Mi madre me llamó el domingo anterior. Y desde entonces he estado más bien melancólico, sin saber muy bien cómo afrontarlo, ya no lloro tan fácil como antes. Quizás después de todo me he endurecido un poco como lo temí hace tiempo. Su plática fue rutina como es usual, un ¿cómo has estado?, ¿qué has hecho? y ¿qué hiciste hoy? bastaron. Mis respuestas fueron usuales también; mucho trabajo, sé que hace más tiempo del usual no visito a la familia y estoy cruzando el umbral de mi casa en este domingo por la noche después de pasar el día al pie de las vías del tren. Hubo sin embargo un chispazo de felicidad en mi voz ese día. Estaba entusiasmado por platicar con un buen amigo y mejor mentor sobre la buena nueva de la posibilidad de tener un albergue para toda esa gente que hemos visto pasar durante años a bordo de vagones viejos y oxidados, tostados por el sol pero con sonrisas resplandecientes. Fue entonces cuando ella me dijo en el teléfono con una voz mezcla de indecisión, preocupación y esa sensación que tiene uno cuando cree saber qué es lo mejor para alguien más; –¿no crees que dedicas demasiado tiempo a eso?, ¿no deberías dedicar más tiempo a “tus cosas”, a tu trabajo?, ¿no crees que deberías preocuparte más por el futuro, por lo que sigue en tu vida profesional, por algo que pague las cuentas?-. De verdad creo que no debería de tener que justificarme pero tampoco quiero hacer pasar esto por un relato freudiano o por las quejas y lloriqueos de alguien próximo a cumplir 28 años que aún no resuelve sus mommy issues (si es que eso es posible). Francamente cuando escuché aquellas palabras me embargó una mezcla de ofuscación, tristeza y rabia. Justo como esa mueca que hace nuestro rostro cuando tratas de estar enojado y llorar al mismo tiempo mientras disimulas todo para rescatar lo poco que queda. Demasiadas texturas emocionales pero no le menciones nada a nadie porque trabajo como terapeuta. Automáticamente sentí y supe en una mente semi consciente que algo estaba haciendo mal, que después de todos estos años el mensaje que buscaba comunicar había quedado flotando en un mar de ondas de sonido, de crestas y valles, que nunca jamás llegaron a sus interlocutores. Sentí que más que un giro incorrecto era mi misma persona la que estaba fuera de lugar. Fue una sensación que, debo admitir, quizás no he logrado sacudirme del todo hoy, mientras escribo esto escuchando un puñado de canciones nuevas que puedan arrojar algo de luz o al menos alguna frase contundente con la cual cerrar. En el último año me sentí encerrado en una jaula, descubrí/decidí que no quería vivir preso de un cubículo y una oficina, renuncie a algo que sentía que extraía la alegría y el potencial de mi, me decidí a darle una última oportunidad a la posibilidad de tener éxito por mi propia cuenta, de hacer algo que se sintiera correcto, que se sintiera pleno, que, con un poco de suerte, tuviera impacto en la vida de alguien y no sólo en una factura apilada en un bonche de papeles en el departamento de contabilidad de alguna empresa. En el último año tuve sorpresas y buenos amigos que aún no conocía o quizás ya lo eran aunque no me hubiera percatado y fueron ellos mismos quienes me abrieron nuevas ventanas y nuevos ojos, tanto así que no pensé sentirme tan satisfecho con interlocutores adolescentes y, aunque desde el 2 de septiembre hasta el día de hoy me he partido la espalda trabajando en los lugares más marginales y con las mentes más confundidas y los corazones más nobles y los espíritus más fuertes, al final del día me he descubierto más feliz, más indefinido, más decidido a intentar, más yo por más cursilería que contenga tal frase. Después de escuchar las preguntas de mi madre no pude sino evitar sentirme decepcionado y anonadado de que todos esos días de trabajo de sol a sol, con poco descanso, con mucho esfuerzo y toneladas de perseverancia siguieran siendo percibidos como un ente separado y concebido fuera de mi otra gran pasión; estar al pie de las vías esperando por esos desconocidos cuando el sol cae o cuando el sol abrasa, cuando el frío