Cosa curiosa como mientras más “ estabilidad” tenemos más difícil es ponerse al corriente con la vida de todos aquellos a los que queremos. Pareciera ser que mientras uno más crece más lejanas van quedando esas épocas en que podías hacer malabares con la escuela, la familia, los amigos y quizás algún trabajo que te daba un poco de dinero. La vorágine, en la que parecemos coincidir varios de los míos y yo,  en que se transforma la vida adulta una vez que uno deja el cobijo de la escuela pareciera convertir nuestras memorias en videocassettes que con el tiempo se van dañando  haciendo que la película se desfase con el audio y los subtítulos. Y así el esfuerzo para tirar de los hilos que unen nuestro corazón con el de todos aquellos que amamos son cada vez más difíciles de tirar aunque no por eso dejamos de intentar ni de amar hacerlo. No sé si mi organización efectivamente ha decaído con los años o si en verdad las actividades, los cambios y las metas que tengo hoy en día demandan llevarme a mi mismo al límite. Lo que sí es cierto es que muchas veces al acabar el día quisiera tener más tiempo para poder hablar y para compartir ideas, sueños, miedos y ansiedades con todas las personas que tanto quiero. Tan malo como podría parecer, creo que si nos obstinamos en ver el lado bueno de toda esta situación podría decir que ha sacado a relucir la templanza de nosotros como personas y de nuestras relaciones contra el filo del tiempo. Sin embargo, ha habido relaciones que lo han resentido más que otras y no hablo sólo por mí sino, me atrevería a pensar, por cualquier persona que se encuentre en estas transiciones. Hay relaciones que, como el fuego en una hoguera, cuando cortas el suministro de oxígeno que es el encuentro cara a cara, comienzan a menguar agonizantes. Y no es un reclamo, supongo que está bien. Hoy en día después de tanto batallar he llegado a creer que quizás no todas las relaciones estén destinadas a durar para siempre después de todo. Quizás hay relaciones hechas para marcarnos, cambiarnos, transformarnos, alterar nuestra esencia, para después seguir una línea paralela, o perpendicular, no lo sé pero me gusta pensarlo así. Sin embargo, como al final de todo argumento largo casi siempre viene un pero, aquí viene el mío…pero algo que no he logrado entender en todas estas dinámicas son aquellas personas que guardan para si la estampa de la persona que ellos conocieron y no de la persona que existe. Me explico; creo que si algo ha quedado claro es que la vida fluye, el ser humano fluye, a veces con más fricción que otras, pero definitivamente no permanecemos idénticos, cambiamos, nos movemos, nos flexibilizamos, nos volvemos más rígidos, mil cosas, pero nunca lo que solíamos ser en un punto anterior de la vida. ¿Quién de nosotros podría decir que es el mismo que era hace 20, 15, 10, 5 o 1 año?, ¿quién podría decir que es el mismo que era ayer? Biológica, psicológica, ideológicamente nosotros cambiamos nutridos por el entorno que nos rodea, por las personas que nos rodean y por las experiencias de vida que vamos acumulando y el conocimiento que de ellas se desprende y que irremediablemente modifica las pautas que seguimos, lo que queremos, lo que deseamos y aquello a lo que aspiramos. Entonces; ¿cómo es posible que aquellos que nos conocieron en una época determinada nos juzguen con la misma vara que cargaban en aquel entonces?, no creo que alguien debiera de juzgarnos pero si al menos de referencias se trata ¿cómo podemos seguir pensando en una persona en función del ser que conocimos si hace años hemos dejado de tener acceso y de siquiera intentar conectar con lo que es y con quien es hoy en día? Creo que es uno de los grandes errores en las relaciones interpersonales humanas de nuestro tiempo. Creo que habla más de nuestro prejuicio y falta de interés es seguir conociendo o en redescubrir al otro. Siempre me ha molestado que alguien siga viendo en mi a la persona que conoció hace años si ya no tiene ningún referente en mi vida presente y si no ha hecho nada por conocer las transiciones y cambios que han redireccionado las cosas. Y me molesta más cuando se asumen como verdades absolutas. Pero quizás no le puedo hacer nada más que siempre procurar no hacerlo por mi propia cuenta. Creo que me debo a mi mismo intentar redescubrir y reconectar con todas las personas que quiero y generar nuevas intersecciones, nuevos nudos en esos hilos que llevan de un corazón a otro. Lo único que puedo decirles es que lo necesitamos más que nunca, nos urge salir a la calle y salir de nuestras particulares burbujas y redescubrir al otro, al que tengo enfrente, al otro yo, al otro tú, antes de seguir conversando y juzgando fantasmas y estampas que expiraron hace mucho o hace poco. 

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