Abrí los ojos. No sé qué pasó. No sé dónde estaba. Había humo. Olía mal. ¿A qué olía? Todo era borroso y mis ojos no distinguían entre su propio peso y el desorden exterior. Poco a poco mi cuerpo comenzó a tomar consciencia de sí mismo. Los brazos yacían inertes simplemente colgando de los hombros, sin voluntad alguna. Algo dolía terriblemente a la altura del abdomen, ¿una costilla rota, tal vez? La cadera tampoco parecía tener intenciones de moverse y las piernas estaban cubiertas por una capa de polvo y pequeñas manchas de sangre. Había sangre por todas partes. No podía ver mis pies porque sobre la espinilla derecha había una viga de concreto. Ni siquiera sentía dolor. Sólo veía ese peso sobre mi pierna y lo asumía. No imaginaba porqué estaba ahí, ni que pasaría cuando lo quitaran, ni sus consecuencias…  Si es que alguien lo quitaba alguna vez. ¿Habría alguien más? Intenté poner toda mi energía en escuchar, ya que la vista no me daba para mucho. Silencio sepulcral. Breves susurros de humo y de viento mezclados con partículas de polvo. El oído tampoco me ayudó. Traté de concentrarme entonces en lo que sentía. Frío y calor al mismo tiempo. Un frío congelante, que me calaba hasta los huesos. Y un calor abrasador, ¿habría fuego cerca? El temor se apoderó de mí. Si había fuego todo se vendría abajo y yo moriría ahí atrapada, sin saber en dónde ni cómo ni por qué estaba ahí, sola. Se empezaron a proyectar imágenes en mi mente, recuerdos, supongo. Flashazos con tanta luz que me deslumbraban, un auto, oscuridad, música, oscuridad, risas, oscuridad, viento, oscuridad. Mi frente funcionaba como una pantalla de proyección que empezó a contorsionarse de dolor e intenté levantar la mano para tranquilizarla, poco a poco mi brazo se movió, y yo podía sentir cada músculo haciendo su mejor esfuerzo por no colapsar. Finalmente mis dedos llegaron a mi frente y sentí un líquido caliente: sangre, por supuesto. ¿Mucha? La cabeza es muy sangrona… Había escuchado esa frase tantas veces con el intento de tranquilizar al herido que por un momento pensé “no debe ser nada”. Inmediatamente me di cuenta de que empezaba a negar lo sucedido, fuera lo que fuera. ¿Qué había pasado? ¿Qué me había pasado? ¿Alguien podría ayudarme? Aún no había intentado hablar. Tenía mucho miedo de no encontrar mi voz por ningún sitio y quedarme sin recursos y sin sentidos. Trataba de pensar cómo salir, pero pensar era una actividad superior a cualquiera que yo pudiera realizar en esas condiciones. Mis sentidos no me habían dado respuestas, mi cerebro se tomó el día libre, mi cuerpo estaba atrapado. Sangre, humo, polvo. La viga, el calor, los flashazos. Me resigné a mi suerte. ¿Qué pasaría después? ¿Qué pasaría cuando mi cuerpo ya no resistiera? ¿Alguien sabría que yo estaba ahí? ¿Cómo llegué ahí?

Ninguna de las drogas que tomo estaba haciendo efecto. ¿Porqué? No puede ser que diecisiete pastillas y doscientas ochenta y cuatro gotas diarias no hagan  nada. Estaba mareada, desorientada. Estaba sola. ¿Contra qué choqué? ¿Contra quién? Volví a sentir el deseo inmenso de cerrar los ojos y quedarme dormida, o muerta, lo que fuera con tal de dejar de sentir ese escalofrío recorriéndome el cuerpo y el dolor en las costillas y la sangre corriéndome por la frente. Volví a sentir la desesperanza de saberme indefensa, ahí atrapada bajo una viga de concreto, quién sabe cuántas veces más pesada y más fuerte que yo, tan inanimada y a la vez tan agresiva. ¿Cómo llegué ahí? Me repito una y otra vez en lugar de pensar cómo carajos salir. Tal vez porque no importa, tal vez porque no puedo. Porque en ese momento de dolor y soledad nada en mí tiene ganas de vivir, de liberarse, nada en mí tiene fuerzas para hacerlo.

Ya no quiero chocar, ya no quiero vigas, ni polvo, ni sangre. Estoy harta del frío y el calor simultáneos, del  silencio y de la soledad, de los flashazos. Estoy cansada del mareo y la náusea permanente. Ya no quiero chocar, así que quítate de mi camino.

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