La Ciudad de México y yo tenemos una relación ambivalente. Bueno, yo tengo una relación ambivalente con ella, por que para ella yo no soy más que otro par de pasos veloces sobre sus banquetas adoquinadas y disparejas. Para ella, estoy segura, no soy nadie, nadie que destaque entre la multitud ni entre el bullicio. Si acaso una pueblerina desorientada y temerosa entre los 24 millones de citadinos seguros y apresurados que la recorren sin tiempo de nada. Esos que veo con fascinación vendiendo mercancía barata en las calles y en el metro, o esos de traje que van muy serios y muy planchados, seguro a algún banco o a alguna junta de conciliación y arbitraje, o esos que conducen los microbuses, con su característico acento de “chilango” y su música de cumbia y su reglamento y su virgen de Guadalupe. Su infaltable virgen de Guadalupe. Esos, los adinerados, que son dueños de todo. Y esos, los menesterosos, sentados en las banquetas pidiendo limosna, causando compasión, lástima o molestia al peatón de clase media que inunda las calles y avenidas y que va siempre con prisa, de un lado a otro, hablando por teléfono, oyendo música, almorzando al paso una torta de tamal. Yo me engento, la verdad. Me demanda demasiada energía seguirles el paso a los “chilangos”, y como además me gusta observarlos trato de quedarme un poco atrás, pero no al margen, mezclada pero no revuelta. Si me revolviera sería incapaz de apreciar los fantásticos puestos ambulantes de todo. Literalmente, de todo. Nómbrenlo, lo encontrarán en las calles de la Ciudad de México y a un módico precio. La comida merece mención aparte: los tacos, que junto con los carritos de tamales -con bolillo- son los protagonistas de la amplia oferta gastronómica que existe en las calles de la ciudad, se suceden de puestos de frutas y verduras, esquites, jugos y licuados, garnachas -léase pambazos, flautas, enchiladas, sopes, etc.-, dulces típicos y variados, alegrías y palanquetas, papas fritas, donas, churros, tehuacanes, dorilocos, crepas, helados… La lista sigue y sigue, todo al alcance de tu mano, en la calle, sin pagar impuestos, sin pedir permiso, a veces sin tener higiene, ni organización, pero eso sí, siempre velocidad. Todo está listo, todo está hecho. Sacar dinero de una cartera es un error impensable: debes traerlo a la mano, en la bolsa del pantalón, suelto y de preferencia maltratado, como si no te importara gastarlo. Debes caminar seguro, echando el cuerpo hacia delante, mezclándote, pero siempre cuidándote la espalda, más vale. Debes estar atento, sobre  todo entre los edificio del centro, uno más majestuoso que el anterior. Salir por el metro hacia el Zócalo es un deleite. Esa enorme explanada en cuyo alrededor conviven la catedral de vieja y hermosa fachada; el templo mayor, prehispánico y misterioso; el edificio del gobierno de la ciudad, las fachadas de hoteles y restaurantes, todos antiguos, con sus alturas uniformes y sus pinturas y su cantera, todos bellos; y el Palacio Nacional, tan serio y tan sobrio por fuera, tan vivo y hermoso por dentro, de las sorpresas más grandes que me ha dado esta ciudad. Mi favorito es Bellas Artes, con su cúpula dorada y verdosa y sus columnas blancas y su explanada de esculturas de otros tiempos. Sus museos, de todo y de tanto: de arte, de ropa, de correo; de telégrafos, de cine, del ejército; de historia, muchos museos de historia, de memoria y tolerancia, de arte moderno; muchos gratuitos, muchos eternos. La segunda ciudad con más museos en el mundo. La ciudad en sí misma es un museo. Un museo del caos y del progreso. Un museo del tráfico y del concreto. Un museo de aparadores, de construcciones, de edificios antiguos y modernos; de vestigios de un pasado honroso y predicciones de un futuro incierto. Todos tememos que la ciudad se nos caiga a pedazos cualquier día de estos, como si estuviera construida sobre un lago o como si un temblor pudiera demolerla, otra vez. Los árboles. ¿Cómo puede haber tantos árboles entre tanto concreto? ¿O tanto concreto entre tantos árboles? ¿Cómo pueden convivir las dos cosas y ser una ciudad tan gris y al mismo tiempo tan verde? No lo sé, no lo entiendo. No la entiendo, pero así es. Tampoco sé si así sea para todos, si los que la recorren y la corren se dan cuenta de la maravilla y la pesadilla, del orden y el caos, del asfalto y el pasto, de los perros callejeros de las taquerías y los perros de raza de la Condesa, del tesoro que tienen entre manos. ¡Es que son tantos! Sé que nunca podría vivir aquí, yo tengo un ritmo más lento, opero con otra lógica, con otro método y con otras intenciones; porque eso también, los “chilangos” siempre tienen intenciones, ya los conozco: dicen una cosa pero significa otra, te calan, te retan, te tientan, te hacen un chiste o te sueltan un albur, un juego de palabras, jerga, alguna mentirilla. Hay que estar “al tiro” con todos ellos. Por eso digo que con ella tengo una relación ambivalente, porque  sin importar cuantas veces venga y me enamore de sus edificios y sus museos, de sus vendedores y de sus sorpresas, me deja también esa mala impresión del contraste, del pobre al que no le alcanza para nada, del ruido y el tiempo perdido el el tráfico, del cansancio y el olvido entre la masa. No soy nadie; para ella no soy absolutamente nadie, ella tan majestuosa y tan grande; yo tan nimia e insignificante, solo un par de pasos más entre tantos otros.

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