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Tras varios días de no haberme podido sentar a escribir en paz, hoy lo conseguí en un espacio junto al río, de donde se podía ver el océano de un lado y el puente colgante del otro. Caminando hacia ese sitio emergió un olor a brisa marina de aires salados que invadió mi boca, hacía viento y la gente caminaba bien abrigada. Todos parecían haber realizado el trayecto cientos de veces, pero para mi era la primera vez en la que me introducía en una caja metálica guiada por rieles y tirada de cuerdas recorriendo su estructura hasta llegar del otro lado. La sensación era arcaica, ese mismo viaje debe haberse realizado desde hacía varias generaciones antes de mi.

Al bajarme me alejé de ahí lentamente y caminaba junto al río cuando vi a una pareja, una mujer madura y el que parecía ser su padre ya entrado en años. Se distanciaban de mi en dirección contraria, al sureste de donde yo me encontraba mientras charlaban cualquier banalidad.

-Un crucero por el mediterráneo es de lo más barato que te puede encontrar-, le dijo su hija mientras él asentía. “Yo nunca he tomado un crucero y no creo que sea barato” pensé y seguí cavilando al respecto durante un rato.

Los vi alejarse al sureste y todavía podía ver sus espaldas cuando me percaté que también se alejaban de mi por el por el noroeste. La misma pareja se alejaba de mi en dos direcciones contrarias al mismo tiempo porque nadie les había dicho que eso es de un pésimo gusto, no deberías de ser capaz de moverte en dos direcciones al mismo tiempo y menos dándole la espalda al mismo sujeto para que éste enloquezca tratando de descifrar lo que ello significa.

Seguí mi curso y vi a un pescador junto al río, llevaba no una, sino dos cañas de pescar. Estaban una persona y un perro y el uno se dirigía al otro de vez en cuando como tratando de conversar. Consideré apropiado acercarme y preguntarle qué tipo de animal trataba de capturar, además era posible que él entendiera lo que significaban aquellas parejas que recién había visto.

-¡Hola! ¿qué hay para pescar?- le pregunté.

-Parece que nada de este lado del río, joder- gruñó el perro pescador mientras el humano que lo acompañaba se acercaba a olerme y en búsqueda de que le acariciara la barriga.

-Caminando hacía aquí pude ver algunos peces en el río, ¿qué has tras cogerlos?- añadí.

-Si atrapo algo- ladró, – se los doy a mi humano para que los guarde, luego los llevamos a casa donde su hembra los destripa y comemos un banquete por la noche, pescado y caña de cerveza helada- rió.

Cuando nos movemos siempre avanzamos hacia varias direcciones al mismo tiempo, nuestra misma evolución intelectual y espiritual nos hace dirigirnos a dos estadios diferentes, unos prosperan y otros no, pero solo logramos verlo cuando hemos llegado a la meta efímera, eso, si tenemos la suficiente autoconciencia como para ver el camino recorrido, si no, llegamos sin más a un nuevo peldaño sin haber visto claramente el escalón anterior. Cada piso tiene simultáneamente escaleras que llevan a nuevos niveles, siempre hacia arriba, de modo que cuando crecemos vamos del paso uno al dos y así sucesivamente, pero los números no eran sucesivos hasta que no los acomodamos posteriormente en nuestra cabeza, porque en realidad la habitación A tenía puertas y ventanas al mismo tiempo que se dirigían a cuartos marcados con la B, C y D, pero solo avanzar nos da esa perspectiva que es a la vez inútil e incipiente porque cuando nos hallamos en la sala B, esta se ha convertido nuevamente en la A y se han vuelto a abrir las mismas puertas y ventanas que solamente podemos abrir en el orden correcto si vemos a futuro.

-¡Eh! ¡Joder!- escuché que se dirigían a mí -deja de farfullar toda es bobada al perro- exigió el humano del perro pescador. 

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