Si fumara ya me habría acabado la cajetilla. No es ni el mediodía y llevo ya cuatro tazas de café. Sí, ya me dijo la psiquiatra que le baje a mi dosis de cafeína, que tome canela, que corra, eso sí me hizo reír, que corra, si cómo no, ahorita mismo me pongo los tenis y voy a exhibir mi falta de coordinación por todo el pueblo. ¿Se acuerdan de la del mechón azul, lectores? Pues ella es la que tiene tan geniales ideas. También me pidió llevar impresa no sé qué madre de una teoría de sueño saludable. Volteo a mi izquierda: Luma está dormida plácidamente en mi lugar, eso sí que es sueño saludable. Sí, ya la dejamos subir a la cama. Se lo ha ganado. Y yo la necesito. No me gusta aceptar lo dependiente que soy, de ella, de mi marido, de mis padres, de mi depresión…

Claro, ¿qué creen que no lo sé? Lo sé bien, queridos lectores, que estoy echa de lo que estas y otras figuras han querido que yo sea: la humana amorosa y responsable con quien salgo a pasear regularmente y que me alimenta, me mima y me baña; la mujer buena aunque difícil, con quien como y duermo, con quien vivo y sueño; la hija perfecta que en realidad no lo es, pero qué le vamos a hacer, salió rarita y así tenemos que quererla; la pobre alma en desgracia que tiene que vivir conmigo, su cruz, su personalidad, su enfermedad mental, sí, es feo decirlo pero eso es lo que soy, ella tiene que aprender a quererme o por lo menos a tolerarme porque no me voy a ir, no puedo, vivo en su cerebro, puede tomar pastillas o ir a terapia o las dos, puede hacer yoga y tomar mucha agua y viajar por el mundo y pretender que todo está bien, pero sabe que existo, y que me puedo presentar en cualquier momento y joderle la vida, no me culpen, yo soy así, sigilosa, oscura, escurridiza, llego y me instalo sin invitación y sin remedio, la perra ayuda, es verdad, y ayudan también el amor incondicional y la aceptación, pero no me voy a ir.

¿Por qué nunca le habré agarrado el gusto al cigarro? Por una parte me da gusto, la parte en la que mi boca no apesta a cenicero y mis pulmones no parecen chimenea de leña; por otra parte me digo que tal vez eso me hubiera ahorrado otros vicios… Nah, a quién quiero engañar, los vicios que tengo los tendría aunque fumara, así que al menos me libré de uno. Otra taza de café, me empiezan a temblar las manos, esa es la señal de que debo detenerme. Tengo la fantasía de que mi taza se rellene automáticamente de café caliente y endulzado a mi gusto. Ya sé que no se puede, ni los aparatitos gringos que “calientan” la taza me servirían: sólo la dejan medio tibia, ya investigué. Pensándolo un poco no parece que lo que quiero sea calmar mi ansiedad sino más  bien disfrazarla, ignorarla con cualquier cosa que me sepa mejor que las chingadas pastillas que siguen aumentando y me están minando el bolsillo. La comida la tachamos de inmediato porque, vanidosa como soy, me estoy matando de hambre para bajar los diez kilos que, no están ustedes para saberlo, subí desde septiembre. No parecían diez, pero lo son los muy malditos y estoy determinada a acabar con todos y cada uno de ellos. Así que no me queda más: beberé café que se enfría y temblaré sin remedio mientras no encuentre mejores alternativas.

Soy el café amargo y poco que dejaste enfriarse abandonado dentro de la taza.

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