Hace un par de días sufrí lo que podríamos llamar un “hackeo”. Alguien, cuya identidad sospecho pero desconozco, consiguió entrar a mi cuenta de Facebook. No sé si le requirió mucho o poco esfuerzo, no sé si dejé mi cuenta abierta en algún equipo ajeno, estoy casi segura de que no, no sé si fue una ocurrencia o la realización de un plan. Lo que sé es que esa persona no es mi amigo. Me referiré a él como del género masculino porque, según lo que logré perfilar debió ser un hombre, y porque mi intuición así me lo aconseja. Les cuento: vibró mi teléfono y vi que dos personas habían aceptado ser mis amigos. Mi inmediato pensamiento fue “yo no solicité su amistad”. Acto seguido otra notificación, y otra, todas de amistades confirmadas. Fui directo a la computadora a ver que estaba pasando, sólo para enterarme de que “Estoy feliz x mi embarazo” era la última actualización que había hecho y que ya  tenía lo mismo felicitaciones que reacciones de sorpresa, bendiciones, alegrías, emoticonos… Me indignó. Me indignó la idea de que mi privacidad hubiera sido violada. Estuve muy enojada por unos momentos y después pasé a sentirme superior: ¿a qué pobre diablo se le ocurre meterse a la cuenta de alguien más y hacer esas estupideces? A mí no, nunca. Se requiere de muy poca inteligencia para tal acto. También me sentí halagada. Ese tipo, en su tremendo ocio y su infinita soledad, lo que quiere es ser yo, o al menos lo que pretende es llamar mi atención. No lo lograste, déjame decirte. Si estás leyendo esto, como me imagino, recuerda que el silencio siempre ha sido mi arma más poderosa, y la que más te hiere. Aunque si prefieres puedo comenzar con el sarcasmo: ¡que astuto te viste!. Vuelvo a lo importante, que por cierto no eres tú, sino al parecer yo, que fui virtualmente sustituida por unos breves minutos solicitando amistad de conocidos y extraños y actualizando estados absurdos por decir lo menos. No pasó nada. Cada que algún extraño acepta mi amistad simplemente lo elimino. Cambié mi contraseña, aunque ya no me siento segura, si lo hizo una vez lo puede hacer otra. Pero no tengo miedo, ya no soy la niña que tenía tanto miedo. Hazlo, si te place, intenta ser yo, si eso te hace feliz. Finge que tu vida no es tan miserable y tan vacía como para querer vivir la de alguien más. Vanagloriate de tu astucia, diviértete con tu estupidez. El día que tengas lo que hace falta para verme a la cara te espero, ojalá que no te tiemblen ni la voz ni las rodillas y que seas capaz de aceptar que tu vida ya no forma parte de la mía, que te superé, por mucho, por millas y millas, que tu voz ya no resuena en mis oídos y que tus manos nunca van a volver a tocar mi piel. Ojalá que ese día llegue y una parte de tu corazón se quede conmigo y para siempre, que vivas incompleto por saber que yo existo simplemente y que no soy tuya. No soy tuya. Nunca lo fui. Ojalá que entiendas que fuiste un abusador. Que no fue amor. “Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta”… diría esa canción malinterpretada por una guitarra española, con un polvo blanco entre las cuerdas. Ni siquiera puedo desearte eso. Tu mirada era más bien atemorizante, tus palabras vacías, tus sonrisas forzadas. No me queda nada de ti, nada, ni un mal recuerdo. Para mí es como si nunca hubieras existido. A no ser por esa leve náusea que siento cuando te sueño. Por lo demás, sigue fingiendo que eres yo, que a mí me da igual.

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