos anhelamos ingresar. Pero eso es tema de otro día. Hoy asisto yo a tu funeral, esperanza, triste pero resignada, lo único que le pido a la vida es que me quite también los “hubieras”.

Sí, esos malditos bastardos que nos hacen idealizar vidas que no existieron y que nunca podrán existir, nos hacen imaginar mundos alternativos que pudieron ser mejores, universos paralelos donde la vida duele menos. ¿A ustedes les duele la vida, queridos lectores? ¿Se dan cuenta de cuando se les muere algún sentimiento, y se recuerdan que la esperanza muere al último? ¿Son conscientes de los hubieras que los aquejan? ¿O viven su vida en automático, sin detenerse a pensar? Si es así, hacen bien. Pensar duele. Duele ser consciente de los hubieras. Sentir duele. Despertar duele. La vida duele.

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