Tenía un micrófono frente a mí pero estaba sentado en silencio viendo las caras de los demás y escuchando a mi madre hablar en la radio por primera vez. No sé exactamente qué pasó ese día pero creo que por fin entendí algo sobre ella; creo que por fin logré ver más allá de mí mismo y supe que no pretendía que yo dejara de hacer mi trabajo, simplemente se sabía satisfecha de las cosas buenas que pudo haberme enseñado y, sobre todo, preocupada de las consecuencias que eso mismo pudiera traerme, preocupada de que algo viniera y dañará a su hijo que con todo y su metro noventa de estatura siempre ha sido el mismo niño para ella. Sí, creo que empiezo a entender su preocupación y los dilemas que enfrenta desde la postura de una madre que, desde luego, no es ni remotamente igual a la del hijo. Miro a mi costado y veo a mi amigo, vital como siempre, pero con un dejo de temor en su voz y su expresión que no pudo ocultar del todo de mi ojo examinador. Sigue igual de bromista y entregado, sigue igual de terco y determinado, pero de un tiempo para acá viaja sólo cada vez con menos frecuencia, hay demasiados peligros en el camino.

Quizás voy demasiado rápido. Mi nombre es Omar y desde hace dos años participo con la Estancia del Migrante. Si me lees o me conoces en persona seguramente la has escuchado, creo que mis escritos y mis conversaciones giran en torno a ello la mayoría de las ocasiones ahora. He de decir que generalmente escribo para que otros conozcan mis ideas, para plantear interrogantes, para hacer oír mi voz. Hoy es, al menos un poco, diferente. Mi única intención es escribir (y reflexionar) estas palabras y este puñado de ideas para mí mismo, si alguien ha decidido acompañarme hasta este punto sépase bienvenido de todo corazón.

En los últimos días sucedió lo que me llevo a hilar todas estas ideas aparentemente inconexas en un solo ente relativamente entendible. ¿Qué sucedió? Que a mis amigos voluntarios de la Estancia del Migrante en Tequisquiapan, Querétaro les dispararon desde un tren en movimiento cuando trataban de alimentar migrantes centroamericanos por humanidad y sin agredir a absolutamente nadie. El responsable de la agresión es un custodio armado de la empresa Servicios Especializados de Investigación y Custodia S.A. de C.V. (SEICSA) que se encontraba montado en uno de los vagones y que al encontrarse a la altura de los voluntarios, cuando estos intentaban repartir paquetes con agua y alimento a los migrantes en el tren, les disparó a quemarropa con un arma larga sin ninguna clase de advertencia y sin haber recibió agresión o peligro alguno. En ese momento había presentes adultos y siete niños, todos desarmados y expuesto al disparo.

Recuerdo cuando Martín, mi amigo y fundador del lugar, me llamó. Fue el pasado miércoles 27 de Abril alrededor de las 8 de la noche, hacia escasos quince minutos había sucedido todo. Escuché la preocupación en su voz, por más que quiso ocultarlo. El viernes 29 fui al lugar, ahí encontré a Alfredo, el voluntario contra el cual iba dirigido el balazo en particular. Siempre vigilando a sus hijos, como cualquier otro día, aunque con un semblante de susto en su cara, no podía ocultarlo. Creo que siempre he sido bueno para notar ese tipo de cosas. A veces quisiera no poder hacerlo.

En los días posteriores me he dedicado a acudir a cuanta persona pueda ser de ayuda para denunciar eso; activistas, reporteros, autoridades, familia, amigos que han tendido una mano para hacer favores. La única reacción que tuve en un inicio fue un poco atinado “¿están bien?” y comenzar a hacer llamadas para buscar medios en los cuales difundir lo sucedido.

No voy a mentir, han sido días difíciles y he tenido que lidiar con muchas cosas. El exceso de trabajo me ha pasado factura y me siento cansado. Eso y los clientes que me provocan por respuesta amable un silencioso “vete a la mierda tú y tu empresa de pacotilla maldito mezquino infeliz”. Eso y los compañeros y jefes que me hablan con dobles vínculos y comunicación esquizofrénica, que se vayan a tomar por culo. El sueño es un lujo del cual ya no puedo gozar en abundancia y para ver a todas las personas y seres queridos que quisiera necesitaría partirme o clonarme.  Siento el temor de la gente que me quiere y la incertidumbre entre ellos cuando les cuento lo sucedido, sé que el pensamiento en ellos es un irremediable “deberías dejar de ir a ese lugar”. Mis proyectos propios tampoco salen como yo quisiera últimamente e incluso he tenido que lidiar con ese viejo conocido mío que es el miedo al futuro, al qué pasará, al mañana, al no poder llegar a donde quiero llegar, al perderme en esto que llaman vida y en esto que yo alguna vez llamé crisis de la edad joven y que a estas alturas ya debería haber dejado atrás. A veces me dan ganas de ser valiente y dejarlo todo pero luego recuerdo las cuentas por pagar y me achico ante la idea.

