altarDicen los que creen que saben que nos maquillamos de blanco y negro en estos días para “burlar” a la muerte, para que crea que ya nos llevó, que ya no tenemos vida, y que pasemos desapercibidos ante su mirada fija e indiscutible. Dicen, también, que por estos días regresan los que ya se fueron, que vienen nomás por un mole, por su tequila, a oler las flores, a recordar la vida. Y muchos nos creemos eso, y no sólo lo creemos, sino que nos aferramos a la idea de creerlo como un mecanismo de defensa ante la angustia de sabernos mortales. Ante el inexorable destino que a todos nos espera: la muerte. Nos aferramos porque es demasiado doloroso pensar que un día cerraremos los ojos para no abrirlos nunca más, en el mejor de los casos, porque las posibilidades van desde la más inocua hasta la más cruel: saberlo, no saberlo, decidirlo, no decidirlo, la sorpresa, la promesa, el dolor, la desesperación, el fuego, el agua, el aire, la tierra; somos tan frágiles, tan pequeños, tan indefensos que casi cualquier cosa puede matarnos. Nos hacemos los que morimos muchas veces en vida, de sed, de hambre, de sueño, de cansancio, de amor. Pero la verdadera muerte nunca la tomamos en serio: es demasiado real como para tomarla en serio. Death and taxes. Temo a la muerte, lo confieso, le temo con la más profunda de las inocencias y el más duro de los reproches. Le temo al momento en que me dé cuenta de que todo se acabó, pero no porque quiera ser eterna, al contrario, porque no quiero que tarde. No quiero hacerme vieja y ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos. No quiero ir viendo cómo todo lo que conozco se desmorona ante mis ojos, cómo mi cuerpo me deja, cómo mi mente se olvida de quién fui, cómo los nuevos jóvenes se burlan de mí. No quiero llegar a vieja. Sé que suena mal, políticamente incorrecto, a pecado, a delito. ¿Ustedes qué, queridos lectores? ¿Ustedes si quieren que se los coman los gusanos? Confiesen. ¿O quieren vivir eternamente y nunca saciar el cansancio de una vida en espiral? ¿Quieren tener un montón de hijos y nietos y que los cuiden o los lleven a un asilo? ¿Quieren morir tranquilos, en sus camitas, calientitos, seguros y sin dolor, como yo? Que ingenuos somos, los mortales, que creemos que Dios cumple antojos. Nos vamos a morir. Todos. Aunque no lo creamos, aunque no lo queramos. Y no voy a empezar con este argumento el aburrido sermón de que por eso “en vida, hermano, en vida”; cada quien sabemos lo que hacemos, lo que elegimos, lo que perdemos. Todos sabemos que el tiempo se nos escapa de las manos y no hay nada que podamos hacer al respecto, y que un día más de vida siempre significa un día menos. Te temo calaca, temo que no llegues a tiempo. Y como te temo y te quiero tener contenta te pongo unas velas, unas flores y unos papelitos de colores para que sepas que te respeto, unas imágenes religiosas nomás para no dejar, unos chocolates, una coca y unos cigarros para los que vengan porque les gustaban y un poco de sal y de incienso, para que todos se puedan regresar. Siempre he dicho que esta es mi favorita de las fiestas mexicanas y hoy, a solicitud pública, me pregunté, ¿que habrá en mi altar?. En mi altar habrá libros, seguro. Comida, mucha. Dulces, gomitas, chocolates. Un avión o un mapa o un pasaporte. Perros. Todas las cosas importantes como la sal y el incienso y el agua y los papeles de colores, la cruz, las flores. Espero que el que haga mi altar lo sepa hacer, y si no, que investigue, porque sobre mi tumba juro que le vengo a jalar las patas en la noche si no me hacen una ofrenda como Dios manda, o como manda la muerte. Trato de no pensar mucho en ti calaca, porque me quitas el sueño. Me preocupas, me disgustas y me entristeces, y voy, como todos los otros, ignorando nuestra indiscutible calidad de mortales, haciéndome la que tengo tiempo, la que puedo, la que mañana voy a despertar. Lo necesito. De eso se alimentan mis planes, de la ilusión de que voy a existir mañana. No se escandalicen lectores: nadie nos lo ha prometido, todos sabemos que es verdad. Lo que pasa es que vivimos años y años despertando al siguiente día y pronto nos acostumbramos a la idea de que así será siempre. Pero ¿qué creen? Siempre no existe.

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