Resultado de imagen para TIBURON CON DIENTES DIBUJO-“Yo voy a elegir el colmillo de mar”

-OK- respondí dubitativa, no sabía si el escuincle me estaba tomando el pelo otra vez. Rápido googleé qué carajos es un colmillo de mar y una criatura que vive en el mar y que parece un colmillo se apareció en mi pantalla. Es un invertebrado, eso lo sé, y no sólo eso, es el invertebrado de elección de mi estudiante de diez años con capacidades intelectuales superiores y eso lo convierte en el invertebrado de interés para mí también. Mi primera reacción fue preguntar, tan segura de mí como pude, si él alguna vez había visto ese animal, su respuesta me tranquilizó “no”. Bueno, pues tu tarea será hacer una investigación sobre el colmillo de mar, y con eso salí del paso. Ahora que me dedico a la docencia reflexiono cuantas veces mis profesores utilizaron artimañas como esa: no fueron pocas. Uno tiene que echar mano de lo que tiene para conseguir lo que quiere. En este caso en particular, conseguir lo que quiero es lograr que un niño de diez años que vive en Alaska siga interesado en aprender español, aun cuando avanza a mayor velocidad que cualquier estudiante adulto y aun cuando su profesora es demasiado holgazana (e ignorante, desde su punto de vista). El menor en cuestión me ha hablado de mitología griega, romana y nórdica; de animales reales y fantásticos; de literatura, geografía, historia y matemáticas; y también eructa en clase y vitorea cada vez que lo eximo de tener tarea. Sus hermanas son su peor enemigo y su conejo protagoniza casi todos los ejemplos que le pido. Tiene una chihuahua, aunque asegura que es un gato en realidad y otra perrita que es su “antagonista”, como dice él. Debo confesar que me da miedo elegir los materiales que le presento: encuentra los errores más mínimos y resuelve con impresionante rapidez la mayoría de los problemas. La media hora que pasamos juntos cinco veces por semana es, normalmente, la media hora más desafiante de mi día. También es muy divertido, sus ejemplos y ocurrencias me hacen reír con bastante frecuencia, y lo hace a sabiendas. Es carismático, aunque un poco sociópata. No me atrevo a diagnosticarlo a tan temprana edad pero sus rasgos son los de alguien que puede convertirse ya sea en un genio o en un peligro. Su sobresaliente inteligencia, su carisma, su tendencia hacia la violencia como un método de relacionarse con el otro.

No soy su psicóloga, es verdad, pero lo que uno sabe ya no puede nunca dejar de saberlo, y lo que veo no podré nunca dejar de verlo, los patrones, los comportamientos, lo simbólico. Si lo pienso un poco, quisiera haber sabido lo que sé ahora hace diez años. Habría podido reconocer el patrón desde el inicio, habría sido lo suficientemente inteligente para identificar al lobo que se me ponía enfrente vestido de corderito, le habría visto los colmillos, las garras, el hambre. No habría sido una presa tan fácil, hubiera huido. Ya aprendí a no culpar a esa niña que nada tiene que ver con la mujer que soy ahora, la que sabe que cuando un hombre se le presenta contando cuentos chinos no debe creerle, que si ese mismo hombre tiene un pasado turbio pero un futuro brillante no debe imaginarse que lo va a vivir con él, que si el susodicho le endulza el oído con poemas de amor y promesas de ensueño debe ponerlo todo en tela de juicio, que las llamadas no contestadas y las acciones inexplicables sí tienen una explicación: estás siendo presa de un abusador. La mujer que soy ahora sabe que pronto llegaría la primera pelea, el primer fin catastrófico, las primeras lágrimas, digo con tristeza las primeras porque no serían las únicas. También llegaría la primera reconciliación, la promesa de un cambio mágico e inminente, el “nunca va a pasar de nuevo”. Pero pasaría, pasaría otra vez y otra y otra y  otra hasta matar o morir. Pasaría sin importar lo que dijera nadie, especialmente él, el que prometía, el que convencía, el que chantajeaba, el que abusaba.

A esa niña de hace diez años le diría, si pudiera… todas las cosas que no puedo decirle después de diez años de crecer a tropezones, de buscarse una vida, de aprender por la buena o por la mala, muchas veces sintiéndose tan insignificante e invertebrada como un colmillo de mar.

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