Cuando reparé me di cuenta que no sabía cómo había llegado a este desierto. A este lugar surrealista y olvidado de Dios en donde nada obedeces leyes de la física o cualquier tipo de ley para estos efectos. Sólo sabía que todo este tiempo habían sido días pero parecían años al mismo tiempo y esos mismos días habían transcurrido con relativa tranquilidad en el camino. El sol estaba alto y pegaba directamente en el techo e mi auto haciendo que todo pareciera un gigante horno de aluminio, montañas, arena y desasosiego. Nunca reparé en la ausencia de agua y comida cuando empecé este viaje y ahora moriría por un poco de agua descendiendo por mi garganta de la misma forma que el sudor corría por mi frente y caía en mis ojos. Por un breve momento en mi mente quise derrapar y estrellarme contra alguna roca pero al pestañear me di cuenta que fue sólo soñar despierto. Manejando en línea recta y a toda velocidad con las mismas dunas y montañas en el horizonte de pronto me pareció ver algo que nunca antes había visto en este lugar y que no estaba del todo seguro que fuera real considerando las circunstancias; a la distancia en el hemisferio izquierdo de esta gran nada se erigía lo que parecía ser un oasis. Mis ojos no daban crédito a lo que veían y tras apartarse del camino regresaron a enfocarse al frente sólo para alcanzar, por milímetros, a esquivar a una vaca negra parada junto en el medio de la enorme línea de asfalto. Mi corazón se estremeció y mis manos se aferraron al volante con todas sus fuerzas mientras lo giraban a toda velocidad para evitar una muerte absurda. No vi toda mi vida pasar frente a mis ojos, sólo quedaron dibujadas dos líneas paralelas de neumáticos tras de mi y toneladas de arena flotando en el aire al descarrilar. Cuando recobré la lucidez y voltee para ver al animal que casi causa mi muerte no pude encontrar nada pero al otro lado el presunto oasis seguía resplandeciendo con el reflejo de los rayos del sol en un espejo de agua que parecía cristalino y refrescante. Medité por medio segundo y decidí ponerme en marcha hacia el lugar, aceleré mientras una parte de mi se sentía temerosa de no saber qué es lo que podría encontrar. Como precaución inconsciente apagué la radio y entré en estado de alerta mientras mantenía los ojos bien abiertos en caso de que cualquier signo de peligro se asomara y amenazara. Al irme acercando cada vez más comencé a percibir en el ambiente una voz que cantaba desde la distancia. Era una voz femenina de notas peculiares que podría pertenecer a cualquier, se sentía como si pudiera conocerla y al mismo tiempo me daba cuenta que nunca antes la había escuchado. Algo en mi sentía que debía girar en 180º y regresar por donde había venido pero de alguna manera esa voz me hacía querer averiguar desde donde emanaba y qué era lo que decía. Era como si pudiera escuchar las palabras, saber que las conocía pero no entenderlas al completo. Era un enigma sonoro de frecuencia y tono distintivo. Una melodía dulce y un puzzle lingüístico. Decidí seguir y de repente el suelo cambio de arena dorada a un verde esmeralda representado en plantas que cubrían todo el lugar. Aparqué el auto y descendí. Un pequeño mundo de palmeras, enredaderas, flores y lavanda se atendía frente a mi mientras se escuchaba el sonido del agua caer en algún lugar cercano. Me descalcé y pude sentir el tacto de la naturaleza con mis pies, el ambiente era fresco y húmedo, me refrescaba y sentía una ligera brisa en la cara. Conforme avancé pude eventualmente llegar al espejo de agua que había a visto anteriormente. El reflejo del sol en el líquido me cegó momentáneamente, aparté la vista y cubrí mis ojos sólo para encontrar un hermoso oasis de color turquesa, era diferente a todo lo que hubiera visto antes y al mismo tiempo exactamente igual a todo lo que pudiera esperar de semejante lugar. Me arrodillé dichoso de encontrar finalmente un poco de agua y gatee hasta llegar a la orilla en donde junte mis manos para beber un sorbo de aquello y sentí la gloria del