Eran poco más de las tres de la tarde. La sala de espera del hospital estaba desierta, con sus paredes blancas y sus sillas azules; un pasillo largo y frío, para aquellos que sacrifican su tiempo en pos de su salud. Mi madre y yo éramos las únicas ocupantes de dos incómodos puestos lo más cerca posible de la salida, solo el silencio y los secretos familiares nos acompañaban. Es la tercera psiquiatra que visito en un año, pero de eso no se habla. (Shhh, léanlo bajito, queridos lectores, porque creo que es pecado).  Cinco minutos después de la hora de mi cita subió una chica un poco mayor que yo, con un mechón pintado de azul, al igual que yo cuando tenía trece, y una mochila pesada, idéntica a la mía cuando iba a la escuela, y unos tenis como los míos, porque ya no uso tacones más que en ocasiones especiales. No puede ser ella, pensé. Musitó un tímido “buenas tardes” y se metió al consultorio que, se supone, pertenecía a la psiquiatra. Tres minutos después salió ataviada en una bata blanca y pronunció mi nombre. Ah, resulta que sí es ella, me dijo mi vocecilla interior, esa de la que les hablo a veces, lectores, la que es como un cuchillito de palo (no corta pero qué bien chinga, para los que no estén familiarizados con el argot que utilizo). Pasa, por favor. El consultorio, como es costumbre, con su escritorio gigantesco que establece que el médico y  el paciente están muy lejos de ser iguales, que pertenecen a dos mundos distintos, el mundo del de la bata es uImagen relacionadano en donde se permite la impuntualidad, porque son superiores y su tiempo vale más que el de los enfermos que tienen del otro lado del escritorio, esos pobres mortales que ellos hacen el favor de salvar. Siempre me fijo en los escritorios de los doctores, los detesto. Me preguntó quién me había referido y nos pusimos a hablar del primo de un amigo cuyo nombre no mencionaré por respeto a los dolientes. Escudriñó mi historia familiar sin siquiera interesarse en el motivo de consulta y los pocos intentos que tuve de hablar de mí los zanjó con un simple “de eso hablamos después”. Cuando “después” llegó, se enteró de que estoy empastillada y de que dejé la terapia nomás por mi libre albedrío (o porque se me dio mi chingada gana, más argot), y se dispuso a sermonearme por ese motivo. Algo dentro de mí empezó a arder en ese preciso momento. Escuchaba su voz como la de cualquier juez que dicta sentencia: tienes que aprender a vivir con esto, las enfermedades mentales no se curan, se controlan, todos los estudios apuntan a que los fármacos en combinación con la terapia son el mejor tratamiento para tu enfermedad, no puedes tener uno sin el otro, bla, bla, bla. Yo me imaginaba estando en un lugar más feliz que ese horrible consultorio. Recordé las horas de terapia y aún ahora me repugna la idea de volver a encerrarme en un cuarto con un señor o señora que me cobra por escuchar mentiras que yo le digo para que el psiquiatra me siga dando drogas o deje ya de dármelas, no sé bien cuál es mi propósito, y entonces este señor o señora se crea que me conoce mejor de lo que yo me conozco, que he vivido y meditado sobre mi existencia durante veintiséis años, y se crea que puede decirme mis verdades y aconsejarme sobre cómo conducir mi vida y ayudarme a encontrar la tan anhelada resiliencia y a no entrar en un ataque de pánico cada vez que las cosas se ponen difíciles. Me fijé en su mechón azul, si ella que es psiquiatra puede usar el pelo azul ¿Por qué yo no puedo hacerme un arcoíris a media cabellera? La terapia es muy importante, si no estaríamos barriendo el polvo debajo del tapete, te voy a subir la dosis del fármaco de cualquier forma ¿Qué que qué que qué que? ¿Subirme la dosis? ¿Y eso cómo por qué? Según lo que me comentas aún experimentas altos niveles de ansiedad, hay que controlarlo, te veo en tres semanas y para entonces espero que ya hayas ido a terapia. Su postura era terminante: o voy a terapia o voy a terapia.


