He estado en el camino por varias semanas. Miro el tablero y la señal de la reserva de combustible está encendida. Mi auto no va a resistir por muchos kilómetros más. Decido orillarme y bajar. Me recargo en el techo y enciendo un cigarrillo, después de un par de caladas comienzo a caminar buscando algún sendero que quizás haya sido recorrido anteriormente por alguien más. A cada paso que doy mis zapatos levantan arena como si fueran olas microscópicas que viajan en este océano de nada que se encuentra frente a mi. Tomo mi billetera del bolsillo trasero derecho donde siempre está y la abro frente a mi..nada, ni un sólo billete o moneda. Los últimos días mi dinero se ha ido como agua por el grifo. No queda otra opción, deberé seguir caminando al menos por un rato más. Es curioso, el atardecer está frente a mi pero se superpone con la noche de forma intermitente como si en cuestión de minutos los días se alternaran de forma caprichosa y con un sentido del tiempo surreal. El calor y el frío hacen lo propio y diferir el lugar en donde estoy se vuelve más complicado. Después de recorrer algo que no sé si fueron algunos metros o algunos kilómetros mis ojos logran enfocar una misteriosa luz a lo lejos, como dibujando un sólo naciente en el horizonte. No tengo idea de que se trata así que decido dirigirme hacia ello. A cada paso que doy pareciera que la distancia se agranda más, la luz pareciera permanecer estática a pesar de que el dolor de mis pies me dice que todo lo que he recorrido ha sido real y no sólo un producto de mi imaginación o una alucinación que indique algo peor. He andado por horas y me siento desfallecer, no soporto mis pies y la respiración me falta, el pecho me oprime y siento que no puedo respirar. Me desvanezco y caigo en la arena como quien es ejecutado por un francotirador escondido en las sombras. Mis labios están resecos y me encuentro sediento. Con las pocas fuerzas que me quedan enderezo mi eje y me siento poniendo mi cabeza entre las rodillas. Trato de respirar profundo y limpio el sudor que escurre entre mis pestañas y sobre mis ojos. Desamarro las agujetas de mis zapatos y los retiro de mis pies. Mis calcetines están llenos de agujeros y húmedos en parte por el sudor y en parte por la sangre. Los retiro poco a poco de mis pies tratando de minimizar el dolor por la piel que se ha quedado adhería a ellos en medio del encierro, la humedad y las llagas. Una vez que mis pies están descubiertos veo dos miembros moreteados, llenos de sangre y ampollas, con un dolor imposible de ignorar y temblando ante la idea de dar siquiera un paso más. Los veo y pareciera que estigmas surgen de entre ellos. Cierro los ojos y trato de evadir la idea del dolor pero a través de mis párpados una luz dorada resplandece como oro frente a mi. Uso mi mano para hacer sombra y trato de abrir mis ojos. No sé explicar muy bien lo que vi delante de mi. En medio de lo que parece ser un sol a escala con un brillo equiparable al astro rey está un ser indescriptible. Sentado en posición de loto y flotando a un metro sobre el suelo posee cuerpo de humano en una túnica de monje y cabeza de lobo con una aura dorada y púrpura que le rodea. Sus ojos esteparios están clavados en los míos y no pronuncia ni una sola palabra. Solamente veo su hombro descubierto y su mano derecha levantada. No comprendo que está pasando pero de inmediato me doy cuenta que aquella luz que divisaba en el horizonte era su aura. Sin saber muy bien cómo me incorporo y le pregunto su nombre; no me responde, pregunto qué es y me responde -soy un chamán-, pregunto qué quiere y dirigiéndose a mi dice -que tú tengas las respuestas a las siguientes preguntas-. Él nota la confusión en mi mirada y sin perder su postura levitante me dice que he querido leer la Carta de Esculapio sin haber siquiera aprendido a cicatrizar una herida en mi mismo. En su mano derecha aparece una daga y sin mediar palabra realiza un corte rápido y certero en su palma izquierda del cual de inmediato brota una cascada de sangre. Él no se inmuta. Me muestra su palma lacerada y con un dedo que tiene garra por uña señala el corte al tiempo que me dice; “el dolor de las heridas es inevitable, es sano, es terapéutico y útil, nos dice que algo está mal y llama nuestra atención era remediarlo y ponerle un vendaje. No temas nunca experimentar dolor porque es tan natural como la vida misma, es inherente a esta. Eventualmente toda herida cicatriza si se le deja respirar y se le limpia adecuadamente. No luches por arrancar tus costras, no quites el vendaje antes de tiempo, no temas desinfectar y cauterizar, no temas gritar al hacerlo. Y sobre todos las cosas no caigas en la vanidad de pensar que una cicatriz (que definitivamente quedará) es un símbolo de fealdad o una marca indeseable porque es bien sabido que las cicatrices deforman el tejido sobre el cual se formaron pero también marcan una lucha más ganada, una guerra pasada y un soldado que sobrevivió al combate y aún se mantiene en pie. No dudes que una cicatriz cambiará tu aspecto y tu mente, no dudes que dolerá y que sanará, no dudes que será un símbolo de tu lucha en la vida y te hará digno de respeto y crecimiento, será tu trofeo. Es sabido”. No supe como pero, de un momento a otro, yo también me encontraba flotando en el aire. El chamán movió su mano en el aire como dibujando un cuadricula y de inmediato mi cuerpo comenzó a desintegrarse en varias partes como si se tratara de un rompecabezas aunque no experimenté ningún dolor y mi consciencia seguía plena, como si de alguna manera me viera a mi mismo pasando por ese proceso desde afuero de mi corporalidad. Ese hombre con cabeza de lobo y túnica de monje observó cada una de las piezas que integraban mi “yo” detenidamente sin emitir ninguna palabra, como si estuviera meditando en el rincón más profundo de su alma la esencia y la forma de cada parte. Pasado un tiempo que no estoy seguro si fueron cinco minutos o diez años, asintió como si hubiera encontrado las palabras que buscaba y de pronto todo mi cuerpo se volvía a integrar en un todo. Abrí los ojos y el chamán había desaparecido. Yo continuaba en el desierto pero me encontraba en medio de la noche más estrellada que hubiera visto jamás. Me recargué en el techo de mi auto y tomé aire de la misma forma en que un buzo se va elevando para no despresurizarce. Subí y giré la llave, el depósito de combustible estaba lleno. Yo estaba ligero pero no vacío. Bajé el cristal del conductor y me puse en marcha de nuevo a lo largo el camino. Tengo mucho que recorrer.

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