Antes que nada, queridos lectores, y desde el baúl de los artículos apilados, me permito rescatar las partes 1 y 2 de esta serie que no obedece a ninguna lógica o raciocinio, simplemente al capricho de ponerles el mismo título porque en algún lugar de mi inconsciente están relacionados. Asimismo, les recomiendo leer estas dos primeras y añejas entregas, si es que no tienen nada mejor que hacer y para darle algún sentido a que en el encabezado diga “parte 3”. Como siempre, se aceptan comentarios.

Remedios infalibles para males incurables, parte 1

Remedios infalibles para males incurables, parte 2

Remedios infalibles para males incurables, parte 3

¿Porqué no te quieres?… ¿No te enseñaron a reír?… Vaya usted y chingue a su madre, me dan ganas de contestarle, pero me detengo, respiro profundo y miro hacia abajo, una lagrimita se me escapa del ojo izquierdo y me encabrono porque otra vez me hizo llorar. ¿De eso se trata venir a terapia? ¿De chillar una semana sí y la otra también, por cualquier motivo, desde que si mis papás no me quisieron de chiquita hasta que los hombres no me quisieron de grande y ahora hasta yo misma, que tampoco me quiero? Te prometo que la terapia funciona, he tenido pacientes diagnosticados con depresión mayor y salen Dani, de verdad que salen. Lo único que quiero hacer ahora es salir de esta horrible oficina y no volver jamás. Estoy perdiendo el tiempo, me repito. Esta mujer no tiene ni idea de lo que estoy pasando, me dice las cosas con su voz suave pero hiriéndome hasta lo más profundo ¿cómo que si no me enseñaron a reír? ¿cómo que si estoy segura de que mis papás eran felices mientras yo crecía? ¿cómo que he vivido toda mi vida siendo alguien que no  soy?  Y ahora viene ella y me lo dice y cree que puede hacerme  ser quien sí soy, aunque yo no lo sepa ni lo sienta. Estás tirando el dinero a la basura, me dice la vocecita de mi inconsciente, mejor sería que de plano lo quemaras, al menos así generarías un poco de calor. Cállate, tú eres la que me tiene aquí, le respondo. Voy a especular, continúa la psicóloga, hubo un punto en tu niñez, en tu adolescencia, en tu juventud o adultez temprana en el que no te aceptaste, o tal vez en todos. Okey, hasta aquí, ya me dijo que soy una malquerida, una no deseada, y ahora una no aceptada, principalmente por mí misma. Ya párele ¿no? Sin embargo su voz sigue suave y dulce y su mirada esperanzadora y su abrazo al final de la sesión es inamovible. Siempre cerramos con un clásico “¿cómo te vas?” y de plano esta vez le contesté “igual que como llegué, pero con más que pensar”. Respondió “entonces digamos que diferente”. Bueno, sí, digamos que diferente para decir que su trabajo sirve de algo y que yo no estoy desperdiciando mi tiempo, mi dinero y mi juventud entre esta enfermedad y los remedios que se anuncian milagrosos pero se muestran inservibles. La lista de curanderos y curaciones comenzó hace unos tres años con el que me colgó una pulserita que haría “que todo en mi vida se acomodara, que llegara lo que tuviera que llegar”… la pulserita sigue en mi mano y no sé si llegó lo que debía o si aún sigo esperando. Después un desfile de doctores por un dolor aún sin identificar en una pierna, vi a un angiólogo, a un ginecólogo, a un homeópata y a un neurólogo, me hicieron un ultrasonido y simplemente no tenía nada, más que un dolor insoportable. Poco después una tipa me leyó la mano y me dijo que luchara por el amor de mi vida y que mi familia me ve como un bicho raro, pero que me aceptan. Pasaría algún tiempo antes de volver a buscar soluciones pero ese tiempo sería directamente proporcional al número de doctores que he visitado desde hace como un año: una psiquiatra, otro psiquiatra, una psicóloga, un internista, análisis, médico general, cirujano, ginecóloga, otro internista. ¡Y el brujo! ¡Cómo podía estar olvidando al brujo! Un hombre que me daba tés de cualquier tipo de yerba para estar tomando todo el santo día y una dieta de brócoli al vapor y verduras crudas, además de baños de asiento, cataplasmas de barro, limpiezas con huevos de gallina negra y bolillo y vinagre para aplicar en el vientre, todo con el fin de curar enfermedades que él decía que tenía pero ignorando mi motivo de consulta. También otra naturista, con la que le entré hasta a las flores de Bach. Y estoy harta. Estoy harta de meterme cosas esperando resultados y no obtenerlos. Si quisiera eso hubiera empezado a fumar mariguana desde hace mucho y todo sería bastante más llevadero. Pero quiero estar bien. Quiero dejar de tener ataques de pánico y de ira, quiero dejar de sentirme deprimida, dejar de odiarme y de recriminarme hasta el más mínimo error que haya cometido, quiero ser una compañía agradable, una buena esposa, una amiga divertida, una persona normal, con la capacidad de sentirse feliz. ¿Es mucho pedir?

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