El pasado 21 de mayo un joven de 20 años con un grave cuadro depresivo se las arregló para saltar a la fosa de los leones en el zoológico de Santiago de Chile en un intento por suicidarse. A pesar de que los equipos del zoológico lograron apartar a una leona y regresarla a una jaula otros dos ejemplares terminaron por atacar al hombre tras sus intentos por llamar la atención de los mismos. La pareja de leones le provocaron lesiones en el cráneo, la cara, el cuello y la pelvis, además de recibir un dardo tranquilizante en una pierna en medio de los intentos por sedar a los felinos. Finalmente, tras los ataques y debido al tiempo necesario para que los sedantes hicieran efecto se decidió sacrificar a la pareja de animales para salvar la vida del hombre.

De forma similar, pero en un zoológico de Cincinnati, Estados Unidos, un niño de cuatro años acabó dentro del recinto de Harambe, un gorila occidental de las tierras bajas de cerca de 180 kilos que lo arrastró por el agua de la fosa y, según algunos, lo arrojo varios metros al aire. Al considerar la fuerza desproporcionada del animal y el tiempo para hacer efecto de los sedantes se decidió sacrificar a la criatura para evitar un perjuicio contra el niño.

Otro común denominador de ambos casos lo encontramos en la respuesta social que generaron. Por un lado se han creado peticiones que exigen se le plante responsabilidad a los padres del niño de Cincinnati en el sentido, incluso, judicial debido a lo que consideran una situación generada por su falta de supervisión sobre el niño. Por el otro lado, ambos casos han generado una gran respuesta de parte de personas que han coincidido en lamentar la muerte de los tres ejemplares llegando al extremo de abogar por haber salvado sus vidas en lugar de la de los sujetos involucrados.

He estado pensando mucho en este par de situaciones en los últimos días y como ocurre frecuentemente en estos casos creo que nuestra reacción como sociedad dice mucho más sobre lo que somos nosotros y sobre nuestros tiempos que el hecho en sí mismo. Y es que, quiero dejarlo muy claro, jamás voy a estar en favor del maltrato o la crueldad animal, creo que la vida de un animal también es digna y tiene valor, pero, he de decirlo honestamente, no creo que sea comparable a la vida humana.

Me resulta decepcionante y francamente preocupante que en el caso de Chile una gran parte de la sociedad clame y lamente la muerte de los leones que, sí, repito, es lamentable e incluso a mí me parece triste y me plantea dudas sobre la ética y viabilidad de los zoológicos, pero que jamás puede anteponerse a una vida humana. Es llanamente ignorante argumentar que, como la persona deseaba suicidarse, lo más lógico hubiera sido dejarlo cumplir su deseo. Esto, me temo, no demuestra nada más que una profunda ignorancia, estigmatización y desinterés por el tema de la salud mental pública, ya que requiere una satanización aderezada de desconocimiento sobre el tema para tomar una visión reduccionista a tal extremo. Asumir que la persona que atraviesa un severo episodio depresivo toma una decisión de esa magnitud con la cabalidad de sus sentidos significaría presenciar a alguien al borde de un puente peatonal y mirar a otro lado, simplemente un sinsentido y una desensibilización ante el sufrimiento y la vida que cae en lo crónico. Nos apresuramos rápidamente a desvalorizar y minimizar la vida de un ser humano por el hecho de haber cometido un acto suicida y, en el camino, no sólo demostramos nuestra ignorancia e indiferencia sobre la salud mental sino que ponemos sobre la mesa una dura bofetada de realidad que nadie se ha atrevido a plantear; ¿qué estamos haciendo nosotros, como sociedad, para generar individuos que decidan arrojarse al foso de los leones para dejar de vivir?, ¿es acaso tan incómodo que decidimos omitir esa pequeña pregunta?, quizás es debido a que plantea responsabilidad y la responsabilidad tiene la cualidad de ser exigida pero rara vez asumida.

En cuanto al caso en suelo americano; plantea preguntas muy similares con la diferencia únicamente de la enfermedad mental y edades de los sujetos. Sin embargo son precisamente estas diferencias las que vuelven a convertirlo en un foco de atención. Primeramente; en la objetividad que va perdiendo una causa como la defensa de los animales (en la cual, repito, estoy de acuerdo) con tal de tener un argumento de peso para salir airosa de un debate. No creo que dejar el realismo y la objetividad a un lado abonen a la causa sino todo lo contrario, son esas actitudes las que demeritan los argumentos. ¿A qué me refiero? al hecho de condenar el sacrificar al gorila al argumentar que la vida del niño nunca estuvo en riesgo. Me parece obvio que, si hablamos de un animal que puede aplastar un coco con una sola mano sin mayor dificultad, la vida de un niño de cuatro años está en innegables problemas, y es que dejemos de polarizar la situación, esto tiene muchos matices, aseverar que la vida del niño se puso en riesgo no es sinónimo de estigmatizar a los animales, de percibirlos inequívocamente peligrosos y tampoco resulta una expresión de supuesta “superioridad” de parte del hombre. Sumado a esto me parece que enjuiciar a los padres tampoco ayuda a poner las cosas claras en este debate por dos razones muy sencillas; nuestro desconocimiento directo o, por lo menos, debidamente sustentado, de lo que sucedió ese día, ergo, nuestra incapacidad de dictaminar una verdadera negligencia de los padres, nos apresuramos a declarar culpabilidades sin conocimiento pleno de lo sucedido. Por otro lado está, de nueva cuenta, el sentido común, ¿de verdad podemos juzgar con tal severidad y certeza a unos padres por su “negligencia”, ¿cuántos de nosotros no hemos sido igualmente sorprendidos por un hijo u otra persona en un acto que puede resultar riesgoso sin que podamos reaccionar a tiempo para evitarlo?

Creo que son argumentos más que claros pero que están ahí. Y no quiero dejar pasar la oportunidad de volver a repetirlo; estoy en contra del maltrato animal y de la crueldad contra estos seres, pero también creo que, a nivel axiológico, resulta imposible comparar en dignidad la vida humana y la vida animal. Sé que los tiempos actuales demandan un debate y constantemente cambian perspectivas en un tema que seguramente será paradigmático de los derechos en un futuro pero creo que se ha banalizado el punto principal al asumir la postura simplona de que ahora “todo para los animales” por sobre la condición humana, ¿por qué’? porque no demanda reflexión y es una arista más de la apatía por la vida que experimentamos como sociedad, por la normalización y degradación de la dignidad humana. Creo que la cuestión nunca debió de ser una competencia entre el valor de la vida humana y animal sino una reflexión de la ética en el tratamiento del animal. Soy el primero en acentuarla necesidad de un debate sobre la viabilidad y la ética de la existencia de los zoológicos y las consecuencias de nuestros hábitos humanos en los hábitats y vidas de la flora y fauna porque es lo correcto y porque es necesario ara nuestra propia subsistencia. Sin embargo para mí la postura es clara, siempre irá primero la vida del ser humano cuando se venga el momento de tomar un decisión crítica que no admita más soluciones. Y para ejemplificar creo que bastaría un simple escenario hipotético; ¿si ese joven deprimido fuera su hermano o ese pequeño niño su hijo seguirían pensando que deberíamos dejar morir al primero devorado por leones y que el segundo está a salvo siendo resguardado por un animal salvaje de 18 kilos? No creo poder asimilar una respuesta positiva y en todo caso estaríamos ante una muestra paradigmática de la falta de empatía hacia el otro que no piensa igual que yo.

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