Resultado de imagen para camino con árbolesHace muchos años mi abuelo compró un rancho. Se puso de acuerdo con su vecino porque los dos necesitaban un camino: mi abuelo dejaría un metro de su rancho y el vecino dejaría un metro de su rancho y juntos compondrían un camino de dos metros de ancho. Mi abuelo dejó su metro. El vecino se hizo pato. El camino hoy no existe. El metro que era de mi abuelo se convirtió en una zanja que hoy alberga árboles frutales y víboras y culebras. Mi abuelo muerto y el vecino muerto están los dos mucho más allá de las preocupaciones mundanas de que no haya camino entre los dos ranchos, que la gente no pueda pasar, que la fruta se pudra o que la zanja se llene de yerba. Los muertos ya no se preocupan, espero. Y lo espero de verdad, porque yo tengo la esperanza de dejar de preocuparme algún día, aunque sea muerta. No puedo evitar sentir la nostalgia de la temporada. El frío, científicamente comprobado, deprime. Los regalos, muestras superficiales del tiempo y el amor que no nos damos durante el año, cuánta presión por dar regalos, y por alegrarte al recibirlos aunque pienses “para qué carajos quiero yo esto, tengo otras tres chamarras iguales”. La Navidad, evento perfecto para recordar odios añejos y viejas rencillas familiares. La semana entre el 25 y el 31, tiempo perdido en un limbo existencial. Y el fin de año, tantas promesas, tantos propósitos, arrepentimientos, agradecimientos, pura hipocresía. No soy un grinch, aunque suene difícil de creer después de todo lo que acabo de decir. La Navidad era una noche para sentarse a la mesa con un hombre corpulento a la cabecera, el hombre que compró un rancho y dejó un metro para un camino que se convirtió en una zanja con árboles frutales. Un hombre que vivió sonriendo pero murió en agonía. Un hombre que dejó muchos recuerdos, diferentes por cierto, pareciera que todos conocimos a un hombre distinto, su esposa, sus hijos, sus nietos. Sólo puedo hablar por mí, y lo que digo es que lo extraño mucho, y sobre todo en Navidad, sabiendo que la mesa está vacía porque su esposa está enojada con la vida, que sus hijos son incapaces de arreglar los problemas que heredaron de su padre, y que sus nietos ya no se conocen entre sí. Yo lo siento conmigo, y me reservo el derecho de ser tan supersticiosa y melosa como pueda, he llegado a pensar que se convirtió en algo así como mi ángel de la guarda. Yo necesito creer en cosas así, necesito creer que mi abuelo me protege, que hay algo más allá de la muerte, que el fin de año es sólo una fiesta y no una oportunidad para empezar de nuevo, porque eso pone demasiado peso sobre mis hombros, demasiada presión. Me siento responsable de hacer borrón y cuenta nueva y ya no quiero eso. Creo que me estoy volviendo vieja. Simplemente quiero tener una vida de la que me sienta satisfecha, tener un trabajo que me haga feliz, viajar una o dos veces al año y conocer el mundo, ser dueña de mí y de mi propio tiempo, llevarla bien con los que quiero. Pensar que cada año tengo que reevaluar mis prioridades me parece injusto, agotador. Si necesito una reevaluación simplemente lo hago, sea cuando sea y ya. Y sin embargo me pongo nostálgica, veo el tiempo pasar y me preocupo porque se me está yendo el tiempo, no sé a dónde, pero se me está yendo. Eso tampoco es verdad: estoy haciendo bastante con mi vida, con mi pareja, con mi trabajo, con mi familia, me gustaría pasar más tiempo con mis amigos, es verdad, trabajo en eso. Tengo una mascota que me da felicidad y un arbolito de Navidad decorado con mis propias manos y múltiples pasatiempos. También debo decir que tengo un cajón lleno de drogas que me mantienen funcional, pero bueno, así son las cosas. Ya no me reprocho tanto –creo que gracias a las drogas-, duermo mejor –creo que gracias a las drogas- e incluso tengo algunas iniciativas y esperanza en el futuro –adivinen gracias a qué-. El objetivo de este artículo era exponer la idea de cómo cualquier acción por más pequeña que parezca puede llegar a tener repercusión en el futuro, para nuestro yo del futuro, para nuestros hijos y nuestros nietos, como el metro que dejó mi abuelo y las drogas que tomo. Sé que no llegué al punto. Sé que no me importa. Sé que escribo con las manos frías y la garganta cerrada por este clima y el esmog, sé que agradar no me interesa. Me interesa continuar bien, sonreír todos los días, pasear a la perra, platicar con mi papá, enseñarles a mis alumnos, abrazar a mis amigos, besar a mi novio, continuar.

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