Desde hace algunos días he estado meditando acerca de un tema que ha estado rondando en mi cabeza. Para ser sincero he tenido bastante dudas acerca de lo conveniente de abordarlo que  no pero, debido a sucesos que explicaré más adelante, he considerado lo más sensato y ético no seguir posponiéndolo y abrir un debate (al menos conmigo mismo) sobre el asunto.

La raíz del asunto se encuentra en un grupo de watts app al cual pertenezco desde hace ya algún tiempo. En este espacio, hace algunas semanas, comienzan a compartirse videos de contenido sexual de algunas personas (desconocidas para los integrantes), todas ella mujeres, incluyendo además, junto a los videos, en algunos casos, fotografías de sus perfiles de Facebook revelando nombres, fotografías y lugares de origen. En cada ocasión esto se hizo recurriendo a memes y a la manera de un simple “chiste”. No es momento para tomar una postura puritana así que reconozco que diré directamente que miré los videos y no dije una palabra por algunas semanas aún cuando, lejos de sentir una excitación sexual, no podía sacudirme la idea de que algo en todo esto estaba inherentemente mal. Sentía que me había puesto a mi mismo en una posición voyeurista que no había sido deseada y no podía evitar la sensación de estar invadiendo la privacidad de alguien sin siquiera habérmelo propuesto. No podía evitar percatarme de que ahora sabía el nombre y detalles de las vidas de personas que nunca había visto y que, además, tenía una mirada directa a la parte más intima de sus relaciones sociales. No podía dejar de percibir un tufo humillatorio algo velado en la forma en que se presentaban esos archivos. Cuando finalmente llegó el momento de reconocer estas sensaciones decidí abrirlo en dicho grupo y expresar el desacuerdo. La respuesta me sorprendió. Pasó de un simple “pues no los veas” a una burla por no “saber reconocer” que eran simples “videos pornográficos” (cuando era más que obvio por las características del material que no era así) a una nueva burla por la idea expresada y las palabras utilizadas, en cada caso sin lograr siquiera que se contemplara por un minuto la validez del argumento. Pareciera que no se pudo hacer porque no hablábamos de personas sino de objetos, de algo lejano, de algo intangible, de algo que está en el anonimato del internet y que, por ende, asumimos que es algo ficticio o atrapado en un limbo, pero definitivamente no personas. Sobra decir que nada ha cambiado.

Digo que la respuesta me sorprendió no porque no la hubiera presenciado antes (desafortunadamente) sino porque en este caso no era una nota periodística, un comentario en alguna red social o un acto de alguien que no tuviera nada que ver conmigo pero sí dichos y hechos de personas que me gusta pensar conozco bien, que considero amigos y tengo en un concepto diferente. No quiero hacer un ataque, sobrereaccionar o cubrirme de un manto de puritanismo que difícilmente me queda pero sí me veo obligado a contrastar lo que sucedió y las reacciones que observé con hechos que se presentaron después y que me llevaron a decantarme por escribir esto. ¿Por qué? porque lo considero un síntoma de una enfermedad que cada vez menos aparece en los otros y cada vez más se esparce entre los nosotros.

El primer suceso fue leer la resolución de un juez en el caso de Daphne Fernández y los llamados “Porkys”. Diego Cruz, implicado en la violación a esta joven y que hace poco fue extraditado desde España obtuvo un amparo de mano del juez federal Anuar González Hemadi quien explica en su resolución que: “…si bien es cierto que Daphne Fernández, que tenía 17 años en ese momento, declaró que el imputado, junto a sus amigos, le “tocó los senos, le metían sus manos debajo de la falda y [Cruz] le introdujo sus dedos por debajo del calzón y se los introdujo en la vagina”, no observa una intención “lasciva” ni que Cruz tuviera la intención de “copular”. Por ello concluye que no considera lo sucedido como un acto sexual, sino un “roce o frotamiento incidental”. Puesto de otra manera; cualquier puede tocar a una menor de edad y salir impune si no se tiene la “intención de copular”, cualquiera puede introducir los dedos en la vagina de tu novia, hermana, tía, madre, hija, nieta, sobrina o amiga además de llevársela a la fuerza y caminar libre si no se observa una “intención lasciva” o no hay “placer” en la contraparte. Porque a eso se reduce el cuerpo de la mujer; a un instrumento de placer que, si no lo brinda, permanece en la categoría de decoración, no sujeto a derechos ni responsabilidades legales y humanas.

Casi al mismo tiempo, pero esta vez en Oaxaca, fallece Jennifer Antonio Carrillo de un infarto después de estar hospitalizada más de un mes por presentar quemaduras en más del 70% de su cuerpo luego de que su pareja le roció gasolina y la prendió en fuego. Dejó a un hijo de 3 años y su atacante sigue prófugo. También y apenas hace una semana, un BMW transita la avenida Reforma a casi 200 km/hr. y termina estrellándose contra un poste y partido en dos. Como resultado dos hombres y dos mujeres fallecieron de forma brutal mientras el conductor (en estado de ebriedad y bajo el influjo de drogas) sobrevivió y se encuentra en el reclusorio norte esperando audiencia frente a la acusación de homicidio imprudencial. En cualquiera de las diversas notas periodísticas que se difundieron al respecto se pueden leer comentarios acerca de como las dos mujeres que viajaban en al auto eran, seguramente, “mujerzuelas”, porque no podía ser que hubieran salido con hombres, de madrugada, bebiendo alcohol y viajando en el mismo auto estando casadas o viviendo en casa de sus padres, mejor dicho, sin ser putas.

Esa es la realidad de nuestro sociedad y el ideario que hemos ido construyendo. Uno en donde mis alumnas me piden consejos de pareja por novios que las han golpeado, que las obligan a “ganarse su confianza” haciendo que bloqueen contactos de redes sociales o dejen de hablar con otros amigos hombres mientras ellos realizan humillaciones públicas frecuentando a otras mujeres o, en el peor de los casos, divulgando material como el que relaté al principio de todo esto dejándolas en estados depresivos francamente graves que desembocan an autoagresiones y riesgos serios a su integridad. Esta es una realidad en la que he tenido la experiencia de tener dos ex parejas que sufrieron intentos de violación; una a manos de su jefe en ese momento y otra siendo drogada por sus propios amigos y compañeros de servicio social. ¿De verdad no nos damos cuenta de que toda conducta tiene una puerta de entrada?, ¿de verdad somos tan ciegos como para considerar que la vida virtual de una persona no deja registro, no afecta, que no representa a un humano de carne y hueso?, ¿de verdad creemos que podemos hacer esto y seguir siendo congruentes con las mujeres en nuestra vida?, ¿de verdad creemos que compartir esto es una simple broma en la que nadie sale herido?, ¿es acaso que todos somos parte de este problema que está dejando un mundo más inseguro, más inequitativo y más brutal para las mujeres sin darnos cuenta o, pero aún, conscientemente? No lo sé, pero lo que si tengo seguro es que no quiero ser parte de esto, no quiero perpetuar esto, no quiero ser participe de un mundo que no sólo rebaja, somete y humilla a una mujer sino que, francamente, la somete a una realidad brutal que mutila y asesina. No quiero tener manos manchadas de sangre porque una cultura que minimiza estas expresiones es una cultura que educa verdugos, no hombre, objetos, no mujeres. La próxima vez que tengan en sus manos este tipo de material les pido que reconsideren y se planteen no a una madre, hija, hermana o pareja, sino a un ser humano. Porque hay una parte en mi que sigue creyendo que deberíamos de comportarnos decentemente solamente por el hecho de ser seres humanos. Quizás se esté volviendo anticuado en esta época.

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