curte o cuando el calor arrecia, porque de alguna manera en esas gigantescas máquinas y en esa pequeña bodega encontré la sensación más parecida a un hogar y los hermanos que genéticamente no pude disfrutar. El desasosiego de pensar que mi propia familia no se daba cuenta de la cantidad de trabajo que invierto en intentar ser alguien que tiene éxito y la tristeza de darme cuenta que no pueden concebir el servicio como una actividad útil, práctica, redituable y, sobre todo, necesaria me recorría las venas. Y ahí estaba; confrontando mi propia fe porque en algún lugar no tan profundo de mi ser sigo siendo un niño que busca aprobación y que quiere tener certezas y una vida cómoda, que piensa que quizás en algún punto dio un giro prohibido porque los días podrían ser más rutinarios y las noches más cómodas, porque podría tener vacaciones en la playa o pensar en comprar una botella en lugar de cerveza, porque quizás algún día podría ser tomado como una persona seria y para nada desaprovechada por su familia. Quizás podría ser la persona que ellos quieren que sea sino fuera por el hecho de que no creo que me conozcan del todo, o mejor dicho, para nada. Ahora escribiendo y escuchando voy a cederle un punto a las preguntas de mi madre; es verdad, tengo mucho miedo de lo que venga mañana, me aterra la idea del futuro y a veces sigo sintiendo (con demasiada facilidad) que el suelo se derrumba abajo de mis pies. A veces me veo tentado a tirar la toalla y perder la fe, a aceptar que lo que hago no tiene trascendencia y que, definitivamente, no va a cambiar nada. A veces me duele no lograr tanto como quiero y no tengo ni puta idea de que dirección tomar, a veces las decisiones me llevan meses, años o nunca las tomo, eso sin contar las incontables veces en que me he equivocado. A veces me siento solo y no encuentro muy bien la forma de conectar, a veces me siento a solas con una carga demasiado pesada y a veces me gustaría tener más amigos y menos distancias por salvar. A veces las mañanas no me motivan y las noches se prolongan más de lo que me gustaría. Pero voy también a concederme una cosa a mi mismo; no creo que los temores, los sinsabores, los errores, la incertidumbre y el miedo deban de contar más que todo esto que está sucediendo, que todo lo que estoy haciendo, que todo lo que podría hacer y todo lo que podría pasar. Sigo pensando que todo esto vale la pena, que un cambio se puede hacer, que esto también es trabajo y que todo el tiempo, dinero y esfuerzo que he invertido un día pueden transformarse en una cuenta de banco, en un trabajo increíble (no por empresa de renombre sino por felicidad enorme) y, sobre todo, en una diferencia en la vida de por lo menos una persona. Me doy cuenta que esto es como el tatuaje en mi muñeca derecha, toda la vida seguirán preguntando qué es y será incomprendido, porque difícilmente alguien más puede ver que su significado no es para con los demás sino para conmigo y que fui yo quien ha decidido día a día tenerlo por siempre y eso es más de lo que muchos pueden decir y suficiente para que yo sea feliz. Sigo perseverante, sigo teniendo fe, sigo siendo un pesimista muy optimista y sigo gustando de usar canciones en mis escritos. Quizás esta playlist, en un principio tan nostálgica, fuera justo lo que necesitaba a dos días de cerrar este pinche 2016 tan cabrón com sólo él fue, porque debo decir que termina con una sonrisa rara en la cara de un tipo que venía arrastrando cierto pesar. Ahora escucho Live Forever de Oasis; maybe I just wanna fly, want to live I don’t wanna die, maybe I just wanna breathe, maybe I just don’t believe, maybe you’re the same as me, we see things they’ll never see, you and I are gonna live forever y dentro de todo eso que aún queda por hacer, por enfrentar, por cambiar, por retar, por fracasar y por triunfar pienso que, como Bowie, antes de irnos quizás we can be heroes just for one day. Hoy he decidido empezar a construir algo que sea el final de un ciclo y el inicio de otro. Tengo un plan de diez años.

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