Como la tercera de las cinco fases del duelo, es precedida por la ira y seguida por la depresión; se trata de intercambiar unas cosas por otras, de tratar de razonar con esa fuerza todopoderosa que algunos llaman dios y otros simplemente vida para que nos conceda un poco más de tiempo para hacer lo que hemos postergado o lo que nos gustaría hacer. Negociar significa aceptar que vamos a perder algo, pero seguir exigiendo algo a cambio. Por supuesto, dios no negocia. Él, como yo lo entiendo, dirige en blanco y negro: o te manda milagros o no, punto. La fragilidad del ser humano es tan simple, tan llana, tan brutal, un día estamos aquí y al siguiente no. Un accidente de auto, un infarto, un brote psicótico de algún ser querido, un diagnóstico de cáncer. ¿Un diagnóstico de cáncer? Sí, y sin embargo ver a otros perder la vida sólo me hace cuestionarme más sobre la mía: ¿cuánto tiempo me queda? ¿cómo será mi muerte? Siempre le he temido a esas respuestas, en especial la última. Me angustia sobremanera pensar en llegar a vieja, en ver morir a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, en quedarme sola poco a poco entre arrugas y recuerdos de tiempos mejores, cuando era autosuficiente y no tenía que usar pañal. Me angustia quedar atrapada en mi propia mente, lúcida pero con un cuerpo que no responde, o en mi  propio cuerpo, loca de atar. Quiero morir joven. Quiero morir joven y evitarme el trámite de ver a nuevas generaciones con ojos de juicio decidir sobre mí. No quiero sufrir la angustia de no recordar cómo me llamo, que comí ayer, en quienes puedo confiar. Por supuesto, nadie quiere. Por eso me encuentro aquí, negociando con una deidad que quiero pensar que es amable, para morir dormida, mientras nadie me ve y sin darme cuenta, antes de que todas estas cosas pasen… Pero dios no cumple antojos…

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