Después de mucho pensarlo, de consultarlo con mis confidentes y de evaluar mi bolsillo, volví a darme cuenta –una de esas cosas que ya sabes, pero que cuando recuerdas es como si nunca la hubieras sabido- de que mi necedad de no ir a terapia no me va a llevar a ningún sitio, de que no puedo buscar hasta el fin del mundo un psiquiatra que no “recomiende” (léase “obligue”) terapia y de que no me queda más que dar mi brazo a torcer. Resignada, pues, marqué hoy el número de la tarjeta que de mala gana me dio la misma psiquiatra del pelo azul después de que le objeté que entre traslados, consulta, medicamentos y viáticos se me va la vida y por eso no puedo ir con uno “bien colmilludo” y foráneo, que me recomendara alguien local. Marqué el teléfono, pues, no sin antes googlear al susodicho y buscarlo en Facebook ¿está mal investigar al que podría llegar a ser el pepenador de tu cerebro? Lo único que pude averiguar es que al tipo le gustan los autos de carreras y que fuma como chacuaco. El teléfono en la tarjeta es su celular, respondió una voz masculina, de un hombre maduro que quiso aparentar seriedad y que se molestó un poco cuando le pregunté qué enfoque utiliza, nomás por joder, para que sepa el tamaño de alacrán que se está echando a la espalda. Se puso sus moños diciendo que no tenía a la mano su agenda y que por favor le escribiera un WhatsApp, no sé si por parecer moderno, pero resulta que mi WhatsApp no admite su contacto y de mi celular no están saliendo mensajes, tal vez porque Dios está tratando de decirme que no vaya a terapia, que ya sé lo que me van a decir, que no pierda mi tiempo y mi dinero y que nomás voy a ir a hacer corajes, que mis demonios ya los conozco y mi resiliencia se la dio a otro, que siga como estoy y me las arregle como pueda, que el señor este ya me cae mal desde antes de pararme en su oficina simplemente porque estoy yendo prácticamente a huevo y que nomás eso me faltaba, irme a desnudar psíquicamente frente a un hombre, teniendo como tengo mis daddy issues y que ya estoy bien, que las drogas funcionan.


Ya sé qué enfoque utiliza: el de un verdadero hijo de la chingada. Teniendo, como tengo, mis daddy issues, me tuvo chillando –en su típica oficina de analista, con una sala negra, una litografía de Freud detrás de su escritorio, una maleta vieja y una caja de clínex, todo a media luz, no sé si para simular el útero materno, pero cuando me dio opción le respondí que sí, que era poca luz para mí y se animó a prender la otra ¿no le alcanzará lo que cobra para pagar la luz?- bueno, me tuvo chillando desde el minuto 15 hasta el 59, amedrentándome con que si pienso esperar hasta que mi padre muera para decirle lo que me pasa, o que me mate de una vez, para que entonces él se pregunte qué hizo mal, que en mi familia vamos todos de fracaso en fracaso tratando de complacerlo y no lográndolo, que porqué no me casé de blanco, que porqué no quiero tener hijos, que si nadie me cuidó a mí y por eso yo no quiero cuidar a nadie, mamada tras mamada de esas que no quería escuchar. Que si no hablo con mi papá ni regrese, y que si regreso le lleve por escrito ¿quién es Daniela? Pinche tarea pitera de psicología barata. No está mi psique para enfrentarse a sus agresiones, es duro el tipo. Me dijo que él no me iba a apapachar y que lo supiera de una vez, y una parte de mí quiere demostrarle que es un pendejo y la otra no quiere volver a verlo nunca. De cualquier forma le acepté la próxima cita, que puedo cancelar en cualquier momento, obviamente bajo el costo de cederle que soy una cobarde. Tengo los ojos hinchados y el dolor en la panza, ese que viene después de un coraje; ya lo sabía yo: solo iba a ir a pasar corajes.


Racionalicé todo lo que pude y cancelé la cita. ¿Por qué habría yo de ir a pagarle a ese cabrón para que se crea que lo sabe todo de mí y que puede desafiarme y humillarme cada quince días, haciéndome creer que eso se relaciona en algún sentido con la mejoría que tanto anhelo? No estoy dispuesta. A la del mechón azul le voy a suplicar que no me mande a terapia, le voy a prometer hacer ejercicios de respiración, seguir con mis avances, caminar, tomar agua, hacer ejercicio, yoga o lo que sea que tenga que hacer para evitar la terapia: me produce más ansiedad de la que puedo soportar el simple hecho de pensar en agendar la cita. Falta una semana para regresar con la del mechón azul. Evidentemente el aumento en la dosis me afectó –los efectos secundarios son los que se sienten primero: los temblores, la ansiedad generalizada, la falta de coordinación, los dolores de cabeza, dormir mal-, los efectos esperados los veré dentro de un par de meses, cuando llegue el período maníaco de este trastorno que ha sido denominado por los profesionales que visité como depresión mayor, trastorno mixto, ciclotimia y hasta trastorno de la personalidad por evitación; pónganle el nombre que quieran, lectores, estos últimos días han sido grises y fríos, la sombra que me ha de acompañar para siempre ha querido asomarse un par de veces pero por suerte la ha recibido con fuerza el muro amoroso y caliente de la resistencia. Espero que la del mechón azul comprenda, que se apiade de esta alma atormentada y la trate a pesar de los pesares, espero no seguir en el peregrinar de doctores y recetas.

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