30 de enero de 2013.

La necesidad de curación puede llevar a una persona determinada a hacer cosas que normalmente no haría, y a creer en cosas en las que normalmente no creería. Un dolor soportable pero molesto, y además inexplicable puede llevar a una mujer a la consulta del primer doctor, que se presenta amable pero se declara a sí mismo inútil: el motivo de consulta llevó a la paciente, por su razonamiento lógico, a un especialista que no se dedica a lo que ella le aqueja, y por lo tanto la deriva, no sin antes sembrarle un temor inocente e injustificado pero mortal: se han visto linfomas que empiezan con dolores atípicos, como el mío. Dicho lo anterior y habiendo aceptado que soy yo de quien se trata esta historia, puedo sincerarme y comentar que presa del pánico al día siguiente fui a hacerme el dichoso estudio; no  era la primera vez que entre el espectro de posibles diagnósticos para mis “atípicos” síntomas, se mencionaba la palabra cáncer. Mi historia familiar y mis temores personales me avalan, así que inmediatamente la imaginación echó a volar y ya me veía asistiendo a radioterapias y quimioterapias y luchando por una vida que sólo es prestada. Este drama que sucedió en mi cabeza mientras esperaba en la consulta del segundo médico se terminó una hora después, habiéndome colocado en posiciones indecibles para hacer un ultrasonido del músculo sartorio y sus alrededores, y declarar que tampoco era asunto suyo, que un medicamento que se me recetó un mes atrás era el causante de tan molesto síntoma, y que con dejar de tomarlo sería suficiente. Total, que una semana después el dolor no había sufrido cambio alguno. Siempre me he jactado de ser una mujer de ciencia, de lógica y de raciocinio, de métodos comprobables y comprobados y de orden; lo que voy a narrar a continuación pone en tela de juicio todos estos principios: como nunca falta un buen consejero, y ese generalmente es alguien que fue ya con un doctor que le hizo milagros, recibí la recomendación de ir con un homeópata, dicho sea de paso yo ya estaba harta del asunto y lo que quería era que me dejara de doler la bendita pierna, lo pensé un tiempo y luego me dije a mi misma “¿por qué no?”. Cuál sería mi sorpresa que al presentarme a la consulta del señor éste se encontraba en la sala de espera, con su laptop en el regazo y con un look, no tanto desaliñado como impropio de la profesión: no quiero decir que se viera mal, más bien parecía psicólogo. Me acompañaban mi madre y mi tía, quien me había hecho la recomendación. Al pasar al consultorio, el sujeto, parlanchín y bonachón se sentó detrás del amplio escritorio, típico de la profesión, que se encontraba a un metro de las sillas del paciente, sentía como si quisiera tenerme lo más lejos posible. Había una especie de segunda pieza que sólo daba cabida a una pequeña camilla y a una vitrina y sin siquiera haberme preguntado mi nombre comenzó a presentarse, sus títulos profesionales y sus especialidades en medicina alternativa: acupuntura, reiki, magnetoterapia y lectura de memorias celulares fueron los nombres que más se me grabaron. En este punto me di cuenta que tal vez estaba perdiendo mi tiempo, y en esos pensamientos me encontraba cuando me vi sorprendida por la pregunta ¿qué piensas cuando te digo, tus quince años? Lo primero que se me vino a la mente fue a este señor imaginándome con un vestido hampón rosa pastel, sin imaginarse jamás que unos meses antes de cumplir quince años murió mi abuelo paterno, y entonces para mí ese fue motivo suficiente para no festejar; no alcancé a responder nada cuando ya estaba él declarando que posiblemente en la muerte de un ser muy querido. “¡En la madre! -fue lo que pensé, este sujeto sí lee la mente” (No como yo, por cierto). De ahí en adelante procuré no pensar más y dejarme llevar por la experiencia con el único objetivo de salir de ahí lo más pronto posible. Me preguntó algunos datos personales y procedió a pedirme que me recostara en la pequeña camilla del salón contiguo para sanar la dismetría que tan fuertemente me aqueja, según él. Al voltear a ver mis pies, uno estaba considerablemente más adelante que el otro, de lo cual nunca me habría percatado a pesar de saber que es lo más normal del mundo tener una pierna más larga que la otra, o sea ligeramente, no los 8 centímetros que a leguas se veían en mi caso; una vez comprobado esto, me dice “recuéstate boca abajo, por favor” y comenzó a darme un pequeño y relajador masaje en la espalda, una vértebra, dos, tres, ¡crack!, toda mi columna tronó bajo su puños y el poco aire que tenía en los pulmones salió dejándome sin aliento. “Troné poquito”, según él. Como pude me levanté de ahí con la intensión de salir rápida y