Año 2. Número 9. Agosto de 2012.

A veces la gente acude en busca de una píldora casi mágica que cure lo que sea que tengan por lo que sea que lo cause. Uno no quisiera menos que poder ofrecérselas, pero este negocio no es así.

En caso de existir el poderoso  brebaje contra la codependencia, yo sería la primera en promocionarlo para el desfile de mujeres de todas las edades y clases sociales a quienes les he escuchado decir el mismo discurso, y hacer la misma pregunta: “¿usted cree que sí va a cambiar?”, señora, responde su inexperta pero intuitiva servidora, ¿esto ha pasado antes? La respuesta no varía más que en la antigüedad y frecuencia de las infidelidades o agresiones previas, seguida también de la aseveración ¡ya me pidió perdón, y me prometió que va a cambiar! No señora, no va a cambiar, es lo que me gustaría decirles, pero mi “ética” me lo prohíbe, por lo que sólo puedo responder “¿usted qué cree?”. Que no, pero yo lo quiero. Claro. Clarísimo que usted lo quiere y todas los queremos, pero para lo que tiene su distinguidísimo marido tampoco existen pastillas lanzadas al mercado después de años y años de investigación respecto de la violencia y las causas que la provocan, que científicos suizos y dedicados a la tarea nos hicieron el favor de regalarnos, porque aparte aquí no se cobra. Pero mire, le ofrezco este parchecito que sí le va a servir a sus nueve hijos cuyas edades oscilan entre los 2 y los 15 años, hombres y mujeres del futuro, para que no queden secuelas del abandono en el que están, y puedan crecer sanos, felices y educados, sin importar que en la escuela a la que van la maestra con trabajos pasó la secundaria y como nadie le ha enseñado a enseñar a otros hace lo que puede, y sus hijos están aprendiendo menos que  si no gastara en la pésima educación pública que reciben, en sus cuotas anuales y en sus zapatos y colores, pero tampoco se preocupe señora, aquí tengo este aerosol que con sólo esparcirse por el salón de clases soluciona el desinterés de los alumnos y la ineptitud de la maestra, y además viene en diferentes aromas, le recomiendo el de lavanda.

Hay casos en los que, aunque tuviera yo la dichosa pastilla para ofrecérsela, mi infeliz interlocutor no estaría siquiera dispuesto a tomársela, porque ha vivido tanto tiempo tan infeliz pero cómodo con su padecimiento, que siquiera pensar en deshacerse de él le hace sentir sólo y vacío, ya no hay nada que valga la pena ser vivido. A usted sí, ni como ayudarle, pero como yo soy mago le voy a cambiar todas esas ideas y en cualquier momento saldrá por esa puerta un hombre feliz, optimista, emprendedor y por si fuera poco, millonario, sin nada que lo relacione con el que acaba de entrar ¿qué le parece? No tiene que hacer esfuerzo alguno, sólo míreme fijamente y en tres, dos, uno, ahora, usted se irá de aquí y toda su vida será perfecta. Transcurrió así mi cita de las diez y a  la de las once con sólo verla me di cuenta de que estaba en profundo sufrimiento, su silencio expresaba no sólo resistencia, y su llanto espontáneo era más que un capricho y no podía ser explicado mejor por ninguna cosa que no fuera una larga historia de abuso sexual proferido por su padre en la infancia, quien solía usar una loción particularmente desagradable, y como a su buen marido se le acababa de ocurrir cambiar de fragancia, ese día por la mañana se le había presentado el primer ataque de ansiedad de los muchos que tendría a lo largo de su vida adulta, sin saber siquiera en qué recóndito rincón de su pasado tenía años gestándose tan desagradable neurosis. Ella no lo sabía, pero yo sí, porque, sin importar la presencia o ausencia de cualquier otra habilidad o capacidad, puedo leer la mente.

 

Advertisements