Hace algunos días leía una nota periodística a la que llegué por casualidad pero que llamó mucho mi atención. Se trataba de la historia de una joven veinteañera holandesa que sufrió de abusos sexuales desde los 5 hasta los 15 años y que ha venido padeciendo de una depresión crónica durante la mayor parte de su vida a raíz de los eventos. A pesar de los medicamentos y el tratamiento psiquiátrico que ha llevado durante años no ha podido superar el padecimiento. Cerca de ahí otra mujer de 24 años, pero ahora en Bélgica, también padecía los estragos de uns depresión severa que se prolongaba desde su niñez y que no cedía terreno a pesar de los esfuerzos de los profesionales de la saud. La mujer belga incluso relataba que desde los seis años tenía pensamientos suicidas y declaró:

“Incluso en el jardín de infantes yo sabía que no quería esta vida. Entonces me senté allí, vi a los niños jugando, y yo pensé: ¿qué estoy haciendo aquí?… Me siento tan impotente, y estoy tan cansada de toda la lucha. Ningún tratamiento captura el monstruo que crece detrás de mis costillas”

La decisión de ambas jóvenes fue clara; habían optado por la eutanasia. Su opción es no seguir viviendo y terminar su vida asistida por médicos a través del método de inyección letal. Su petición fue aprobada. Tratándose de Bélgica y Holanda hablamos de algo que técnicamente es legal y que ha sucedido antes en el marco de dos de las más avanzadas legislaciones en cuanto a suicidio asistido, sin embargo, la diferencia estriba en que los casos anteriores fueron aceptados debido a argumentos de sufrimiento físico y mental generalmente originado por enfermedades crónicas, terminales y/o incurables mientras que la decisión de las protagonistas de estas historias se da tomando como base un padecimiento psicológico, lo cual marca un parte aguas al hablar de un tema tan delicado.

Las posturas son muy claras; hay quienes están totalmente en contra de la eutanasia ya sea porque consideran que no podemos disponer de estas vidas (por cuestiones morales, éticas, religiosas, etc.) o porque argumentan que sería sumamente difícil hacerlo con plena certeza de que no hay, precisamente, un problema psicológico de por medio. Por otro lado, hay algunos que defienden el acceso a este, que consideran un derecho último a decidir, obedeciendo a un razonamiento que prepondera la libertad de decidir sobre la propia vida y cuerpo, el sufrimiento que consideran innecesario en caso de enfermedades que sean mortales e irremediables así como la dignidad de la persona, que también es usada en el argumento contrario mencionando que no podemos terminar con una vida porque es atentar contra este valor intrínseco. Como vemos, mismo concepto, diferentes enfoques éticos que preponderan diferentes derechos.

Generalmente suelo tener una opinión formada sobre este tipo de temas, pero he de reconocer que no logro posicionarme en este caso. Entiendo los argumentos de ambos lados y encuentro lógica y razones válidas en ambos lados de la moneda. Si me lo preguntaran inmediatamente quizás me colocaría en una postura más cercana a mi concepción religiosa y axiológica, quizás defendería ese “elegir siempre la vida a toda costa”, “encontrar el sentido y la dignidad aún en la agonía” pero reconozco que ahora veo más aristas y reo que esto dista mucho de ser algo tan simple.

Al pensar en algo así saltan muchas preguntas a mi mente. ¿Es la vida algo que podemos querer o es algo que nos es dado y no nos pertenece ni nos corresponde rechazar porque sale de nosotros mismos?, ¿dudar de la decisión de la eutanasia en casos de enfermedad mental quiere decir que dudamos de que la persona esté en plena consciencia o asumimos a la enfermedad mental como unilateralmente incapacitante para ser objetivo y firme en una decisión?, ¿es la eutanasia una opción que reconoce dignidad con una víctima de abusos sexuales o es otra forma de revíctimización que prefiere lietralmente enterrar lo sucedido antes que afrontarle?, ¿es un cuadro de enfermedad mental “incurable” como los clasificaron los médicos holandeses?, ¿podemos aceptar la existencia de enfermedades mentales crónicas y al mismo tiempo declarar a una persona apta para tomar esta decisión?, ¿es también válido para los jóvenes o lo vemos como una opción para los viejos, como si nosotros decidieramos su tiempo?, ¿es la eutanasia permitirle al ser humano ejercer su última libertad o el despojarle de su dignidad y volverlo un componente utilitarista?.

La realidad es que no tengo una respuesta a estas preguntas pero algo sí creo; en nuestro deber y necesidad de hacerle frente a las interrogantes más crudas abiertos al debate y sin asumir, o una postura absolutista, o una imposición de mi idea al otro.¿Quién mide el sufrimiento y las decisiones del otro y cuando deberíamos (o no) interceder nosotros para impedir una voluntad? No lo sé.

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