Una vez escuché decir de una mujer sin autoridad alguna en el tema que los hombres como los mameyes, raro el que sale bueno. Me hizo gracia y me aprendí el chistecito, en un tiempo en el que el único hombre que yo quería en mi vida se estaba haciendo el difícil. Hoy compré un mamey, derramándoseme la hiel por algún fruto delicioso siendo que estoy a régimen riguroso de frutas y  vegetales, un mamey era el placer que necesitaba para sentirme menos un conejo y más una persona con dignidad. Le pedí al frutero que escogiera él la pieza perfecta: mi experiencia muestra que mi capacidad de seleccionar mameyes no es destacada, imagínense la de los hombres. Confié en su buen juicio. Llegué a casa, sola, porque me he convertido en la mujer independiente que tanto anhelaba, no sin sus costos, de los cuales hablaré más adelante, y noté que el mamey estaba no sólo listo sino pasándose un poco, así que me dispuse a comerlo inmediatamente. Los mameyes los como sólo con una cuchara, pero por alguna razón aún desconocida para mí éste me dispuse a sacarlo de la cáscara y ponerlo en un plato, el color era perfecto, entre rojo y naranja brillante: primera mitad, bien, un poco floja pero nada de qué preocuparse, seguro la siguiente saldría mejor; segunda mitad: tenía gusanos. Unos seres pequeños y blancos que de inmediato me produjeron escalofríos y una tristeza profunda. Por un momento pensé en quitar el trozo invadido y comer el resto, pero la lógica que aún conservo me hizo cortar grandes trozos y darme cuenta de que no había salvación: estaba infestado. Me vuelven a dar escalofríos sólo de recordarlo. Resignada, recogí todo rápido y lo eché a la basura, casi al punto del llanto producido por el asco y con el firme impulso de llamar a mi mamá para contarle mi tragedia. Mi mamey perfecto tenía gusanos. Me contuve: soy un adulto y llamar a mi mamá sólo me daría un consuelo momentáneo, después sería objeto de bromas familiares y el incidente de los gusanos tal vez me haría aborrecer los mameyes “de aquí pa´l real”, como dirían en mi pueblo. Actué como un adulto y pelé un mango.

Pobre mamey, no tenía la culpa, quiero pensar, llegó a mi vida simplemente demasiado tarde, me repito por excusarlo, debí escogerlo yo misma y así al menos no me sentiría timada, me digo victimizándome, debí supervisarlo, no confiar tan rápido, no pagar por algo podrido, cómo iba a saber que estaba podrido, parecía tan bueno, tan colorido, tan perfecto. Al tacto me di cuenta de que algo andaba mal pero no quise creerlo, quise creer que sería bueno. Al menos agradezco haber decidido sacarlo de la cáscara y darme cuenta de todo antes de que fuera demasiado tarde.

Me salió un mamey podrido y por lo tanto pelé un mango: sí, un mango, que siempre ha sido mi fruta favorita, desde niña, cuando mis mejillas se llenaban de su dulce jugo amarillo y todo parecía ternura y serenidad, pelé un mango que me da seguridad y no me avergüenza, es verdad que no es el lujo y la lotería que es un mamey, no es la intensidad ni la dificultad de conseguirlo, es un simple mango de manila, dulce, suave, complaciente, seguro, sin gusanos.

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