Claro que si ustedes leyeron el artículo de mi querido colega, Omar Ojeda, ya saben que le robé al menos el título de mi tardía entrada, y ya de paso la inspiración. No voy a omitir decir que comparto su dolor y y con tristeza admito que también he experimentado ese sentimiento. Una cosa puedo decirte con seguridad amigo: un corazón no se rompe dos veces. Ese dolor excruciante que se asoma infinito entre cada poro de la piel no se repite. No pretendo que sea eso un consuelo, porque sé de sobra que en momentos de zozobra no hay consuelo que valga, y por lo tanto me ahorro el comentario incómodo y la sonrisa compasiva. Si en algo te conozco sólo me queda decir que después de haberte hundido en el barro inmundo de la desgracia, te has de levantar victorioso y limpio, yo no sé cómo, pero hasta perfumado. Disculpa o permíteme el atrevimiento de inspirarme en tus palabras, porque mi vida ha estado un poco aburrida últimamente y ya quemé la carta del bloqueo de escritor, por lo que, habiendo encontrado entre tus letras, como siempre, una joya de sabiduría, me permitiré expandirla hasta los límites más impensados e imposibles, no con el afán de hacerla mía, aunque sí deseando yo ser suya.

“Los relojes que giren a la izquierda”, leí con asombro. Bueno, sí que los hubo. Cuando el reloj fue inventado giraba indistintamente hacia la derecha o izquierda. Cabe mencionar que el Big Ben fue originalmente diseñado para girar a la izquierda. Con el paso del tiempo el sentido que conocemos hoy se popularizó por alguna o muchas razones que desconozco y el gran marcatiempo londinense tuvo que ser modificado. El diseño moderno también se ha atrevido a crearlos, a la izquierda, con los números caídos, como sea. Pero eso no importa, desear que existan relojes que giren a la izquierda se trata de regresar en el tiempo y no cometer las estupideces que uno cometió. En una época de mi vida que hoy parece muy lejana pero que en realidad no lo es, yo deseaba con ahínco y devoción poseer uno de esos. Una frase que me dijo mi confidente, harta de escuchar mis lamentos, me marcó: “deja de intentar cambiar el pasado”. Me retumba aún en los oídos, en las entrañas, en el alma. Tenía razón: es algo que yo no puedo hacer. Y digo “yo” por guardar la esperanza de que en algún universo paralelo Dios o la vida o el creador o en quien ustedes crean, sea tan misericordioso de permitirme tomar mejor decisiones en el momento oportuno y, por decirlo de la mejor manera, no cagarla tanto. Me repito esa frase cada vez que la culpa y el arrepentimiento me carcomen: lo que fue ya fue, lo que no quiso ser ya no será. Las oportunidades no regresan.

Al escribir esta última frase me doy cuenta de que no me arrepiento de no haber tomado ninguna oportunidad, muy por el contrario, me encuentro arrepintiéndome de haber dado de más. De haberme esforzado demasiado. De haberlo querido todo. Esa niña ambiciosa, siempre queriendo ser perfecta, tener objetivos perfectos, rodearse de gente perfecta, tomar decisiones perfectas, tener una vida perfecta. Esa niña frustrada, por supuesto, por no decir pendeja. A mí nadie me enseñó a aspirar a la felicidad. Me enseñaron a aspirar a la perfección, y llegué, hace suficiente como para ya haberlo asimilado, al punto en el que me dí cuenta de que todo eso era imposible. De que había vivido toda mi vida persiguiendo cosas que no existen. ¿Qué se hace con eso? Se compra un reloj que gire hacia la izquierda. ¿A qué punto regresarías? Me está preguntando la vocecita jodona que vive en mi cabeza, la que ya bien conocen ustedes, queridos lectores, y que seguramente todos tienen, aunque probablemente muchos ignoran. ¿A qué punto regresarías? -insiste. Bueno, no regresaría al vientre materno, eso seguro. Regresaría sin dudarlo al punto en el que comencé a tomar decisiones conscientes (y malas). Al punto en el que dejé la inocencia y me sumergí enterita en el mundo de las responsabilidades y las consecuencias.

Resultado de imagen para reloj con numeros caidosPero que bueno que no hay relojes que giren a la izquierda. Que bueno que no puedo regresar en el tiempo y deshacer las pendejadas que hice. Que bueno que tengo que vivir con las consecuencias de mis actos, que bueno que no hay vuelta atrás. Así no me tienen que doler otros dolores, ni me tienen que decepcionar otros amores ni tengo que tomar otras decisiones. Que bueno que la vida me trajo a donde estoy y que bueno que me lleve a donde estaré. Que bueno que abro los ojos todos los días a una vida que yo elegí. Sí, ha dolido. Sí, es verdad, me he equivocado. Sí, lo seguiré haciendo. Pero también es verdad que me ha gustado, que la he gozado y que me he reído. Es verdad que he bailado y cantado y bebido. Que he disfrutado con amigos y con amores, que he sentido que estoy en la cima y que todo es felicidad y que puede seguir así. Pase lo que pase, la vida sigue y el show debe continuar. Yo ya no quiero un reloj que gire a la izquierda.

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