Apenas entrando a la adolescencia surgió en mí el primer signo de rebeldía ante mis padres y la primera prueba fehaciente de mi vulnerabilidad social: me perforé la lengua. Me dolió como el demonio, pero no iba a dejar que la falta de anestesia -y de higiene- obstaculizaran mi demostración de honor y lealtad. “A esa edad, el grupo de pares ejerce sobre el adolescente, por definición, carente de esencia, la mayor influencia, y este es capaz de hacer cualquier cosa por obtener esa identidad de la cual carece”; pero esto lo aprendería después, ataviada con una filipina blanca y lentes, en mi mejor atuendo de psicóloga, intentando comprender los motivos del inconsciente para llevarnos por caminos sinuosos y estúpidos. Aun así, esa estudiante universitaria seguía conservando ese pequeño bastón que atravesaba su lengua, como un símbolo de que hice lo que quise y cuando quiera puedo dejar de hacerlo: en mi lógica juvenil una perforación era reversible, un tatuaje no. Desde que tengo memoria había defendido la idea de que un tatuaje tenía que tener significado, y que si había algo tan importante en mi vida como para llevarlo en la piel, entonces no sería necesario hacerlo. Pura palabrería para ocultar mi miedo al compromiso. Aunque eso también lo descubriría después, al enfrentarme voluntariamente a mi soledad. No sería necesario, pues, clavarse una aguja con tinta de cualquier color en alguna parte aleatoria del cuerpo para recordar las cosas importantes… Hasta que esas cosas importantes pasan, y sientes tanto dolor por dentro que necesitas que se te vea en la piel para mitigarlo. No en tinta negra, tampoco quieres parecer pizarrón blanco, pero algo discreto, para ti, que no te deje olvidarte jamás del dolor y de las lágrimas, de todo lo que hiciste, de todo lo que pudiste hacer y no hiciste, de tu ausencia, de su presencia, de porqué llegó y cómo se fue, de todos los momentos intermedios. Nunca creí sentir la necesidad de llevar un nombre en la piel, menos un símbolo, hasta que la sentí.

El arete de la lengua me lo quité cuando creí que me iba a empezar a convertir en un adulto, que tendría que encontrar un trabajo “respetable” y que nadie querría que su terapeuta tuviera la lengua perforada, puras tonterías también. Me lo quité porque quise, cuando se me dio la gana. El tatuaje no me lo puedo quitar, y mejor así, para que cada vez que vea su nombre me recuerde que hubo alguien que cambió mi vida, y que me está esperando del otro lado.

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