Y no voy a negarlo; yo mismo he sentido un temor que no había sentido antes. Después de saber esto no puedo sino sentirme cobarde porque aun cuando yo no estuve presenté y mi vida no estuvo en riesgo mi primer pensamiento fue dejar de asistir o, al menos, ayudar de otra forma, de una forma más cómoda, más segura, más ad hoc. Ese día me fui a la cama tarde pero con una idea en mente; que pude haber sido yo. Así de egoísta y quizás egocéntrico también. Ya sé que hablo demasiado y enfado a la gente, sé que soy repetitivo y sé que a veces soy un self righteous prick como dirían los gringos (¿ven? Hasta para expresar mi superyó soy mamón) pero también soy humano y no soy de hule como tanto me gusta decir, soy de carne y hueso y mis huesos sintieron frío ese día, extrañaron la vida que tienen sin haberla siquiera visto en riesgo. No quise toma decisiones precipitadas y esperé a aclarar mi mente.

El mismo viernes 29 del cual hablé antes fue un día en que estaba cansado y deseaba dormir más que manejar, no supe muy bien por qué fui de nuevo a ese lugar pero el punto es que lo hice. Y fue una decisión afortunada. Porque sí, volví a ver a los hijos de puta que ya tienen vidas humanas a sus hombros (personas inocentes caminando sobre las vías del tren asesinadas a sangre fría) y que me siguen dando temor pero también conocí a seis hondureños que salvaron la vida y llegaron a nuestra puerta para compartir el pan y sus historias con nosotros. Tenían sonrisas como nunca las he visto, honestas, centradas en ese momento, sin rencores, agradecidas de vivir el minuto en el que estaban. Habían visto lo que nadie debería de ver nunca, la bestialidad que hace al hombre inferior al animal, y aun así no guardaban rencor, sólo se preguntan por qué sucedía eso si todos somos iguales y deberíamos aprender a fraternizar. No podía imaginarme mejor forma de pasar una tarde que platicar con esos hombres. A unos metros de nosotros estaban las abogadas que voluntariamente se ofrecieron a donar y a defender a mis amigos, sin recibir un pago a cambio, por el simple hecho de ser lo justo.

El lunes fui a un grupo de yoga. No es que haya decidido ser más flexible o alinearme los chakras. Es que una de las participantes escucho una de mis platicas en una preparatoria y decidió convocar a sus amigas a reunir víveres y asistir a una reunión conmigo para saber más del tema. Acabaron llenando mi camioneta con kilos y kilos de ropa, agua y comida que gustosas nos regalaron. Noté miradas pensativas, noté miradas deseosas de actuar.

Para cuando esto se publiqué esta revista habrá cumplido ya seis años de solitaria pero persistente publicación. Y no sé porque pero cual Sísifo no logro enfadarme de escribir aquí y lograr llegar a quien sea que pueda leer estas palabras. Ya me conocen y saben que no puedo decir nada sin rodeos de extensión épica pero lo verdaderamente importante de todo esto es muy simple.

He decidido con fe terca (porque estas cosas son una decisión y no una cosa fortuita o dada por sentado) que no hay trabajo mierdero, clientes conflictivos, depresión, enfermedad, cansancio, sueño, miedo, crisis existencial, ansiedad sobre el futuro o, incluso, balazo, que me haga desistir de esto que ya sabía que se llamada sentido de vida pero que ahora sé por qué. Hoy he decido renunciar a la idea de la naturaleza maligna y destructiva de la humanidad, no porque no exista, que la hay, sino porque estoy convencido de que por miles de personas empecinadas en destruir lo poco que les queda de alma hay al menos una dispuesta a compartir su tiempo y sus recursos con quien más lo necesita. Tan cliché como suena estoy convencido de que los buenos somos más y de que esto puede cambiar. Cansado como estoy sigo dispuesto a buscar formas de darle voz a aquel que no la tiene y en cada rostro a bordo de ese tren veo esperanza, veo fe, veo un mesías que hace que todo esto valga la pena. Y así uno acaba encontrando sentidos, conexiones y pasiones entre una clase de yoga y un tren de carga con inmigrantes ilegales. Así uno se acaba dando cuenta de qué es ser humano. Gracias a aquellos que fueron despojados de todo y a aquellos dispuestos a retribuir por justicia, no por caridad. Simplemente me pareció buena idea empezar el sexto aniversario así. Estoy contento por lograr conocer esas almas y por cumplir años en este proyecto, que será desconocido pero si con harto corazón.

“In the depth of winter I finally learned that there was in me an invincible summer.” 
-Albert Camus

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