Conforme he lanzado una mirada a mi entorno durante los últimos años pareciera que he podido comprobar uno de los muchos estigmas que creo, aún, persisten en nuestra sociedad; la desigualdad y el rol que juega la educación, para bien y para mal, en ella. Ya sea a través de realizar un servicio social turbulento o a través de los diversos proyectos en los que me he visto involucrado profesionalmente el común denominador ha sido constatar una herida en nuestro tejido social más prominente conforme más profundo me desplazo.

El fantasma de la pobreza, la marginación, el hambre y la vulnerabilidad está hoy más presente que nunca en nuestro país con más de 50 millones de personas en situaciones ya paupérrimas, ya de pobreza o ya de riesgo (a pesar de los millones de pobres que parecieran se quieren esconder con trucos metodológicos por los órganos estadísticos mexicanos). Paradójicamente, estos millones de desprotegidos conviven en el mismo territorio con uno de los hombres más ricos del mundo y con varios multimillonarios que generan ingresos nada tímidos en las listas de las mayores fortunas.

En medio de esta situación se encuentra la educación como una gran constante. Y es que no obstante reformas meramente administrativas disfrazadas de “estructurales” vemos como el rezago educativo para aquellos con menos ingresos sigue siendo una realidad innegable. Mientras los estratos más privilegiados de la población acceden a instituciones de élite aquellos más desprotegidos deben lidiar con un sistema educativo que desde su misma concepción lo aborta al ser incapaz de llegar hasta sus alejadas comunidades, al no tomar en cuenta sus dialectos, sus culturas y tradiciones, sus carencias económicas, al perpetuar las desigualdades de género y la revictimización de las poblaciones indígenas, al otorgar condiciones indignas al maestro y apostar todos sus recursos a los sectores más pudientes pero más reducidos de la sociedad.

Y es que no nos equivoquemos, si bien el sistema educativo está lleno de fallas y orilla a la deserción a una cantidad alarmante de alumnos no podemos simplemente asumir que el origen de la pobreza y el rezago económico se encuentran en la educación pública porque sería un reduccionismo fatal de una problemática tremendamente compleja. La pobreza es un fenómeno humano creado por los hombres con una base emocional de codicia, poder y dominación que se ha perpetuado social, cultural, antropológica y psicológicamente a través de un mecanismo de control, entre otros, como es la desigualdad de ingresos, servicios y acceso a sistemas e instituciones sociales.

Para plasmar la tragedia de nuestra educación y los estragos de la desigualdad basta comprobar que de cada 100 niños mexicanos que ingresan a la educación primaria solamente 14 logran terminar una carrera universitaria mientras que hay otros doce millones de jóvenes que simplemente no asisten a la escuela en ningún punto. La pregunta realmente interesante es ¿qué se necesita para que una persona logre estar entre esos 14 privilegiados? y la respuesta es simple; exactamente eso, privilegio.

A pesar de ser una idea difícil de entender, por cada uno de nosotros que logra avanzar hasta la educación superior existen grupos enteros de niños que se han quedado en el camino y que al integrarse al mundo laboral (por necesidad) sostienen, junto a sus familias, un sistema económico que sólo nos permite a nosotros minoría en el espectro medio y alto de ingresos obtener las herramientas que brinda la educación existente en México. Para perpetuar que en un solo país sigan coexistiendo fortunas enormes debemos atravesar complejos mecanismos sociales que sumen a millones en la pobreza, que extraen oportunidades e ingresos de los más desprotegidos para amasar gigantescas cuentas bancarias a la par que sostiene un sistema corrupto que alimenta a miles de burócratas y funcionarios dependientes del erario público al tiempo que hacen oídos sordos a los reclamos de aquellos que han sangrado para sostener esta realidad. Poniéndolo en términos simples; por cada uno de nosotros con un título universitario en las manos existen otros miles en marginación que sobreviven cuando deberían poder vivir en pleno y con dignidad.

De contemplar esta realidad es que he venido a creer firmemente que cada uno de nosotros egresados universitarios tenemos una deuda inherente con nuestro país en particular y para con el género humano en general. Si aceptamos que es esta desigualdad la que, en parte, ha hecho que sea posible para nosotros y muchos otros universitarios más poder llegar a dichos estudios superiores me parece lógico y más que justo realizar una retribución por ese “empuje social” del que nos hemos visto beneficiados.