cielo en la garganta. Me sentí experimentar cada gota y cada pequeño sabor en mi paladar pero enseguida no pude evitar ceder a la tentación y a mi naturaleza y quise acaparar toda esa agua y bebérmela en un trago. En medio de éxtasis apenas pude percatarme de que el sonido que en un principio había escuchado había desaparecido hacia minutos y justo ahora reaparecía; dulce y melodioso. Me sentí Ulises y me levanté para encontrar la fuente de los cantos. Después de rodear la capa de líquido que me había salvado encontré una pequeña y pacífica cascada y debajo de su velo una gran roca en la cual yacía algo o alguien a quien mis ojos no daban crédito. Me froté los globos oculares pero la imagen persistía; se trataba de una sirena como aquella de todos los mitos, descansando plácidamente en la roca mientras mojaba su cabello con el agua de la caída. Su torso era humano pero debajo de la cintura era una criatura marina. Mientras pasaba sus dedos entre su cabello cantaba una canción que no lograba entender del todo pero que era igualmente hermosa. La tensión en mis puños se desvaneció y me quedé petrificado escuchando, era como si me hubiera hechizado y no pudiera resistir el magnetismo que me hacía parecer un satélite en su órbita. Algo en mi sentía temor sólo para ser casi instantáneamente tranquilizado por la voz y el reflejo del sol en su piel y sus ojos. Entré en el cuerpo de agua y mojé mis pies, aunque quise no pude acercarme más, parecía estar paralizado. La sirena se percató de mi presencia y nadó hasta mi, se perdió de mi vista por unos segundo y su cuerpo apareció nuevamente frente a mi saliendo del agua. Me miró fijamente y pasó su mano por mi rostro. Yo caí de rodillas. Ella no habló simplemente siguió musitando su ininteligible canción que mostraba un tesitura de voz que jamás había escuchado en ningún otro lado. Antes de percatarme de que la tenía entre sus manos ella tomó una jarra tallada en bronce y decorada con la historia de mi vida y la llenó del agua cristalina de ese manantial venido a oasis al tiempo que la vertió en mi boca. Acepté gustoso los tragos y sacié mi sed. Cada trago de agua se sentía como un pedazo de vida que mi garganta y mi cuerpo absorbían con deseos de ser inmortal y de no terminar ese momento nunca. Cuando sacié mi sed levanté la mirada y quise mirar el bello rostro de la sirena, contemplando cada línea en su piel y la forma en que su cabello se volvía tornasol. Obedeciendo a mis instintos bajé la mirada y pude ver su pecho, no había nada cubriéndolo más que su cabello posado sobre sus pechos. Entre ellos una gran cicatriz que podría jurar atestiguaba un transplante de corazón. Cuando pude incorporarme de dicha imagen intenté tocar los contornos de su rostro pero al primer tacto de mis dedos ella apartó mi mano y sólo me permitió continuar admirándola. Al segundo intento de querer tocar su mejilla ella apartó mi mano por segunda vez y sólo hizo un ademan con su dedo para indicarme que guardara silencio. Tomó de nuevo su jarra y me dio de beber pero algo cambió; esta ocasión ya no era agua refrescante y pura lo que descendía por mi garganta sino un amargo licor que quemaba mi esófago. Intenté apartarme pero me sujetó con su mano por el cuello y me obligó a finalizar el contenido. Ebrio y desorientado tuve arcadas y cuando por fin pude reincorporarme mi vista se levantó y la sirena se había ido junto con la totalidad del oasis. Todo era arena, rocas y naturaleza muerta nuevamente. Mi garganta aún quemaba por el elixir que me vi obligado a beber y mi cabeza se sentía como si hubiera sido golpeada por un mazo hasta que el brazo que lo balanceaba se cansó de hacerlo. Mi auto estaba a unos metros de mi y parecía haber estado abandonado durante años. Me sentía desfallecer y, tirado en la arena, por un momento me pareció ver buitres sobrehilando lo que pronto podría ser mi cadaver…todo había sido un espejismo salvo la sensación de desolación y desasosiego con la que inicié.

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