Mi padre no seguía el calendario gregoriano. Para él, el tiempo transcurría en la medida en que las vacas se tenían que ordeñar y los campos se tenían que sembrar. Se burlaba de comentarios estúpidos como “ya se va a acabar el año” respondiendo ¿y qué no sigue otro? No le preocupaba el correr de los meses o los años, parecía que sus canas no le pertenecieran. Y sin embargo vivía siempre con prisa, apurándose y apurándonos, si alguien no estaba listo se quedaba, comía en menos de diez minutos, cuando pedía algo ya tenía que estar hecho, cuando preguntaba ya tenía que haber respuesta…

Me metí a la regadera. La jaqueca añeja me estaba sacando de quicio y mi novio casi me obligó a entrar a la ducha para relajarme. No se calentaba el agua, dos minutos, tres, cuatro, se fue haciendo chico el chorro hasta que se acabó. Pensé que la bomba del agua estaba desconectada y grite “¿amoooooor, puedes conectar la bomba? No hubo respuesta. Bajé envuelta en una toalla, la bomba estaba conectada, él abrió la puerta y entró despreocupado. Revisó, revisé, revisamos con los ojos como platos, uno más incompetente que el otro (yo la más).

Le marqué a mi papá, yo sabía que él lo resolvería, él siempre lo resuelve todo, sepa cómo o no. Él me dio instrucciones para volverlo a revisar con todo y mi incompetencia, y así volvió a quedar la cosa como estaba. “Al rato voy”. Me tranquilicé, sin importar que no me hubiera podido bañar ni que tal vez al “hombre de la casa” le hubiera molestado que yo acudiera, de nuevo, a mi papá para resolverlo todo.

Sí, acudo a mi papá para resolverlo todo ¿y qué? Él ha probado a lo largo de los años que es el único hombre en el mundo en quien puedo confiar ciega y totalmente. Mi psicóloga, a quien despedí hace un par de meses, me diría que eso no puede seguir así, que para eso tengo a mi marido. Volteo a ver a mi marido y me pregunto qué carajos habría hecho si mi papá no hubiera estado para resolverlo. Probablemente nos hubiéramos quedado sin agua indefinidamente, y hubiéramos tenido que pagarle a un cabrón que se aprovechara de nosotros y nuestra ignorancia. No me malentiendan queridos lectores, mi marido es bueno para muchas cosas, pero arreglar la cosita que va arriba del tinaco no es una de ellas.

Esta situación por supuesto que me llevó a cavilaciones más profundas y mientras veía a ese hombre canoso en sudadera azul escarbar hasta en la última ferretería del pueblo por encontrar el dichoso aparato, me preguntaba qué haría sin él, quién sería yo sin él, cómo hubiera sido mi vida sin su influencia, cómo sería mi carácter si él hubiera sido menos duro, menos exigente, menos reservado. No lo sé, nunca lo sabré. Sé que exigía de mi más de lo que le daba y que eso me frustró al grado de sentirme incompetente y de que todas mis acciones, aún hoy, están regidas por la pregunta inconsciente ¿esto haría que mi papá se sintiera orgulloso de mí?

Soy un adulto, me las doy de muy independiente, me enorgullecí al cargar mi propio garrafón por vez primera y me jacto de lavar mi ropa y pagar mis gastos, y sin embargo aquí me tienen, con una vida subsidiada por un padre exigente pero generoso y una madre preocupona y bienintencionada, viviendo en su casa y pensando en su opinión, corriendo a sus brazos cada que puedo y llamándoles por teléfono cada que algo se me atora. Sigo siendo la niña mimada que se fue de su casa para madurar, para encontrarse a sí misma, para ser independiente. No sé si fui pa’delante o para atrás; estando lejos creí haber funcionado medianamente bien, no había quien me resolviera mis problemas así que los que tuve los resolví yo misma (nunca se me descompuso la bomba del agua), e hice lo que pude por sobrevivir y no regresar llorando porque había sido demasiado difícil.

Aún con todo y todo, regresé llorando porque era demasiado difícil estar lejos. Acepté que quiero estar cerca, que mi tierra y mi gente son tan parte de mí como yo de ellas y que cuando tengo un problema, quiero tener la posibilidad de llamarle a mi papi y pedirle por favor que lo resuelva.

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