¿pero tienes algo grave o sólo es depresión? ¿qué? Pensé para mis adentros, ¿es usted estúpida o simplemente ignorante? Respondí con un cortante “es depresión”. Anoche me despertó el dolor de muelas otra vez, del lado derecho, creo que la de abajo, aunque era tan punzante que no podría asegurar si también la de arriba estaba involucrada. Desde que comenzaron a salir, mis muelas del juicio han sido causa intermitente de dolor excruciante, por ahí cada seis meses o cada que va a haber alguna fiestilla o evento social mis muelas hacen acto de presencia, y yo, como los machos, me aguanto, porque como los machos, le tengo miedo a la cirugía. Y así las cosas desde hace como siete años, ellas doliéndome de vez en cuando y yo escondiéndolas con cualquier analgésico de poca monta, como a un amorcillo jodón que no se va pero no se queda. Esta mañana di clases dolorida y malhumorada, ya para el medio día me di cuenta de que no podía seguir metiéndome aspirinas y que de cualquier forma nada hacían pues el dolor se había extendido al oído, la mandíbula y la cabeza. Cancelar mis clases de la tarde me dolió casi tanto como aceptar ir al dentista. Mi profesional de cabecera se tomó el día libre y eso me puso en una situación no sólo incómoda sino molesta, además jueves en la tarde. No están ustedes para saberlo queridos lectores pero en el pueblo donde yo vivo los.jueves hay mercado y eso significa que la gente “de aquí” no trabaja, vayan ustedes a saber porque, yo no veo a los dentistas en el tianguis, pero tampoco en sus consultorios. Después de cinco intentos, sin exagerar, lo juro, una amable y joven señorita vestida de verde me indicó que los doctores llegarían pronto, que podría atenderme cualquiera. Lo que sea pero ya, por favor. Entré al frío y pulcro cubículo con su instrumental y su olor propios de cualquier sala de torturas, durante toda mi infancia frecuenté sitios iguales: el hombre amable, la asistente medio inepta y medio parlanchina, el sonido del taladro… Me atendió la mujer, que no bien me senté, me metió un espejo a la boca y soltó presurosa “tienes infección” cual si fuera lepra. Se fue y pensé ¿a dónde? ¿tan pronto? Y en mis cavilaciones estaba cuando regresó frotándose las manos y me dijo “te voy a tocar los ganglios” acariciando mi garganta o la parte de atrás de mis orejas, tampoco se bien, estaba de cabeza y sólo sé que me aparté por el dolor. ¿Duele, verdad? No, lo estoy disfrutando, pensé con sarcasmo. “Ven para acá” volvió a apartarse y entramos a una oficina minimalista donde desentonaba su filipina verde limón. “Te voy a dar un analgésico”. “Sí pero tomo mucha medicina” “¿a ver, que tanto tomas?” Venlaf… No no no, espérame que te abro tu expediente. Respondí sin ganas a sus preguntas de rigor y cuando llegamos a las alergias le recité mi historial y en los otros medicamentos me limité a mencionar su componente… Fue entonces que pronunció el comentario triunfal que encabeza ésta crónica y que procedió a intentar recomendarme un profesional para “lo que me pasa”. Extendió las recetas, me dijo por quincuagésima vez que me tienen que extraer las muelas del juicio y salí de ahí sólo para dirigirme a la farmacia a dejar el raquítico margen de mi quincena, lo que me faltaba. No se qué me molesta más, si las muelas o el gasto o la idea de que “lo que me pasa” fuera más importante para la dentista que la propia muela, que solo mirara de reojo su espejito o que me recetara el antibiótico más caro de la farmacia, es mi salud, lo sé, pero no está el horno pa’bollos. ¿Tienes algo grave o sólo depresión? ¿Disculpe? Me queda claro que nunca ha vivido ni atestiguado “eso que me pasa”. Nadie con una mínima noción de la salud y la enfermedad diría que la depresión no es algo grave. Tan grave como querer morirse, nadamás. Como intentarlo. Como no tener esperanza ni sueños ni ilusiones ni ganas de vivir. Como respirar en un tanque lleno de piedras y sentirme mínimo entre gigantes. Como ver a la gente reírse y odiarlos porque no entiendes porque ellos pueden ser felices y tú no. ¿Por qué para ti es tan difícil? ¿Tienes algo mal? ¿Tienes algo roto? ¿Serás capaz algún día de ya no sentirte así? Ya ni siquiera recuerdas como era la vida antes de sentirte así, no sabes cuando empezó o si siempre fue de esa manera. ¿Hay acaso algo más grave que odiarse a uno mismo? ¿Hay algo peor que saberse diferente y no tener como remediarlo? Para el deprimido no. Para el deprimido su lamento es desgarrador y eterno. Su vida es miserable, su angustia interminable, su llanto amargo, su dolor profundo. Para el deprimido no hay nada que valga la pena en este mundo de fracaso y de violencia, de muerte, de sangre, de desolación. Que no me vengan a mí con que la depresión no es grave, si me mudé a vivir a terapia intensiva con tal de ganarle la batalla por mi vida. Si me meto de todo con el fin único de que no me convenza ese monstruo oscuro de que no valgo. Con el fin único de ser dueña de mí misma, de sonreír, de tener ganas de vivir. Que no venga nadie a decirme que la depresión no es grave cuando gasto la mitad de lo que gano entre doctores y drogas, y cada vez que me quiero quejar una voz dentro de mi me repite que sin esas drogas, no sabemos si estaría aquí. Estoy luchando por mi vida, por amarme y por disfrutar cada día, que no venga nadie a decirme que no es grave.

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