Y es aquí que lanzo la segunda pregunta importante (seguramente más que la primera); ¿qué estamos dispuestos a retribuir en nuestra sociedad y en nuestra comunidad cuando egresamos, cómo usaremos el conocimiento que nos ha sido dado? Es doloroso para mi ver como muchos de mis colegas y de la comunidad universitaria en general acceden a estos niveles para perpetuar dicho sistema e incluso reforzarlo. Nos convertimos en parte del problema cada vez que creemos que nuestro título nos otorga derecho a discriminar a quienes no han podido acceder a la educación, cuando prostituimos la ética profesional, cuando buscamos meramente el lucro de nuestra profesión pero nunca el bien común, el aporte a la comunidad (tampoco soy iluso, no espero que ningún universitario trabaje gratis pero sí que se busque un punto medio, que se esté dispuesto a buscarlo vaya). Quizás no esté en nuestra manos cambiar el mismo sistema que nos trajo a donde estamos, e incluso aquí podría llegar a dudarlo, pero lo que, definitivamente, sí está en nuestro poder es la decisión de cómo usamos el conocimiento que nos ha sido dado y qué construimos con el, cómo le damos vida, como lo reinvertidos y cuál es el retorno de inversión que esperamos obtener.

Parece irrisorio que aun hoy en día haya personas que cuestionen la interconectividad, la interdependencia, la relación que existe entre todo individuo y toda comunidad. Podemos llegar a estar tan empecinados en generar riqueza monetaria con nuestra profesión que nos cegamos al hecho de que las decisiones y las acciones que ejecutamos hoy nos impartirán a todos por igual el día de mañana y es que no hay problema social que sea sólo problema de un “ellos”, todo lo que sucede a nuestro alrededor acaba por impactarnos. Podemos alienarnos en burbujas que nos regocijen en nuestro éxito material o en la acumulación de conocimiento por acaparamiento más que por trascendencia intelectual pero tarde o temprano nos daremos cuenta que todos esos problema ambientales que nos parecían ajenos, que todos esos adultos mayores que decidimos abandonar, que todos esos niños y adolescentes conflictivos que condenamos, que toda la pobreza que decidimos achacar a los propios pobres, que todos los que asesinamos mientras huían de la violencia y la pobreza, que todos los marginados, hambrientos y miserables que decidimos ignorar son seres humanos y existen en el mismo entorno globalizado que nosotros siendo capital humano que no seremos capaces de recuperar si no actuamos ahora, si no evitamos caminar hacia nuestro propio suicido moral.

¿De verdad pensamos que todas estas realidades y todos estos problemas nos son ajenos?, ¿de verdad pensamos que no tenemos ninguna responsabilidad en ellos cuando podemos detener los mecanismos que los afligen?, ¿de verdad nos asumimos seres humanos cuando conscientemente decidimos ignorar el dolor y el sufrimiento?, ¿de verdad nos consideramos “educados” cuando monopolizamos el conocimiento que nos fue dado? Todos nosotros que hemos sido privilegiados con educación debemos tener en claro que no nos ha sido otorgado un privilegio sino una responsabilidad. La responsabilidad de transmitir conocimiento, de replicar conocimiento, de intervenir y crear proyectos que generen capital humano y riqueza social, que se orienten al bien común, que retribuyan a la comunidad algo de lo que ha invertido en nosotros, que vuelva este un mundo un poco más justo y más equitativo. Esto no es exclusivo de alguna profesión, aquí podemos tener administración, física, medicina o artes que transforman, que hacen justicia. No necesitamos algunos mártires que lo dejen todo en su comunidades y se dediquen al trabajo altruista sin cobrar un peso, necesitamos miles de profesionales dispuestos a poner algo de su tiempo y sus manos para crear redes suficientemente fuertes como para impulsar verdaderos cambios. Divididos somos débiles, unidos somos fuertes.

Yo les digo a todos aquellos que están por comenzar la universidad y a todos aquellos que han pasado por ahí; que el conocimiento se vuelva fuente de bienestar y moneda de inversión para el bien de nuestra comunidad, para el bien de los más necesitados, porque su bien es nuestro bien, si ellos prosperan nosotros lo logramos, no hay individualismo aquí. Me planteo y les planteo esto; ¿que estamos haciendo, qué estamos dispuestos a hacer y que terminaremos haciendo con todo el bagaje que nos fue transmitido?, ¿hacemos caridad o hacemos justicia con el conocimiento que nos fue dado?

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