Ella era inabismoocente: todo lo que la había dañado alguna vez en su vida provenía de la misma sangre que su sangre. Si bien sus labios ya habían tocado otros labios, conservaba la ternura y la inocencia blancas, de esas que es difícil encontrar. No se sentía especial, sin embargo. Se sentía más bien desesperada: desesperada porque algo pasara en su vida perfecta y vacía. Tenía la mirada pura, era transparente, bondadosa, generosa, sonriente. Su voz era firme pero sincera. Sus manos suaves pero pequeñas. No es que fuera descuidada, más bien auténtica. Le gustaba la música tranquila y el café caliente y negro, como su consciencia, solía decir, aunque la verdad es que siempre fue más culpígena que culpable. Era una niña mimada, aunque no se daba cuenta. Me cuesta recordarla, honestamente, es ahora tan lejana que lo más sobresaliente es cómo terminó todo: con esa niña destrozada en mil pedazos. Le gustaba la música tranquila y tomar café, y nadie le avisó que hacer eso con un hombre mayor le traería terribles consecuencias. Casi la compadezco, pobrecita, ella tan tonta, que creyó que era amor. Casi me atrevo a reprocharle los años perdidos, las lágrimas lloradas, las peleas luchadas, todas las desilusiones, todas las veces que creyó posible lo imposible, pero no lo hago. Pobrecita, ella fue sólo una víctima. La observo desde la lejanía y quisiera decirle que maneje ese auto rojo hasta donde le de la pierna o la gasolina, y aún más lejos. Que se vaya sola, que consiga dinero, que trabaje, que haga lo que pueda, que huya. O que se encierre en su casa a piedra y lodo y no salga nunca sola, que no se deje convencer ni escuche voces ni cuerdas de guitarras. La veo caminar sonriente hacia un desfiladero. Aceptar su caída esperando que el fondo sea suave, estrellarse contra el pavimento. Y otra vez, y otra, y otra más. ¿Cómo salió de esa? No salió la misma niña, eso lo tengo cierto. La niña inocente se murió en los primeros meses, la que creía en el amor duró un poco más, agonizante, pero aferrándose a una vida tan imaginaria como imposible. La despechada las sobrevivió a las dos, y se encargó de confeccionarse una coraza que se supone debía protegerla, pero no fue así. Otros desfiladeros vinieron, otros peñascos, otros abismos. Y ella volvió a caer esperando que le salieran alas, se cansó de golpearse contra el pavimento. Se hartó del viento rozándole la cara y se buscó montañas menos escarpadas. Llanuras, de preferencia. Sitios amables para los lisiados del corazón, como ella. Encontró un valle agradable y verde, con árboles frondosos y frescos manantiales, y le costó creerse que podía quedarse a vivir allí: hasta ese momento todo habían sido caídas. Por un tiempo se dedicó a sufrir, a lamerse las heridas y contarse los huesos rotos, a darse a sí misma condolencias por las ilusiones muertas. El valle la siguió albergando, le dio cobijo, le dio sombra y sol y agua y flores y cuando llovió incluso le pintó arcoíris de colores. Tuvo que dormir mucho, que llorar mucho, que pensar mucho. Tuvo que quitarse la coraza y aceptarse vulnerable y explorar dándose cuentas de que si bien vive en un valle, las colinas en cualquier momento pueden asomarse.

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