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Hace ya dos tristes años que escribí algunas palabras a otros padres con gran pena en mi corazón. Ellos también buscan a sus hijos en algunos de los rincones más parecidos al calvario que hay en esta tierra. En aquel momento hubiera querido no tener que escribir esas palabras como hoy no quiero tener que escribir sobre ustedes pero, como verán, la conciencia se impone en estas situaciones. Creanme cuando les digo que anhelo el día en que estas cosas no sean necesarias, imploro por el día en que algunas palabras caigan en el desuso y permanezcan en nuestra lengua sólo como parte de la historia escrita que nos prevenga de repetir errores. Anhelo que un día el dolor de todos y cada uno de ustedes se convierta en paz y serenidad. Anhelo el día en que la gente deje de “desaparecer”.

Conocí su causa hace ya algunos años pero no fue sino hasta hace unos días que los conocí a ustedes. Finalmente me fue permitido poner voz y rostro al dolor y la incertidumbre. Finalmente pude ver las fotografías en las que se derraman las lagrimas y saber los nombres que desde hace tanto no se pronuncian, los nombres de los que no volvieron a casa ese día. Llegaron a bordo de un autobús después de recorrer, quizás, miles de kilómetros en mi país. Al descender vi las arrugas que surcan su piel y los ojos que en ustedes lucen cansados, ansiosos de una noche de sueño pacífico al fin. En sus manos reconocí la hiperactividad y también la impasividad, como entre queriendo compartir y esperando recibir algo, como entre listas para pelear y pidiendo misericordia.

Todavía no sé cómo es que me tomó tanto saber de ustedes, quizás es la pregunta que todo mi país debería de hacerse. ¿Cómo pueden simplemente desaparecer miles de personas cada año?, ¿cómo podemos pasar por alto a las familias de esos miles de seres humanos en su periplo para buscar la verdad y el cierre a su tragedia?, ¿cómo podemos desligarnos de su dolor? Trato de consolarme a mi mismo diciéndome que al menos intento hacer algo por todos esos cientos de miles de hermanos que cruzan sus vidas con las nuestras en las vías del tren pero si les soy honesto la desesperanza me abruma porque nunca he sentido que sea suficiente, porque siempre me pregunto cómo hacer más con menos y, sobre todo, porque muy a mi pesar tenemos que remar contra corriente en un país que poco a poco se ha ido pudriendo y ha fertilizado su tierra con la sangre y los restos de los inocentes.

Ustedes madres latinoamericanas y mesoamericanas saben de dar vida, de traer un nuevo ser al mundo, de educar y de formar, de amar sin condición. Mi país sabe de opacidad, de corrupción, de violencia y asesinato, de impunidad. Mi país sabe de esconder y tapar, de maquillar. Mi país es el único que sabe cómo abrir la tierra para engullir a miles y luego ni siquiera inmutarse en la digestión de la rabia y el dolor, de la incertidumbre y el martirio. Mi país es experto en fingir que no pasa nada y lo hace tan bien que muchos han decidido creerlo.

Es necesario pedirles una disculpa en nombre de ciento veinte millones de personas. Es necesario encontrarse con la humildad y agachar la cabeza porque yo nunca he tenido que pasar lo que ustedes pasan. Y no me da vergüenza rogarles yo por ese perdón porque, después de todo, prefiero hacerlo así que formar parte de los otros, de esos por los cuales les pido esta disculpa que no me sorprendería negaran porque sólo ustedes saben del dolor que les inunda. Les pido una disculpa por todos los que les han cerrado las puertas al ser forasteras, por todos los que les han negado la dignidad de un plato de comida y un vaso de agua, por todos los que han construido muros, reales o imaginarios, por los que han levantado verdaderas murallas alrededor de sus corazones y se han negado a sentir la angustia de una madre por más universal que esta sea, por todos los que se han esforzado para expulsarles de nuestro país y de nuestra realidad, por todos los que quieren cobrarse favores y son morosos de una deuda moral mucho más grande, por todos los que se han tornado adictos de poder y ebrios de soberbia y les han relegado y deshumanizado, por los que les han criminalizado. Les pido, sobre todo, perdón por todos esos verdugos que han entregado su último resquicio de cordura y han convertido lo que podría ser un jardín prospero para todos en una enorme fosa común que no sólo guarda cuerpos de locales y extranjeros, sino también nuestra dignidad y nuestra humanidad, nuestra poca moralidad y nuestra esperanza de un mañana prometedor.

Me hiere que una madre y un padre tengan que ver a un hijo partir de su hogar por la violencia y la miseria sólo para encontrarse con que quizás no haya una vuelta. Me duele la incertidumbre y la angustia de no saber si guardar esperanza por un retorno o comenzar a llorar a un muerto porque no sabemos qué es lo real, porqué no sabemos si esa persona amada es ya sólo un recuerdo o si aún deambula por este mundo en algún lugar. Me duele que ustedes tengan que vivir todos los días en un limbo entre el llanto y la rabia, entre la tristeza y la cólera. Me duele ser ciudadano del país que les ha arrebatado la paz. Me duele que tengan que gritar a oídos sordos, hacer ver a los ciegos y caminar en laberintos. Me duele el sueño que les hemos robado. Me duelen los hijos que les hemos arrebatado del vientre, me duelen los hermanos y los padres, me duelen las palabras que no han podido pronunciar.

Hace ya dos tristes años que escribí algunas palabras a otros padres con gran pena en mi corazón. Ellos también buscan a sus hijos en algunos de los rincones más parecidos al calvario que hay en esta tierra. En aquel momento hubiera querido no tener que escribir esas palabras como hoy no quiero tener que escribir sobre ustedes pero, como verán, la conciencia se impone en estas situaciones. Creanme cuando les digo que anhelo el día en que estas cosas no sean necesarias, imploro por el día que algunas palabras caigan en el desuso y permanezcan en nuestra lengua sólo como parte de la historia escrita que nos prevenga de repetir errores. Anhelo que un día el dolor de todos y cada uno de ustedes se convierta en paz y serenidad. Anhelo el día en que la gente deje de “desaparecer”. Y si algo puedo prometer y hacer el día de hoy es esto; sepan que juro ayudarles en su búsqueda hasta el último de mis días, sepan que juro compartir el pan y el agua con todos los hermanos con los que me sea posible y luchar hasta el día que me muera porque este deje de ser un infierno y se convierta en un hogar en el que todos podamos compartir la mesa y la alegría, el camino y la esperanza. Jamás estarán solas, jamás las olvidaremos, jamás dejaremos atrás a sus hijos muy amados. Vivos se fueron y vivos los queremos de vuelta. Su dolor es nuestro dolor, mientras ustedes son tengan justicia no habrá paz en nuestros corazones.

Dedicado con respeto a la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos, “Buscando vida en campos de muerte”.

En búsqueda de sus seres queridos que desaparecieron buscando el sueño americano desde hace 12 años.

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