furiosa por la puerta cuando me anuncia “ahora si vamos a proceder a la lectura de memorias celulares” ¿Memowhat? Lo único que se necesita son tres cosas, tu nombre completo, tu fecha de nacimiento y tu permiso. Honestamente, no sé porqué accedí. Tal vez porque no sabía que el señor se iba a poner más serio que un agente de servicios funerarios, adquiriría una voz sepulcral, situaría las palmas justo por encima de las mías, que temblaban de nervios, y procedería a recitar una a una todas mis dolencias físicas -las emocionales vendrían después-, desde la lesión en la rodilla derecha que me hice por jugar futbol, pasando por el dolor crónico de espalda, los síntomas ginecológicos, la debilidad visual y los problemas gastrointestinales, puede que le hayan faltado algunos, pero sin duda de lo que dijo todo era cierto. ¿Cómo rayos hacen eso? Mi lógica me indicaba que con los datos personales y mi lenguaje corporal podría haber obtenido algunas pistas, pero honestamente estaba sorprendida. Al terminar, me pregunto qué pensaba de lo que había dicho, respondí, como ya dejé claro aquí, que todo era cierto. Hasta este punto no se había molestado en preguntarme cuál era mi motivo de consulta y yo pensé que nunca lo haría, sin embargo lo hizo y entonces relaté mi peregrinar por las consultas anteriores y el dolor punzante que me aqueja en la pierna derecha desde hace ya más de un mes. Como si no hubiera escuchado nada, y sólo advirtiéndome que “no le creyera a los doctores” me anunció que estaba a punto de vivir una experiencia magnífica y renovadora. Ponte de pie, por favor. Me situó de perfil entre su escritorio y mi mamá, que era más bien una espectadora emocionada ante el espectáculo, y le pidió a mi tía que se pusiera detrás de mí “por si me caigo” ¿que rayos está pasando aquí? fue lo que alcancé a pensar cuando se atrevió a pedirme que cerrara los ojos y no los abriera durante todo el proceso. Ahí fue cuando mi verdadera personalidad opuso mayor resistencia. Pedirle que cierre los ojos a un controlador como yo es equivalente a pedirle a un histérico que no esté llamando la atención, y sin embargo lo hice. Después de varios intentos y con las manos temblándome de los nervios pude cerrar los ojos. Practiqué cada ejercicio de respiración que me sé y procuré trasladarme a un lugar feliz. No pude. El sujeto este de inmediato les pidió a las otras dos mujeres que me observaran, el movimiento de mis ojos es un “registro” muy poderoso, según él, y empezó a hacer una especie de ejercicio de imaginería y relajación en el que me costó algo de trabajo entrar, no recuerdo muy bien sus palabras, pero comencé a moverme como en círculos, era una sensación extraña que el definió como “interesante” ¿interesante? Eso es lo que se dice cuando hay una vasta bibliografía para explicar el fenómeno que se observa, raro y complejo a la vez. En casi cualquier otra circunstancia no me hubiera molestado tanto que se usara ese adjetivo para describirme, en ese escenario sólo me causó horror. No sé cuánto tiempo estuve ahí, parada tambaleándome con tres personas alrededor mío, uno de los cuales se esforzaba sobremanera en vencer mis resistencias y lograr relajarme, renovar mi energía, borrar mis memorias celulares y liberar mis apegos, que en su opinión son muchos, alinearme los chacras, uno de los cuales está cerrado, por lo que si quieres puedes llorar nena, y ahí va la nena sensible a llorar, tienes un corazón muy noble, perdona a los que te han hecho daño, bla bla bla a la cuenta de tres vas a abrir los ojos, uno, dos, tres, señora por favor abrace a su hija. Yo ya no podía más, el dolor de la pierna se me había olvidado porque la espalda no me dejaba en paz y ahora me salía con que tenía un corazón muy noble y era muy sensible y si quería podía llorar. Finalmente me dijo que si quería gotas o chochos, pedí chochos y además me dio un gel disque para untarme en el área afectada por un trauma físico o emocional que era lo que me estaba causando el dolor y unas pastillas “totalmente naturales” -como si todo lo natural fuera bueno-, que ya no sé para qué son, reiteró que no le creyera a los doctores -a pesar de que él es uno de ellos-, y me indicó que debía volver a su consulta en una semana, me opuse, bueno quince días, no importa, pero tienes que regresar. Salí de ahí más confundida de lo que entré y desde entonces estoy tomando tres chochos cada tres horas, poniéndome un gel que ni huele ni se siente a nada dos veces al día y tomando cada ocho horas una pastilla totalmente natural que huele a podrido. No sé si voy a regresar a su consulta y mi dolor (porque ya me lo apropié) sigue exactamente igual.

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