La terapia psicológica no es para mí. Una vez dicho lo anterior procedo a mi disertación quincenal de preferencia, la de cómo y porqué la vida me ha puesto en este lugar y qué hago yo al respecto. Resulta que mi bolsillo y mi psique ya se cansaron de las pastillas. Un mes sí y al otro también la del mechón azul decide subirle una pastillita por aquí, una pildorita por allá; un mes si y al otro también la de la farmacia me la hace de emoción con la droga controlada, ahora resulta que ya no la van a vender; un mes sí y al otro también el precio fluctúa, casi siempre a la alza; ya no puedo. Ya no puedo con las dosis, las combinaciones, el coctel, los precios, el dependiente de la farmacia, la farmacia uno, la farmacia dos, la farmacia tres, los horarios de las farmacias, los teléfonos de las farmacias, las ineptitudes del que atiende, las buenas intenciones de mi marido, los prejuicios de mi mamá, la presión de la psiquiatra, que no voy a ir a terapia y punto. Han pasado por mi cabeza todo tipo de soluciones fantasiosas desde dejarlo todo por la paz y tirar las pastillas al excusado, pero me enfrento con el problema de la abstinencia y la recaída, y nadie quiere eso queridos lectores, menos ustedes que, aunque contados o probablemente imaginarios, leen esta retahíla de quejas con compasión, con diversión o incluso hasta con cariño, y les digo que no quieren eso porque simplemente dejarían de leerme. Yo dejaría de escribir, dejaría de tener ganas de hacerlo, dejaría de tener ganas de vivir, dejaría de vivir. Una vez dicho lo anterior descartamos esa opción. También he imaginado que llega a mí alguna cura milagrosa, algún té, alguna hierba, algún algo que me permita dejar el montón de pastillas, que me quite la ansiedad, que desaparezca las preocupaciones obsesivas, que elimine la irritabilidad, que se lleve los temblores, que me deje las ganas de vivir y de hacer cosas, que me permita experimentar felicidad o al menos sentir la posibilidad de experimentarla. Pero ese algo no existe. Fin de esa posibilidad. Hacerme hippie: vestir con tejidos naturales, comer nada más verduras, no generar basura, coexistir con el mundo en santa paz, abandonar la tecnología –lo que implicaría dejar de trabajar, pero déjenme seguir con mi sueño, que nada cuesta-, ponerme flores en la cabeza, ir por el mundo en una combi esparciendo el mensaje del amor, ¿por qué no viví los sesentas? Bueno, ya, eso tampoco se puede y tan tan. Seguir como estoy: asistir con la psiquiatra y confiar en que algún día me bajará las pastillas: no hasta quitármelas, porque no me las va a quitar si no voy a terapia, y no voy a ir a terapia. Confiar en que no voy a recaer, en que yo puedo enfrentar la vida y en que la vida no es un oponente imposible. Confiar. Es casi como tener fe, y yo por algo no soy una ferviente religiosa: me cuesta tener fe. Me cuesta creer que algo que no veo, ni siento, ni puedo escuchar o tocar, va a solucionar mis problemas. De ser así, regreso a la opción de dejar las pastillas y empiezo a frecuentar la iglesia: seguro será más entretenido y más barato. Siento que estoy metida en un problema irresoluble. Como casi todos mis problemas, probablemente en la realidad sea un problema pequeño y yo me las he arreglado para convertirlo en un monstruo al que no puedo enfrentar, y qué les digo, tengo una enfermedad mental, y ella se encarga de ese y muchos otros trucos que han formado, o deformado casi todo lo que va de mi vida adulta, al principio sin darme cuenta, muchas veces torturándome, otras pocas consintiéndolos. No sé qué hacer. Lo digo con la desesperación propia del que se ahoga, con el dolor de quien se quema, con la tristeza de quien se marcha. No sé qué hacer. Como tantas otras veces, quisiera caer dormida y despertar dentro de tres meses y que todo haya cambiado. Pero no puedo. Y ya pasaron los tres mesResultado de imagen para unicornioes, y seis, y un año, y año y medio y yo sigo aquí, siguiendo todas las instrucciones –o casi todas, repito, no regreso a terapia-, tomándome las pastillas, haciendo ejercicio, respiración, terapia de arte, ocupacional, casi cualquier cosa que me recomiendan o que se me ocurre para salir del hoyo, y aun así excavando ocasionalmente con la lámpara descompuesta y las manos llenas de barro, esperando que un unicornio aparezca y me lleve volando sobre un arcoíris brillante hasta un paraje mágico y maravilloso donde todo huela a rosas y sea pura diversión. Que tremenda estupidez.

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