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Hace un año y medio, quizá un poco más, en mi afán de conocer de las cosas importantes del mundo decidí leer algo distinto a lo que siempre había estado acostumbrado. Cultivarme un poco.

Yo soy un fiel creyente de la autodidaccia. Por ejemplo, a veces me gusta usar palabras y luego investigar si son reales o neologismos, pero muchas veces me sorprendo al descubrir que nuestro lenguaje es tan basto que en su inconmensurabilidad cabe casi cualquier esperpento de combinaciones fonológicas. Entonces me dirigí a la librería más cercana y sin el menor temor a ser juzgado por la inquisitiva sabiduría del empleado preparatoriano que me atendía le dije:

-Estoy buscando un libro de historia del arte, algo básico, ¿qué me recomiendas?-

Me mostró un par de libros de texto del tema, tan solo verlos era evidente que fueron escritos como para niños de preescolar solo que con más dibujos, probablemente dictados por algún entusiasta del tema que tenía algún familiar bien posicionado en la renombrada casa editorial. Luego de revisar varios libros me di cuenta que en realidad es normal que los libros de arte tengas muchas ilustraciones, ¡pero cómo iba yo a saber eso de un inicio! Uno está acostumbrado a leer libros con muchas letras y a lo sumo, cuando uno es osado y aventurero, tienen letras en cursiva, cosa que ya no está bien vista entre los académicos de renombre pero se lo suelen permitir a los poetas y novelistas.

-Este es de los mejores-, dijo el empleado, -por supuesto que lo es- dije para mis adentros, obviamente no le puedes creer absolutamente nada a un vendedor ¡Es más! desconfío casi tanto de los vendedores como de los políticos y eso ya es mucho que decir.

Tardé cerca de un año para darme cuenta que la versión de bolsillo de La Historia del Arte de Gombrich, que me ofreció aquel muchacho, sí era una obra maestra del tema. Es un libro verdaderamente fascinante, lo leía casi siempre de camino a la facultad, un capítulo por viaje cuando eran cortos, uno o dos capítulos semanales, porque tenía muchos pendientes y cosas urgentes, pero al cabo de unos 8 meses terminé el libro. No me enorgullezco de que me haya tomado tanto tiempo, pero debo decir que es el primer libro que tomaba en mis manos con  calidez y afecto, como tocando a una chica dulce y delicada que está por abrirse ante mí.

Cuando podía darle más tiempo, me gustaba leerlo dándole su tiempo, tomaba una lámpara y una pequeña lente de aumento para dedicarle un par de minutos a cada una de las ilustraciones compiladas y honorablemente colocadas en este libro. Inspeccionaba cada detalle, cada centímetro y ponía especial atención en la semblanza de la imagen, en aquellos aspectos que Gombrich resaltaba en el texto. Casi puedo imaginarme al minucioso autor debatiendo consigo mismo cuál ilustración debía estar en su libro y cuál no. Leer el epílogo de un libro generalmente no es tan satisfactorio como el de este tomo. Me hizo sentir ahí de frente a él, en su escritorio, diciéndose a sí mismo cosas como, ¿qué artista holandés ejemplifica mejor la pintura de paisajes?

Al terminar el libro decidí que no era suficiente. Pensé en mis opciones, por un lado sería difícil leer otro libro tan agradable como ese, así que decidí emprender una lectura distinta, haría a un lado la teoría e intentaría ir a la práctica. Tomar un curso de artes pláticas por mí mismo, que no me contaran lo que hicieron los grandes maestros, hacer algo propio, convertir la letras en colores y pintar por lo que me venga en gana, sin que tecnicismos como no saber absolutamente nada sobre dibujo y ser menos habilidoso motrizmente que una babosa de mar me impidieran hacerlo.

Me inscribí en una escuela de artes plásticas y en la reunión inicial deduje que la categoría “adultos” era una mera formalidad, los que estaban ahí sentados junto a mi escuchando sobre el proceso de admisión y enseres de la educación artística, ¡a penas si tenían 17 años y ya se autodenominan adultos! Pero bueno, seguimos atrapados en una especie de paradigma donde la fecha en la que eres expulsado de la matriz hace una diferencia importante socialmente. Este tipo de distinciones según tu edad son un vestigio que acarreamos desde las culturas más antiguas con sus ritos de iniciación, uno pensaría que estamos más distantes de aquellas barbaries y más cerca de una sociedad basada en las características individuales.

 

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